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Evo Morales no sabe perder

Evo Morales dice estar casado con Bolivia y sus luchas. ¿Hasta qué punto el líder indígena y presidente de Bolivia llevará sus pasiones?

Por Pablo Ortiz / Fotografía Getty Images

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Las cámaras apuntan a una silla vacía que pronto ocupará el presidente de Bolivia, Evo Morales. Los periodistas que están en el Salón de Los Espejos de Palacio Quemado esperan que admita su derrota, su primera derrota. Es media mañana del 24 de febrero de 2016 y la luz azulada que rocía la ciudad de La Paz no penetra los vidrios antibala. Adentro, la espera es ámbar. El centenar de reporteros ha desbordado la plataforma instalada en el centro del salón y ha formado una media luna desordenada. Los espejos ovales de las paredes los multiplican y los vuelven legión. Cuando Evo Morales entra y saluda con el acostumbrado “buenos días, jefes”, la silla desaparece detrás del hombre que lleva puesto un traje negro opaco con bordados de soles cuadrados color terracota. Está serio, tiene la cara hinchada y su nariz es un ancla entre los ojos achinados, tristones. Parece que no ha dormido bien. Nunca duerme bien, no puede haber dormido bien hoy, después de saber que ha perdido, que por primera vez ha perdido. Pocos días antes, el 21 de febrero, los bolivianos votaron en un referendo en el que se les preguntaban si, en 2019, Evo Morales podría presentarse como candidato a presidir Bolivia hasta 2025. En la medianoche del 23 de febrero el Tribunal Supremo Electoral confirmó que el No había ganado con un 51.3% frente al 48.7 del Sí.

Esta mañana Evo Morales tiene la voz ronca, como la que se les escucha a los funcionarios públicos paceños después de un fin de semana de ron, desvelo y cigarrillos. Con palabras grumosas dice que perdió sólo por dos puntos y que el voto duro de su partido es de casi el cincuenta por ciento. Con un trabalenguas explica que aunque haya ganado el No, su vida y su lucha no cambian, que ya supo sobrevivir a un intento de golpe de Estado, a una guerra económica y a un referendo revocatorio de mandato. Dice: “Hemos perdido una batalla, pero no la guerra”.

Con cada respuesta, Morales crece, empieza a gustarse a sí mismo, se suelta. Su voz se aclara. Bromea con una reportera prometiéndole que la invitará a cocinar en el hotel que construirá en Chapare cuando deje de ser presidente. Los periodistas entienden que es una propuesta sexual y murmuran. Él no se detiene. En el momento en que un reportero le pide que admita que fue un error convocar a este referendo cuando llevaba diez años en el poder y aún le quedaban cuatro más de mandato, Evo Morales ya es un gigante con una voz potente como dinamita y que no sabe de derrotas: “¿Qué he entendido, compañeros?” —se pregunta levantando el dedo índice derecho como un predicador que anuncia la palabra de Dios— “Los que dijeron Sí, es para que siga el Evo. Los que dijeron No, es para que no se vaya el Evo”.

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La primera victoria de Evo Morales fue no morir el 26 de octubre de 1959 a las 10 de la mañana. Mientras Fidel Castro convocaba a un millón de cubanos a una manifestación en la Habana en la que Camilo Cienfuegos pronunciaría su último discurso, en Bolivia, la tierra donde nueve años más tarde matarían al Che Guevara, nacía el hombre que levantaría las banderas derrotadas del socialismo. Fue en medio del altiplano, en Isallavi, una comunidad del ayllu Orinoca, distante 180 kilómetros de la ciudad de Oruro. Era una mañana soleada, pero en la casa de la familia Morales Ayma recuerdan que hacía frío.

El nacimiento de un hijo varón era el sueño de Dionisio Morales Choque, un orinoqueño que se había casado con María Ayma Mamani, una mujer 15 años mayor que él. Iván Canelas, periodista, gobernador de Cochabamba y biógrafo oficial de Evo Morales, recuerda en Mi vida, de Orinoca al Palacio Quemado (2014), que en el pueblo se rumoreaba que María metía a Dionisio entre sus polleras para ocultar el romance de las habladurías de la gente.

Antes de que naciera Evo, sus padres habían traído tres niños al mundo. Daniel y Eduvé fueron los primeros, pero murieron. Sobrevivió Esther, que tenía diez años esa mañana de octubre cuando su madre sintió los dolores de parto. La niña corrió a buscar a su tía Luisa, que era partera, mientras Dionisio se desplazaba hacia un pueblo cercano en busca de un curandero. Orinoca, el pueblo más grande de la zona, está a unos 10 kilómetros de la casa de los Morales Ayma, pero allá tampoco había un médico. La tía Luisa se encontró con una mujer embarazada que sangraba, a punto de morir. “Tal vez te antojaste de algo, por eso tu hijo no puede nacer”, le dijo a María. “He visto hornear pan en Orinoca y no me han querido vender. Eso debe ser”, respondió María. Esther recuerda que la mandaron a buscar una olla de barro y mezclaron allí harina y alcohol y pusieron ese engrudo en el fuego. “Éste es el pan que querías. Come”, le ordenaron a María Ayma, mientras Evo Morales anunciaba su llegada al mundo con un berrido saludable.

Dionisio volvió a casa con el curandero sólo para descubrir que ya no hacía falta. Su hijo había nacido. Para ponerle nombre a la criatura, tomó el Almanaque Bristol, un librito ocre que les dice a los campesinos bolivianos cuándo sembrar, cuándo ir de pesca y con qué nombre de santo católico bautizar a sus hijos. Evo pudo ser Felicísimo, Marciano o Rústico, pero a Dionisio le gustaban más Luciano y Evaristo, aunque le sonaban muy largos. Ya había reducido Estefanía a Esther, para dar un nombre a su hija mayor, y decidió recortar Evaristo a Evo para nombrar a su ansiado varón. Cuando nació su segundo hijo hombre, no hubo necesidad de recortar nada, le puso Hugo.

El hermano menor a Evo es parecido a él, pero en versión más pequeña y barrigona. Lleva mal haber crecido a la sombra de un caudillo y la mañana en que lo conocí, frente a la casa de Isallavi, no estaba de humor para leyendas.

—¿Es cierto que, cuando nació, Evo no respiraba y el curandero le tuvo que llenar los pulmones con el humo de un cigarrillo para que reaccione?

—No sé, eso tendrías que habérselo preguntado a mi mamá, pero ya murió.

Ese mediodía, Hugo miraba hacia los cerros como si no quisiera estar allí. Apenas sonreía y contestaba parco. Tres años más tarde, en diciembre de 2015, Hugo decía que Evo Morales, de niño, era mandón, y que el primero en obedecer sus órdenes fue él. “Todos los domingos, nos íbamos juntos de la casa en Isallavi a la escuelita en Orinoca. A veces nos íbamos jugando y otras veces peleando. Evo iba adelante y yo detrás”, contaba Hugo, sentado en una cafetería popular a una cuadra de Palacio Quemado.

Evo Morales cuenta su niñez como una epopeya. Se relata así mismo pastoreando llamas, dibujando burros con los colores de la bandera boliviana en la escuela, vendiendo helados en un campamento de zafreros de caña de azúcar en el norte argentino y escribiéndose esquelas de amor con una niña. Recordada por Evo, la infancia sin calzoncillos y con una sopa de harina como único alimento era un lugar feliz. Lo que cuenta Hugo es una historia de soledades.

—Los papás nos dejaban sueltos. De lunes a viernes la pasábamos solos en Orinoca y sábado y domingo nos volvíamos a nuestra casa en Isallavi. El tema del aseo también era solos. A veces el maestro nos reñía porque íbamos mal vestidos, mal aseados. A veces llevábamos los cuadernos sin las tareas, cosas de chicos.

Mientras Evo viajaba durante las vacaciones escolares con su padre a comerciar llamas en los valles de Cochabamba, a Hugo le tocaba quedarse a cuidar ovejas, no muy lejos de su madre. No importaba que papá Dionisio dejara a Evito solo con las llamas en un cerro mientras bajaba a los valles a comprar maíz y a beber: a Hugo le hubiese gustado estar allí. No importaba que Evo, de 11 años, tuviera que mantener el paso de su padre aun cuando le dolían los pies y el único remedio que Dionisio conocía era lavarlo con su propia orina: a Hugo le hubiera gustado estar allí. Hugo se acostumbró a ser escudero de su hermano. Mientras Evo, de 13 años, formaba el equipo de futbol de Orinoca, se hacía capitán y entrenador, Hugo tenía que obedecer y correr por la punta derecha para asistir a su hermano, que era el que hacía los goles.

