El coronavirus llego a Cuba: "No todos podemos quedarnos en casa".

No todos podemos quedarnos en casa

“Los que como yo no tienen ni refrigerador, los de los campos, los de la Cuba profunda, nos vamos a extinguir”.

A Eugenia Flores no le gusta beber agua fría. Cuando lo hace, el cuerpo se le estremece, siente latigazos debajo de la piel, como si el líquido le provocase cortocircuitos a su sistema nervioso. La sensación la remueve, la hace enrollarse y desenrollarse en su cuerpo arrugado por la vejez. Eugenia tiene 74 años y en sus últimos siete ha bebido agua fría tres veces. Siempre fuera de casa, lo tiene bien claro: aquella vez que visitó a Gerardo porque el cáncer lo tenía al borde de la muerte, el domingo del año pasado que fue a jugar cartas a casa de Marta y hace un mes cuando salió apurada, sin desayunar, porque José le avisó que acababan de descargar salchichas en la tienda y al regreso se fatigó por el sol fuerte, esa última vez unos vecinos le empinaron un pomo plástico para espabilarla.

“Todo en la vida tiene su justificación, el que te diga lo contrario miente. Si no pruebas un sorbo de agua fría en años, claro que el cuerpo se te desacostumbra, te dice: eh, quién es este intruso que entró aquí”, dice Eugenia Flores sentada en un sillón, el único mueble de su casa. La señora está a solo unos metros de mí y no le logro ver el rostro con nitidez. Se balancea y se balancea mientras habla a una gran velocidad. No capto sus gestos. No sé si lo que dice lo expresa desde un arrebato de molestia, desde la ironía o el desparpajo. La casa solo tiene un bombillo, cae del techo enredado entre viejos cables de electricidad y telarañas. Si uno tuviera que definir la palabra penumbra, la casa de Eugenia Flores sería un ejemplo perfecto. A mí alrededor solo veo sombras que se mueven por todos lados. Eugenia es una sombra que me habla.

***

Estaba en Zulueta, un pueblo intrincado en el centro de Cuba, en la provincia Villa Clara. Trabajaba como fixer para unos periodistas españoles del programa de televisión Informe Robinson, que filmaban un reportaje sobre el auge del fútbol en la isla. El equipo, después de unos días en La Habana y Pinar del Río, decidió ir a Zulueta, donde la gente transpira fútbol. Es la segunda vez que estoy en ese pueblo y siempre he sentido la misma sensación: la vida aquí transcurre a una velocidad distinta que en el resto del país. La gente camina sin prisa, con la cabeza levantada. Van a caballo, en bicicletas. Llevan sombreros de guano, gorras. Te miran siempre a los ojos. Pero las calles, por lo general, viven vacías. Zulueta parece un pueblo fantasma, un pueblo parado en el tiempo, bien que pudiéramos estar en la Cuba rural de los años cuarenta o cincuenta. Las calles de Zulueta parecen locaciones de un western estadounidense, sus habitantes parecen negados a que el tiempo les pase. Las casas son coloniales. Muchas son de madera. Las calles no tienen asfalto. Tienen una radio base que se escucha todas las mañanas en el centro del pueblo a través de bocinas que les mandan saludos a los habitantes y los exhortan a llegar temprano al trabajo y cumplir con sus cometidos. También les programan música para que lleguen contentos a sus puestos laborales. En Zulueta hay un campo de fútbol hermoso, dos o tres cafeterías de fiambres y poco más.    

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