Agroecología: el campo resiliente es posible – Gatopardo

Campesinos en Argentina luchan por resarcir la tierra

No es un sueño romántico. A la par que se expande el modelo de agroquímicos, la resistencia también. Familias campesinas, de pequeños y medianos productores, estrechan lazos para recuperar el campo en el gran cinturón frutihortícola del Cono Sur. Esta es la historia de dos colectivos de agricultores que se oponen al arado intensivo, a los transgénicos y químicos, que queman el suelo, matan la vida. Y lo hacen a través de la agroecología, para recuperar los suelos, para defender los territorios.

 

 

Un aroma fresco de rosa blanca a lo largo de una fila de tomates verdes. Es martes, una mañana calurosa de primavera de 2021 en Olmos, epicentro de la zona frutihortícola de La Plata, capital de la provincia de Buenos Aires. No es tierra bucólica. La localidad de Olmos, conocida por su cárcel de máxima seguridad, está en la periferia, rodeada de caminos de tierra e invernaderos y con áreas sin gas natural, pero a pocos kilómetros de la ciudad.

—Cuando huelo esa rosa me hace acordar a los duraznos blancos de mi tierra— dice Jorge Florero, flaco y algo encorvado, vestido con pantalón ancho, alpargatas y boina, al estilo de un gaucho rioplatense, que acaba de bajarse de los techos de su invernadero.

Aprovechó un aguacero caído en la primera mañana para limpiarlos y ahora prepara unos hilos para atar las berenjenas. Es boliviano, de Tarija, tiene veintiocho      años y vive en la Argentina desde hace quince. Trabajó una década con su familia monte adentro, en el Chaco salteño, al norte del país, hasta que tuvo la oportunidad de viajar a Buenos Aires y alquilar media hectárea de campo para sembrar sus propias verduras. Sin dejar de mascar hojas de coca lentamente, formando un pequeño bolo a un costado de su boca, se acerca a un rosal que ha plantado dentro del invernadero y corta un tallo.

—Lo usamos para ahuyentar a los bichos. También usamos aromáticas, como el orégano y la albahaca; funcionan como insecticidas naturales. El tomate es el más trabajoso. Hay que estarle encima desde que lo plantás hasta que lo sacás, porque tiene muchas plagas y si te pasás de agua, lo echás a perder.

Jorge pone a hervir las hojas de las rosas cuando alguien en la casa se resfría. Ahora señala un pulgón amarillo en la superficie de un tomate, aunque es uno de los pocos dañados de la fila.

—En mi quinta no uso agroquímicos. Para el tomate, por ejemplo, usamos infusiones de ajo o fungicidas caseros que se preparan con leche, ortigas, magnesio, potasio, calcio —cuenta y muestra un bidón con su preparado de “Bocashi”, abono orgánico, que en japonés significa “materia orgánica fermentada”. Se trata de tierra común con rastrojos, melaza, cascarilla de arroz y levadura.

A pocos metros hay un par de personas sembrando en otra parcela, casi pegada a la suya. Sólo las dividen unas paredes con media sombra y nylon.
Jorge los saluda levantando un brazo, a la distancia.

—Ellos son vecinos amigos, pero plantan con el estilo tradicional.
—¿Usan agroquímicos?
—Sí. Trato de poner una pared aislante, pero es imposible que a mis verduras no les lleguen los productos que echan en su tierra. Eso queda en el aire y no les puedo decir nada.

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