Mirar desde el cuerpo
Un perfil de Guadalupe Nettel
diciembre 6, 2018

Guadalupe Nettel es una de las escritoras más notables de su generación, traducida a casi veinte idiomas. No sólo es un personaje de la escena actual de las letras mexicanas, sino de Iberoamérica. Luego de vivir entre París y Barcelona, regresó a México hace ya nueve años, desde donde ha desarrollado una carrera prolífica. Ganadora del Premio Herralde de Novela 2014, Nettel se ha consagrado entre el cuento, la novela y el ensayo. Desde 2017, es la directora de la Revista de la Universidad de México (publicación cultural más longeva del país) y la segunda mujer a cargo en 88 años de historia.


Guadalupe Nettel ríe y sostiene un expreso entre sus manos, vestida de rojo con una falda y botas del mismo color, así como una medialuna de madera que cuelga de su cuello. Es una risa genuina, involuntaria, la que suelta cada tanto en un pequeño café de la Ciudad de México.

Apareció, a mediados de la última década, entre las páginas de cultura de diarios y revistas de Francia, España, Latinoamérica, y dondequiera que se hablaba de El huésped (Anagrama, 2005). La novela de una debutante mexicana de treinta y pocos años, que escribía en español y en francés, y había vivido en París donde hizo un doctorado en Literatura. La había descubierto una leyenda de la edición en español, Jorge Herralde, el fundador de Anagrama. El manuscrito estaba redactado a doble espacio y con las páginas numeradas, llevaba mucho tiempo trabajándolo. Ahí narraba cómo un ser de forma inimaginable vivía dentro de su protagonista como un parásito. Lo llamaba La Cosa, una suerte de hermana siamesa que amenazaba con apropiarse de su cuerpo hasta dejarla inevitablemente ciega. El manuscrito recorrió todas las editoriales por haber y fue sometido a dictámenes de los que recibió 59 cartas de rechazo. Un día de 2004 cayó del librero de Herralde, mientras él lo organizaba. Lo levantó y revisó detenidamente. Le escribió un correo luego de leerlo: que estaba interesado en el texto y la veía pronto con casaca “anagramaniana”. Sin avisarle, la postuló al Herralde de Novela 2005, que premia a la mejor obra inédita en español. Y aunque el resultado no fue favorecedor, pues no ganó, Herralde se empeñó en publicarla; y no sólo eso, pidió en la octava página una leyenda que diera constancia de que El huésped había sido la tercera finalista, de acuerdo a un jurado unánime. Casi de manera simultánea, la editorial francesa Actes Sud también la publicaba bajo el título L’Hôte, traducido por la misma autora cuyo nombre les resultaba impronunciable a los franceses; sonaba a algo parecido a la Guayana, pero tenía que ver más bien con el nombre de la virgen mexicana, que sus padres le pusieron al temer que hubiera nacido ciega y fue un milagro que sí pudiera ver.

Desde entonces, Nettel ha desarrollado una carrera sin dejarse seducir por los cantos de sirena que no dudaron en llamarla “joven promesa”. Los temas de sus textos, como ese huésped, han ido desdoblándose de manera paulatina, de cuento en cuento, novela en novela, hasta crear una de las obras más notables de su generación. Sus historias hablan de personajes fronterizos, solitarios, freaks, marcados por patologías o por algún rasgo físico, como el lunar blanco de su ojo derecho del que tanto ha escrito y que ha determinado su manera de ver el mundo. 

Ella ríe nuevamente y esta risa, más bien tímida, esconde una pluma que ha traspasado fronteras, y que, como escribe Christopher Domínguez Michael, “ha esperado pacientemente a sus monstruos, sin domesticarlos del todo, como cabe esperar del verdadero novelista”.

A mediados de 2017, Jorge Volpi, coordinador de Difusión Cultural de la UNAM, la anunció como la nueva directora de la Revista de la Universidad de México, la publicación cultural más longeva del país, fundada en 1930. Es además la segunda mujer a cargo, en toda su historia, con 843 números al cierre de este 2018, en una búsqueda por ser un espacio donde los universitarios se encuentren. Este anuncio —con el que relevó a Ignacio Solares— la consagra en otra faceta, la de la edición y en uno de los centros neurálgicos de la academia.

“Es una decisión arriesgada, con la que Volpi está rompiendo inercias de muchos años en la UNAM. Hoy en día las revistas no marcan una pauta tan clara, porque cada vez hay menos títulos de buena calidad y porque la cultura pasa ahora por formas tan dispersas como las redes sociales”, apunta Juan Villoro.

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Es una tarde lluviosa de junio de 2018. Guadalupe Nettel, hoy de 45 años, llegó hace tiempo. Le pareció bien este café por acogedor y estar cerca de su casa, al sur de la ciudad, en el viejo barrio de Coyoacán. Cuenta con un par de mesitas adonde los vecinos vienen a leer o a trabajar, y desde donde puede verse el parque Santa Catarina. Al llegar, pidió un café convencida de que había sido muy puntual. Se sentó en una mesita vacía, colgó su bolsa a un costado y aguardó un poco. Entonces lo recordó: nunca confirmó la cita. Un par de semanas atrás, olvidó esta misma entrevista, pero en su casa. Llegaron a tocar la puerta y su empleada doméstica salió a decir, apenada, que hacía tiempo la señora había salido. Luego de un par de WhatsApps para intentar solucionar este segundo enredo, pidió reagendar la cita ese día pero cuarenta minutos más tarde, en este sitio que resulta llamarse Café El Olvidado. Ella está de vacaciones, así que es el momento para hacerlo. Canceló su orden y, para hacer tiempo, mejor fue a pagar el recibo de la luz.

—¡Siento mucho la confusión! ¡Me pasa todo el tiempo! —dice a su regreso, minutos después, al sentarse en una mesita del fondo.

