Valeria Luiselli: Escribir desde el umbral
La escritora mexicana Valeria Luiselli, a sus 33 años, ya es dueña de una potente voz narrativa. Sus tres libros publicados han sido elogiados por la crítica internacional.
junio 2, 2016

Llego antes a la cita, el café donde nos quedamos de ver está cerrado, así que me siento en una banca y espero. Esta parte de Harlem, en la calle 145 y Saint Nicholas, pulsa a otro ritmo, se parece poco a mi vecindario apenas unas cuadras más abajo, en la calle 123. Cuando leí Los ingrávidos (Sexto Piso, 2011), la primera novela de Valeria Luiselli, me di cuenta de que la narradora y yo vivíamos a unas cuadras del departamento ruinoso del poeta mexicano Gilberto Owen, en Morningside Heights, barrio donde Luiselli pasó los primeros años de su vida en Nueva York.

En la esquina de Harlem donde Valeria vive ahora hay más dominicanos, las tiendas venden yuca y plátano macho, en los estéreos de los coches suena el hip-hop, pero también bachata. Me pregunto qué de este barrio se filtrará en su próximo libro.

Han pasado seis años desde la primera vez que entrevisté a Valeria, pero la encuentro casi igual. Hoy, como ese día en la librería Rosario Castellanos, hace pausas antes de contestar mis preguntas, frunce el entrecejo, sorbe su café, se quita un mechón de pelo de la frente. ¿Está buscando la palabra exacta?, ¿está autotraduciéndose?

La miro y recuerdo la primera vez que la leí, cuando publicó su libro de ensayos Papeles falsos (Sexto Piso, 2010). El ensayo “Paraíso en obras” de pronto se detiene, Luiselli no encuentra la palabra en español para nombrar ese espacio de entrada y salida a una habitación, threshold en inglés, seuil, en francés. Eso la hace pensar en el edificio en ruinas cerca de su casa, uno de los muchos remanentes del temblor del 85. Entre los escombros se levanta un letrero que anuncia “Estamos en proceso de”, la última palabra desapareció. Así que Valeria va en su búsqueda.

Luiselli nació en la Ciudad de México, en 1983, por eso dice que pertenece a la generación “del temblor”. Antes de cumplir los dieciocho años, Valeria ya había vivido en Estados Unidos, Costa Rica, Corea del Sur, Sudáfrica e India. Regresó a México para estudiar Filosofía en la UNAM y en 2011 se mudó a Nueva York para estudiar el doctorado en la Universidad de Columbia. Desde entonces, reside en la zona norte de Manhattan con su esposo, el escritor Álvaro Enrigue, y su hija de seis años, Maia.

“No me atrevo a asegurar que Valeria se sienta expatriada de la manera en la que solemos pensar la expatriación; ella trae muchos recorridos y habría que ver si alguno de sus orígenes constituye una patria por encima de las otras, una patria de la que se sienta ajena o enajenada”, respondió Lina Meruane, escritora chilena que vive en Nueva York desde hace casi dos décadas, cuando le pregunté si percibía algún rasgo expat en el trabajo de Luiselli.

—Has dicho en otras entrevistas que vivir en Sudáfrica te ayudó a desarrollar una conciencia social. Te tocó el apartheid y la era de Mandela, ¿por qué decidiste escribir en español y no en inglés?

—Es una buena pregunta, no sé si haya una respuesta definitiva. Nunca he escrito en una sola lengua. Toda mi vida académica ha transcurrido en inglés. La novela que estoy trabajando ahora es en inglés. Sucede que mis tres primeros libros los escribí en español. Papeles falsos tiene un par de ensayos que empecé en inglés. El primer intento de manuscrito de Los ingrávidos lo empecé en inglés. Siempre hay un vaivén complicado, mucha confusión y procrastinación de por medio antes de decidir en qué lengua voy a escribir.

—¿Así que nunca te has planteado escribir en una sola lengua?

—No, porque no es una decisión desligada del proyecto. Es una decisión que afecta profundamente al tema que quieres explorar, entonces no podía ser tan rígida al respecto. Simplemente sí ocurrió que cuando empecé a escribir Papeles falsos yo quería hacerme de una lengua. Mi lengua materna era un idioma que no dominaba del todo.

—De tal forma que Papeles falsos fue tu manera de reconquistar al español.

—Sí, fue un esfuerzo consciente de arraigar en alguna parte. También coincidió con que en el momento en que me había planteado escribir más seriamente estaba viviendo en México.