Los tres hermanos Morales Ayma aprendieron de sus padres lo mismo: “Hay que salir a trabajar antes que salga el sol y volver a casa después de que se oculta. Si no eres un flojo”, cuenta Hugo.

Cuando Evo Morales se fue a terminar el bachillerato a Oruro, Hugo lo siguió. El futuro presidente no fue un gran alumno de secundaria. Pasó raspando el penúltimo curso y una de sus notas más altas fue en inglés (51 sobre 70). Cuando se graduó como bachiller estaba cómodamente instalado entre el cuatro y el cinco sobre siete, sin riesgo de aplazo ni oportunidad de levantar el estandarte de mejor alumno. Él mismo reconoce que se graduó con una gran ayuda de sus compañeros y sus profesores, y por eso durante un tiempo dijo que no era bachiller. Le iba muy mal en matemáticas y física. Se le daba mejor filosofía, en la que obtuvo su mejor promedio anual, 52. Se gestaba un político, no un tecnócrata.

Evo Morales b/n

Foto: Alvaro Ybarra Zavala / Edit by Getty Images

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La primera vez que lo entrevisté, Evo Morales era un demonio de 45 años capaz de tumbar tres presidentes en una sola marcha. Fue al mediodía de un domingo soleado en el corazón de Chapare, el 19 de junio de 2005. El galpón de Lauca Ñ, la sede administrativa de las Seis Federaciones de Productores de Coca del Trópico de Cochabamba, era un techo de zinc sostenido por horcones que parecían mondadientes. Allí se había instalado una tarima enana para que los dirigentes cocaleros estuvieran apenas por encima de un mar de cabezas con cabelleras oscuras, trenzas y sombreros. Al centro estaba él, Evo Morales, un hombre robusto, bañado en sudor, vestido con una camisa de cuadros grises, jeans de color azul nocturno y zapatos Nike al tono. Jugaba con una hoja de coca que sostenía entre los labios sin llegar a engullirla. Su audiencia era un ejército de dirigentes cocaleros a los que había convocado para informar sobre el cerco que había acabado con el gobierno de Carlos D. Mesa, el historiador y periodista que había renunciado a la Presidencia de la República hacía una semana. Antes de hablar, Evo Morales escuchó con disciplina de soldado raso las cinco horas de discursos y elogios que le dedicaron sus dirigidos. Sólo los interrumpió con accesos de tos que trataba de diluir bebiendo un refresco de canela hervida y azúcar quemada. Todo el lugar olía coca y a fiesta. Cuando llegó su turno, rugió: “Nosotros, en tres semanas, hemos tumbado a tres presidentes. Somos malos para poner presidentes, pero buenos para tumbarlos. Esto fue una lucha política, fue para saber quién manda aquí”.

Entre mayo y junio de 2005, el movimiento cocalero, los vecinos de El Alto, los campesinos y los mineros no sólo habían logrado que Mesa renunciara, sino que también lo hicieran Hormando Vaca Díez (cruceño, presidente del Senado y miembro del Movimiento de Izquierda Revolucionaria), y Mario Cossío (tarijeño, presidente de diputados y cabeza del Movimiento Nacionalista Revolucionario), en favor de Eduardo Rodríguez Veltzé, cochabambino, presidente de la Corte Suprema de Justicia, al que la Constitución sólo le daba un plazo de seis meses para llamar a elecciones generales e irse.

El 9 de junio, diez días antes de la reunión en el Chapare, Bolivia era un polvorín. Todos temían que si Vaca Díez o Cossío llegaban a la Presidencia estallara una guerra civil. El occidente estaba tomado por los mineros cooperativistas, la ciudad de La Paz llevaba más de un mes cercada por bloqueos. Las movilizaciones habían empezado exigiendo nacionalización de los hidrocarburos y asamblea constituyente, pero terminaron echando a Mesa, Cossío y Vaca Díez. Cuando asumió Rodríguez Veltzé, los dirigentes de los campesinos, los vecinos de El Alto y los mineros creían que habían fracasado. Pero Evo Morales sabía que ese fracaso era temporal, y se los hizo saber a sus compañeros en la reunión de Lauca Ñ.

“¿Qué nacionalización? ¿Qué Asamblea Constituyente? Eso quedó chico. Compañeros, tenemos la posibilidad de ser gobierno desde enero. Tenemos que preparar la estrategia para ganar con el 50% más uno —gritó, frenético y sudoroso—. Esto no es el inicio de la campaña. Yo estoy en campaña desde hace 10 años. Uno cuando se mete a esto es para dedicarle las 24 horas. ¿Que si seré un gran gobierno? Veremos, ése es el desafío.”

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El 17 de enero de 2016, cinco semanas antes del referendo del 21 de febrero de 2016, Evo Morales creía que le sería fácil ganar. La mañana era clara y tibia, como todas las mañanas de enero en La Paz. Las encuestas de intención de voto no iban bien, pero eso no le importaba al presidente.

—¿Es ésta la elección que más le costará ganar?— le pregunté.

—No, no es un problema ganar, tenemos ganado el referéndum con amplia mayoría. El triunfo está garantizado aunque usted haga campaña por el No, no importa.

Cuando da entrevistas, Evo Morales está en el límite entre la broma y el insulto. Este 17 de enero ha llegado media hora tarde. Estamos en el Salón Dorado de Palacio Quemado, un mesero dejó vasos con agua y una mujer pequeña, muy seria, ha acomodado la silla Luis XV en la que sienta el presidente.

—¿Se puede sentar el presidente en este otro lugar? Es por la luz, por las fotos —le pregunto.

—No, el presidente siempre se sienta aquí.

La mujer no da lugar a apelaciones. Evo Morales siempre se sienta allí para las entrevistas, porque detrás de él está el óleo de Antonio José de Sucre y, así, el presidente sale retratado junto a uno de los fundadores de la patria. Incluso en las fotos, Evo Morales reclama su lugar en la historia.

Llegó hasta aquí como un mimado de las urnas. Comenzó como el diputado uninominal más votado del país en la elección de 1997. Lo echaron del Congreso el 22 de enero 2002 con un juicio político con el que creyeron sepultarlo y regresó otra vez como diputado, el 6 de agosto de ese mismo año, pero con 35 congresistas más, convirtiendo al Movimiento Al Socialismo, su partido, en la segunda fuerza política del país. Se le había escapado la presidencia por sólo 43,000 sufragios. Nadie se lo esperaba. Las encuestas le daban el 8% de intención de voto, pero su popularidad creció como la levadura al calor de la amenaza del entonces embajador de Estados Unidos, Manuel Rocha, que advirtió que si el pueblo elegía a Evo Morales, su país cortaría la ayuda económica. El 20% de los votantes “desafió al imperio” y Morales casi llega al poder.

En 2005, se postuló y ganó las elecciones presidenciales del 18 de diciembre con el 53.71%, transformándose en el primer presidente indígena de Bolivia. Eligió el 22 de enero de 2006 como día para jurar a la Presidencia. Cuatro años después de ser echado volvía ante el mismo Congreso convertido en millones. Pronto convocó a la Asamblea Constituyente, el 1 de mayo nacionalizó los hidrocarburos y su popularidad trepó al 80 por ciento. Pero nada de eso le daba gobernabilidad. Sus adversarios dominaban el Senado y los gobernadores de la oposición presionaban para tener más autonomía política y legislativa. Eso derivó en una confrontación entre tierras bajas y tierras altas tan fuerte, que Morales no podía llegar a ninguna ciudad del llano sin enfrentar protestas interminables. Había logrado imponer una retención de ganancias del 82% a las empresas petroleras transnacionales, las arcas del Estado habían registrado superávit por primera vez en su historia, pero el país se sumía en una crisis política.

Para mayo de 2008, los dirigentes de cuatro departamentos, Santa Cruz (el más rico, con el 30% del PIB nacional), Tarija (de donde sale el gas que se exporta a Brasil), Beni (extensa región amazónica) y Pando (en la frontera norte con Brasil), decidieron no esperar al final de la Asamblea Constituyente y convocaron a referendos por autonomía sin permiso del Estado central. Los ganaron con amplia mayoría y la oposición juzgó que era el momento de sacar a Evo Morales de Palacio Quemado. El 10 de agosto de ese año lo sometieron a un referendo revocatorio de mandato, que él ganó con el 67.42% de los votos. Dos de cada tres bolivianos lo ratificó en el cargo. Sólo cinco meses más tarde comandó la victoria en otro referendo, el de aprobación de una reforma de la Constitución. Lo ganó con el 61.43%. Con ello, cambió el nombre al país, de República de Bolivia a Estado Plurinacional de Bolivia. Además, el Congreso, donde la mayoría de los integrantes eran blancos, se convirtió en Asamblea Legislativa Plurinacional en la que los indígenas tienen siete bancas asignadas. Los departamentos adquirieron autonomía política y legislativa, y los recursos naturales pasaron a ser propiedad del pueblo de Bolivia, sin que puedan ser privatizados nuevamente, salvo que un referendo lo autorice.