Las vacaciones de verano de sus hijos (Lorenzo y Mateo, de nueve y siete años, que tuvo con el escritor Gastón García Marinozzi), y que coinciden cuando la UNAM suspende labores, son los días en los que mejor aprovecha y se sienta a escribir. Hace lo que normalmente no puede, así lo dice mientras ordena nuevamente el café que canceló, además de un vaso con agua de jamaica, roja.

—Me he dedicado realmente a escribir. Y cuando eso sucede, con un proyecto que entusiasma con las ganas de terminarlo, es como una espina dorsal que me sostiene y me permite hacer tantas cosas. Porque realmente puedo desdoblarme en diez. Me gusta escribir, estar con los niños y la revista que edito. Además de que tengo que viajar para la promoción de mis libros. Sólo hay que encontrar el tiempo, claro.

Y luego, añade:

—A veces tengo la sensación de que debería estar en otros lados a la vez, en lugar de donde estoy —dice seguido por una risa nerviosa.

Sus hijos, cuenta, son eruditos de futbol, auténticas máquinas de conocimiento. Eruditos como sólo pueden ser los niños, con esa pasión que tiene la infancia. Ellos se visten de verde cuando juega la selección nacional y de albiceleste cuando lo hace la argentina. 

—Les encanta, lo sacaron de mí que lo jugaba de chica. Me gusta verlo, es lo que más disfruto. Ahora en el Mundial apoyé a los latinoamericanos. Me gusta Uruguay. Pero mis hijos le van a Argentina, porque su papá es argentino. Yo no forzosamente, pero tampoco le tengo animadversión.

Estos días, ha estado escribiendo una novela que espera terminar en diciembre. Busca una que tenga mucha tensión y sea contundente. En agosto dijo en una entrevista durante la Feria del Libro de Lima, en Perú, que está trabajando en “la experiencia de la maternidad en este siglo XXI, y de si es una elección militante no tener hijos”. Nació como un cuento que formaba parte de una colección de relatos que también está preparando y, asegura, tiene bien avanzado. Pero notó que éste, en particular, se podía convertir en una novela, que necesitaba más espacio, aire. Así que, como diría Picasso, Nettel escribe esperando que cuando la inspiración llegue, la encuentre trabajando. El cuento es el género en el que se inició, uno que le gusta muchísimo y siente que debe defender, porque el sistema editorial al que califica de depredador sólo quiere publicar novelas porque se piensa que se venden mejor.

—Siempre es difícil publicar un libro de cuentos, no es tan fácil para alguien que comienza y que es lo que generalmente escribe primero. Una vez se lo dije a Herralde, que me parecía que el cuento estaba conociendo un nuevo auge y me respondió: “Debe ser verdad, porque llevo veinte años que escucho lo mismo” —ríe—. Como diciendo, ¡no me estés cuenteando!

Sus primeros relatos comenzaron a publicarse cuando tenía 17, después de un taller que impartía el escritor Rafael Ramírez Heredia. Luego de trabajar ahí un par de cuentos, apareció en la revista Punto de partida, de la UNAM, con uno que tituló “A hurtadillas”. El cuento ha sido un género determinante, desde la época de su infancia, de cuando una tía, hermana de su madre, le leía en voz alta a Rabelais, así como los cuentos cortos de Borges, del que se volvería fanática.

—Mis padres no eran muy lectores de literatura. Mi mamá es jurista, hacía teoría del derecho, leía a Sócrates aunque nunca me lo leyó. Compartir lecturas con ella no es algo que hacíamos mucho. A veces le recomiendo novelas, y las lee, pero no es que hablemos del tema.

—¿Y a tu hermano menor?

—¡Él es todo un misterio! Vive entre Tulum y Moscú.

Su padre, fallecido en 2014, era actuario pero aficionado al psicoanálisis. Leía a Freud y a Lacan. Le gustaba hablar de psicoanálisis y filosofía, y era difícil que no lo hiciera. De alguna manera, Nettel cree que él influyó en su manera de ver el mundo. Podía narrar los cuentos más tenebrosos, pero siempre, quién sabe cómo, lograba hacerlos cómicos. Todo lo veía a través del análisis, todo era un mensaje cifrado del inconsciente que estaba tratando de revelarse. Si ella le contaba un sueño, lo primero que su padre hacía era preguntarle:

—¿Y cuál crees que haya sido el resto diurno?

Ríe.

Había en el librero de la casa de su infancia un volumen de Historias extraordinarias de Edgar Allan Poe, de universos oscuros. Ahí estaban los cuentos a los que se enganchó, como “El gato negro”, “El derrumbe de la Casa Usher” y “El corazón delator”, que dice que es una cosa impresionante.

—¿Lo has leído? Sobre un tipo que alquila una casa a un viejo que tiene una catarata en un ojo. Y no lo soporta. Es una especie de fobia lo que tiene. El personaje se obsesiona a tal grado que no soporta vivir con esa imagen, así que acaba por matarlo. Me gustó porque tiene que ver con dos obsesiones mías: la obsesión por la obsesión y la obsesión por el ojo.

Esta obsesión ha ido a parar a los relatos que componen Les jours fossiles (L’Éclose, 2002), publicado sólo en Francia, Pétalos y otras historias incómodas (Anagrama, 2008) y El matrimonio de los peces rojos (Páginas de espuma, 2013), en los que aborda las manías, filias y excentricidades de sus personajes: está el fotógrafo al que sólo le interesan los párpados raros de los pacientes de un cirujano plástico; el hombre que entra sigiloso los restaurantes para olfatear los retretes, obsesionado con el rastro de una mujer; o la modelo que habla de un tic que tiene desde niña: arrancarse los cabellos. Está también la familia obsesionada con eliminar una plaga de cucarachas que ha invadido la casa, y que se proponen una estrategia de exterminio: comérselas todas; o la historia de una mujer casada que tiene una infección en la piel, un hongo, y lo procura porque es el recuerdo de una relación extramatrimonial fallida.

