La frontera más desigual del mundo: Ceuta y Melilla

Una barrera imposible

La de Marruecos y España es la frontera más desigual del mundo. Allí, entre dos ciudades, Ceuta y Melilla, se vive un drama humanitario de enormes proporciones. La zona, que hasta hace poco era un laboratorio de convivencia cultural, se convirtió en un territorio en conflicto. En 1998, la Unión Europea instaló un muro —formado por dos vallas de seis metros de altura, con cámaras, redes, sensores y cuchillas— que es una trampa mortal para quienes intentan cruzar ilegalmente. Los africanos que buscan llegar a Europa van tras un sueño que, entre un país y otro, se transforma en pesadilla.

—Si tardas más de cinco minutos en saltar, no saltas.

Doce veces lo intentó Sare Abdallah, nacido en Costa de Marfil hace 25 años, antes de lograrlo. No es fácil: la valla que rodea Melilla no perdona ni un rincón. No concede ni una grieta. En realidad son tres vallas, consecutivas, con sensores eléctricos de movimiento y ruido, cámaras, mallas que impiden meter los dedos para trepar y, en algunos tramos, una alambrada con cuchillas. El perímetro cuasi militar rodea la ciudad autónoma de Melilla, un territorio que pertenece a España pero que está situado en el norte de Marruecos, a pocos kilómetros de la frontera con Argelia. La ubicación convierte a la ciudad en la puerta de entrada a Europa para los miles de jóvenes subsaharianos que, cada año, intentan colarse y alcanzar el que, les han dicho, es el paraíso. La frontera sur del viejo continente mide seis metros de altura y tiene doce kilómetros de perímetro. A un lado vigila la gendarmería marroquí. Al otro, las autoridades españolas. No es fácil saltar. Si lo piensas más de cinco minutos, no saltas.

—En mi primer intento fuimos un grupo de 30.

Abdallah señala hacia la valla, a unos metros de donde habla. Lleva unos días en el Centro de Estancia Temporal para Inmigrantes (CETI) de Melilla, a la espera de ser trasladado a Madrid.

—Llegamos de noche y empezamos todos a escalar, usando unos ganchos en las manos y con dos clavos en cada zapato para ir subiendo. La policía marroquí nos vio y empezó a lanzarnos piedras. Al chico que tenía al lado le dieron en un ojo y cayó al suelo como un muñeco. La Cruz Roja lo llevó luego al hospital y no sé si perdió el ojo. Creo que sí. Esa noche tuvimos que bajar y volver corriendo al monte. No lo conseguimos.

En el segundo intento, Abdallah llegó a superar la valla.

—Conseguí saltar a suelo español, pero estaba la Guardia Civil —el cuerpo de seguridad pública español que, entre otras cosas, vigila el tránsito fronterizo— y me cogieron. Intenté esquivar a tres o cuatro, corriendo, como en el rugby, pero el último me agarró. Yo le dije: por favor, déjame pasar, mi padre murió, tengo cinco hermanos, vengo a buscar trabajo…’Eso que le dije era todo verdad, pero él solo me dijo: no. Le supliqué y nada. Lo que pasa es que creo que no hablaba inglés.

Aquella noche, cuando estuvo más cerca del paraíso que nunca antes, lo devolvieron a Marruecos a través de una de las puertas que hay en la valla. Sin explicaciones, sin papeleo. Sin legalidad.

—El día que lo conseguí fue una mañana que nos juntamos 300. Aparecimos todos corriendo, de noche, y empezamos a trepar. La Guardia Civil española tardó cinco minutos en llegar porque tenía un cambio de turno, y así pudimos saltar varios. Logramos pasar a España sólo 103. Yo fui de los primeros. Estaba arriba de la última valla y desde ahí vi cómo llegaban tres coches de la Guardia Civil. Venían muy rápido así que no pensé: me solté de los ganchos y me dejé caer al suelo. Seis metros. Luego empecé a correr y vi que nadie me perseguía. Vi que estaba en España, por fin, después de tanto tiempo y sufrimiento.

—¿Y ahora?
—Ahora me quiero ir a otro país. Aquí, en España, no hay trabajo.

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La valla cuenta con todo tipo de obstáculos: una malla, cámaras de seguridad, sensores de movimiento y cuchillas.

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