La vida rural tiene rostro de mujer
Dónde están las mexicanas del siglo XXI.
Por Guillermo Sánchez Cervantes
agosto 9, 2018

Con la partida de los hombres hacia las ciudades o al extranjero empezó lo que han llamado la “feminización de la vida rural”. Donde alguna vez hubo hombres que sembraban el campo, ahora hay mujeres que se quedaron con tierras que no son redituables y de las que casi nunca son propietarias. Ahora ellas siembran en traspatios para darle de comer a sus familias, de las que están al cuidado, y recurren a otras formas de obtener ingresos. Pero, en ese proceso, han encontrado nuevas formas de vida y organización, como las cooperativas, en las que grupos de mujeres producen artesanías y alimentos, imparten talleres o venden recorridos turísticos y ecológicos —aunque no han sido aún una respuesta para salir de la pobreza extrema.

 

I

Quince minutos a pie bajo el sol, a más de 35 grados, recorre Russy Rosalba Chay Tucuch todos los días de su casa al trabajo. Lo mismo hace cuando va a la tienda de abarrotes a comprar el mandado, o al centro, donde al mediodía encuentra tortas, panuchos, salbutes. Son caminos interminables de terracería tapizados de hoyos (ahí, ningún teléfono móvil tiene señal), entre sembradíos de frijol, calabazas y maíz, por los que pasan bicicletas con asientos traseros que funcionan como taxis y cobran 10 pesos por el traslado. Es un recorrido entre viviendas (que ya reemplazaron el bajareque por el ladrillo) con las puertas siempre abiertas, donde se ve a mujeres de huipiles blancos, algún perro tomando el fresco a la sombra o montones de basura quemándose junto al portal porque no pasó el camión de recolección municipal. Aquí no hay servicios médicos ni bancos, ni mercados ni microbuses locales. Aunque, como en toda contradicción, se alcanzan a ver en los techos algunas antenas de televisión restringida.

Esto es San Antonio Sihó: una comunidad de 1,500 habitantes mayas en el oeste de Yucatán, a nueve kilómetros del estado de Campeche, que vive en condiciones de pobreza como muchos otros poblados rurales de México. Solía ser una hacienda en la que se trabajaba el henequén, hasta que lo desplazó la industria de fibras sintéticas, como el nailon. En lo alto se alcanza a ver la chimenea de lo que era la máquina desfibradora; el casco principal sobrevive en el abandono, aún pintado de carmín, y funciona como bodega y tortillería.

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Son las 12:00 de un día de octubre de 2015, una hora a la que es poco usual encontrarse por los caminos a algún varón. A lo mucho, uno se topa con los chicos que salen de la telesecundaria, con el uniforme gris y los zapatos empolvados. La mayoría de los hombres sale muy temprano, a las 5:00 de la madrugada, a trabajar en las maquilas de ropa de los pueblos vecinos de Halachó y Maxcanú (a 20 minutos en automóvil), si no es que hasta la capital del estado, Mérida, donde trabajan en albañilería: van y vienen en autobús por 100 pesos.

—Ése es el trabajo que normalmente hace la gente, incluso las mujeres; salen de Sihó para trabajar y traer dinero a casa —dice Russy, como quiere que la llamemos, mientras recorre la comunidad—. Sólo que es mayor el trabajo para nosotras, las mujeres. Una tiene que preparar la comida una noche antes para el marido y, a la mañana siguiente, dejar el quehacer listo antes de irse a trabajar. Para las mujeres, la jornada es doble. No es justo —agrega—. El hombre no se suma a las tareas del hogar porque llega cansado. ¿Y nosotras no? Al final, parece que sólo una trabaja.

Russy, mujer maya de 40 años, pertenece a una creciente generación de mexicanas que, ante los procesos migratorios, cada vez más intensos, de la vida rural a la ciudad o a Estados Unidos, se quedan en el medio rural y buscan maneras de sobrevivir. Estos procesos empezaron en los años cuarenta y eran marcadamente masculinos. En las últimas décadas, sin embargo, salen tantos hombres como mujeres, no sólo a las ciudades, sino también a otros campos agrícolas en todo el país; van de uno a otro, lo que se conoce como “migración golondrina”. Según datos de 2010 del Instituo Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), 1,652,115 mujeres migraron dentro del país y 231,981 se fueron a Estados Unidos. Las mujeres que no se van se quedan solas. Así, han tenido que reconfigurar su papel, yendo del trabajo doméstico a la agricultura en el traspatio, para autoconsumo, y al trabajo productivo para venta. De acuerdo con una versión preliminar del informe “Medios de vida y estrategias de subsistencia de las mujeres rurales en México” (de la Red Nacional de Promotoras y Asesoras Rurales y el Instituto de Liderazgo Simone de Beauvoir, 2015), las familias que han permanecido en el medio rural son el sector social que más trabaja y menos gana en el país.