Pero el pacto político para aprobar la nueva Constitución no fue gratis. Negoció varios artículos que parecían innegociables y se vio obligado a acortar un año su mandato. Así, el 6 de diciembre de 2009 volvió a las urnas y ganó cinco años más de poder, con el 62.22% de los votos. El Movimiento al Socialismo también obtuvo dos tercios de los escaños en la Asamblea Legislativa Plurinacional. Para ese momento, había estatizado las empresas de electricidad, fundidoras, minas de estaño y compañías de telecomunicaciones.

Esto fue el final de una era: hasta entonces, dos fuerzas con equipotencia territorial habían luchado por el poder; eran dos visiones de país —el indigenista y estatista de Evo Morales, y el neoliberal y privatizador de la oposición— que buscaban dictar el destino de Bolivia. Esa batalla la ganó Evo Morales, y sólo quedó una idea de país: la suya, expresada en la Constitución.

Desde ese momento, apareció su costado más nacionalista. Para construir una carretera nacional que abría el horizonte de nuevas tierras a sus bases cocaleras y que integraba los valles con los llanos, no le importó mandar a reprimir a los indígenas que se oponían a que el proyecto dividiera en dos su territorio ancestral. Para aprobar la Constitución había prometido que no se presentaría a una nueva reelección, pero consiguió que la mayoría aplastante de su partido en la Asamblea Legislativa aprobara una ley de interpretación de la Constitución para presentarse a un tercer mandato consecutivo en 2014.

Sus adversarios lo acusaron de no respetar el Estado de derecho, de torcer las leyes a su antojo para quedarse en el poder. Para intentar derrotarlo, se aliaron sin importar la ideología, buscaron polarizar las elecciones y generar un efecto plebiscito en la primera vuelta. Hicieron pública una lista con más de 600 nombres de bolivianos que habían buscado refugio lejos del país por sentirse perseguidos por Evo Morales (que respondió diciendo que todas esas personas eran simples delincuentes que no querían enfrentarse a la justicia).

Al país le iba bien. Con el barril de petróleo cotizando por encima de los 100 dólares, la renta de la venta de gas se había multiplicado. Nunca hubo tanto dinero cambiando de manos y dos millones de personas dejaron la extrema pobreza para situarse en la clase media baja. Evo compraba satélites a China, un avión presidencial a Francia, construía un nuevo palacio de goberno y sembraba estadios y canchas de pasto sintético en los lugares más áridos de Bolivia. Pese a que la oposición sostenía que la bonanza no era mérito de Morales, sino que una serie de condiciones económicas afortunadas se habían alineado para darle una mano a “un indígena ignorante”, la panza llena de los bolivianos garantizaba corazones contentos a la hora de votar.

Nadie puso cara de sorpresa cuando en la elección del 12 octubre de 2014 obtuvo el 61% de los votos. Para el 22 de enero de 2015, cuando juró por tercera vez a la Presidencia de Bolivia, la aceptación de su mandato llegaba al 87 por ciento. Llevaba nueve años en el poder sin que lo tocara un solo escándalo de corrupción. Parecía invencible en las urnas, inmune al desgaste político y honesto en la gestión. Tenía asegurada la Presidencia hasta el 2020, pero no le bastó. Como la Constitución ya no le permitía más reelecciones y él quería ser el presidente en 2025, en el bicentenario de la declaración de independencia de Bolivia, trató de modificar el texto magno. Convocó un nuevo referendo para el 21 de febrero de 2016. Y cinco semanas antes de la votación estaba seguro de ganarlo.

—Mi deseo es que podamos batir el récord del 67% del referéndum revocatorio —me dijo aquella mañana de enero, en su despacho, bajo la atenta mirada de la mujer seria—. No nos cuesta ganar.

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En el colegio no aprendió la regla del trinomio cuadrado perfecto, pero ya instalado en la Presidencia de Bolivia se volvió un experto en costos para evitar que los ministros lo engañaran. A cuatro días de cumplir diez años en el poder, en enero 2016, Evo Morales ya había comenzado a preparar su informe de gobierno y un reporte de inversiones de electrificación rural había detectado cifras que no cuadraban. “Los técnicos se equivocan y los ministros pasan sin revisar. Esa clase de burocracia todavía tengo”, se quejaba.

Con el tiempo, ha aprendido a calcular a ojo de buen cubero cuánta inversión requerirá una obra mayor. “Cuando el terreno es sólido, en el altiplano podemos entregar camino pavimentado en 800,000 dólares por kilómetros. Cuando el terreno es accidentado, sube hasta dos millones. En las plantas termoeléctricas, el megavatio cuesta en promedio dos millones de dólares. Cuando me dicen que vamos a generar 200 megavatios por 50 millones de dólares, sé que es mamada, que es mentira”, me dijo esa mañana de enero. El presidente no sabe que en Palacio Quemado basta con un pescado grande y dos kilos de lomo de res para preparar el almuerzo para todo el personal, pero sabe cuánto necesita para convertir a Bolivia en el centro de producción de energía eléctrica de Sudamérica y para terminar con la red de carreteras que se comenzó a construir en los años 50 del siglo pasado.

El 22 de enero de 2016 se paró ante la Asamblea Legislativa como un estudiante que rinde examen. Habló durante cinco horas y 47 minutos. Comenzó rayando la cancha de la economía. Dijo que cuando llegó al poder la economía boliviana tenía un producto interno bruto de 9,549 millones de dólares y que él había logrado hacerla crecer hasta los 31,000 millones, que la inversión pública de su década había sido tres veces mayor a la de los 20 años anteriores. Que como nunca en su historia, Bolivia había tenido superávit fiscal (ganó más de lo que gastó), que la recaudación de impuestos se había multiplicado por cinco, que había logrado ahorrar casi 80 millones de dólares al bajarse su sueldo, el de los ministros y los congresistas a menos de la mitad de lo que ganaban sus antecesores. Prometió que en los próximos cinco años su gobierno invertiría más que en los diez anteriores. Dijo que había recibido a Bolivia como el país más desigual de América Latina y había reducido un tercio la brecha entre ricos y pobres justo en la década donde más había crecido la desigualdad en el resto del mundo. Creía que la elección del 21 de febrero ya está ganada.

* * *

Evo Morales comenzó a perder esta elección en el referéndum el 3 de febrero de 2016. Casi a medianoche, Carlos Valverde, periodista de un programa de televisión por cable, activó la bomba. Mostró la foto de una mujer alta, vestida con un traje Chanel de dos piezas, que sonreía delante de una decena de hombres y mujeres chinos, todos en traje ejecutivo y de pie en las escaleras de una casa victoriana. Valverde, acérrimo opositor de Evo Morales, autor del libro Coca, territorio, poder y cocaína (2015), le puso nombre a la mujer: Gabriela Geraldine Zapata Montaño. Dijo que tenía 28 años y que era la gerente comercial de la empresa CAMC Engineering, una compañía China que había ganada contratos con el Estado por más de 560 millones de dólares. Luego mostró el certificado de nacimiento de un niño llamado Ernesto Fidel Morales Zapata, supuestamente nacido en abril de 2007 que, según el certificado, era hijo de Evo Morales y Gabriela Zapata. “Tráfico de influencias”, gritó Valverde con su voz ronca. La honestidad del presidente quedó en entredicho 18 días antes de que el pueblo fuera a votar.

* * *

Carlos Valverde no fue el primero en acusar a Evo Morales de haber tenido un hijo durante su presidencia y habérselo ocultado al país. En agosto de 2013, Samuel Doria Medina, empresario cementero, economista educado en Londres y su principal adversario político, lo acusó de haber embarazado a la hija de Nemesia Achacollo, la ministra de Desarrollo Rural y Tierra. Achacollo era el blanco perfecto. Estaba en medio de un escándalo de corrupción por desvío de dinero del Fondo Indígena —un fideicomiso que financiaba obras para los pueblos originarios— y el presidente Morales la mantenía en el cargo porque la consideraba inocente. Para la mañana del 17 de enero de 2016, varios dirigentes indígenas estaban presos y Achacollo ni siquiera había sido citada a declarar.