Además de Ana, la de El huésped, obsesionada todo el tiempo con que le robarán la visión y quedará ciega. De hecho, con esa novela, algunos universitarios han participado en el Seminario de Literatura Fantástica Hispanoamericana de la UNAM. Hay incluso una tesis en Guanajuato en la que se compara la transición del personaje con la transformación de una oruga en mariposa.

—Y escribir El huésped, en esa época, fue angustiante. Empecé a imaginarla en 1994. La primera cuesta sangre. Yo era muy depresiva. Mi autor favorito entonces era Kenzaburō Ōé, que tiene un libro que habla de una cuestión personal, su hijo que nació hidrocefálico. Era el tipo de cosas que yo leía. Me gustaban mucho las películas de Solondz. Ahora las veo y digo, “¡ay, cómo me podía fascinar y ver esto más de una vez!” —ríe.

Iba a un Videocentro, que estaba a la vuelta de su casa, y rentaba todas esas películas, sobre todo las de Bergman, que le gustaban por mostrar historias donde por fuera todo parece tranquilo, ordenado, pero debajo yace una angustia latente.

—Pero volviendo a la infancia —dice luego de dar sorbos al café—, Hoffman fue uno muy importante, así como Wilde y Stevenson, el de Dr. Jekyll y Mr. Hyde, y un poco de Huxley con Un mundo feliz, que era lo máximo. Sin duda, Maupassant y todos los franceses de lo fantástico. Para mí es un género que me fascina, y con el que me formé como lectora. Todavía cuando encuentro cosas fantásticas que me sorprenden, lo disfruto muchísimo. Y pienso que debería volver al género porque es mi raíz. Sin embargo, creo que Las mil y una noches me dejó una impresión muy fuerte.

—¿Qué pensabas de Sherezada, la que narraba todas esas historias?

—Que era la mujer más lista del planeta, pero siempre, en la cuerda floja con el filo de la navaja.

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“De inmediato llama la atención el personaje que se construye detrás de sus libros: la voz de una autora que habla de los defectos en apariencia, de las manías, la fealdad y las desviaciones. De cómo somos sobrevivientes a nuestro cuerpo, de lo que se habla poco, hayamos tenido o no una enfermedad, sólo por el hecho de estar sometidos a éste, y podemos recordar etapas de nuestra vida en relación con él. Yo no había leído algo que me sonara tanto a verdad antes que Guadalupe Nettel, y ya sé que lo que estoy diciendo es peligroso, porque en la literatura la verdad es construida”, dice la escritora y académica Rosa Beltrán sobre la ganadora del Premio Antonin Artaud (2008), Premio Nacional de Cuento Gilberto Owen (2007), Premio Alemán Anna Seghers (2009), Premio Internacional Narrativa Breve Ribera del Duero (2013) y Premio Herralde de Novela (2014).

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Nació un 27 de mayo de 1973 en la Ciudad de México, bajo el nombre de Guadalupe Sánchez Nettel. Es el apellido de su madre, de origen judío, el que eligió como escritora. Todo el que se apellide así en el país viene de las ocho familias que descienden del bisabuelo José Nettel, nacido en Reichenberg en 1872, hoy Liberec, República Checa, y que se identificó como austriaco cuando llegó a México a los 22 a finales del diecinueve, porque creció en Viena. Aquí se bautizó católico, se casó y se afincó en Tapachula, Chiapas, según relata Margarita Nettel Ross en su investigación familiar, El destino y sus silencios. Historia de familia.

—Mis personajes andan transmigrando de un lugar a otro, porque la extranjería es un tema que entiendo: para empezar crecí en Villa Olímpica. Estaba lleno de gente que venía de otros lados. Ya desde ahí, para mí era normal cambiar de país. Me inocularon el virus desde chica, no quedarse en un mismo sitio —dice Nettel.

De la infancia recuerda ese árbol sobre piedras volcánicas que creció frente a su edificio. Era tan grande el pirul que las ramas le parecían tocar su departamento, y a él se subía a jugar o a refugiarse. Creció en este complejo de torres que se construyeron para alojar a los atletas de los Juegos Olímpicos de 1968. Luego se vendió como condominio, y llegaron muchas familias exiliadas tras los golpes militares del cono sur. La unidad se convirtió en un barrio de artistas, profesores, intelectuales y comunistas que sobrevivieron a la represión. Ahí ella tuvo contacto con niños extranjeros que vivían una doble vida: en los jardines jugaban en mexicano, mientras que en sus departamentos hablaban con la jerga porteña o santiaguina. Notaba el uso que le daban a las palabras, desde entonces ya alerta a las variaciones del idioma y las formas gramáticas, al uso del vos, por ejemplo.

Esa doble vida también la vivía a su manera: Nettel tiene de nacimiento un lunar blanco, una mancha sobre la córnea del ojo derecho, en pleno centro del iris, sobre la pupila. Todo el tiempo, en busca de oftalmólogos, la sometieron a ejercicios para desarrollar el ojo deficiente y el uso de un parche que le colocaban sobre el ojo contrario, el izquierdo. “Con ese parche yo debía ir a la escuela, reconocer a mi maestra y las formas de mis útiles, volver a casa, comer y jugar durante una parte de la tarde. Alrededor de las cinco, alguien se acercaba a mí para avisarme que era hora de desprenderlo y, con esas palabras, me devolvía al mundo de la claridad y de las formas nítidas […]. Mi vida se dividía así entre dos clases de universo: el matinal, constituido sobre todo por sonidos y estímulos olfativos, pero también por colores nebulosos; y el vespertino, siempre liberador y a la vez desconcertante”, escribió en Letras Libres en septiembre de 2009.