De acuerdo con el informe: “En las últimas décadas, la agricultura campesina no ha sido estimulada por los gobiernos mexicanos ni, mucho menos, [ha sido] protegida. Han caído los precios de los alimentos que producen y, en cambio, los costos de los insumos han subido [….] El México rural de hoy ha dejado de ser de familias campesinas que cultivan la milpa”. En este medio rural se observa, por un lado, políticas orientadas a la “modernización” del campo con privilegios para empresarios agrícolas y, por otro, una desatención total a la agricultura familiar y campesina a pequeña y mediana escalas, con desmantelamientos paulatinos de apoyos a la producción y comercialización. Está, como ejemplo, la desaparición del Instituto Mexicano del Café (Inmecafé), en 1989, o de la Compañía Nacional de Subsistencias Populares (Conasupo), en 1998, que trajo consigo la eliminación de los precios de garantía, que protegían al campesino de la baja de los precios del mercado y servían como estímulos para la producción del maíz y otros productos básicos.

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—Las políticas han favorecido a un pequeño grupo de empresarios, agroexportadores, de agricultura comercial, muy moderna, competitiva y rentable —dice Gisela Espinosa Damián, profesora e investigadora en Desarrollo Rural por la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM)—. Se ha considerado que lo que durante años fue la base de nuestra alimentación —la agricultura campesina e indígena, la pequeña agricultura— no tenía sentido en tiempos de globalización y competencia en el mercado mundial. Entonces, las políticas dirigidas a la agricultura “campesindia” la llevaron a la quiebra.

En este contexto, el rostro de la vida rural se ha ido transformando. El campo dejó de ser el principal medio de producción de las comunidades rurales; la agricultura ya no es la actividad que daba sentido al hogar y a las familias campesinas. Una de las alternativas para sobrevivir ha sido el cultivo del traspatio y la cría de animales. Son las mujeres “que se quedan” quienes se encargan de esta labor, cuyo objetivo es el autoconsumo familiar. Al tiempo que siembran hortalizas, árboles frutales, hierbas de olor y medicinales, y crían aves de corral o cerdos, continúan desempeñando sus ocupaciones tradicionales, que no les dan ingresos, y hacen otras más que sí se los brindan.

Así, desde que el campo dejó de ser redituable para vivir, la vida rural ha reconfigurado las tareas femeninas. Las mujeres, muchas de ellas solas, sin dejar de cuidar el hogar, han salido a trabajar, algunas al traspatio, a las maquiladoras, a fábricas lejos de sus hogares, y otras a las grandes ciudades. Tienen, por ejemplo, programas que les permiten subsistir, como Oportunidades y Prospera, pero que no alivian la pobreza ni logran empoderarlas de ninguna forma. Por el contrario, perpetúan los estigmas de género y los roles de cuidado de la mujer, pues programas como Procampo y Proagro ofrecen beneficios sólo a propietarios de la tierra, lo que excluye a muchas mujeres que no tienen ese privilegio.

II

A los 21 años, Russy era una chica que daba catequesis a los niños de su comunidad. Se reunía con un grupo de compañeras que rondaban su edad en la pequeña iglesia de San Antonio de Padua, patrono de Sihó. Entre ellas hablaban de los problemas que tenían las mujeres. En ese entonces acababa de darse la liquidación del henequén, en 1992, una industria en decadencia desde mediados del siglo XX. Como sus padres y abuelos habían sido henequeneros, toda la familia dependía de la fibra de maguey. Así que hubo movimientos. La gente comenzó a salir de la comunidad para conseguir trabajo. Russy recuerda que, antes, los varones madrugaban, trabajaban el henequén y por la tarde se dedicaban a la milpa.

—Las familias estaban unidas. Comían juntos, se hablaba de los problemas, se resolvían juntos. Después de la liquidación, comenzaron a irse a la ciudad, a Mérida, a trabajar. Se iban los lunes y regresaban los sábados. Regresaban tomados, vivían un estrés muy fuerte —dice Russy.