—La oposición dice que usted protege a Achacollo como si fuera parte de su familia —le dije a Evo aquella mañana de enero.

—Sí, dicen que la protejo porque es mi suegra. Otra mentira. Doria Medina tuvo que pedir perdón por lo que dijo. Yo me acuerdo. Había reunión de gabinete y llegué a Palacio a las cinco de la mañana y veo a las ministras y a los ministros preocupados. ¿Por qué están preocupados?, les pregunte. “Doria Medina dijo que habías embarazado a la hija de la hermana Nemesia”, me dice una compañera ministra. Uta, yo me he reído. “Esto es una mina de oro, políticamente, hay que salir a desmentir ya”, les he dicho.

Al día siguiente de que hicieran pública su relación con Gabriela Zapata, Evo Morales no salió a desmentir nada.

* * *

Una sequía y sucesivas heladas que se comieron toda la cosecha de sus padres, acercó a Evo Morales a su destino. Era 1979 y él acababa de volver a casa después de prestar el servicio militar. En la cabeza de Dionisio Morales germinaba la idea de dejar el altiplano, cambiarlo por los llanos cruceños o el trópico de Yungas en La Paz, pero cada vez que salía a buscar un terreno, el dinero no le alcanzaba para concretar la compra. Cuando en enero de 1980 una lluvia veraniega se convirtió en granizo que cubrió toda la producción de papa, los Morales Ayma se dieron por vencidos. Según cuenta Morales en su autobiografía, sólo les quedaban un costal de maíz y un rebaño de llamas. Esa noche, Dionisio y sus primos prepararon un licor mezclando agua caliente con alcohol, y Evo escuchó a su padre decir: “Vámonos a los Yungas o a Santa Cruz. Acá nunca vamos a poder progresar”.

El destino lo llevó a Chapare. Allí, por 10,000 dólares, Dionisio creyó que estaba comprando un futuro para su familia en forma de una chacra de 10 hectáreas. No podía imaginar que al huir de la pobreza del altiplano también estaba incubando un presidente.

El chaco de los Morales Ayma está a 24 kilómetros de la carretera que une Cochabamba con Santa Cruz de la Sierra, en el sindicato San Francisco, de la central 14 de Septiembre de la Federación Trópico de Cochabamba. Hoy sólo tiene un pequeño cocal y un monte alto que no deja ver el horizonte. Lo único que queda de cuando Evo llegó a Chapare es una choza de dos pisos sin paredes. Su padre había regresado a Isallavi a seguir negociando con llamas para devolver el dinero que había pedido prestado para comprar la parcela chapareña. Hugo aún estudiaba en Oruro, Esther ya tenía su propia familia y María se había quedado a cuidar las tierras de Isallavi. A Evo Morales le tocaba otra vez estar solo en una tierra que no conocía y en la que todo lo asustaba. En las noches lo despertaban los murciélagos y los ratones que trepaban al tejado escapando de las víboras. Allí la escasez no era una sopa de harina de maíz y charque de llama; eran naranjas, papayas y plátanos. Era un desterrado en el jardín del Edén y pasó sólo unos diez días. Al segundo domingo decidió que era momento de hacer amigos. Tomó sus chuteras y buscó una cancha de fútbol. La encontró a tres kilómetros y se sentó a ver jugar a los desconocidos. Cuando la pelota salió hacia donde estaba, preguntó si podía jugar. “Resulté el mejor jugador”, recuerda. El fútbol lo integró a la sociedad y lo hizo dirigente cocalero.

“Era un tremendo jugador. Desde la media cancha le tirabas el balón y él resolvía”, me cuenta Abelino Espinoza, un hombre largo, blanco, que a los 74 años acaba de estrenar su primera casa de ladrillo y cemento. Espinoza es señalado por la gente como uno de los primeros mentores políticos de Evo Morales, como una guía cuando llegó a Chapare. “Era alto, respetuoso, parecía un estudiante.”

Como no sabía cultivar la tierra húmeda y fértil, buscó trabajo de peón y su primera tarea fue cosechar coca. Veía cómo los otros trabajadores arrancaban las hojas del arbusto, pero a él le resultaba doloroso, las espinas de la planta se le hundían en la piel. Ninguno de sus compañeros le avisó que estaba dejando sin hojas a un árbol de naranjas, no a un cocal. Pronto, en el chaco de los Morales Ayma hubo coca, naranja y arroz sembrado y, en época de cosecha, Evo llegó a contratar hasta a 18 peones.

Dos años de deambular entre las canchas le fueron suficientes para ser elegido como secretario de deportes de su sindicato. Era 1983 y Evo Morales comenzaba a ver el mundo desde la testera, desde el lugar reservado a los líderes. Seis años más tarde ya era la cabeza de la Federación Trópico de Cochabamba y cinco después logró que las seis federaciones de cocaleros se reunieran en una sola coordinadora. Fue el embrión de su partido político y de su ascenso al poder.

No eran buenos tiempos para ser dirigente cocalero. En 1988, la ley 1,008 de sustancias controladas había declarado ilegal toda la coca de Chapare y cuando Morales ascendió al poder, una guerra por capítulos había comenzado. “Los militares venían, se sacaban nuestro dinero, se llevaban las garrafas de gas y Evo nos defendía, trabajaba por la gente. En ningún momento nos ha traicionado, en ningún momento se ha equivocado”, dice Espinoza.

Fue en esos años que lo conoció Fernando Salazar, un militante de la Asamblea de Derechos Humanos de Bolivia que quería convertirse en doctor en Sociología a fuerza de estudiar al movimiento cocalero. Salazar recuerda a Evo Morales a finales de los ochenta como a un joven dirigente, carismático, pragmático, con mucha valentía expresada en un discurso sencillo pero profundo. Era un firme defensor de la hoja de coca, pero también tenía una visión de desarrollo clara, que negociaba con el gobierno la construcción de hospitales, escuelas y caminos en una región donde no existía Estado. El joven que no sabía distinguir una planta de naranja de una de coca se había convertido en un agricultor experto que sabía cuándo y dónde vender su producción y que atraía apoyo de las organizaciones no gubernamentales.

El narcotráfico es una sombra que cubre Chapare incluso hoy, cuando su máximo líder lleva 10 años en el poder. Pese a que se controla lo que se siembra a través de satélites, nueve de cada diez hojas de coca que crecen en Chapare no se comercializa por los mercados legales.

“Cuando llegamos, el narcotráfico era grave. En Shinahota (uno de los pueblos más grandes de Chapare), podías ver la pasta base de cocaína en la calle como si fuera papa. Los narcotraficantes eran de afuera, no de Chapare. Nuestro gran delito es que éramos proveedores de coca”, me contó Hugo Morales.

* * *

El biógrafo oficial de Evo Morales debió ser Álex Contreras. Bajito, bigotón y con voz parsimoniosa de maestro de ceremonias, era el escudo que había que pasar para hablar con Evo durante la campaña presidencial de 2005. Leía cada entrevista que le hacían y reclamaba cuando creía que su líder había sido mal retratado en alguna frase.

Contreras había conocido a Evo Morales en 1990, durante la marcha que le mostró a Bolivia que había indígenas en el oriente y que necesitaban un territorio para vivir. A esa marcha se sumó Evo Morales con sus cocaleros. “Cargaban mochilas pesadísimas llenas de conservas y maíz tostado, que compartieron con los indígenas”, recuerda Contreras, al otro lado del teléfono.

En ese tiempo, Contreras era un reportero de radio y redactor del semanario Aquí, y Morales se le acercó para mandar un saludo a Chapare. A partir de ese momento surgió la amistad, y Contreras fue conocido como el periodista cocalero, como el hombre que acompañaba a Morales a sol y a sombra.

“Un día, me buscó en el cuartito en el que yo vivía en Cochabamba y me pidió que lo ayudara a escribir su libro autobiográfico. Lo entrevisté toda la mañana. Luego, me siguió contando su vida en caminatas largas en las que nos íbamos. Sus historias eran apasionantes. Un día, cuando estábamos en un avión rumbo a Europa, me contó que siempre había soñado con subir a un avión, que cuando caminaba con las llamas por los caminos de Oruro y pasaban las flotas llenas de pasajeros, éstos botaban las cáscaras de plátano y de naranja por las ventanillas. Él las recogía para comérselas. Tengo 5,000 hojas con las historias de Evo”, dice.

