La muchacha que no quería ser cantante - Gatopardo
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La muchacha que no quería ser cantante

Julieta Venegas dice que se ve a sí misma como una pianista que se disfraza con un acordeón en los escenarios. Ella marcó a una generación de mujeres en los años noventa, cuando rompió con el arquetipo de las cantantes “famosas”, rubias y operadas. Ahora está de vuelta con uno de los discos más arriesgados –y oscuros– de toda su carrera, “Los momentos”.

La niña que podría ser escritoraPor la tarde. Finales de febrero. Sur de la ciudad de México. El sol, cerca de los treinta grados, parece ser el último en enterarse de que aún estamos en invierno. De costumbres provincianas como soy, llego caminando sin problema a mi destino, ajeno al tráfico y al caos de las horas punta. Llego a la casa de Julieta. Toco el timbre y se abre el portón automático. Entro por un corredor empedrado al aire libre y, a través de esa privada, busco el número. “Diga”, me dice una chica con la respiración agitada cuando me abre la puerta. Detrás de ella oigo la voz de una niña. Es Simona, pienso, la hija de dos años y medio de Julieta.

“Hola —le digo—. Vengo a ver a Julieta”. La muchacha me observa, luego devuelve la mirada a la sala. “Están ensayando en el estudio”, responde. Intento agregar algo más a mi favor, pues no sé dónde queda el estudio. Ella regresa a la sala y oigo que dice: “¡Simona, ya te dije que eso no es para pintar!”. Una risa infantil y contagiosa se oye al fondo y luego unos pasos rápidos y titubeantes emprenden la huida.

“Es en la primera casa”, me dice la chica ahora sin quitarle la vista a Simona. Me asomo y la saludo. Simona se queda quieta un segundo, observando al extraño que acaba de aparecerse en su puerta. En una mano tiene un libro ilustrado de tapas duras abierto por la mitad y una crayola naranja en la otra. Me sonríe. Luego reanuda su carrera por la sala, más divertida que antes. Por alguna extraña razón, no puedo evitar sonreír también por primera vez en lo que va del día.

El año pasado, durante la gira de Otra cosa, la mamá de Simona y su banda estuvieron tocando mucho. A lo largo de 2012 dieron unos setenta shows en Sudamérica y Europa. La diferencia es que ahora Julieta Venegas tiene un ser humano que depende de ella las veinticuatro horas del día. “A los viajes Simona se va conmigo. Nunca he hecho una gira sin ella desde que nació”, es lo que me dice cuando le pregunto cómo le hace para compaginar ambos mundos. “El ritmo de todo cambió; no sólo la gira. Incluso ahora que empecé a escribir este disco dije: ‘Sí, claro, terminamos la gira y en junio lo tengo escrito y listo’. Y no. Me tardé mucho más en escribirlo, me tardé más en grabarlo. De hecho no salió el año pasado como estaba previsto”.

El estudio está situado en una casa aledaña a la de la de Julieta, dentro de la misma privada. El sonido es el que me guía. Julieta me da la bienvenida. Acaba de salir de un evento de promoción para la ONU, con la que ha colaborado antes en diversas campañas. Se levanta del enorme piano de cola en el que ensaya y me presenta a su nueva banda. Es el grupo con el que estará tocando en la gira de Los momentos —su nuevo disco— y del que, orgullosa, me había platicado unos días antes. Nada qué ver ya, por ejemplo, con la alineación que escuché todavía en mayo del año anterior en el Wirikuta Fest del Foro Sol. En el estudio ya no hay más percusiones afroamericanas, cavaquinhos, clarinetes, trompetas ni instrumentos exóticos. Todo lo que puedo ver alrededor es, de hecho —salvo el piano de cola en el que ensaya Julieta—, lo que un extraño calificaría como los instrumentos de una banda de rock o una banda de garage. Han vuelto a los básicos.

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