Los varones no sabían de albañilería, tenían que aprender. Se enfrentaban a problemas como que la gente no hablaba maya o que el trato del patrón con el empleado maya no era amable. Las mujeres tuvieron que resolver los problemas domésticos solas, llevar a los niños a la escuela, vigilar su educación, cocinar, limpiar la casa. Al irse los hombres, se abandonó la milpa, se dejaron de sembrar elotes, calabazas y frijoles. Aparecieron muchas “tiendas” y ahí se compraba la despensa. Russy asegura que estas nuevas dinámicas llevaron alcoholismo, diabetes e hipertensión a la comunidad. Mucha gente comenzó a enfermarse a partir de la década de los noventa. Más aún, debido al monocultivo del henequén, la tierra de Sihó también se desgastó.

—Hoy, la tierra aquí no se puede trabajar más porque ya no hay nutrientes que propicien una buena producción agrícola. Por eso se cultiva poco, para autoconsumo, como camote, chile o jitomate. Trabajar el campo es caro, requiere más tiempo y las abruptas temporadas de sequía por el cambio climático no ayudan mucho que digamos. Sale caro.

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En ese 1992, Russy y sus compañeras comenzaron a notar todos estos problemas con la tierra y por la falta de trabajo. Sus reuniones condujeron a la creación de una organización de, por y para mujeres mayas, que las ayudara a sobrevivir económicamente y retribuyera a Sihó con cooperativismo: así nació Cadin (Centro Alternativo para el Desarrollo Integral Indígena, A.C.).

—Nos empezamos a juntar porque veíamos el impacto de la gente que salía, de las carencias y limitaciones. No teníamos alternativa como mujeres. Si tenías cierta edad, tenías que casarte y dedicarte a los hijos. No había otra opción. Nosotras teníamos otra idea: no sólo queríamos casarnos, sino que también nos formáramos y aprendiéramos cosas. Crecemos bajo un determinado rol. Los únicos que estudian son los hombres. Nosotras entonces teníamos la primaria truncada. Yo había llegado hasta cuarto año.

—¿Cuál fue la razón por la que no siguió estudiando?

—Por desigualdad de género, pero no losabía en ese momento. Mi mamá se enfermó y yo era la mayor de la familia, de cinco hermanos, tres varones y dos mujeres. Mi papá automáticamente me quita la escuela para que yo atendiera a mis hermanos. Si uno de la familia iba a estudiar, tenía que ser varón.

Como dicta la tradición patriarcal con la que creció, uno de sus hermanos estudió Derecho. Fue hasta que ella cumplió 23 años que pudo terminar la primaria y luego la secundaria, en programas de educación para adultos. Hoy es universitaria.

—Ahora entiendo lo que pasó: la desi-gualdad de género.

III

—¿Por qué no emplean a hombres? —le pregunto a Yolanda María Vaas Centurión, de 64 años y cabello cano, de la cooperativa demujeres Kich Pan Coole, que significa “mujer bonita”, en Santa Rosa, a 65 kilómetros del aeropuerto de Mérida.

—¡Ay, no!, ¿para qué? ¡Qué van a saber! —responde.

Es una mañana de octubre. Yolanda lleva falda azul y blusa de flores, está sentada en un banco afuera de su taller, bajo la sombra. Mientras mira la gente pasar, cepilla el henequén que compró a 18 pesos el kilo y con el que cosen portavasos, paneras, tortilleros, alhajeros, entre otros objetos para venta en comercializadoras y tiendas de Mérida; un oficio que Yolanda aprendió hace 13 años junto con otras mujeres, gracias a la Fundación Haciendas del Mundo Maya, cuando dejó de cultivar sábila y papaya porque le era más redituable trabajar artesanías.

—Ellos no quieren… La verdad, se les haría muy difícil trabajar con mujeres, no piensan igual que una. No vamos a coincidir. Bueno, eso pienso yo. Nunca hemos tenido en mente tener hombres, siempre hemos sido mujeres —dice Yolanda, que tiene cuatro hijos y dos bisnietos.

—¿Su marido a qué se dedica? ¿Aún trabaja?

—No, ¡él nomás me mira ahí sentado en la esquina! —hace una pausa—. Bueno, es que él es más grande que yo.

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De acuerdo con Espinosa Damián, “ante un efecto demográfico acumulado, encontramos 83 hombres por cada 100 mujeres en comunidades y municipios rurales. Esto ha sido denominado como la ‘feminización’ de la vida rural. Hablar hoy de ‘feminización’ tiene que ver más que nada con la sobrecarga de trabajo. Se está viendo un crecimiento de familias con jefaturas femeninas, quienes tienen a su cargo a los hijos, la casa y el empleo. Esto ha crecido de 27 a 29% en lugares de alta intensidad migratoria”.