—Rafael Lemus me pide escribir este ensayo autobiográfico para un número que llamaron Autobiografías precoces. Nos pidieron a varios, a Zambra y a Pron, y a Fabre. Yo no había tenido intención de escribir algo así. Pero a partir de ahí, estuve pensando mucho en la manera en la que llegué al mundo. Me detonó muchos recuerdos y eso fue el origen de mi segunda novela. No pude dejar de escribir. Y menos mal, porque ya olvidé todo… Tengo que releerla para acordarme, es muy raro, ¿no te parece? —dice.

—Los recuerdos se quedaron en el papel.

—Así es. Después de que nacieron mis hijos, tuve una época de mucho cansancio, porque ninguno de los dos dormía. ¡Entonces yo creo que se me murieron muchas neuronas! —ríe—. En serio, siento que perdí mi memoria a largo plazo. Me impresiona y me asusta. Yo tenía una memoria impresionante, podía recordar páginas y páginas de libros.

Cuando alguien le pregunta cómo empezó a escribir, ella responde y esboza una sonrisa:

—En un Montessori. Me la vivía todo el tiempo con mi cuaderno. Escribía para vengarme de los niños que eran mala onda conmigo en la escuela, donde yo había sido una freak por el asunto del ojo y el parche. Escribía cuentos donde les pasaban calamidades a mis compañeritos. Los ponía en un naufragio, que se iban a ahogar o les iba a caer la maldición de la momia e iban a morir de manera despiadada.

En esa libreta, de hojas rayadas, estaban las historias que escribía sin tener conciencia de hacerlo. Un día la profesora la hizo leer en voz alta sus escritos. No aceptó hacerlo sin antes asegurarse de que alguien la vigilara, a su lado, por si ocurría un linchamiento. Todos quedaron pasmados y le aplaudieron.

—Fue el primer momento en el que sentí que tenía un lugar en la sociedad escolar, que yo iba a ser la que contaba historias.

“Guadalupe ha sido el otro. Y es muy sensible al respecto y lo entiende, el otro como un desplazado. Es un hecho que ella no ve igual. Le cuesta trabajo si la letra está muy chiquita, el 3D no lo puede ver. Y cuando eres niño, estas cosas marcan. Esto la llevó a la literatura como un refugio. Empezó a leer y escribir. Y es curioso que se haya dedicado justo a lo que más trabajo le cuesta”, dice Papus von Singer, amigo de la adolescencia.

—A los once me fui a vivir a Aix-en-Provence, al sur de Francia, con mi mamá y mi hermano, y también ahí supe lo que era ser extranjero, cambiar de cultura, paisaje, lengua. A partir de ahí, cuando uno vive en otro lado, queda como esa sensación de no pertenecer a ningún lugar. Esa sensación de desarraigo que uno tiene cuando te cortan las raíces, y se vuelve uno como una planta acuática.

El cuerpo en que nací (Anagrama, 2011) es una novela en la que explora la experiencia de migrar cuando su madre obtiene una beca en Francia. En el libro, le narra a una psicoanalista, la doctora Sazlavski, todo tipo de recuerdos de la infancia y de la relación que tienen su madre, su abuela y ella, durante los años setenta con todo y lo que sucedía: las comunas hippies, la libertad sexual, las escuelas activas, los golpes militares latinoamericanos y la emancipación de las mujeres. Narra cómo llegó a vivir a esta ciudad, a treinta minutos en auto de Marseille, y en uno de los barrios más peligrosos, Les hippocampes, una unidad donde quemaban autos robados por las noches. Los habitantes eran personas de origen magrebí, africanos, portugueses o asiáticos, y había peleas con navaja de por medio.

“La obra de Nettel se cruza, en su camino, con la novela autobiográfica, género que está de moda, todo mundo, no sólo en México, tiene una, desde Héctor Aguilar Camín hasta Julián Herbert”, dice el crítico Álvaro Ruiz Abreu en entrevista. “Que usa el escritor para hablar de su experiencia pero también como necesidad narrativa. Y sucede en un momento de varias tendencias en el país, como la del narcotráfico. Nettel se sitúa entre la ficción y la biografía, la literatura y la literatura del yo”.

—Construir los personajes, que vienen de personas reales, no fue fácil. La gente no tiene sólo dos dimensiones, sino muchas. Cuando escribes tienes que cerrar el compás. Eliges qué contar. Por eso, de todas formas digo que es ficción, porque por más que yo haya narrado hechos, siempre pasan por el tamiz de la subjetividad y de lo que elegí en el momento de escribir.

En un pasaje, recuerda estar en el auto y preguntarle a sus padres para qué la gente tiene relaciones sexuales, a lo que responden al unísono: para sentir placer.

“—¿Pero qué quiere decir eso?

—Algo que nos gusta mucho, como bailar o comer chocolates.

¡Comer chocolates! Con una respuesta así, lo más probable es que a una niña se le antojara encerrarse esa mañana en el baño del colegio con el primer varón que encontrara en su camino. ¿Por qué a nadie se le ocurrió responder, doctora Sazlavski, que las relaciones sexuales se tienen por amor y que son una forma alternativa de mostrarlo?”, escribió.

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La Facultad de Filosofía y Letras ocupa un edificio horizontal de tres pisos con muros blancos y puertas azul marino, junto a la de Economía y Derecho. Se levanta a un costado de la Biblioteca Central, esa torre revestida con los murales de Juan O’Gorman, en el corazón de Ciudad Universitaria. Aquí Guadalupe Nettel estudió a principios de los noventa, y empezaba a involucrarse en los oficios literarios. Había estado un año antes en Filosofía en L’université Blaise Pascal, en Clermont-Ferrand, Francia, pero poco a poco el entusiasmo por la carrera fue disminuyendo hasta traerla de regreso al país. Entró de oyente a la UNAM, tomaba clases como esa de Literatura comparada que impartía Juan Villoro y que fue crucial para animarla a que se matriculara definitivamente en Letras. Su clase le parecía brutal, de pronto los ponía a leer a Cortázar y a Calvino juntos, Kafka y Borges, y establecía puentes entre ellos.

