El juego de los opuestos
En esta charla, Tenoch Huerta habla sobre su infancia en Ecatepec, sus inicios como actor, el colonialismo y el racismo en la industria del cine y la televisión.
mayo 2, 2018

Tenoch Huerta está tendido sobre el ciclorama blanco de un estudio de foto, la luz matinal se recorta sobre su cara y endurece sus facciones. Santiago Ruiseñor, el fotógrafo a cargo del retrato de portada, le pide que sonría y, cuando lo hace, la dureza que los claroscuros le dan a su rostro se esfuma. Ataviado completamente de negro con prendas de Louis Vuitton, Tenoch parece una efigie, un soberano, su sonrisa es mármol y refulge.

Todavía tengo esa imagen en la memoria cuando, días después, paso por él a su departamento en la Narvarte para ir a comer a una fonda que frecuenta. Pero ya no me recibe el Tenoch de la sesión de fotos, sino el de a diario: el que anda en tenis y shorts, el que se mueve en bici a todos lados, el que siempre lleva unos audífonos traqueteados alrededor del cuello (imagino que los usa para mandar mensajes de voz por WhatsApp como los que me envió a mí para concertar este encuentro).

En la fonda, mientras comemos consomé de pollo con verduras y arroz, Tenoch me habla de Atzin, su hija de cinco años.

—El eje más importante de mi vida es mi paternidad. Yo por nadie renunciaría a ser actor, pero si tengo que barrer calles para darle de comer a mi hija, lo haría. Mi trabajo más sagrado es proteger, educar, criar y amar.

Lo miro enrollar una tortilla en la palma de su mano y recuerdo que estoy frente a uno de los actores más exitosos del país, un intérprete que tiene más de treinta películas nacionales e internacionales bajo la manga. Nesio (2008), apenas su tercer largometraje, le valió su primera nominación al Ariel. Después le siguieron filmes como Sleep Dealer (2008), Casi divas (2008), Sólo quiero caminar (2008), Sin nombre (2009) y El infierno (2010). Hasta que llegó Días de gracia (2011), película con la que ganó el Ariel por Mejor Actuación Masculina y por la que fue ovacionado en Cannes. Más tarde se sumaron cintas como Mexican gangster (2013), Los 33 (2015), Güeros (2015) y la serie televisiva Blue Demon (2016), en la que interpretó al legendario Alejandro Muñoz Moreno.

Si 2017 fue un buen año —Tenoch participó en Vuelven, filme de Issa López elogiado por Stephen King, así como en El autor, producción española ganadora de dos Premios Goya, y se estrenó como productor con Sinvivir—, 2018 promete ser todavía mejor. En Bel canto, largometraje del director estadounidense Paul Weitz, Huerta interpreta a un guerrillero peruano y comparte pantalla con Julianne Moore. Por otra parte, protagoniza Aquí en la tierra, serie televisiva producida por Gael García Bernal.

quien es tenoch huerta

—Rocha [Daniel Giménez Cacho] es un gobernador que está empecinado en hacer un aeropuerto en su estado y los pobladores se oponen a que los despojen de sus tierras. Carlos [Alfonso Dosal], el hijastro de Rocha, es una especie de Hamlet —me dice Tenoch cuando le pregunto por este thriller político que compitió en Cannes Series—. Yo hago el papel de Adán, el amigo de Carlos. Mi personaje está a medio camino entre el poder y el pueblo, porque aunque él es del pueblo, se crió con la familia de Carlos. Es como el hijo adoptivo del gobernador, ahí yace su conflicto interno.

—Varios críticos de cine han dicho que Gael catapultó tu carrera, ¿estás de acuerdo?