Con esta “feminización”, las mujeres rurales tienen más responsabilidades y trabajos. Mujeres desgastadas se encargan de los hijos, de la parcela —que trabajan sin tecnología—, de los animales, de llevar la comida a la casa y también el dinero, empleándose incluso fuera de casa. Así, ahora encontramos a la mujer rural ejerciendo nuevas funciones y responsabilidades, muchas veces enfrentando una sociedad patriarcal. Viven en malas condiciones de vida, con desgaste físico y emocional, pues en la vida rural se concentra la pobreza y los más altos índices de marginalidad. A ellas les toca suplir, con su trabajo y su tiempo, la caída del ingreso y los recortes del gasto público: recurren a nuevas tareas generadoras de ingreso y productos.

En el estudio “La feminización del campo y sus impactos territoriales” (2010), los autores Patricia Couturier Bañuelos y Luciano Concheiro Bórquez, ambos profesores e investigadores en el Departamento de Producción Económica de la UAM-Xochimilco, dicen: “Las mujeres intensifican sus actividades extradomésticas para el sostenimiento de su hogar ante la incertidumbre del envío de remesas de sus maridos [en Estados Unidos] que, en muchas ocasiones, se vuelven insuficientes y esporádicas y, en el peor de los casos, inexistentes”.

De acuerdo con datos de 2015 del inegi, 70% de los mexicanos en pobreza son mujeres y según el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval), 61.1% de la población del campo vive en pobreza; la gráfica de pobreza por grupos de edad muestra que hay 28.5 millones de mujeres, contra 26.8 millones de hombres.

Así, las mujeres han reconfigurado su papel en la vida rural mexicana, algunas solas, pero otras más han explorado alternativas, como el nuevo cooperativismo.

 

IV

Russy es la líder de Cadin, organización formada por 13 mujeres de entre 23 y 41 años que sostienen la cooperativa Huun Much Taan Kanik Kuxtal, que en español significa “juntas aprendiendo a vivir” y la cual produce objetos de papel reciclado e imparte talleres con enfoque de género a su comunidad. Si uno pregunta por Cadin, cualquiera le dirá cómo llegar. Hace poco, Russy terminó el bachillerato y ahora estudia una licenciatura en Psicología en Umán, a dos horas de Sihó; da masajes energéticos según los ritos mayas y tiene diplomados en proyectos sostenibles, procesos de producción y fortalecimiento de liderazgos indígenas.

La comunidad de San Antonio Sihó es una de tantas en la península, como las de Maxcanú, Tixkokob, Temozón Sur, Abalá e Itzincab Cámara, que con el apoyo de organizaciones como Fundación Haciendas del Mundo Maya, Grupo Semillas, Fundación Origen y Red Nacional de Mujeres Rurales (Renamur) ayuda a las mujeres mediante la educación: les enseñan un oficio y las capacitan para vender productos de henequén, filigranas, bordados, papel reciclado, tallados de cuerno y urdidos de hamaca, y forman cooperativas especializadas en cada uno de estos oficios.

“Son programas con los que se están rompiendo patrones. Mujeres que se dan cuenta de que pueden lograr lo que quieran, seguir estudiando, ser madres y trabajar al mismo tiempo, que no están limitadas. Que si su mamá lavaba ajeno no quiere decir que ellas tengan que hacer lo mismo. Que sepan que valen”, dice Mariana Baños, directora de Fundación Origen.

Ante la situación del campo, una de las rutas para llevar a la mujer rural al empoderamiento económico ha sido el cooperativismo. Es una manera de desarrollar redes de mujeres que se apoyen unas a otras, que establezcan vínculos y descubran las fortalezas de cada una para trabajar en equipo. El cooperativismo empezó a impulsarse en los años setenta en México, de acuerdo con Espinosa Damián. Sin embargo, en los últimos 15 años hay más cooperativas que buscan crear recursos y espacios para la organización productiva de mujeres, así como su participación en la vida económica.

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Vestida con huaraches, unos pantalones cortos color beige y una blusa blanca con bordados como los del huipil yucateco, Russy se ha formado como promotora, en busca de apoyos para las mujeres indígenas de las comunidades de la región que han dejado de trabajar las parcelas porque ya no es redituable. Adonde tenga que ir, para impartir o tomar un taller —ella o cualquiera de sus compañeras— va. Russy habla español y maya. Se entiende con su gente. La entiende.

—Ahorita la situación es precaria. Nada es seguro. No tenemos seguro de vida, dependemos del Seguro Popular, porque no tenemos trabajos fijos. Si un albañil no va a trabajar, pues no come ese día. Nadie le va a pagar. Ahora está por acá lo de la famosa “chinconcuya” [sic], entonces la gente se enferma, deja de ir al trabajo y no tiene con qué comer. No trabajas, no comes…, pues poco es lo que llega a la comunidad —dice.