Contreras resumió esas historias en libritos de campaña, en pequeñas historietas y folletos que ayudaron a crear el mito de Evo Morales.

“En 2005 nos dijimos ‘ahora es cuando’. Veíamos que era una coyuntura absolutamente propicia para tomar el poder y reescribir la historia. Evo emergía como el líder natural. El pueblo no veía a otro candidato más que a él. Tenía una historia sindical y política que lo hacían líder”.

En esa campaña, Evo Morales fue un alud que se llevó por delante a Tuto Quiroga, expresidente entre 2001 y 2002. Morales creó un decálogo en el que resumía una revolución: Asamblea Constituyente para refundar Bolivia, nacionalización de los hidrocarburos, una ley para luchar contra la corrupción y autonomías para las regiones en el marco de una nueva Constitución. Las encuestas le daban el 38% de intención de votos, ocho puntos por encima de Quiroga, pero el 18 de diciembre ganó con el 53.71%, una diferencia tan grande que fue el primer presidente elegido directamente en las urnas (sin pasar por la segunda votación en el Congreso), desde la recuperación de la democracia. Ese día, Álex Contreras no se despegó de Evo Morales.

“A cada paso, sentíamos el apoyo de la gente —dice—. Habíamos recuperado la mística, la utopía de tener un presidente indígena se hacía realidad, de que un dirigente que emergió desde abajo podía derrotar a los partidos tradicionales.”

Cuando cayó la noche, Evo Morales estaba instalado en su casa de la zona pobre de Cochabamba. En su cuarto pequeño cabían una cama, una mesita con un televisor encima, un ropero y un estante. Con él estaban Álex Contreras y dos candidatos a senadores por Cochabamba. Afuera, candidatos a diputados y militantes preparaban un churrasco.

“Cuando todo terminó, comenzó la farra. Fue en su mismo cuarto, más reservada, sin amanecerse, con control”, recuerda Contreras, que se convirtió en vocero presidencial y acompañó a Evo Morales en Palacio Quemado hasta 2008, cuando fue despedido. “Desde ese momento, no he vuelto a hablar con él”, dice Contreras, ahora el brazo derecho José María Leyes, alcalde opositor de la ciudad de Cochabamba.

* * *

El chisme del noviazgo del presidente con una mujer rubia de buen cuerpo y 26 años más joven que él había comenzado a rondar las esferas políticas en 2012. En noviembre, mientras Gabriela Zapata viajaba seguido desde La Paz a Santa Cruz de la Sierra, se corrió el rumor de que era la novia del presidente, que Morales había caído enamorado y que pronto dejaría de ser un solterón de 52 años.

En la entrevista que le hice el 27 de noviembre de 2012, le pregunté si era cierto que tenía novia y que estaba enamorado. “No. No se puede. Primero los periodistas, segundo los de seguridad, no te dejan”, dijo.

—Pero supongo que una orden suya bastará para que le guarden el secreto.

—No. Los más peligrosos son los de seguridad. Sacan informe por otro lado.

Evo Morales tenía fama de mujeriego y un humor muy sexual antes de llegar al poder. En 2005, cuando aún no era presidente, lo seguí a la anticumbre de Las Américas de Mar del Plata y escuché una conversación suya con una periodista del diario argentino El Clarín.

—Y usted, señor Morales, ¿tiene hijos?

— Sí. Tengo dos de 12 años, hombre y mujer.

—¡Ah, mellizos!

— No, no son mellizos. Es que yo no soy egoísta y quise que cada uno tuviera una madre.

Evo había tenido dos hijos de dos mujeres diferentes. Su hija Eva Liz Morales Alvarado, con Francisca Alvarado, nacida el 24 de septiembre de 2004, y su hijo Álvaro Morales Peredo, nacido pocos meses después, de una relación con Marisol Peredo. Nada de eso le explicó a la reportera, que quedó seca con la respuesta del político y con las carcajadas de su séquito.

Mofarse de los reporteros se convirtió en su especialidad. En la entrevista que le hice el 17 de enero de 2016, Evo Morales me contó que en 2008, en el peor momento de la polarización política del país, hizo correr la voz de que había pedido que un grupo de trabajadoras sexuales ingresaran al hotel donde se alojaba en Santa Cruz de la Sierra. Eso hizo que los periodistas montaran una guardia estéril durante toda la noche.

—Seguro que las hizo entrar por otra puerta.

—No. Yo, hombre santo por si acaso.

—Pero, presidente, hace unos años me contaron que usted tenía una novia rubia, de 26 años…

—Rubia, ¿rubia? No, nunca.

—¿No le gustan las chocas?

—De gustar me pueden gustar, pero no son de confianza, prefiero con mis hermanas del campo. Con ellas hay mucha más confianza.

No sé si Evo Morales me mintió ese día, si me negó dos veces la relación con Gabriela Zapata. Tal vez no la recordaba rubia. Tal vez Gabriela Zapata había cambiado el color de su cabello después de terminar su relación, pero esa mañana tibia y clara Morales me dijo que estaba casado con Bolivia, que nunca había estado en pareja, que no conocía ni concubinato ni sirwiñaku (matrimonio de prueba, en quechua), que entre el 91 y el 92 había tenido ganas de casarse, pero la mujer que eligió —una profesional, citadina— lo había rechazado por miedo a que lo mataran, y que cuando se lo propuso a una chapareña —del campo— le aceptó con la condición de seguirlo allí donde él fuera. “Semejantes viajes, qué iba a soportar. Además, era control sentimental, hermano”, me dijo entre risas.

Evo Morales 2

Foto: Patricio Crooker / MCT / MCT via Getty Images.

* * *

Para 2012, seis años en el poder habían convertido a Evo Morales en un ser solitario, consciente de su leyenda. No había hablado con él desde que juró a la Presidencia y la última entrevista que le había dado al diario en el que trabajo había durado 15 minutos. Ese año volví a entrevistarlo. Imprimí unas fotografías de aquella reunión en Lauca Ñ, y se las llevé en una caja azul como ofrenda de paz.

“Esta camisa era de cuando fui dirigente, hace tiempo que ya no la uso —me dijo, apenas se las mostré—. A ver, ayúdame a recordar. Éste es el viejo galpón de Lauca Ñ. Estas fotos son de momentos cuando se definió el futuro del país, el destino de los bolivianos —dice como quien se embriaga con el sabor de su comida favorita—. Hemos rejuvenecido en lugar de envejecer.”

A Evo Morales el poder le sentaba bien. En persona se veía más joven que en las fotografía de siete años antes. Había perdido peso y las camisas de cuadros diminutos habían dado paso a trajes cortados a la medida y bordados a mano. Era como si su cuerpo se hubiera adaptado al cargo. La chaqueta negra que vestía parecía hecha para un torero, y no ajena, como la que usó el 22 de enero de 2006, cuando juró a la Presidencia con un traje finísimo pero que lo hacía ver como una cama mal tendida. Su entorno había cambiado por completo. En el Palacio no había rastros de quienes lo habían llevado hasta allí. En su lugar había un nuevo círculo formado por intelectuales blancos y de clase media, como el vicepresidente Álvaro García Linera.

—Mi forma de ser no ha cambiado, pero van rotando las amistades —se justificó.

Evo Morales llama “amigos” a los que lo ayudan y le sirven. Rebeca Delgado, asambleísta constituyente y presidenta de la Cámara de Diputados, era una amiga en la que podía confiar. Luego, cuando lo contradijo en algunas decisiones, la apartó y empezó a llamarla “librepensante”.

Delgado conoció a Morales en 2006, cuando quería ser asambleísta constituyente. “Lo creía un líder”, me dijo, desencantada, diez años más tarde.

Para ella, el verdadero Evo comenzó a aparecer en la Asamblea Constituyente, cuando Román Loayza, un dirigente campesino que había comandado el cerco a La Paz para que Carlos Mesa renunciara a la Presidencia, cayó en el foso de la orquesta del teatro Gran Mariscal —sede de la Asamblea Constituyente— y se partió la cabeza

“Esa noche vi que no había humanidad. No le importaba la vida de Román al presidente. Nos faltaban 5,000 bolivianos (700 dólares) para hacerle una tomografía y no aparecía la plata”, recuerda Delgado. Esa noche, la sesión continuó pese a que el piso quedó manchado con la sangre del hombre que ayudó a llevar a Evo Morales al poder. “Después del accidente de Román, noté insensibilidad, pero creía que para hacer la revolución, que para refundar Bolivia uno tenía que sacrificarse. Con el tiempo me di cuenta de que no era por la revolución, sino porque a Evo Morales le faltaba humanidad”, cuenta Delgado.