—Creo que cada director ha impulsado mi carrera. Déficit (2007) sí fue mi primer largometraje como actor pagado, pero antes ya había hecho cortometrajes, telenovelas, series. Yo estaba trabajando como camarógrafo para TV Azteca cuando me contratan para Déficit y al mismo tiempo me dicen que me quedé en una obra de teatro. En mi primer año actuando hice cinco películas; un delegado de la ANDA [Asociación Nacional de Actores] me dijo que ese año fui el actor con más trabajo en cine en el país. Si pienso en quién impulsó mi carrera, pienso en Gael, en Rodrigo Plá, en Felipe Cassals y en Everardo Gout, él me dio mi primer protagónico en Días de gracia. Sus productores le quitaron el presupuesto porque insistió en que yo fuera el actor y él les dijo “prefiero no hacer la película a hacerla con otro actor”.

Entiendo lo que Gout vio en él, Tenoch construyó un personaje eterno: Lupe Esparza. No sé si algún día voy a poder olvidar el rostro de Lupe llorando bajo la lluvia.

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Hijo de un obrero que hoy es ingeniero. Oriundo de Ecatepec. Niño que, a los cinco años cuando sus padres lo llevaban en hombros a las marchas, alzaba el puño y gritaba “¡Hasta la victoria siempre!”. Único en su prepa en ser aceptado en la UNAM. Egresado de la licenciatura de Comunicación y Periodismo de la Facultad de Estudios Superiores Aragón. Hombre de izquierda, ávido de conocimientos, lleno de preguntas. Actor nato, casi sin escuela.

La biografía de Tenoch Huerta está salpicada de momentos luminosos: creció en el seno de una familia amorosa, en un suburbio rodeado de sembradíos y de árboles frutales, de niño fue siempre “el moreno bonito”, de púber fue el jugador de futbol americano que destacó por su capacidad física, y de adolescente, el alumno que demostró tanto talento en sus talleres de actuación que fue becado por su mentor para que siguiera formándose.

—En Café paraíso, el primer cortometraje de Alonso Ruizpalacios, esa fue la primera vez que vi a Tenoch. Nunca se me va a olvidar porque tuve con crush con él, con su presencia, con su físico, tan mexicano, tan guapo —dice la actriz Ilse Salas, coprotagonista de Güeros—, es encantador y súper apasionado, por eso le decimos “Too-much Huerta”, porque habla hasta por los codos y le tenemos que pedir que se calle porque es retedicharachero.

Esa misma incandescencia a la que se refiere Salas fue la que encontré en Tenoch cuando vi su trabajo por primera vez, precisamente en Güeros. Sombra, el personaje que interpreta, tenía un fulgor que encandilaba y, al mismo tiempo, una oscuridad inquietante. “Sombra es el personaje que más se parece a mí, a ese que fui hace quince años”, me dice este actor de treinta y siete años, y por fin entiendo el porqué retrata tan bien en blanco y negro: porque a su rostro le favorecen los claroscuros. Las sombras le delinean el mentón y los labios, y las luces resaltan sus pómulos, realzan su frente.

—Tenoch destila rudeza y ternura al mismo tiempo —dice Carlos Jesús González, columnista de la revista Cine Premiere, me recuerda al Marlon Brando de Un tranvía llamado deseo, ambos juegan con esa ambigüedad. Hay poquísimos actores que pueden manejar esas dos facetas simultáneamente.

Concuerdo, me parece que su versatilidad como intérprete está directamente vinculada a su conocimiento del dolor, del sufrimiento humano, de la miseria; pero también con su capacidad para encontrar la luz aún en los periodos más oscuros.

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Para interpretar a Lupe Esparza, Tenoch pasó varios meses como alumno en la Academia de Policía de Ecatepec. Todavía hoy lo recuerda como uno de los procesos más dolorosos de su vida, como un periodo donde confrontó a sus demonios.

—Yo fui buleado de niño y de pronto me encontré con güeyes como con los que yo me crié, pero más hijos de puta —dice Huerta y relata que los otros alumnos creían que era militar o del CISEN porque siempre le salían los ejercicios de acondicionamiento físico a la primera. A excepción de los directores de la Academia, nadie más supo que era un actor entrenándose para un papel.