En este terreno, ellas construyeron un par de casitas que funcionan como oficina y salones para servicio comunitario; ahora están construyendo una ludoteca para la que tienen varias computadoras. Hay un patio donde elaboran papel reciclado, también una palapa para los convivios especiales así como una papelería, la primera en abrir en Sihó —hoy, dicen, ya hay cinco—. Aquí, Russy y sus compañeras ofrecen talleres gratuitos sobre salud sexual y reproductiva, prevención de violencia de género, derechos humanos de las mujeres, empoderamiento y liderazgo. Todas han sido formadas para ello. Dos veces al mes llegan especialistas en Psicología y Derecho para asesorar a las mujeres de Sihó con charlas y consultas sobre temas como violencia de género, con el apoyo de la Casa de la Mujer Maya, de Mérida. Con la ayuda de un sacerdote maya, elaboran remedios. En una pared, en bolsitas de plástico, venden hierbas para las reumas, la artritis, los cólicos menstruales, bronquitis, ácido úrico, flujo vaginal, cada una con sus instrucciones.

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La cooperativa Huun Much Taan Kanik Kuxtal se encarga de producir papel reciclado para cajas de regalo, libretas y papel de colores que se venden en tiendas y plazas de Mérida, o donde ellas puedan promoverlos. Todas las mañanas ponen en una licuadora industrial papel mojado de reúso que les regalan en las oficinas públicas y en la escuela primaria de Sihó, mezclado con tintas naturales para hacer diseños atractivos. Luego lo cortan sobre tablas, lo extienden y planchan con un rodillo, y lo ponen a secar al sol. Es un proceso al que llaman impresión. Por las tardes, con el papel ya seco, comienza la elaboración de libretas.

—Están cortadas en tamaño carta, que es como lo piden los chavos —dice una de las compañeras al mostrar su trabajo.

Elaboran además cajas de regalo, bisutería, collares y aretes de papel reciclado que se venden en tiendas y plazas de Mérida. Los precios de sus productos van de los 7 a los 90 pesos. Cada día producen 100 hojas y 8 libretas.

—Cuando salimos a dar un taller, llevamos nuestro producto; adonde vamos lo llevamos. Hay una organización en Chiapas a la que le mandamos cosas para su tienda. Las compran para regalos. Nos capacitamos en tonos y modelos —cuenta otra compañera.

Fondo Semillas les dio una beca para quitar los techos de lámina que generaban mucho calor y limitaban su trabajo. Ahora están gestionando otro apoyo para construir una bodega. En una mesa tienen un par de dibujos de cómo sería.

—Ahora le estamos haciendo de arquitectas —dice otra.

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—La manera en la que funciona la cooperativa es que, con lo que vendemos y los apoyos que obtenemos de organizaciones, sirven de utilidades que se van resguardando. Porque no siempre nos va bien. El mes pasado la licuadora se descompuso y hubo que mandarla a reparar. No todo lo que se vende se reparte. Si no, cómo se compra la materia prima. Si nos distribuimos todas las ganancias, nos quedamos sin recursos —dice Russy.

Ahí, viendo la entrevista, está Wendy María Colli Tucuch, de 28 años, con la secundaria terminada. Cuenta que ha llegado a ganar 1,400 pesos quincenales, pero muchas veces se conforma con 700. Sus amigas de la escuela están casadas y tienen hijos, sólo una terminó sus estudios y se fue a vivir a Cancún, a 370 kilómetros de Sihó. Ella, en cambio, dice que está construyendo algo diferente, aunque aún enfrenta muchos retos para que sus ventas lleguen a ser una fuente de ingresos suficiente y regular.

“Cuando la mujer empieza a percibir ingresos, se da cuenta de que también es capaz de generarlos y mantenerse. Su visión sobre sí misma cambia. Adquiere confianza, se vuelve independiente. Descubre que tiene capacidad de ahorro y capacidad de pagar”, explica Adriana Juárez, presidenta de Renamur.

Posan ante la cámara, tímidas, incómodas: Maribel, Wendy, Nelsy, Ana, Lilia, Russy, María del Socorro, Floricela, Ana Bertalicia, Griselda. Se sonrojan. Mujeres no más altas de metro y medio, de cara redonda, cabello negro y piel morena. Una tiene siete meses de embarazo, otra es sordomuda. La mayoría está casada, las más jóvenes son solteras. La fotógrafa les pide que sonrían.

—¡Eso! ¡Pero qué guapas! A ver, una sonrisa más. ¡Así! —los flashesse disparan.