—Lo cierto es que me hubiera gustado hacer Inglesas. Entré a Hispánicas porque sentía que tenía muchas lagunas de sus literaturas, al estudiar en colegios franceses. Pero ahora que lo pienso, ¡qué carrera más aburrida, por favor! ¿Qué es lo que quieren recuperar? ¿Al Cid campeador? Igual me matarían mis profesores, pero ¡fueron semestres enteros leyendo a Gamboa y a Cela! —suelta una carcajada.

Villoro daba además otro taller, de cuento. El salón era inmenso y cabían cerca de 60 personas. Como le parecía imposible trabajar con tanta gente, escogió a los diez mejores para que pudieran hacer otro en paralelo. Pidió un espacio en La Casa del Poeta, donde murió López Velarde, y entre esos finalistas quedó Nettel. Villoro recuerda en entrevista: “Vi el descubrimiento de una voz original, de la que quería ser testigo en los próximos años. Ella tiene una capacidad extraordinaria para el lenguaje, es engañosamente sencillo, tiene un ritmo perfecto, frases donde no sobra ninguna palabra. Noté en ella una disposición clarísima a no escribir nunca una mala frase”.

“Yo le dije que tenía que asociar esa gran capacidad con temas interesantes. ¿A los 19 años quién realmente sabe de lo que quiere escribir? Me pareció que ella tenía una vida personal y un mundo interior lo suficientemente fuertes como para escribir historias interesantes, posiblemente perturbadoras y originales. Pero ella se tenía que soltar. Lograr aliar un oficio. El resultado es que ahora tenemos a una de las principales escritoras de nuestro idioma”, apunta.

En la facultad, Nettel editaba una revista con Tomás Granados. Se llamaba Semestral. Publicación de literatura, muy seria, no había una sola imagen. Nettel ya tenía la idea de formar una suerte de red de literatura latinoamericana, porque era difícil que los estudiantes pudieran leer a otros con las mismas inquietudes si no estaban publicados por las grandes editoriales. Entonces todo funcionaba preguntando entre conocidos, profesores y amigos si tenían algo que quisieran enviar. Mario Bellatin, que aún vivía en Lima, les enviaba colaboraciones por fax. Estaban además sus propias lecturas. El primer número lo pagaron ellos mismos, aunque después buscaron un apoyo del FONCA para proyectos de coinversión cultural y a partir de ahí pudieron publicar varios números más. La revista tuvo una vida de siete números semestrales.

—En 1994 me tocó ir a las caravanas a Chiapas. Fue una experiencia formadora. Lo cuento en ese texto de Letras Libres. De la noche en la que conocí al subcomandante Marcos y a algunos guerrilleros, de cuando hicimos la biblioteca en medio de la selva con los libros que habíamos recolectado, muy cerca de la comunidad de Guadalupe Tepeyac. Para mí, haber conocido a los zapatistas fue la gran experiencia política de mi vida.

En enero se levantó en armas el EZLN (Ejército Zapatista de Liberación Nacional), conformado por grupos de civiles de comunidades indígenas. México había firmado el Tratado del Libre Comercio con Canadá y Estados Unidos, y los zapatistas lo veían como una venta del país. Habían tomado cinco cabeceras municipales de Chiapas, entre ellas, San Cristóbal de las Casas. Demandaban trabajo, tierra, comida, salud, educación y democracia. El gobierno no lograba pacificar el conflicto. Los universitarios voltearon entonces a ver lo que ocurría y participaron en grupos para llevar ayuda humanitaria. Nettel estuvo vinculada desde la primera caravana. De hecho, en marzo, se quedó por un periodo en San Cristóbal de las Casas, ahí clasificaba medicamentos y realizaba algunas tareas del dispensario. Un día le pidieron que llevara una impresora que necesitaba el Sub. Viajaron en una camioneta y llegaron a territorio zapatista de noche, entre indígenas vestidos de milicianos y pasamontañas. Esa noche, Marcos, con un reloj en cada mano, le hizo varias preguntas: cuáles eran las intenciones de los estudiantes, hasta dónde estaban dispuestos a llegar y qué pensaban de la situación del país. “Después de un momento de charla, le pregunté si había escuchado el disco que Silvio Rodríguez había lanzado recientemente. Como no lo conocía, le propuse cantarle una canción, aquella que para mí sigue constituyendo el soundtrack de toda esa época, y que lleva por título ‘El necio’”, escribió en 2009.

—Villoro me acompañó en una de las caravanas, yo estuve desde la primera, y le llamé desde una cabina telefónica para invitarlo. Se realizó la Convención Nacional Democrática, cuando había que invitar a artistas, intelectuales, gente que quisiera apoyar al movimiento. Íbamos en camiones y peseros en viaje de tres días. Fue agotador, éramos jóvenes y teníamos energía.

Recuerda que Monsiváis se lastimó una pierna, durante la Convención, y Villoro lo vendaba diciéndole:

—Ay, maestro, ¡espero no se haya fracturado la pierna con la que escribe!

Un año después, Nettel recibió una beca de Jóvenes Creadores. Los resultados se publicaron en los diarios nacionales y así fue como la comandancia supo de su beca, justo cuando ella regresaba a Chiapas. El Sub le mandó a decir que nadie vinculado al EZLN podía recibir un apoyo del gobierno. La regresaron a casa.

