La vida va a ganar

León Muñoz capta los rostros de cientos de jóvenes que han sido afectados por el crimen organizado.

—¿Cuándo te sientes frágil?
—Cuando hay violencia y no puedo hacer nada. Es un problema que tengo cerca porque muy seguido pasa. Hay personas así, conocidas, que están involucradas.
San Fernando, Tamaulipas

El mundo de un adolescente mexicano de hoy es un mundo brusco. En especial cuando se mira desde San Fernando, Tamaulipas; Ciudad Juárez, Chihuahua, o La Huacana, Michoacán, donde la muerte va ganando el juego de la vida. Algunos chicos de estos lugares aparecen retratados aquí con rostros de risa y vértigo. Mientras hacemos el viaje al que nos lanza León Muñoz, los vamos conociendo. Viven en sitios donde no solamente hay un mundo alimentando de horror la cotidianidad. Si se les mira con el corazón, en sus ojos veremos cómo se trasluce una brusquedad que es todavía más dramática que la realidad gore de su entorno. Estos mexicanos del mañana transcurren su adolescencia en sociedades en las que las libertades civiles, en lugar de fortalecerse, retroceden desde hace unos años. Si los alumnos del Colegio Madrid estudian entre noticias de que en su ciudad, el Distrito Federal, ahora hay más derechos para minorías como los homosexuales o para que las mujeres puedan abortar, en San Fernando, Tamaulipas, los muchachos ni siquiera tienen el derecho de leer en los periódicos locales, amenazados, la noticia mundial de que el día anterior fueron hallados setenta y dos migrantes masacrados en un galpón de su pueblo. A la agonía de la libertad de prensa en sitios como en San Fernando se suma la de la libertad de tránsito, la de la libertad empresarial y varias más, incluida hasta la de un sueño manso. Esta desproporción entre el Distrito Federal y muchas otras ciudades y pueblos del país no es nueva. Pero está más marcada que nunca a causa de los años de violencia enloquecida con los que acabó la primera década del siglo XXI.

León Muñóz, int7

En algún momento del libro, un chico dice: “El que no usa Facebook, no vive”. Eso es cierto y quizá ya no resulte tan llamativo a estas alturas de la pandemia “facebookera”. Casi cualquiera que pueda comprar un plato de comida a diario tiene la posibilidad de acceder hasta la médula de ese entramado de ilusiones ópticas que, sin embargo, cada vez produce más de nuestras realidades objetivas. Lo que llama la atención es que cuando alguien dice: “El que no usa Facebook, no vive”, y es de Ciudad Juárez —donde la palabra vida es desafiada a diario por la palabra muerte—, podemos ponernos a reflexionar, quizás hasta apreciar, lo que significa la realidad virtual de Facebook en espacios en los que las calles, muy seguido, son zonas de guerra; es decir, zonas de destrucción y dolor.

—¿Cómo describirías el mundo que te rodea? —pregunta León a otro chico de Ciudad Juárez.
—Casi no salgo —le responde.

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