Se divierten, platican en su idioma, se tapan la boca al reír, en este jardín de hierbas, guayabos y demás arbustos, con celdas solares para el riego. Y aunque rondan demasiadas hormigas por ahí, en este preciso momento nada les preocupa. Si ellas no se hubieran organizado y aprendido a escribir, a usar una computadora, a facturar y llevar un negocio, estarían en sus casas dedicadas exclusivamente al cuidado de los niños, haciendo las tareas, lavando la ropa, preparando la comida para cuando llegara el marido. El cooperativismo las ha distanciado de la vida del resto de las mujeres de su comunidad, aunque trabajar y atender el hogar les representa una jornada doble.

V

A lo largo de la historia, la imposibilidad de ser propietaria de la tierra ha sido una de las formas de discriminación que ha sufrido la mujer rural. Aunque ya pueden ser propietarias, los titulares, en su mayoría, aún son hombres.

—Por años, la ley sólo reconoció como sujetos con derechos agrarios a los hombres —dice Espinosa Damián—. En los setenta se reconoció el acceso igualitario y sólo 1.3% de los predios rurales pudo estar en manos de mujeres. Hoy, ellas son titulares de alrededor de 20% de las parcelas en México. Pero tampoco quiere decir que tengan el uso y el usufructo de esa tierra: a veces aparecen como titulares, pero sus hijos trabajan la tierra. O no son titulares, pero la están trabajando, la utilizan y viven de ella, pero no tienen acceso a programas como Procampo y Proagro porque legalmente no tienen ellas la posibilidad legal de ser propietarias de la tierra. Esto no ha modificado las formas de pensar sobre el papel y el lugar de las mujeres en la vida rural. Así, podemos estar ante mujeres que cultivan la tierra y hombres ausentes, pero las formas de pensar y ordenar la vida social siguen ancladas en una noción patriarcal. Y sólo a través de la presión de las propias mujeres, como el caso de esta cooperativa, se irán modificando prácticas.

—Las mujeres aquí no tenemos tierra, no tenemos nada —dice y repite Russy Chay, aunque ella y sus compañeras lograron tener donde trabajar. La cooperativa solicitó un terreno al municipio de Maxcanú en 1996. Le dieron el espacio que ocupa ahora, pero cuando la comunidad de San Antonio Sihó se enteró de que iban a darle un trozo de tierra a un grupo de mujeres mayas para levantar una organización, se armó la revolución. O, como dice Russy, un “revoltijo”. Las compañeras salieron de sus casas y comenzaron a recolectar firmas entre amigos, familiares, vecinos. Ellas tuvieron que convencer a la gente de que iban a ayudar a Sihó. Finalmente, el municipio les dio este terreno y a la primera casita que construyeron la llamaron “Casa Rincón”. Fue su primera victoria.

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Que el gobierno otorgara tierra a un grupo de mujeres mayas era impensable. No está bien visto.

Nos sentamos en un salón con techo de paja que funciona como guardería. Aquí los niños de las compañeras se quedan jugando y haciendo las tareas mientras sus madres trabajan.

Una de las compañeras ha traído un ventilador eléctrico:

—Para que no se nos derritan como la de Frozen—dice, riéndose, y se retira.

—Los ejidatarios de por aquí se juntaron en nuestra contra. Y la cosa no ha cambiado mucho que digamos. Un hombre puede tener tierra. A veces, incluso cuando alguien la está vendiendo, lo pregona a un hombre, no a una mujer. Por ejemplo, mi casa está a mi nombre, porque mi papá me la cedió. Tenemos una compañera que la vez pasada quería comprar una tierra, y lo hizo, pero a partir de su hermano. Aquí las mujeres siembran, pueden trabajar la tierra, que no es a grandes escalas, cítricos, por ejemplo. Pero no está bien visto que seamos ejidatarias. Conforme íbamos creciendo, a partir del 2002, hubo otros grupos de mujeres que venían con nosotras, que también se habían capacitado. Hubo en su momento la idea de formar entre todas una red de mujeres de la península, que no nos funcionó porque no se pudo lograr la parte que tiene que ver con la comercialización; teníamos calidad de producto, contábamos con lo que se requiere, pero la parte de buscar dónde vender los productos y estar todas de acuerdo limitó y desanimó a muchas —dice Russy.

—¿Cómo miran los hombres de Sihó el trabajo que hacen? —le pregunto.

