Orlando Pérez: El hombre que el mar se llevó - Gatopardo

Orlando Pérez: El hombre que el mar se llevó

Estaban demasiado lejos para haber remado tan poco, La Habana les pareció una ciudad construida con piezas de Lego. Minutos después, olas furiosas comenzaron a subirlos a sus crestas y a dejarlos caer.

Tiempo de lectura: 13 minutos

Orlando Pérez y Arquímedes Fernández eran constructores, no pescadores, y tuvieron que lanzarse al mar sin conocerlo. Eso tiene la necesidad: te nubla la vista y te empuja con desespero a lo desconocido.

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Es en extremo difícil vivir en Cuba, pero en 1994 lo era más. Unos años antes la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) había colapsado y eso provocó que la isla se hundiera económicamente, pues de Europa del Este llegaban todos los insumos básicos que se consumían en el país. Con el derrumbe de la URSS, Cuba se quedó a oscuras. Podían pasar 16 o 18 horas al día sin electricidad, incluso más. Pasó a ser una nación donde sus habitantes no tenían cómo transportarse de un lugar a otro, y ante la falta de alimentos, a la mayoría de los cubanos no les quedó más remedio que criar animales dentro de sus apartamentos para consumirlos luego: chivos, cerdos, pollos. Otra opción era salir de noche a las calles a cazar gatos bajo la luz de la luna.

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“La chaucha estaba mala”, así define Orlando, 26 años después —a sus 67 —lo que se estaba viviendo en Cuba en 1994. Ese año, Arquímedes y él trabajaban en una empresa restauradora de inmuebles en la Marina Hemingway, en La Habana. Unos días antes de la semana santa, mientras almorzaban, Arquímedes le propuso a Orlando armar un bote rústico para salir a la costa a pescar, pues sus familias llevaban días comiendo solo arroz.

Arquímedes se comprometió a conseguir cámaras de gomas de camión y Orlando tablones de madera y tornillos. Poco a poco consiguieron lo previsto. Cuando lo tuvieron todo a mano, cada día después de su jornada de trabajo, se dedicaron a construir la embarcación. La ingeniería tomó cuatro días. El artefacto consistía en dos cámaras de gomas de camión separadas por una plancha de poliespuma, y sujetas por todos sus bordes con tablas y tornillos.

El sábado 26 de marzo de 1994, Orlando llegó a su casa ya de noche y eso asombró a su esposa. “Estuve trabajando hasta ahora mismo, mañana salgo temprano a pescar”, dijo al atravesar la sala. “Ten cuidado”, respondió la mujer, acostumbrada a verlo llegar antes que se escondiera el sol. El hombre entró a su habitación, abrió la parte baja de su armario y echó en una jaba de nylon dos carretes, uno grande y otro chiquito, y un bichero. Puso el despertador para las 3:00 a.m. y se acostó a dormir.

Orlando salió de su casa en bicicleta a las tres y tanto de la madrugada. A esa hora, La Habana era una boca de lobo: calles desiertas y oscuras, un silencio sepulcral. Cuarenta minutos después estaba en el albergue donde pernoctaban Arquímedes y su familia, pues el solar donde vivían se había venido abajo meses atrás. Junto a otras miles de familias se refugiaban en una nave fuera de la ciudad, donde el gobierno había colocado centenares de literas para “los sin casa” de la capital. Arquímedes demoró en alistarse, era de sueño pesado, igual que su hijo de 17 años, Yoyi, quien quiso ayudar a su padre con la comida de casa y decidió sumarse a la travesía.

Los tres hombres llegaron en bicicletas a la marina Hemingway, eran las cinco de la mañana. Al custodio que hacía la guardia del domingo 27 de marzo le asombró verlos allí ese día y a esa hora. Se saludaron y le presentaron a Yoyi. Luego entraron directo al cuartucho donde tenían guardada la embarcación. Orlando y Arquímedes se dispusieron a acercarla al mar. Yoyi fue a llenar de agua unos garrafones plásticos para cargar con ellos, pero se topó con que los bebederos estaban vacíos a esa hora. Cuando amanecía, introdujeron sus pies en el agua fría del litoral norte habanero y comenzaron a empujar el bote. En la orilla dejaron los garrafones vacíos y una botella de cristal que les había servido de mechón para alumbrar y echar al mar el armatoste, a fin de cuentas solo pretendían estar unas pocas horas pescando cerca de la costa.

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