Luiselli está convencida de que el vaivén entre el inglés y el español le enseñó el oficio de la escritura, pero sobre todo el de la reescritura. “Cuando escribes bilingüemente estás editándote continuamente”, dice. La noción de que se pierde mucho al traducir es falsa, simplista; es una de las razones por las cuales la literatura estadounidense las más de las veces resulta insular, porque apenas 3% de todos los libros que se publican al año en Estados Unidos son traducciones.

“Es muy irónico que cuando a alguien le gusta un texto en traducción diga que no se siente como una traducción, entonces entre más invisible el traductor, mejor, lo cual me parece una estupidez. Borges decía que cada traducción es un nuevo original”, apunta Valeria y para muestra están las traducciones de sus libros. Más que traducciones son nuevas versiones: una vez que Luiselli recibe el manuscrito en inglés, lo edita y refina. Quien compare las ediciones en español y en inglés de sus novelas notará que los personajes suelen volverse más complejos y que en las versiones en inglés aparecen nuevos párrafos, nuevos referentes, nuevas capas narrativas, incluso hasta nuevos capítulos.

A la edición en inglés de La historia de mis dientes (Sexto Piso, 2013) se le agregó una sección titulada “The Chronologics”, una especie de hoja de ruta para los lectores no familiarizados con la historia ni los referentes literarios mexicanos donde se equiparan hitos de la vida de Carretera, el protagonista de la novela, con momentos de la vida nacional e intelectual de México. Ese capítulo fue escrito en su totalidad por Christina MacSweeney, la traductora de todos los libros de Luiselli al inglés.

“Valeria es una escritora muy generosa en su actitud hacia la traducción, le gusta colaborar en el proceso, y al mismo tiempo me da mucha libertad creativa en la manera en que interpreto su español”, dice MacSweeney. Un ejemplo: en The Story Of My Teeth (Coffee House Press, 2015) uno de los personajes dice que su hijo es “as dark as the inside of a needle”, mientras que en la versión en español dice que es “prieto como el petróleo”.

En Papeles falsos, Luiselli escribe que recorrer la Ciudad de México es caminar a través de un espacio que está en constante retraducción, reescritura, una ciudad palimpsesto. Sus novelas siguen esa misma lógica, son textos escritos y sobrescritos.

—Pienso que tu obsesión por la reescritura quizá se deba a tu naturaleza de hablante bilingüe. Hay un momento en Papeles falsos donde dices que el restaurador trabaja para tapar las fisuras, pero que el escritor trabaja desde las fisuras. Eso precisamente es la reescritura.

—En efecto. Y también pienso en esta idea de Simone Weil: el método de trabajo basado en la analogía para que así se deba siempre repensar. Creo que constantemente estoy pensando en uno como análogo a otro.

* * *

Quien haya leído la obra de Luiselli sabe que está poblada de silencios, que pone especial atención a los espacios en blanco. Al inicio de Los ingrávidos, la narradora dice que quiere escribir “una novela silenciosa, para no despertar a los niños”; en algún momento de Papeles falsos, se dice que el escritor es el que “distribuye vacíos” y en La historia de mis dientes, el narrador le pregunta a un hombre taciturno qué escribe y éste le contesta que está planeando un paseo de relingos, es decir, “un paseo de hoyos, señor, de terrenos baldíos, espacios sin dueño ni uso”. Esta abundancia de fisuras permite que el lector habite la página y rellene los huecos con sus propias conjeturas y referencias.

Otro rasgo fundamental de la escritura de Valeria es el constante juego con la estructura narrativa. Los ingrávidos cumple lo que promete al inicio: se convierte en una historia de fantasmas. Los personajes lentamente se disuelven y se yuxtaponen. La historia se construye en la primera mitad y se deconstruye en la segunda. Es una novela que dobla al tiempo y a los personajes, una novela-origami. Los personajes están en una misma hoja de papel, pero en diferentes lados. La novela termina cuando los lados opuestos se juntan. La narradora dice que es una novela horizontal contada verticalmente. Yo diría que es una serpiente que se muerde la cola.

Hay también en la obra de Luiselli un constante diálogo con otros autores, ella misma ha dicho que a veces le parece que escribir no es más que un pretexto para leer y releer a sus escritores favoritos. De sus años como estudiante de doctorado me cuenta de semestres enteros dedicados a leer a Emily Dickinson, a Wittgenstein, a Ezra Pound, a T.S. Eliot. Todos los autores que menciona se han infiltrado de alguna forma en sus libros.