—Mira, la organización está trabajando temas difíciles, fuertes, como la violencia. El tema de hacer nuestro producto, salir, ir, llevar, vender, irte a Mérida…, todo eso, a lo mejor algunos no lo ven bien. Muchos piensan que por eso las mujeres se les están rebelando. Pero hay personas que nos reconocen, saben de nuestro trabajo; hay varones que se acercan y nos piden apoyo. Son procesos difíciles. A las mujeres casadas muchas veces se les cuestiona que no puedan dedicarle tiempo suficiente a sus hijos.Aunque los hombres las apoyan moralmente, cuando uno de los niños se enferma —dice Russy—, no falta el reclamo, el arrebato, de que no les dedican la atención suficiente por estar trabajando. Cuando alguna de las compañeras casadas tiene que salir a tomar o dar un taller, el esposo se queda a cuidar a los niños. Y los demás hombres de Sihó no ven esto con buenos ojos.

—¿Cree que esto se trate de machismo?

—Una piensa al principio que no existe. Pero cuando se empieza a hablar del tema, se destapan cosas. Una se da cuenta de que sí está presente, sólo que estaba tan acomodado en las creencias, en los mitos y las ideas que nos han inculcado que lo normalizas. Cosas propias de la cultura. Vivimos en situaciones de violencia invisibles por costumbres y tradiciones. Lo hemos visto con las compañeras que vienen, que nos dicen: “He sido vulnerable, me ha pasado esto y lo otro y no me había dado cuenta de que estaba en riesgo mi vida”. Acá se está dando mucho: “Que me junto contigo, tenemos hijos, luego me busco a otra, te dejo y te quedas con el niño”. Se están dando muchos casos. Hace rato estaba atendiendo a una mujer que vive esto y me decía: “¿Y ahora cómo le hago? Trabajo sólo en la maquiladora, tengo 700 mensuales para transporte, comida y todo. ¿De qué voy a vivir con mi niña?”.

De acuerdo con la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares, 7 de cada 10 mujeres mexicanas sufren violencia de algún tipo. Para Russy Chay, las violencias psicológica y económica son las más comunes. Aquí, al platicar con la gente de Sihó, ha escuchado de muchas a las que les falta dinero, que se dejan al último: prefieren que sus niños coman lo suficiente y ellas se conforman con lo que sobre; casos de mujeres enfermas que no se atienden por miedo a que les quiten el trabajo, o que tienen que ir con un curandero mientras que los varones sí van al médico. Tal vez no haya violencia física, pero la psicológica y la económica pueden ser igual de fuertes. Hace semanas, Russy estuvo en la comunidad de Santa Rosa de Lima haciendo un diagnóstico entre indígenas y observó esta desigualdad: hicieron gráficas en las que se mostraba que la gente veía como algo normal que los varones se preocuparan por la economía, mientras que las mujeres por el hogar.

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—Estas situaciones te destruyen como mujer. Esta mujer tenía 28 años y la miraba y se veía más acabada que yo. ¿Qué está pasando con nuestra generación? Desgaste emocional de las personas. Muchas mujeres te dicen que no duermen, no hago esto, lo otro. Y lo han normalizado. Y lo peor: muchas dicen: “Ay, pobre de mi marido, no fue a trabajar”, pero se tomó su cerveza y pidió su paga antes. O el lunes no entró a trabajar porque estaba crudo. “Pobre”, dicen. Y no, no es pobre. Es que no está consciente de lo que está haciendo. Las mujeres justifican estas situaciones.

Así las han educado.

—Si no se modifican las políticas, si no se detiene esto que Conapo denomina “despoblamiento rural” por los fenómenos migratorios, si no se protege a la mujer de la sobrecarga de trabajo y de la “feminización” de la tierra, se va a convertir en la “comalización” de nuestro país. Una serie de pueblos fantasmas, como el Comala de Pedro Páramo. Las mujeres no tendrán hijos que cuidar, maridos con los cuales compartir ni tierra que trabajar —afirma Espinosa Damián.

VI

Sagrario Melo Pacheco es una promotora comunitaria de Puebla que ha visto y recorrido los nuevos caminos de la mujer rural hacia el empoderamiento económico.

—Hoy, las mujeres tenemos muchas preocupaciones —dice Sagrario en entrevista—. Nos espanta que haya una crisis o que suba el dólar. Nos preocupa la violencia y el narcotráfico. Nos preocupa cómo sacar adelante a nuestros hijos. En mi municipio, Zapotitlán Salinas, Puebla, la situación de la migración es grave. De 5,000 habitantes, la mitad hoy está en Estados Unidos. Nos preocupa enterarnos de jóvenes que se están perdiendo. O de que el marido que está del otro lado, que un día quiera regresar y no encuentre trabajo. Todo esto es lo que nos lleva a organizarnos. A buscar fuentes de empleo.

