Grito de independencia, 15 de septiembre - Gatopardo

El estruendo inmenso de la plaza vacía

Los fragmentos de la “covidianidad” comienzan a hilarse luego de ese silencio televisado que vimos el pasado 15 de septiembre, con la plaza vacía y la mirada cansada del presidente. ¿Con qué nos comemos este silencio colectivo? ¿Cuándo terminará?

Imagino que en todos los lugares del mundo “covidiano” han sucedido momentos que restriegan en el alma la realidad de la pandemia:

Las calles vacías de ciudades que por lo común son ajetreadas y ruidosas, el ulular de las ambulancias o las patrullas o los bomberos (o todo junto) durante noche y día o las 24 malditas horas; niños y niñas en confinamientos que tuercen alas que están para surcar el cielo; personal de salud exhausto con los rostros marcados por un equipamiento que tortura; restaurantes con las cortinas al piso mientras las ratas urbanas gritan en batallas desesperadas por la ausencia inexplicable de desechos; fuerzas del orden que obligan a los rejegos al encierro; y parques y patios solitarios y escuelas y playas solitarias y gente sola muy solitaria.

Aunque también, y como estrategia de sobrevivencia, nos fuimos obligando a nombrar la cara amable de la pandemia: la libertad de andar sin calzado todo el día, la reconquista de la cocina como utopía de socialización, la reinvención del tiempo a favor de la convivencia más íntima, los animales que recuperan territorios que fueron brutalmente humanizados, y algunas otras quimeras que de tanto manosearlas se nos volvieron realidades.

Creo, sin embargo, que todo esto han sido solo fragmentos de la “desnormalización”. Pedazos de historias que insinúan un cambio, pero sin proyectar la noción colectiva de la profunda transformación que estamos viviendo. Tal vez porque no sabíamos cómo hilarlos.

Hasta que vimos el Zócalo vacío.

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