Valeria recuerda que cuando tenía 16 años y vivía en la India, tuvo un profesor de inglés que un día entró al salón y sin decir palabra escribió en el pizarrón: “The apparition of these faces in the crowd; petals on a wet, black bough” (La aparición de estos rostros en la multitud; pétalos en una húmeda rama negra). Desde entonces le obsesionó ese poema y diez años después se convirtió en el corazón de Los ingrávidos, cuyo título en inglés es Faces in the Crowd (Coffee House Press, 2014).

Cuando Eduardo Rabasa, editor de Sexto Piso —la editorial que ha publicado todos los libros en español de Luiselli—, leyó a Valeria por primera vez, le sorprendió su bagaje de lecturas tan impresionante, sobre todo porque tenía 26 años cuando terminó el libro. “En uno de los ensayos, [Luiselli] realiza un peregrinaje a un cementerio italiano a la tumba de Joseph Brodsky, y lo que en manos de la gran mayoría de los escritores sería simplemente un ejercicio de homenaje intelectual, que fácilmente podría resultar pedante e impostado, en el caso de Valeria termina por ser un homenaje íntimo, personal, donde como lector aprecias de inmediato la relación casi somática que establece con las palabras, en ese caso con la obra de Brodsky, de manera que transmite la sensación de estar visitando a un viejo conocido, a un ser querido, que para ella en cierta forma literalmente es así.”

Es en La historia de mis dientes donde Luiselli conversa más evidentemente con los autores a los que admira. La novela, cuya estructura alude al género picaresco, cuenta la historia de Carretera, un guardia de la fábrica de jugos Jumex que inventa “las subastas alegóricas” donde en lugar de subastar objetos, se subastan las historias en torno a ellos. Casi todos los personajes de la novela tienen nombres de escritores, pensadores y artistas, lo cual constituye el leitmotiv de la novela: en lugar de crear más referentes hay que resignificar los existentes. Carretera lo dice así: “Hay demasiadas cosas, siguió con tono achacoso, hay demasiados libros, demasiadas opiniones. Cualquier cosa que yo haga no hará más que sumarse a la gran pila de basura que cada persona va dejando… Yo por eso soy subastador”.

La historia de mis dientes nació siendo una novela por entregas comisionada por la colección de arte contemporáneo Jumex, posteriormente se compiló y se convirtió en parte del catálogo que acompañaría a la exhibición “El cazador y la fábrica”. Cada semana, Luiselli escribía varias páginas y se las enviaba a un grupo de obreros de la fábrica de jugos Jumex, ellos las leían y las comentaban en grupo, los audios de esas sesiones iban de vuelta a Nueva York y, con base en ellas, Valeria escribía la siguiente entrega. El libro, que transcurre en Ecatepec, está sembrado de citas y de referencias a otras obras y autores. En otras entrevistas, Luiselli se ha referido a este recurso como ready mades.

—¿De dónde surgió la idea de resignificar los nombres y los objetos de La historia de mis dientes?

—De distintos lugares, pero quizás todo confluyó en los audios que me mandaron los trabajadores de la fábrica. Yo empecé a escuchar que los temas que discutían tangencialmente a la novela era su visión que tenían de la galería y de los objetos de la galería y del valor último de los objetos que de algún modo su trabajo compra.

—La gran mayoría de los personajes tienen nombres de escritores mexicanos contemporáneos. ¿Cómo se ha leído ese recurso en México y cómo se ha leído en Estados Unidos?

—De la manera en que yo me explico el name dropping de la novela, porque es name dropping, es como un juego, de eso se trata, de tirar nombres y de ver cómo modifican el tejido de la novela. Y es un proceso que de alguna manera es una copia de un proceso análogo en las artes visuales que tiene que ver con desplazar objetos de su contexto original y ponerlos en otro y ver cómo ese desplazamiento afecta tanto el sentido del objeto así como el contexto que lo envuelve. Con los nombres pasa lo mismo, la idea era desplazarlos, ponerlos en un contexto no suyo, tratar de vaciarlos de su referente y ver cómo modifican el tejido narrativo y cómo el tejido narrativo los modifica a ellos. En español [y en México], lo que pasa es que esos nombres pesan más y deforman más, la novela se llena de huecos hechos por los nombres. Y en lugares en donde no, pasan de largo, no tienen ningún peso. Y es muy interesante cómo eso ha modificado la lectura del texto. Pero en definitiva no constituye ningún tipo de homenaje, ni tampoco una especie de mapa.