Días de gracia me sirvió para creérmela como actor, pero esos meses en la Academia me sirvieron para creérmela como hombre y para entender que la vida es violenta y que la vida se alimenta de la muerte —me dice Tenoch y recuerdo lo que me contó de su infancia en Ecatepec, que desde niño supo que la violencia lo acordonaba: maridos que golpeaban a sus esposas, padres que violaban a sus hijas, madres que encueraban a sus hijos para agarrarlos a cinturonazos. La oscuridad no en casa, pero sí en la misma cuadra.

Carlos Torrestorija, actor, maestro de actuación y a quien Tenoch considera su mentor, también notó esta contraposición de luz y sombras en su antiguo alumno:

—Un día regañé a Tenoch porque se emborrachaba demasiado. Le dije que si no tenía el temple para escuchar cuáles eran sus miedos, que mejor se metiera de cajero en un Superama, pero que en la actuación hace falta verse en el espejo. A partir de ese momento entendió, se lo tomó en serio y empezó a crecer actoralmente, entonces le di textos más complejos. Recuerdo un monólogo de Kafka que se llama “Informe para una academia”, Tenoch tenía que llorar y ser convincente, pero nunca pudo. Años después, cuando lo vi en la pantalla de un cine, me di cuenta de que lo había logrado y yo lloré con él. Me di cuenta de que aunque yo fui su maestro, él me supera como intérprete.

Intérprete antes que actor. Exégeta. Traductor. Tenoch posee una mezcla anómala de sensibilidad e inteligencia, ahí radica su potencia, su temple. Creo que ahí radica también la desconfianza que siente hacia “la farándula”.

—En el universo en el que yo me crié, los actores eran los de allá. Cuando abría una revista de chismes veía que esa gente no tenía nada que ver conmigo —asegura Tenoch y sospecho que el desfase no estriba únicamente en las diferencias en fisionomía o en ubicación geográfica entre él y “los artistas de la tele”, sino sobre todo en su forma de estar en el mundo.

—Yo me volví actor la segunda vez que fui a Cannes. Llevaba cinco años haciendo películas y ya me habían nominado al Ariel. Pero yo decía “yo no soy actor, yo trabajo como actor”. Fue hasta Días de gracia, con 2 500 cabrones aplaudiéndome durante 20 minutos en la sala de cine más importante del mundo que me cayó el veinte.

Cuando le pregunté acerca de su transformación en actor me dijo que había tenido que morir un poco, pero que “lo bonito de la metamorfosis es que un animal muere y nace otro, la oruga se licúa por completo, pero la mariposa recordará lo que la oruga aprendió, las enseñanzas permanecen”.

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Hasta la fecha, los roles que ha interpretado se leen como capítulos de un libro donde los opuestos conviven, se retroalimentan. Tenoch sabe encontrar esos contrastes para darle complejidad a sus personajes. Incluso en Blue Demon logró imprimirle profundidad a un papel más bien plano, escrito desde el melodrama:

—Él es un demonio, la máscara lo contiene y la máscara lo libera. Yo leo la vida así, no en términos de bien y mal, sino de orden y caos. El orden es artificial, el caos es natural —comenta al respecto Tenoch.

—Noto, por entrevistas que has dado, que eres un apasionado de una infinidad de temas, desde cosmovisión prehispánica hasta políticas públicas. Pero me parece que la dualidad luz-sombra, orden-caos es un tema que te obsesiona.

—Sí, porque encuentro esa dualidad en todos lados. Por ejemplo, en la filosofía prehispánica, la diosa de la fertilidad es la diosa de las inmundicias. La madre tierra es la principal trasmutadora de todo, le arrojamos basura y nos regresa bosques. Y ahora que estoy haciendo el diplomado en Historia del Arte en el Claustro de Sor Juana, Umberto Eco dice algo parecido en Historia de la belleza, dice que, para los griegos, el orden y la armonía servían para contener al caos, de cuya garganta nació el mundo.