—Tengo aún una especie de devoción por el zapatismo. Y creo que es lo más interesante en la resistencia indígena. Por eso me uní a la causa de Marichuy, traté de juntar firmas, era muy difícil —dice sobre la aspirante indígena a candidata en las pasadas elecciones de México.

—Marichuy no pudo concretar su candidatura independiente.

—Ella era lo más interesante de las elecciones. Lo que más me identificaba. Me hubiera gustado que, por lo menos, una mujer representante de los pueblos indígenas apareciera en la boleta. ¡Hace quinientos años que debió haber sucedido! Que fueras a votar y tuvieras la posibilidad de elegir. Hablaría muy bien de nosotros.

—¿Te gustaría abordar esta experiencia en un texto literario?

—Sólo que fuera autobiográfico. Pero no sé qué tanto me dé la memoria, te digo. A lo mejor debería tomar fósforo. O algo.

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En febrero de 2018, Excélsior publicó un artículo en el que ahondó en la renovación de la Revista de la Universidad de México, con 88 años de vida, y donde se consagraron editores e intelectuales del país. El diario hizo hincapié en que había estado, durante 13 años, “apoltronada, en manos de un pequeño grupo, costosa y con una distribución deficiente que llenó las bodegas de ejemplares rebasados, así la encontró la escritora Guadalupe Nettel en septiembre pasado”.

Llegó a dirigir una publicación con el inevitable tufo a grandes ayeres, de cuando las revistas y semanarios eran fundamentales, cuando la gente esperaba con ansias el próximo número, y el futuro de los jóvenes escritores se definía en sus páginas. Aquí se publicaron textos irrepetibles. El número uno, por ejemplo, publicado en noviembre de 1930 y que contó con litografías de la entonces Escuela Central de Artes Plásticas, tenía un ensayo en el que se hablaba del futuro de la “Revolución Agraria Mexicana de 1910”, así como de un anteproyecto de Ciudad Universitaria para construirse en las Lomas de Chapultepec, y que nunca se desarrolló.

Es una mañana de mayo. La dirección se encuentra en una casa de dos pisos, con la estética de los años cincuenta, detrás de un edificio azul que aloja instancias de la UNAM, sobre la calle Río de la Magdalena, en San Ángel. Viene con prisas, tarde, vestida con una falda de mezclilla y una blusa blanca. Tiene aún el cabello mojado y escurre por sus hombros. Sube por unas escaleras semicirculares, desde donde se miran desplegadas las portadas de la revista. Una vez arriba, tras la primera puerta, entra a su despacho, espacioso con una terraza que mira al jardín y un enorme cuadro de L’Album Pléiade, dedicado al francés Georges Perec, de quien ha leído todo. En un salón contiguo, cuenta, trabaja la redacción comandada por Javier Ledesma, Yael Weiss y Jorge Comensal. Llevan poco más de diez números, cambiaron la época y el diseño.

Abre un par de cajones de un escritorio, se inclina en busca de revistas, mueve cosas, se levanta, va al librero contiguo, y saca más, y continúa hablando.

—El papel es más grueso, ya no es couché ni es una revista en blanco y negro. Es menos pesada, se abre mejor, usamos bond, da la sensación de estar ante un libro. Hacemos libros cada mes, un poco demencial… —dice.

Se vuelve a levantar y su voz se aleja de la grabadora que registra esta entrevista.

—Tiene un pasado invaluable. Cuando llegué, empecé a ver todo el acervo, y encontré números de los años sesenta, diseñados por Vicente Rojo, con textos inéditos de Witold Gombrowicz. Y supe que debía rescatar su ADN. Estábamos muy acostumbrados a una revista que no cambió en años. Se necesitaba una donde los universitarios se encontraran, de todas las disciplinas, con temas que los incluyeran, los incentivara a trabajar y establecer una conversación, pero también hacer siempre honor a su tradición —dice Nettel.

El nuevo concepto está inspirado en dos revistas que le gustan, una norteamericana, Lapham’s Quarterly, que es de historia, y habla de regiones y épocas distintas a través de números monotemáticos. Y Reliefs, francesa, que mezcla ciencia con literatura y dibujo. Así es como concibió el nuevo concepto, números monotemáticos con los tópicos cruciales de estos tiempos: Cultos, Éxodos, Tabús, Revoluciones, entre otros, que se han ido publicando dándole un nombre a cada número. Temas que hablan del mundo actual, tratando de abordarlo desde diferentes disciplinas, tendiendo puentes. El de Mexamérica, publicado en mayo, habló sobre el muro que amenaza con dividir aún más a Estados Unidos de México, y con el que se disputa el destino de cientos de inmigrantes en tiempos de Trump. Un tema que era muy importante para Nettel, así como para Volpi. Y con la que viajaron a Nueva York para presentarla y hablar con los dreamers sobre la experiencia del desarraigo, de estar con un pie en un país y con el otro más allá del Río Bravo. Fue la primera vez, además, que la Revista de la Universidad de México salió del país.

—¿Qué crees que los universitarios están buscando?

—Tan acostumbrados a que haya una enorme oferta en las redes sociales, que no buscan nada. Están a la espera de ver qué les ofreces. Obviamente van a estar interesados en ese medio que les hable de lo que tienen en la cabeza. Date cuenta de que esta generación tiene una oferta impresionante. Ya sólo internet está bombardeándote todo el tiempo. Me da miedo que se vuelvan un poco pasivos, apabullados de tanta información. Ahora contamos con blogs para los universitarios donde pueden colaborar y darnos feedback, la idea es dar espacios a nuevos talentos, no sólo a las vacas sagradas.