Y aunque Luiselli asegura no estar planteando un canon literario, la mención de escritores como Vivian Abenshushan, Luigi Amara, Luis Felipe Fabre, Verónica Gerber o Paula Abramo se lee como un guiño a la comunidad literaria mexicana. Lo anterior evidencia otra particularidad de la obra de Valeria Luiselli: la ironía. Carretera le dice a un personaje llamado Beto Bálser (clara alusión a Robert Walser) que se nota que va a ser buen escritor porque cuando sonríe no enseña los dientes; quien sepa algo de la vida de Marcel Proust recordará que el autor de En busca del tiempo perdido siempre se tapaba la boca al reír.

* * *

Cuando en 2014, Faces in the Crowd ganó el premio Los Angeles Times Book Prize for First Fiction, los lectores estadounidenses empezaron a interesarse en ella, y cuando Valeria Luiselli recibió el National Book Foundation Award 5 under 35, el furor aumentó. Mis maestros y compañeros de la maestría me preguntaban si conocía a esa mexicana que publicaba en The New York Times, Granta, McSweeney’s y The New Yorker y si era cierto que apenas tenía treinta y tantos años o si era un truco publicitario de sus editores.

Y ahora que The Story of My Teeth fue finalista de los premios National Book Critics Circle y Best Translated Book of the Year y resultó ganadora del premio Los Angeles Times Book Prize 2016, el éxito de Luiselli es irrefutable. Una cuestión curiosa es que el libro en inglés recibió más reseñas elogiosas que la versión en español, pero más que atribuir esa recepción favorable a la posición de outsider de Valeria, creo que se trata del espacio liminal en el que habita: ser una escritora mexicana que ha pasado la mayor parte de su vida en el extranjero.

Ese carácter limítrofe de la obra de Luiselli “la libera del peso de una sola tradición literaria. Y es, creo, refrescante para muchos lectores experimentar la falta de ese peso”, indica Christina Macsweeney. Por su parte, Eduardo Rabasa dice que al no estar inmersa en la cotidianidad mexicana Luiselli logra “una distancia justa entre un interés suficiente como para convertirlo en material literario, sin la necesidad de abanderar ninguna causa o insertarse en ninguna corriente, pues Valeria pertenece más bien a una generación de escritores y escritoras cuyo rasgo común probablemente sea una pronunciada heterogeneidad”.

Cristina Rivera Garza va más lejos al decir que: “Hay un México (y una América Latina) que se extiende más allá de las fronteras marcadas por el siglo XX, y que se vive ruidosa y enérgicamente, palpablemente en todo caso, en los Estados Unidos de mano, sobre todo, de los trabajadores migrantes. Una buena parte de la literatura latinoamericana se produce desde hace tiempo ya desde y en los Estados Unidos, con frecuencia en español pero también en inglés”. Rivera Garza, tamaulipeca que lleva más años viviendo en Estados Unidos que en México, menciona a Mónica de la Torre, Rosa Alcalá, Lina Meruane, Edmundo Paz Soldán, Tim Hernández, Daniel Alarcón, Rubén Martínez, Yuri Herrera, Antonio Ruiz-Camacho (mexicano que escribe en inglés) o Santiago Vaquera (chicano que escribe en español), como algunos de los autores que forman parte de esta ya larga lista de escritores hispanos que conviven con el inglés.

“Supongo que si fuera pintora, pintaría sobre capas ya pintadas y destruiría las capas para que se vean las de abajo”, dice Valeria y me parece una metáfora atinada para hablar de su escritura en la que se superponen idiomas, países y visiones del mundo.

Un par de días después de entrevistar a Valeria en Harlem, la encuentro de nuevo en una mesa redonda del PEN Festival titulada “Reckoning Mexico”. Minutos antes de que Luiselli lea, el poeta y performancero Guillermo Gómez-Peña, declama un texto sobre la brutalidad policiaca estadounidense y termina su ponencia metiéndose el micrófono a la boca. “Siempre es injusto leer después de un poeta”, bromea Luiselli, pero apenas unos minutos después ya hechizó al público, baja la voz poco a poco hasta que su narración suena a secreto. En el texto que lee, un extracto de su novela en proceso, aparecen siete niños que van a bordo de La Bestia, el tren que toman cientos de migrantes mexicanos y centroamericanos cada año para llegar a Estados Unidos cruzando México. La prosa de Luiselli es incisiva, se detiene en los detalles, equipara los pies ampollados de una niña con tomates hervidos.

