Opinión | Ante la incertidumbre los museos enfrentan una nueva realidad

Nausea museal

Ante la incertidumbre que supone el coronavirus, las instituciones culturales tendrán que someterse a una nueva realidad. La relación entre la cultura museística y las masas de visitantes estará limitada o proscrita. La tarea de la cultura será crear nuevas posibilidades y a la par hacer crítica.

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En las últimas semanas, a la par que compartíamos el evento inédito de una cuarentena global, una variedad de voces y plumas han ido interrogando cuál será el efecto de la pandemia de la Covid-19 en una multitud de sectores económicos y estructuras sociales. La constante que atraviesa esas evaluaciones es la convicción de un quiebre de los modelos y prácticas: habrá un antes y después de la pandemia, un “a.p.” y “d.p” si ustedes gustan, la seguridad en medio de muchas otras incertidumbres de que para efectos prácticos ya nada será igual.

Es por demás significativo que una de las primeras instituciones sometida a ese esfuerzo, un tanto persecutorio de pronóstico, sea el Museo y, en especial, el Museo de arte contemporáneo. Se nos presenta una especie de autopsia por adelantado: el concepto del museo lleno de visitantes y especialmente turistas, la obsesión del exhibicionismo y el constante intercambio de objetos a través de océanos y continentes, la promiscuidad de cuerpos, ojos y lenguajes pasando revista a exposiciones cada vez más costosas, ambiciosas y espectaculares que se dan ya por muertas en favor de un modelo mucho más modesto, local y ajustado a una experiencia íntima. De algún modo, ya sea por el rescate de la función científica de los museos o la aspiración a la felicidad del silencio y el espacio de disfrute de un perverso placer minoritario, y la nostalgia por aquel tiempo mítico en que los museos estaban gratuitamente abiertos a la visita exclusiva de conocedores y artistas, lo que se nos adelanta es la noción de que estas instituciones habrán de cambiar súbitamente. No en términos de un desarrollo inédito, sino de una restauración. La vuelta a sus valores supuestamente originales, con lo que la desgracia se enmascara de arrepentimiento y promesa de redención: para empezar, en la esperanza de que en el futuro los museos hayan de perder su exceso de actividad y exceso de público.

Por el momento, me abstendré de evaluar si esas predicciones tienen una base firme, o si se trata de una evaluación amarillista que solo traslada las ansiedades de la pandemia a un futuro indeterminado, acompañadas del avance de posiciones que se escudan —para citar a los clásicos— en la frase de cómo el cataclismo nos vino “como anillo al dedo” para efectuar nuestros propósitos. Yo siento que es muy temprano para predecir cuál será la psicología que tengamos los ciudadanos cuando se nos libere, como prisioneros, para reconstituir el espacio público en parques, comercios e instituciones culturales, y recobremos una apariencia de convivencia y coexistencia en el espacio. Soy alérgico a predecir, prefiero actuar. Y prefiero pensar en los seres humanos como diversos y misteriosos para además planear por adelantado sus reacciones íntimas.

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