Cuevas vs. Cuevas: el maestro del autorretrato

Así era José Luis Cuevas, el niño terrible de la pintura mexicana.

Un artista entra a una casa tapizada con espejos. El que camina es todos y, al mismo tiempo, ninguno. José Luis Cuevas ha ofrecido tantas posibilidades a quienes lo han mirado a lo largo de los años, que se ha vuelto, sin duda, en un artista entre un infinito de reflejos. La pregunta obligada, a la luz de los recientes acontecimientos alrededor de su vida privada, es: ¿frente a qué espejo estará ahora el artista?


En 1965, el New York Times lo llamó el Mexican boy wonder. Él, petulante y egocéntrico, la melena dorada y los pantalones metidos dentro de las botas, cargaba como jinete del apocalipsis fuertes críticas hacia el sistema artístico mexicano: desgastado, obsoleto y con las puertas cerradas a lo contemporáneo. Mientras, también arrancaba suspiros y atiborraba de chicas con minifalda que llevaban a Jean-Paul Sartre bajo el brazo las galerías de arte de la Zona Rosa en la ciudad de México, donde se mostraba su obra plástica. Era una década en que cada semana los periódicos nacionales publicaban fotografías suyas, siempre junto a intelectuales como Carlos Fuentes y Carlos Monsiváis, o vedettes como Yolanda Montes Tongolele o Irma Serrano La Tigresa. “Podríamos adivinar que nació un Día de Muertos, en medio de un carnaval o en la pista de un circo. Etiquetar a un artista es casi siempre destruirlo. La mejor etiqueta para Cuevas es: Cuevas”, escribió el escritor estadounidense Ray Bradbury acerca de José Luis Cuevas, el artista del autorretrato, el género en el que insistía una y otra vez frente a un espejo distorsionado y cruel como el de Dorian Gray.

Dos años después del elogioso apelativo del New York Times, la noche del 8 de junio de 1967, una multitud se congregó en la esquina de Londres y Génova, en la Zona Rosa, el barrio bohemio que reunía a artistas e intelectuales. Todos miraban con expectativa al techo de un edificio de dos pisos, esperando que retiraran el telón que cubría la obra de José Luis Cuevas que, por entonces, la prensa llamaba el niño terrible. José Luis Cuevas tuvo la idea después de ver una película de Judy Holliday, Born Yesterday, donde una chica alquilaba una valla publicitaria para anunciar allí su nombre y teléfono en busca de fama. Cuevas montó entonces su Mural efímero: un dibujo sobre papel de 24 metros que estaría sólo cuatro semanas en exhibición antes de ser prendido con fuego, una acción que se leía como una bofetada contra de las pretensiones de eternidad del implacable muralismo mexicano, surgido poco después de la Revolución. Aquella noche, Cuevas apareció con sus chispeantes ojos verdes, acompañado de guapas modelos vestidas con playeras que llevaban un autorretrato suyo, el de siempre: la frente voluminosa, los ojos separados por una grandísima nariz y el rostro inclinado casi de perfil. Cuevas quitó la cortina blanca que cubría el mural y aparecieron las figuras de un jugador de futbol americano y un dibujo con temas bélicos sobre el conflicto árabe-israelí de aquellos años. El Mural efímero terminó siendo uno de los happenings más recordados del siglo XX en México y un acto generacional. “Allí están los grandes trazos de Cuevas, desafiando, incitando. La gente aguarda algo especial, música o discurso, la diversión que se prolongue. Cuevas permanece un instante más. Desaparece”, escribió el cronista Carlos Monsiváis sobre aquella noche en su libro Días de Guardar.

José Luis Cuevas

Fotografía cortesía de la familia Cuevas

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En los últimos años, sin embargo, José Luis Cuevas y su protagonismo parecían haberse desvanecido. Su última hazaña publicitaria fue en 2010, cuando declaró que la calle Altavista llevaría su nombre —”porque se lo merecía”, dijo— al instalar sobre la vía pública la exposición escultórica de una serie de criaturas deformes de cobre que tituló Animales impuros. Guadalupe Marín, hija de Diego Rivera, se pronunció en contra: “Qué afronta tan tremenda”, dijo, porque en esa calle está el Museo Casa Estudio Diego Rivera y Frida Kahlo, y la calle que cruza lleva el nombre de su padre, a quien Cuevas descalificó durante décadas, llamándolo “pontífice” de un arte “folklórico y ramplón”. Aun así, cientos de personas acudieron a la inauguración para atestiguar la polémica y situarse en el Paseo José Luis Cuevas esquina con Diego Rivera, aunque sólo duró lo que la exposición.

Ahora, en 2013, tres años después, su nombre y rostro reaparecieron en medio de una polémica.

—Hola todos, bienvenidos, extrañaba mucho estar aquí, pero sobre todo ver a tanto fotógrafo —dice, a los 79 años, el artista en una sala del Museo José Luis Cuevas, en la ciudad de México, una mañana de junio de 2013.

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