Nettel llegó con un número sobre Juan Rulfo a propósito de su centenario en 2017. Coincidió con la crisis que tuvo la UNAM con la Fundación Juan Rulfo, que cuenta con los derechos de su obra y nombre, cuando canceló su participación en la Fiesta del Libro y la Rosa que organizaba la universidad, y pidió cancelar cualquier material con imágenes y el uso de su nombre. El departamento jurídico aconsejó al equipo de Nettel que era imposible que la prensa no tuviera derecho siquiera a mencionar su nombre. Así que no se suspendió. Nettel tenía armado uno completamente literario, para el que le pidió a varios escritores que escribieran una página inspirada en Rulfo, como una forma de apropiarse de él.

—Lo hicimos como un acto de protesta, Rulfo es nuestro. No es de ninguna asociación ni de ninguna familia. Es de todos los mexicanos.

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En 2008, Nettel editaba una revista marginal que se llamó Número 0, junto con el escritor Pablo Raphael, y lo hacía desde Barcelona, la ciudad de la que Vila-Matas había escrito tanto en sus novelas. Empezaron con sus propios recursos, era bilingüe y la idea era dar a conocer las periferias francófonas e hispanohablantes. Buscaban establecer puentes entre autores de distintas regiones, caribeños, latinoamericanos, belgas o suizos. Y la editaban siendo inmigrantes en Europa. A Almadía le gustó tanto el proyecto que se asoció en los números subsecuentes y comenzó a distribuirlos en México.

—Yo había estado en el posgrado en París con una beca del Conacyt. En algún momento de rebeldía, me di cuenta de que no quería pasar los días y las noches en una biblioteca, estudiando lo que otros investigadores dijeron sobre lo que otros escribieron… ¡Estaba harta! Le dije a mi director de tesis [sobre Paz] que no iba a acabar, le llevé una de las mil versiones de El huésped, y le dije: “¡Esto es lo que quiero hacer!”.

Luego de una pausa, agrega:

—Suspendí mi doctorado y me fui a Barcelona con el manuscrito y empecé a trabajar de lo que fuera, babysitter, transcriptora de unos casetes de no sé qué, hacía lecturas para editoriales. Iba a los lugares de los que Vila-Mata escribía, había un café que se llamaba Beldevere, y que también le gustaba a Herralde.

Allá conoció a Raphael, Volpi los presentó, les dijo que se iban a caer muy bien porque eran un par de impuntuales. Nettel estaba en la ciudad que había sido la capital mundial de la edición en español, pero en un momento en el que el sueño de los latinoamericanos ya no era estar ahí sino en las universidades norteamericanas. Eran años intensos en Catalunya, previo al auge del nacionalismo. Ella colaboró en la prestigiosa revista Lateral, y se hizo compañera de departamento del escritor Robert Juan-Cantavella. A partir de que entró a Anagrama, empezó a conocer los círculos literarios de la ciudad, y a dar talleres de escritura en la Central del Raval.

—Todavía no tenía hijos, así que podía vivir el glamour mediterráneo barcelonés.

Nettel y Raphael empezaron a reunirse en un café de la calle Mistral, y durante meses organizaron la revista. “Para hacerlo hubo dinero de Guadalupe, ahorros míos, un concierto de los Tigres del Norte que organicé, trabajos infames de traducción. Trabajábamos a destajo para encontrar los recursos iniciales y mantenerla. Número 0 fue formativa en términos de educación editorial. Un periodo que disfrutamos, un amor por la discusión literaria que llevó a hacer nueve números monotemáticos”, comenta Raphael.

En cada uno hubo un diálogo entre escritores, como el de Mario Bellatin y Amélie Nothomb que se produjo de manera curiosa: Nothomb no usaba email y ellos tenían que enviarle un fax a su secretaria con algunas preguntas, que ella contestaba a lápiz y les reenviaba las respuestas. Ellos lo transcribían en la computadora y se lo enviaban a Bellatin. Era un diálogo a partir de la anomalía, algo que caracteriza a ambos. Justo cuando estaban por dar el paso hacia lo digital, la revista encontró su final con la crisis económica. “A la imaginación la mató el presupuesto”, dice Raphael.

Guadalupe Nettel, int1

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Es una mañana de octubre de 2018. Suena un timbre en un zaguán gris de una calle empedrada. La pareja actual de Guadalupe Nettel, Mir, originario de Panamá, con un sombrero en la cabeza, abre la puerta y aconseja a todos quitarse los zapatos ya que en esta casa, sentencia, nadie los usa dentro. Tras pasar a una terraza donde cuelga una hamaca azul, señala un zapatero donde colocarlos y entrar como en casa japonesa. Cuando Nettel aparece y mira al equipo de Gatopardo con los pies descalzos, exclama entre risas:

—¡No era necesario! ¡Las reglas también están hechas para romperse!

Su empleada doméstica ha traído tazas y café americano a una mesa de centro, dice que acaba de preparar también agua de papaya en el comedor. Con enormes vigas de madera en los techos, rodeada de árboles, ésta parece una casa de campo, nada se escucha del ajetreo diario de la ciudad. La sala está rodeada de libros, algunos cuadros, un calentador para las tardes de frío, un mueble con una TV, consola y dos controles, así como un teclado eléctrico con partituras llenas de notas y dibujos a lápiz.

—Son de los niños. Es el precio para los videojuegos, tienen que tocar el piano un rato para luego ponerse a jugar. Y también les gusta leer, Lorenzo es un lector voraz, le encantan los cuentos de terror igual que a mí. Le leía desde chiquito todo el tiempo. Súper interesado, además, en la política, quiso ver los debates y los comentaba, según él —ríe.