La comunidad de Sagrario es un ejemplo de cómo el cooperativismo, la creación de redes de mujeres, es una de las vías hacia el empoderamiento, ante las dificultades que encuentra la mujer en la vida rural, similares en todo el país: dobles jornadas de trabajo, no propiedad de la tierra, no tecnología, desventaja ante las grandes empresas, los cambios ambientales para trabajar la parcela y la migración de los hombres. Aquí, un grupo de mujeres poblanas decidió crear fuentes de empleo en su comunidad mediante un proyecto de turismo rural comunitario (por cooperativismo) denominado La Ruta de la Sal. Ellas crearon un itinerario turístico que ofrece todos los atractivos naturales a los visitantes; incluye hospedaje, recorridos, gastronomía, artesanías, spade la sal, un museo comunitario con vestigios de más de 65 millones de años de antigüedad, así como huellas de dinosaurios, fósiles marinos y una capilla enterrada del siglo xviii.

Los investigadores Couturier Bañuelos y Concheiro Bórquez dicen que es imposible que las mujeres rurales permanezcan en la situación actual: requieren un mayor impulso como responsables al frente de las parcelas, más financiamiento, capacitación, así como una imprescindible atención médica y psicológica. Es urgente el establecimiento de nuevas políticas públicas que devuelvan a la mujeres al campo y que ayuden a su progreso y desarrollo económico.

Cuando uno le pregunta a Russy cómo se ve en cinco años, se queda callada frente a su escritorio. Mira por la ventana que da a la calle y pareciera que atisba el futuro. Ve esas calles; muchos exigen al municipio de Halachó que pavimenten y creen mejores condiciones; gente que exige materiales para terminar sus casas, para tener baños en forma (y no letrinas). Pero nadie en Sihó solicita apoyos para hacer trabajos productivos que reditúen a la comunidad. En Sihó casi nadie trabaja en equipo, dice Russy; Cadin es la excepción.

Ayer, Russy estuvo en Mérida dando masajes energéticos que la ayudan a prosperar más en lo económico, en lo que la cooperativa se afianza mejor para tener mayores ventas. El dinero que recauda de sus masajes sirve para mantener la organización. A ella le encanta ir de aquí para allá, trabajando, andando, libre.

—Doy masajes porque no podemos depender solas. Nadie va a pagar nuestro trabajo. Las libretas son un complemento, los masajes otro, lo mismo los remedios. Lo poco o mucho que tengamos nos sirve para trabajar de manera coordinada. En cinco años me sigo viendo aquí, no sé en qué área porque nos vamos moviendo. Ahorita estoy como responsable. Pero en unos años será otra persona. De todas maneras, yo estoy dentro de este proceso de trabajo. No me voy a sentar y a esperar a que caigan las cosas. No soy así.

Entra al salón una de las compañeras y le hace señas a Russy. Las chicas han comprado panuchos y salbutes con pollo y col para hacer un convivio en la palapa con los periodistas. Ella le contesta que ya mero acaban.

—¿Crees que las mujeres en la vida rural necesiten agruparse?

—Desde luego, cuando estás en un proceso de organización, es más fácil sacar un trabajo. Empiezas a ver el oficio de otra manera, cuánto cuesta la materia prima, cómo la voy a vender, cómo lo voy a platicar, cómo lo voy a mostrar a la gente. Reuniéndose es más fácil conseguir apoyos. Yo le apuesto mucho al trabajo de organización. Está en nuestras ideas que enseñemos a otras mujeres a organizarse y a tener las herramientas para salir adelante.

—¿Qué le preocupa a una mujer como usted?

Russy responde como la microempresaria en la que se está convirtiendo:

—Me preocupa colocar mejor nuestro producto en el mercado. Estar en más lugares a la venta. Sería lo ideal para nosotras tener un local fijo. Nos falta mucho. Queremos trabajar la imagen y el eslogan. Y que tenga impacto. Quiero poder decirle a las mujeres de las maquiladoras que se vengan a Sihó a hacer papel, que les vamos a dar su paga y que las trataríamos justamente; tendrían tiempo para ir a comer y llegar a las 10 de la mañana. Quisiera que vinieran grupos de bordadoras, por ejemplo, y nos pidieran prestado el espacio de Casa Rincón para bordar. “Claro —les diría—, vénganse y fórmense.

*Texto publicado originalmente en el libro ¿Oprimidas o empoderadas? Dónde están las mexicanas del siglo XXI publicado en 2016 por Travesias Media.

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