Al presidente Evo Morales le importaban los resultados. Había llevado el código de trabajo de su familia al Palacio y comenzaba sus reuniones antes de que saliera el sol. Además, para dar ejemplo de austeridad se redujo el sueldo a menos de la mitad y extendía sus jornadas de trabajo hasta cerca de la medianoche. Exigía la misma dedicación de sus ministros y asambleístas. Cuando no la tenía, imponía castigos.

En su primera gestión, Morales me contó cómo había mandado a arrestar a un ministro por no cumplir con sus obligaciones. Era 2007 y las lluvias de enero habían dejado bajo el agua los llanos orientales de Bolivia y la solidaridad internacional había llegado para dar de comer y alojar a los inundados. Un mes más tarde, cuando Evo decidió visitar las zonas afectadas, se topó que en los campamentos había gente con hambre, sin carpas y que le reclamaban ayuda.

—Pregunto al ministro por qué no había hecho nada. “Está resuelto”, me dice. “Ministro, se queda en Palacio, hasta resolver”, le dije. Entonces llamé al jefe de la Casa Militar y ordené que no dejen salir al ministro de Palacio hasta que yo lo ordene. Se quedó gritando, pero en tres horas resolvió lo que no había hecho en un mes. Tal vez hice mal, pero me ha dolido lo que estaba pasando con los damnificados. Si no tomamos decisiones, no somos gobierno, somos poder decorativo, no Poder Ejecutivo. Así nomás, hay que ejecutarlos.

Para finales de 2008, Rebeca Delgado se convirtió en viceministra de Coordinación Gubernamental. Tenía su despacho en Palacio Quemado y su función era coordinar entre los ministerios y convocar a las reuniones extraordinarias que se le ocurrían a cualquier hora a Evo Morales. Algunos ministros temblaban ante el llamado e inventaban excusas para faltar a la cita. No se salvaban de la reunión semanal de los miércoles a las cinco de la mañana. “Él es muy estricto. Le gusta que las cosas se hagan inmediatamente. Había gente que no hablaba y ministros que no decían la verdad por miedo a que les riña. Evo es una persona que comprende mucho las cosas, pero que no maneja los tecnicismos. Todo mundo cree que el que toma las decisiones es Álvaro García Linera, pero están equivocados. Él es el intelectual, el que decide las grandes cosas y sabe todo, hasta lo que pasa en la esquina”, recuerda Delgado.

—¿También trata mal al vicepresidente García Linera?

—Con Álvaro se lleva bien. Nunca vi un mal trato. Más bien Álvaro fomenta esa forma de ser en Evo, te lo juro. No es una persona cuerda que le dice “no hagas eso”, más bien fomenta sus berrinches, enciende el fuego para que se salga de control y él sea el que lo sofoque.

* * *

Evo Morales tardó 36 horas en salir a explicar qué tipo de relación tenía con Gabriela Zapata. Fue cerca del mediodía del 5 de febrero de 2016, en una planta procesadora de gas en Santa Cruz. Allí, contra un paredón blanco, rodeado de micrófonos, compareció un hombre titubeante, que trastabillaba en cada frase.

“Anteayer, con mucha preocupación había escuchado algo sobre tráfico de influencias con una señora. Quiero decirles, compañeros de la prensa, sobre Gabriela Zapata Montaño, que era mi pareja —admitió, hablando pausado, midiendo cada palabra—. En 2007 tuvimos un bebé y, lamentablemente, nuestra mala suerte, el bebé ha fallecido. Luego tuvimos unos problemas y a partir de ese momento nos distanciamos, no volví a saber de ella hasta esta mañana que la llamé y me dijo que estaba casada.”

A partir de ese momento, la campaña para el referéndum del 21 de febrero dio un vuelco. El discurso de estabilidad y prosperidad fue reemplazado por un mar de explicaciones que no aclaraban, de todos modos, si el presidente había favorecido o no a su expareja. Los voceros de Morales juraban que el gobierno no había favorecido a la empresa china, sino que le habían cobrado boletas de garantías por 20 millones de dólares por incumplir una obra. En paralelo, comenzaron a aparecer cartas en la que Gabriela Zapata firmaba como representante de diversas compañías que trataban de hacer negocios con el Estado. Por primera vez en diez años, el gobierno de Evo Morales no tenía la opinión pública a su favor. El presidente que había dicho que los indígenas eran la reserva moral del planeta estaba en entredicho, y las dudas fueron suficientes para que poco más de la mitad del pueblo le diera la espalda el 21 de febrero.

Cinco días más tarde, sin que hubiera una orden judicial, Gabriela Zapata Montaño fue arrestada y acusada de tráfico de influencias y legitimación de ganancias ilícitas. Desde las celdas judiciales del distrito sur de La Paz, una mujer que ofició de vocera de Zapata salió y aseguró que Ernesto Fidel Morales Zapata, el supuesto hijo de Gabriela Zapata y de Evo Morales, estaba vivo y que el presidente había mentido para tratar de ganar la elección. El blindaje de invencibilidad y de honradez que Morales había construido estaba en el suelo, hecho añicos.

* * *

Ahora que Evo Morales no podía ser más candidato, la lógica indicaba que su sucesor podría ser Álvaro García Linera. El vicepresidente se había convertido en lo más cercano que tenía Morales a una familia. En sus primeros días de gobierno le decía cómo tenía que vestirse para los actos oficiales, se ocupaba de que tuviera la ropa suficiente y tenían por costumbre llamarse cerca de la medianoche para repasar los pendientes antes de dormir.

—Aquí, en Palacio, tengo al hermano vicepresidente, que me anima cuando estoy triste —me contó Morales en 2012—. Le tengo mucho respeto, pero ahora que se casó tengo miedo de llamarlo a altas horas de la noche. Igual contesta cuando hay alguna emergencia, aunque siento que contesta más cansadito.

Fuera de todo protocolo, Evo y Álvaro se tratan como amigazos. Después de la entrevista de 2012, el presidente me invitó a acompañarlo a su pueblo para festejar el día de la tierra en su cerro, el Kuchi Kuchi. Era el día en que también entregaba 180 kilómetros de carretera asfaltada entre Orinoca y Oruro. Para probar que estaba bien construida, tomó el volante de una de las vagonetas 4×4 de la comitiva, con García Linera de copiloto. En medio del altiplano, Evo Morales era una saeta que circulaba a 130 kilómetros por hora.

En Orinoca lo esperaba un baño de mixtura, serpentina y varias coronas de flores. También lo aguardaba parte de la selección boliviana de futbol que había clasificado para el Mundial 94, a la que enfrentó en un partido de futbol de salón. Perdió, pero anotó cuatro goles. En la noche, la cancha se convirtió en una pista de baile con todos los orinoqueños invitados. La seguridad presidencial escanciaba ron nacional, que Evo compartía con sus invitados. García Linera observaba todo desde las galerías del coliseo. Al día siguiente, a las seis de la mañana, la resaca reptaba entre la comitiva, pero Evo Morales y García Linera ya esperaban para desayunar una sopa de maíz con charque de llama.

—Hermano Evo, te he visto coqueteando con una grandota anoche —le dijo García Linera.

—Ah sí, pero me he escapado.

—No, la Eva Liz te la espantó.

Pese a la amistad, a la complicidad, al compañerismo, Evo Morales no ve a García Linera como su sucesor. El 17 de enero de 2016 le pregunté si algún día su escudero ocuparía el sillón presidencial.

—No sé, pregúntale a él —me respondió.

—Ya se lo pregunté. Dice que no.

—No sé. Pero también, después de esto, qué nos toca, irnos a nuestra casa… Tenemos que terminar la gestión.

—Y el vicepresidente le ha demostrado fidelidad todos estos años.

—Nunca he sentido ambición personal en él. Nunca lo he sentido con la ambición de sacarlo al Evo. Es mi mejor secretario, un amigo de confianza, porque para trabajar bien hay que tener confianza y eso se construye con sinceridad.

García Linera podía ser secretario, pero no heredero.

* * *

Salvo que el amor lo hubiera transformado en un títere ciego, no cuadraba que Evo Morales hubiese dejado que una expareja suya se llenara de dinero traficando influencias. El Evo que había llegado a la Presidencia se desentendía de las mujeres cuando quedaban embarazadas. Así había hecho con Francisca Alvarado, madre de Eva Liz, y con Marisol Peredo, madre de Álvaro.