México es el país invitado del PEN Festival y Luiselli es una de las escritoras que participa en más mesas. Siempre me sorprende su desenvoltura, mientras que algunos de sus compañeros panelistas batallan con el inglés, no despegan la vista de su texto y se retuercen en sus sillas, Valeria habla fluidamente y mira al público, su juventud se acentúa por la forma en la que se sienta con las piernas cruzadas sobre la silla.

La siguiente vez que la veo es durante una mesa llamada “Women of México”. Luiselli tuvo la idea de desplegar algunas de las prendas que formaron parte de la exhibición “Ropa Sucia” en la cual las escritoras Paula Abramo, Xitlalitl Rodríguez y Maricela Guerrero bordaron en calzones, mandiles y blusas frases sexistas dichas por escritores mexicanos. Valeria le pide al público que tuiteen sus propios desencuentros con el sexismo usando el hashtag #ropasucia y dice que se siente vieja tratando de hablar como si fuera joven, no cae en cuenta de que es la escritora más joven de la mesa.

Cuando se abre la mesa para que el público haga preguntas, una mujer dice que quiere saber cómo se triunfa siendo mujer y escritora. Los ponentes, Mónica de la Torre, Cristina Rivera Garza, Guadalupe Nettel, Carmen Boullosa y Claudio Lomnitz se miran sin animarse a responder. Valeria toma el micrófono y dice: “Mejor preguntémosle a Claudio cómo es ser hombre y escritor”, lo cual genera risa colectiva y quiere decir más o menos “tu pregunta es sexista”.

Luiselli es carismática y no le teme a la polémica: en una entrevista dijo que afortunadamente el realismo mágico por fin había muerto. Ésa es quizá otra de las razones por las cuales la prensa anglosajona la encuentra fascinante, porque ella, a diferencia de la mayoría de los escritores de habla inglesa, no está atada a lo políticamente correcto, mantiene mucho del desparpajo y encanto chilangos. Navegar culturas diversas (y a menudo divergentes) no es fácil, pero ella creció haciéndolo.

—Tu siguiente novela va a ser otro palimpsesto: la estás escribiendo en inglés, pero al momento de autotraducirte al español ya será otro libro. ¿Está presente el fantasma del español ahora que estás escribiendo en inglés?

—No como fantasma, lo que a veces pasa y que me está resultado interesante como proceso, es que escribo ciertos fragmentos cortos de manera casi simultánea en ambos idiomas. Entonces escribo dos o tres líneas en uno y luego en otro y voy brincando de uno a otro y en ese paso me voy dando cuenta de cuándo estoy usando un adjetivo de forma muy ornamental o cuándo un ritmo no está funcionando. Algo con lo que estoy tratando de experimentar es cómo pensar en los ritmos en español con los métodos a la manera de escuchar en inglés, por ejemplo, qué pasa si pienso en esta frase pero a partir de pies rítmicos y viceversa, pensar en ritmos silábicos cuando escribo en inglés. Lo que ha generado este proceso es una atención al ritmo mucho más pronunciada que en mis otros libros. Por otro lado, ha sido una escuela de paciencia porque escribir un párrafo me cuesta siete horas de trabajo.

Valeria y yo salimos del café donde hicimos la entrevista, está ansiosa por fumar, olvidó su papel para liar, y nos despedimos deprisa. Yo le compro un vaso de mango con limón y chile en polvo a una mujer de rasgos indígenas y camino hacia un parque cercano. Escucho el espanglish con acento caribeño de las mujeres que pasan junto a mí y recuerdo el letrero en ese ensayo de Luiselli: Estamos en proceso de. “Estamos en proceso de perder algo. Vamos dejando pedazos de piel muerta sobre la banqueta, palabras muertas sobre la mesa; olvidamos calles y oraciones repasadas con tinta. Las ciudades, como nuestros cuerpos, como el lenguaje, están en obra de destrucción. Pero esta amenaza constante de temblor es lo único que nos queda: sólo un escenario así —paisaje de escombros sobre escombros— compele a salir a buscar las últimas cosas; sólo así se vuelve necesario excavar en el lenguaje, indispensable encontrar la palabra exacta”.

Valeria excava entre las ruinas hasta que encuentra la palabra que se le perdió entre el bilingüismo, entre el nomadismo, entre las lecturas. ¡Quicio! El marco de una puerta. Ahí vive la escritura de Valeria Luiselli, en ese espacio liminal entre un lugar y otro, entre el afuera y el adentro, entre la Ciudad de México y Harlem, entre el inglés y el español. En el umbral.

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