Ahí sitúo a Tenoch, en el quicio entre lo luminoso y lo ominoso, rehusándose a que lo cataloguen como el bueno de la película, jugando a ser el malo, zigzagueando entre opuestos.

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Recuerdo con claridad el día en que un amigo neoyorquino de visita en México me preguntó: “¿Por qué los bebés en los paquetes de pañales son rubios de ojo azul si aquí casi ningún bebé se ve así?”. No supe qué responder, me dio vergüenza admitir que ya ni reparaba en esas falacias publicitarias. Eso pasa cuando todo a tu alrededor —desde las botellas de champú hasta los comerciales de yogur— muestra casi únicamente a personas de tez clara; el mensaje es inconfundible: éste es el ideal de belleza en nuestro país.

—Nos enseñaron a sentir vergüenza de lo que somos, nos dijeron que éramos unos pinches indios que sacaban corazones. ¿Cómo se reafirma ese mensaje hoy en día? Cuando ves gente morena en la tele es para darles el kilo de ayuda, cuando hablas de pobreza, desigualdad, crimen, siempre pones a prietitos y cuando hablas de temas aspiracionales pones a los güeritos —responde Tenoch cuando le pregunto si ha sufrido racismo en su carrera—. El colonialismo está tan fuerte que nosotros les enseñamos a nuestros hijos a decir “mande” y eso viene de que los españoles les enseñaron a los indios a decir eso. Por eso yo a mi hija le enseñé a nunca decir “mande”, porque ella no nació esclava —me dice y su mirada se afila. Y aunque no quiere abundar en casos específicos de discriminación en su contra, alcanzo a ver el dolor de una herida tan vieja como el insulto “indio” en un país tan racista como el nuestro.

—Pero también es necesario darle pa’lante, no caer en el victimismo —retoma Tenoch para romper el silencio que se instala entre nosotros—. Mi lucha, más que contra la gente racista, ha sido contra mí mismo, contra lo que me enseñaron, contra la educación de obrero, es decir, que me educaron para obedecer y no para ser líder. Lo más importante desde que me volví actor es que elegí reeducarme y dejar a un lado el resentimiento social. El resentimiento es un gran motor, porque te impulsa a poner el doble de esfuerzo, pero llega un momento en que ese motor se vuelve un lastre y tienes que buscar el impulso en otros lugares.

Tenoch Huerta tiene la gran fortuna de estar haciendo carrera en el cine de este siglo y no en el del siglo pasado, el del Indio Fernández. Su piel morena ya no sólo le garantiza los roles de indio o de charro o, como dice él, “de jodido, sufridor o ratero”, sino también de estudiante universitario, de hombre de clase media, del guapo de la película. Sin embargo, es poco probable que próximamente lo veamos en alguna producción del cine taquillero nacional, pues a final de cuentas el malinchismo no se desvanece de la noche a la mañana. Mejor así, coincido con la crítica de cine Sonia Riquer cuando dice que Tenoch ha sido partícipe de lo mejor del cine nacional contemporáneo.

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Miro alrededor: en esta fonda de la colonia Narvarte donde a Tenoch Huerta le gusta comer no hay güeros de ojo azul. Somos trigueños, morenos claros, morenos cobrizos, morenos como el chocolate, morenos como el mole. Da gusto que, cada vez más, rostros como éstos aparezcan en series y películas mexicanas interpretando papeles cada vez más complejos. El elenco de Aquí en la tierra representa muy bien esta tendencia. Es cierto que están los rostros de siempre (Gael García Bernal, Daniel Giménez Cacho), pero también hay rostros nuevos como el de Yoshira Escárrega, quien, con su papel como América Sánchez —la esposa del personaje de Tenoch—, debuta en la televisión. Yoshira, junto con Tenoch, Dolores Heredia y Zuré Don Pablo (la niña que actúa como hija de Tenoch y que en realidad es su sobrina), enriquecen la paleta de tonos de piel de los actores de esta serie que podrá ser vista en todo el mundo a través de internet.