Ni siquiera se molestaba en ayudarlas en épocas de elecciones. En noviembre de 2009, en la misma semana que cerraba su campaña electoral para su primera reelección, se emitió una entrevista por televisión con Álvaro Morales Peredo, de 15 años, que lloraba y suplicaba a su padre presidente que ayudara a Marisol, a quien un tumor la había confinado a una silla de ruedas.

—Yo trabajaba en una escuela de Villa 14 de Septiembre, en Chapare. He enamorado con el Evo dos años, él quería casarse incluso conmigo cuando me embaracé —decía una mujer de unos 35 años, que conservaba su belleza pese a las secuelas del tumor.

—Lo que le pido es que ayude a mi mamacita en su operación —decía llorando Álvaro a la cámara—. Ya le pedí ayuda una vez en 2007 en Navidad y me dijo “no tengo dinero”.

Fue el ministro de Comunicación de ese momento, Iván Canelas, el encargado de aclarar que el presidente no estaba enojado con su hijo, que se daba cuenta de que lo habían utilizado para tratar de debilitarlo en su camino a la reelección, pero que tampoco consideraba ético que se hiciera cargo de todos los gastos de una casa, cuando la madre de su hijo se había casado con otro hombre y tenido dos hijas más.

* * *

Fernando Mayorga dice que se equivocan los que juzgaron a Evo Morales como un político de extrema izquierda, porque tiene una amplitud de registros que va desde el indigenismo al nacionalismo, según requiera la situación. Cuando el comunicólogo Rafael Archondo aún creía en el gobierno, escribió un ensayo en el que detectó esa misma dualidad en Evo Morales mientras era dirigente cocalero. Jugaba en dos escenarios, el del líder de una resistencia casi armada, y el del político en ciernes que comenzaba a articular un discurso nacional, que trascendía los intereses de los cocaleros. Archondo le da el mérito a Filemón Escóbar, un dirigente minero jubilado que acabó dictando cientos de seminarios en el Chapare.

—Cuando lo conocí, Evo Morales era un imillo (joven, en quechua) malcriado —me dijo Escóbar en marzo de 2006, mientras hojeaba fotografías de su pasado sindical—. Evo no tiene que olvidarse que es hijo legítimo de la coca, que la coca lo llevó al Palacio.

El viejo minero trotskista reclama la paternidad política de Evo Morales y ahora, afectado por un cáncer de pulmón, se arrepiente de haberlo elegido. Ya no tiene nada bueno que decir de Evo Morales que, a fines de 2004, lo acusó de ser un agente de la cia, lo expulsó de su partido y así le aniquiló cualquier aspiración política cuando aún era senador.

Fernando Salazar asegura que nadie puede decir que fue el maestro de Evo. A principios de los 90 en Chapare fue testigo de cómo el futuro presidente se acercaba a toda persona de la que pudiera aprender. “Apareció gente del Partido Comunista, moscovitas, chinos, gente con ideas de lucha armada como los del mir Masas, humanistas, militantes de los derechos humanos, socialdemócratas… Evo se enredó y se revolcó con todos, pero después de un tiempo se distanciaba de las personas. Ése era su método”, cuenta Salazar.

* * *

—Te puedo asegurar que preocupado o dolido por una relación amorosa, nunca lo he visto —me dice Álex Contreras.

Evo Morales tenía fama de picaflor cuando llegó a la Presidencia. Alto, deportista y líder que salía por la tele, el hijo de Dionisio era muy eficaz conquistando mujeres. “Cuando era dirigente sindical, echaba el ojo y listo, era hasta conquistarla. Le conocí conquistas de todo tipo: mujeres de polleras, jovencitas, profesionales, extranjeras”, enumera Contreras.

En plan de conquista es tan arrojado como en la política. Para seducir mueve la cabeza al son de la música, como si la tuviera separada del resto de su cuerpo. Una vez, en 2006, cuando ya era presidente, lo vi saludar a la abanderada de la promoción de un colegio de Chapare. Su cara de cansancio se iluminó al ver a la adolescente. La abrazó y pidió que le tomaran fotografías a su lado.

“Siempre bromeaba. Decía, mi quinceañera, mi sub 18. Era una forma de hacer reír a sus compañeros en sus discursos. A los cocaleros les decía wistuwida (mujeriego o cholero, en quechua). Toda la gente disfrutaba de sus frases y las tomaba a bromas, hasta que se ha ido conociendo que Evo había sido así nomás, que no eran bromas eso de la quinceañera o la sub 18”, dice Álex Contreras, sin romper la parsimonia al hablar.

Gabriela Zapata menciona a Contreras como uno de sus padres ideológicos, como una de las personas que la formó dentro del MAS. Contreras asegura que no la recuerda, que pese a que él paraba todo el tiempo con Evo, el futuro presidente tenía habilidad para mantener un amorío con una trigueña de 19 años sin que él o el resto de su entorno se enterara.

En Chapare creen que Evo Morales no se casó porque dedicó su vida a la lucha sindical. Sabastiana Ribera, una anciana de cabellos blancos que supo ver a su líder enfrentarse solo a los soldados en la época de represión militar, defiende el derecho de Evo de tener cuantas parejas quiera. “Él es soltero, sin compromiso. Esa Gabriela Zapata es una ingrata, no puede ser mujer esa, es una chiquilla. Si tiene un hijo para nuestro presidente, debe estar orgullosa”, dice, sentada en el galpón donde acopian coca en la comunidad 14 de Septiembre, en la central campesina donde Evo Morales se hizo dirigente y comenzó su ascenso al poder.

¿Por qué Evo Morales, viniendo de una familia sólida, teniendo hermanos con hogares consolidados, nunca logró formar su propio hogar? Fernando Salazar, el joven militante de los derechos humanos que se convirtió en doctor en Sociología y que acompañó a Evo Morales por incontables sendas de Chapare, me dijo:

—¿Miedo a que lo maten? ¿No se casó para convertirse en el soldado perfecto que no tiene nada atrás para dejar? No, no creo. Evo Morales es bien mujeriego. En ese sentido es como los cambas (hombre del oriente boliviano), que orgullosos te cuentan que tienen 10, 20 hijos. Así es Evo. Es un hombre promiscuo, extremadamente mujeriego. Es un hombre simpático, seductor, la nariz aguileña lo acompaña, tiene su gracia y sabe cómo atraer —Salazar asegura que Evo sí tuvo amores firmes en Chapare y hasta intentos de matrimonio que no prosperaron.

* * *

Con Gabriela Zapata gritando desde la cárcel que Evo Morales era un monstruo, que ya no era el hombre del que se había enamorado, dos historias comenzaron a competir entre sí. Desde el entorno de Zapata aseguraban que el niño estaba vivo, que incluso había estado en Palacio Quemado. La primera en dudar de la existencia del chico fue Marianela Paco, ministra de Comunicación. “Pero, hermano presidente, ¿nunca tocaste su panza para saber si estaba embarazada?”, le preguntó. Fue Reymi Ferreira, ministro de Defensa, el que se convirtió en vocero de la hipótesis de que el niño nunca había existido. Investigó los documentos del supuesto hijo del presidente y descubrió que el certificado de nacido vivo era falso. Tampoco había ningún certificado de vacunación, inscripción a colegio, carné de identidad o pasaporte a nombre de ningún niño llamado Ernesto Fidel Morales Zapata. Si de verdad vivía, permanecía oculto sin ir a clases, salir del país o sacarse un documento. Nadie, ni el presidente, ni la familia de Gabriela Zapata, vio al niño alguna vez.

* * *

Un mes después de perder el referéndum, Evo Morales habló de nuevo conmigo. Fue a finales de marzo de 2016. Hizo una escala en Santa Cruz de la Sierra luego de inaugurar las obras para la construcción de una planta siderúrgica en la frontera con Brasil y, de mala manera, ordenó a los edecanes que nos dejaran solos. Quería contestarle a la Iglesia católica, que se había inclinado en creer la versión contada por Gabriela Zapata. “En abril voy al Vaticano invitado por el hermano papa Francisco. Voy a denunciar a los jerarcas de la Iglesia”, dijo, como alguien que amenaza con reportar a un brabucón ante la maestra de primaria.

—Dos obispos creen que hubo tráfico de influencias.

—Quiero que sepan los padres de la Iglesia: ni el hermano de Evo ni su hermana trabajan en el gobierno. Nadie de mi familia se mete. Yo pensaba, ¿será? Creo que no ha habido el hijo. Creo que no hay. Una cosa es que no hay (que el niño murió) y otra cosa es si ha habido o no (si llegó a nacer). Será un debate.