Luego de una escalera, en el estudio de la segunda planta, aparecen dos escritorios de madera puestos uno junto al otro, donde Guadalupe y Mir trabajan en sus computadoras. En los muros cuelgan cartulinas con acuarelas y dibujos de los niños y en la puerta del baño hay otro que dice a lápiz: Tocar antes de entrar. A un costado están las traducciones de sus novelas y relatos publicados fuera del país, por Einaudi (Italia), MacLehose Press (Reino Unido), Actes Sud (Francia) o Blessing (Alemania). Ahí está la nueva edición de El cuerpo en que nací, que se reeditó este 2018, luego de una revisión y ciertas modificaciones, frases con las que todavía dice que se tropezaba. Un día tomó una pluma roja y comenzó a hacer anotaciones sobre el libro, al margen de las páginas.

—Siempre busco la sencillez. Me importa muchísimo. Que el lenguaje sea lo suficientemente transparente, sin rebuscamientos. Hay escritores, y me parece válido, que trabajan con toda una especie de andamiaje en la prosa, con muchos adjetivos y frases larguísimas. Yo me siento incómoda. Cuando repaso, corrijo. Me importa que el texto sea eufónico, que no chirríen las palabras, ni haya repeticiones ni sonoridades. Soy obsesiva —dice.

También aquí están las traducciones de Después del invierno (2014), que este año llegó a las librerías alemanas y estadounidenses. La novela ganadora del Herralde, que le tomó diez años en concluir. Está inspirada en los años en que Nettel vivió en París durante el doctorado en la École des Hautes Études en Sciences Sociales, alrededor de los 2000, una ciudad inhóspita comparada con el sur francés que conoció. La novela sigue la historia de Cecilia, una chica originaria de Oaxaca que llega a estudiar a esta ciudad, “un lugar lluvioso donde la gente lee a Cioran y a La Rochefoucauld mientras sorbe, con labios fruncidos y preocupados, café expreso sin leche y sin azúcar”, escribió. Su personaje vive en un viejo edificio sobre el bulevar Ménilmontant, con un radiador desvencijado, y justo frente al Cimetière du Père-Lachaise, donde yacen Balzac, Colette, Wilde y Morrison. Vecinos más silenciosos, imposible. La historia sigue también los pasos de Claudio, un cubano misántropo y obsesivo-compulsivo, que vive en Nueva York. Y conforme la historia avanza, sus vidas se cruzan.

—Quería escribir de cómo la gente se va aislando, cada vez más sola, cuando llegan a vivir a estas ciudades y sobre todo cuando no tienes una red que te sostenga, ni familia ni nada, y tienes que construir tus propios vínculos. La idea era concebir a dos personajes a partir de la soledad.

Estos personajes inadaptados, como los de su obra, situados en tiempos de gran neurosis, van narrando, en primera persona, su día a día en París y Nueva York, revelando sus manías, pasiones y fobias. Está la “rotación de inventarios” de Claudio, quien nunca repite la misma cuchara hasta que se utilicen todas las del cajón, y lo mismo pasa con los vasos, las camisas que circulan en el armario, los pantalones y los calzoncillos blancos.

—Creo que mis personajes son pedazos de personas que voy conociendo, es como armar frankensteins. Cada una de estas manías son reales de gente que he conocido. Noto la complejidad y las utilizo. Juan Villoro dice que los escritores somos animales de rapiña que vamos robando cosas de la vida de otros.

—¿Todos tenemos obsesiones?

—Por suerte, si no, de qué hablaríamos. Dime de qué te obsesionas y te diré quién eres —ríe.

A propósito de esto, el escritor chileno, Alejandro Zambra, dice: “Guadalupe siempre atenta a los demás, escrutadora. Es alguien con mucha voluntad de escuchar al otro. Narra luego de haber mirado al mundo, de curiosear real. Eso se nota. Tiene las ganas de mirar y llegar a ese punto en el que las historias se cuentan solas”.

Luego de un ir y venir entre México y Francia a lo largo de su vida, y de que domine otro idioma, lo escriba y traduzca, surge la pregunta de por qué eligió afincarse en este país y no hacer una carrera en el mundo editorial europeo.

—Creo que lo he hecho, pero como autora extranjera. Yo me siento mexicana totalmente. Cuando tú cambias de idioma, de alguna manera, te asimilas. Te vuelves de esa cultura y yo no me siento francesa. El idioma en el que pienso, sueño y me sale natural escribir es el español. Es la lengua que me gusta. Regresé definitivamente en 2009, cuando nace mi primer hijo. Hacía diez años que no estaba en el país. Yo no había decidido racionalmente quedarme tanto tiempo fuera, pensaba que siempre iba a estar yendo y viniendo. Pero después los hijos te hacen hacer cosas que tal vez no pensabas hacer.

—¿Tu escritura tendrá alguna causa?

—Claro, en algún momento todos se deciden por algo, la justicia, la igualdad, en mi  caso, hay varias, una de ellas es hablar de la belleza de la gente que es distinta, las diferencias psicológicas, físicas o raciales. Por eso tengo personajes abiertamente monstruosos. Al final creo que todos tienen algo que quisieran ocultar a los ojos de los demás —dice.

Y luego de una pausa, y de acomodarse el cabello, continúa:

—Al hablar de lo que perturba, la incomodidad, es donde se encuentra la brecha por donde pasa el conocimiento. Creo que aquello que incomoda es lo que nos hace entender algo. Cuando planteas códigos distintos, eres revolucionario de alguna manera. No se necesita ser Marx ni Lenin para hacer una pequeña revolución.

Nettel aparece en la sala vistiendo un abrigo negro con botones metálicos que diseñó una amiga especialmente para ella. Es la primera vez que lo usa. La tela parece ser de terciopelo y verla ahí, en el centro de la sala, sobre este largo tapete azul estilo persa, es como estar ante una Sherezada. Ella posa ante la cámara de Maureen Evans, a la que le confiesa que no le gustan mucho las fotos. De pronto, su gato Roco merodea la escena aligerando el momento, uno gordo y peludo color gris que lleva años con la familia, y ella lo levanta y lo carga, y la cámara dispara.


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