—Tenemos un grupo de amigos, todos somos actores morenos, nos decimos “la indiada” —cuenta Dolores Heredia—, y Tenoch es el más guapo, es el prieto chulo, es el rey.

Escucho sus palabras y recuerdo la anécdota que me contó Tenoch Huerta: que una tarde estaba comiendo con su familia en un restaurante y un chavo, de esos que venden paletas para recaudar fondos para albergues, se le acercó y cuando lo reconoció se emocionó muchísimo, le dijo que lo había visto en la tele, que era un ejemplo para él. “Te ves como yo”, le dijo el vendedor de paletas a Tenoch, “entonces si tú pudiste, tal vez yo también puedo”.

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Le digo a Tenoch Huerta que su obsesión por la bici (ya va por la segunda y hasta seguro antirrobo le compró) funciona como una buena metáfora para su autoproclamada crisis de los pre-cuarenta: su vida, igual que su cuerpo, siempre en tránsito, en movimiento. Un ciclista no puede detenerse en nimiedades, tiene que ver el panorama general, reaccionar al vuelo.

—Sí, porque además tienes que estar al tiro para lo que viene. Yo digo que le pego al deporte extremo, o sea, andar en bici en la ciudad —dice él y sonríe.

Lo imagino con casco y ese chaleco anaranjado con reflejantes que se puso cuando se despidió la primera vez que nos vimos, lo veo llegando a Santa Úrsula, a casa de sus cuates con los que hizo Sinvivir, pero también a Polanco, para comer con algún cineasta gringo, siempre fluctuando entre ser del pueblo y ser una estrella de cine. Siempre riéndose de ambos lados del espectro.

—Si a Demián Bichir lo nominaron al Óscar, Tenoch se lo saca cinco veces porque es diez veces mejor actor —me dice Carlos Torrestorija cuando le pregunto sobre el futuro de su expupilo.

Y cuando le hago esa misma pregunta al propio Tenoch me habla de que sueña con hacer un largometraje sobre Rockdrigo González y el rock mexicano como la auténtica música folclórica chilanga, pero también sobre Tlacaélel, el gran representante del esplendor azteca:

—Hay que contar la historia de México en grande, con una producción impecable, incluso aparatosa, como si fuera La casa de las dagas voladoras.

Tenoch se despide de abrazo de la dueña de la fonda, ella le dice “Adiós, mi Tenoch” y le da un beso maternal. Cruzamos la calle para comprar paletas de hielo en una heladería y Tenoch pide su favorita: paleta de fresa cubierta con chocolate y Choco Krispis. Hasta en su elección de postre es auténtico y desbordado, Too-much Huerta, dirían sus amigos. Creo que precisamente de ahí viene su fuerza actoral, en nunca conformarse con medias tintas.

entrevista a tenoch

—¿Qué es para ti la pasión? ¿Cómo la vinculas con la profesión del actor?

—La pasión mal dirigida es vicio y destruye, la pregunta es ¿cómo vas a transformar esa inmundicia en flores? Eso para mí es la actuación. Si no hay gente apasionada en los proyectos a los que me invitan, no le entro. A mí me caga la gente que sólo saca la chambita, yo trabajo con gente que deja la piel en el proyecto. Si no se te va la vida en hacer una película, no quiero trabajar contigo.

Miro a Tenoch Huerta morder su paleta con ganas, como si fuera un niño: trozos de chocolate y Choco Krispis salen disparados como proyectiles. Lo que sea que siga en su carrera actoral será así de auténtico, así de conmovedor.

Le digo que tengo una última pregunta antes de despedirnos:

—¿Qué tiene más peso a la hora de interpretar un papel: el conocimiento o la intuición?

Y Tenoch me sonríe y responde:

—El conocimiento es una piedra afiladora y la intuición es la espada, entonces, entre más conocimientos tengas, más filo tendrá la espada.

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