—¿Usted sabe si está vivo su hijo?

—No quiero debatir, está en manos de la justicia eso. Claro, han dejado entender que el Evo usa a la mamá de su hijo para extorsionar y hacer tráfico de influencias. No sabía nada de eso. Han dejado entender que la señora era palo blanco de Evo. ¿Qué palo blanco? Después de que nos hemos informado investigamos y decidimos que ella se defienda ante la justicia.

—¿Usted nunca vio a su hijo?

—No. Yo he creído. La gente que ha votado por el No, engañada por las redes sociales, está arrepentida. A mí me han dicho: “Nos han engañado la derecha, nos han confundido”.

* * *

Que Evo Morales se desentendiera de una mujer embarazada era verosímil. Cuando fue diputado donaba la mitad de su sueldo para ayudar a los mutilados por la represión militar a los cocaleros de Chapare, pero las madres de Eva Liz y Álvaro debieron seguirle juicios para que les pasara una pensión alimentaria. A Francisca Alvarado, madre de Eva Liz, le llevó siete años de litigio hacer que Evo Morales aceptara darle 150 dólares mensuales para ayudar con la alimentación de su hija. Ambos se habían conocido en 1992, cuando Francisca era una joven dirigente indígena y Evo Morales una figura nacional. Cuando nació la Eva Liz, el flamante padre tardó un año y cuatro meses en conocerla. Sólo lo hizo cuando Francisca se la llevó a La Paz y se la puso delante. A finales de 2005, cuando Evo Morales ya había sido elegido presidente, Francisca dio una entrevista, reflejada en “Un tal Evo” (El País, 2007), una biografía no autorizada escrita por Roberto Navia y Darwin Pinto. Allí, Francisca reconoció que sentía rencor por el presidente electo, que Eva Liz veía a su padre sólo cuando lo entrevistaban en la televisión y que cuando era más pequeña decía: “Ahí está el Evo. Ese hombre no debe ser mi papá. Si fuera mi papá, me llamaría”.

Evo Morales comenzó a construir una relación con sus dos hijos desde Palacio. Para 2012, ya se tomaba vacaciones con ambos en Machupichu y lo acompañaban en algunos de sus viajes. Hablaba con cariño de Eva Liz. “Estos zapatos que llevo puesto me los regaló mi enana”, me dijo una vez. Pequeña y flaquita, la hija de Francisca Alvarado había heredado el rostro de su padre. Acababa de salir bachiller y había elegido la profesión que menos le gusta a Evo, la abogacía. “Los abogados son plátanos, nacen torcidos, pero va a ser abogada”, me contó entre carcajadas.

A Álvaro, en cambio, le encantaban los aviones y en ese momento quería seguir la carrera militar. Evo Morales lo anunciaba con orgullo, pero algo se torció en el camino. Abelino Espinoza no es sólo uno de los primeros mentores de Evo Morales, también es tío de Marisol Peredo. El hombre, de 74 años, me contó que su sobrino Álvaro había empezado a estudiar en una escuela de aviación civil en Santa Cruz de la Sierra, pero cuando le tocó tomar los controles del avión en pleno vuelo, se acobardó. Su instructor le dijo que no servía para piloto. Evo le cortó la pensión mensual de 150 dólares, como castigo por haber fracasado en el curso de piloto. “Hemos hablado con el Evo y le devolvió la pensión cuando comenzó a estudiar en la universidad. Alvarito le ha pedido que le compre un auto, una moto aunque sea. Evo se lo negó, le dijo que cuando salga profesional todo lo que él tiene será suyo”, me contó Abelino Espinoza.

* * *

Cuando Evo Morales habla de amor y de fidelidad, piensa en colectivo. Una vez lo escuché decir que estaba casado con tres Luisas: la “Lucha” por la coca, la “Lucha” sindical y la “Lucha” política. En sus discursos asegura que nunca traicionará al pueblo boliviano, que es el movimiento indígena-popular el que lo llevó a poder y el que lo mantiene ahí. Cree que entre ellos y él hay un pacto de sangre, que aunque las clases medias le den la espalda los pobres nunca lo van a abandonar. En el marco de un programa llamado “Evo cumple”, ha recorrido el 99% de los municipios que tiene Bolivia. Como nunca antes, el presidente llega en helicóptero repartiendo computadoras, coliseos deportivos y escuelas a lugares donde jamás llegó siquiera un ministro.

En los diez años de gestión, ha realizado 4,624 viajes por el interior de Bolivia.
A muchos de esos pueblos lo acompañó José Lirauze, el fotógrafo más viejo de Palacio al que todos conocen como “Doctor Chapatín”.

—Es impresionante cómo lo quiere la gente. Una vez, en un pueblito de Chuquisaca, vi cómo una mujer juntó el peso boliviano que tenía, con otro peso que tenía su hijo, para comprar un refresco de canela para regalárselo al presidente cuando llegara. La mujer subió a la tarima, le dio el refresco en bolsita al presidente y él se lo tomó. A Evo Morales, la gente del campo le da hasta lo que no tiene —me contó Lirauze.

—Ustedes como periodistas que me acompañan en los actos ven el cariño de los sectores que más necesitan al Estado. Ven el cariño de nuestros abuelos y el de los niños. Ellos saben de memoria quién es el Evo. A veces me da miedo, los abuelos me besan, se arrodillan —dijo, en una entrevista publicada en los primeros días de abril de 2016. Al leer la última frase, Isabella Prado, sicóloga social, opinó: “Evo Morales parece un niño desesperado buscando la aprobación de sus padres”.

* * *

Han pasado 100 días desde que se supo que Evo Morales y Gabriela Zapata tuvieron una relación en 2007 y Álvaro García Linera porta unas ojeras de enfermo terminal. Flaco, con el cabello completamente blanco y sentado en un sillón azul, el vicepresidente está dispuesto a hablar de cómo se vivió la crisis Zapata dentro del gobierno.

Esa tarde del 24 de mayo de 2016, en el recibidor de su despacho en la Vicepresidencia, una sala con pisos de mármol decorada en tonos pasteles, García Linera me dijo que les faltaron diez días o dos semanas, a lo sumo, para haber sido ellos quienes desenmascararan a Gabriela Zapata. Contó que en noviembre de 2015 le había llegado el rumor de que había una mujer que se hacía pasar como novia del presidente y que trataba de que el gobierno no cobrara los 20 millones de las boletas de garantías de la empresa CAMC. García Linera asegura que cuando le contó al presidente la situación, Morales ordenó que la arrestaran.

—Estábamos buscando una prueba en video. Necesitábamos una semanita, quizás dos y la metíamos presa.

—¿Cómo es posible que una joven de 20 años engañara al presidente y terminara luego de gerente de una de las empresas que más contrata el Estado?

—No fue mágico. Para mí resulta relativamente sencillo: la señorita era una impostora desde el principio.

—¿Una Mata Hari?

—Una impostora que quería usufructuar y obtener rédito económico utilizando el vínculo que hace años tuvo con el presidente. Hay gente que desde un principio sabía la verdad.

García Linera apuntó a Samuel Doria Medina, el hombre al que derrotó Evo Morales para quedarse en Palacio Quemado por un tercer mandato, como el responsable de una conspiración en la que habría ayudado la embajada de Estados Unidos.

—Usaron al presidente Evo, a los medios de comunicación, a toda Bolivia. Gabriela Zapata es la mentira colectiva más grande de los últimos 50 años. Evo no nos mintió, nos dijo su verdad.

Mientras yo hablaba con García Linera, el presidente estaba en el departamento de Chuquisaca, en un acto en el campo. En medio del discurso, se refirió a la elección que había perdido el 21 de febrero. Por primera vez, usó la palabra derrota.

—Claro que nos ha dolido la derrota. Desde el 2005 ganábamos con más del 50, 60 por ciento —dijo—. Con tantas calumnias, han confundido al pueblo, pero ahora se sabe la verdad.

Mientras oficialistas y opositores debatían si era posible un nuevo referéndum por la reelección, el presidente miró ese panorama de indígenas fieles, ese pequeño mar de banderas ondeantes, y les dijo: “Saludo que en el área rural hemos aprobado con amplia mayoría el Sí. Con la ciudad hemos perdido. Pero como todos dicen, ése fue el primer tiempo y ahora viene el segundo tiempo. En el segundo tiempo veremos quién es quién”. Evo Morales no sabe perder, porque no sabe darse por vencido.

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No - 176 Noviembre 2016

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