Pesquería en desgarradora expansión - Gatopardo

Pesquería en desgarradora expansión

Este es uno de los municipios del país que han crecido de manera vertiginosa; lo apodaron “Pescorea” por la comunidad coreana que llegó cuando Kia Motors levantó una planta en su territorio. ¿Qué ha pasado con esa comunidad migrante y cómo ha cambiado realmente esta pequeña ciudad del norte mexicano?

Tiempo de lectura: 14 minutos

Esta es una colaboración del VIF.

Estoy viajando a uno de los límites más distantes del área metropolitana de Monterrey porque se supone que hay una importante comunidad de coreanos integrada en Pesquería, un municipio colindante. Es un miércoles de abril de Semana Santa. Me siento un poco como de vacaciones porque me mueve la fantasía de encontrar un pueblo cuya banda sonora sea un remix k-pop de Los Cadetes de Linares y porque una nota de BBC News, “‘Pescorea’: la llegada masiva de coreanos que transformó una ciudad en el norte de México”, de diciembre de 2021, parece corroborar que aquel milagro existe y muero por verlo con mis propios ojos. Pero la relevancia de Pesquería va más allá.

Monterrey ha crecido para todos lados y sin control. Cuando la ciudad cumplió cuatro siglos de su fundación, en 1996, hubo académicos como Gustavo Garza que buscaron predecir qué tanto más crecería la “Sultana del Norte”, pero esos cálculos que pronosticaban una ciudad de 70 000 hectáreas palidecen ante la realidad: una mancha urbana que en 2021 alcanzó las 177 000. En el marco de esa violenta expansión, la ciudad también ha crecido en población. Municipios periféricos empezaron a llenarse de habitantes, como El Carmen, García y Pesquería. Este último es el que ha crecido más rápido en los últimos diez años en todo el país: pasó de 20 843 a 147 624 habitantes, según el censo de 2020. Crecer nunca es fácil y acarrea sus dolores: ¿qué estrías ha dejado aquí tal explosión demográfica?

Al llegar a Pesquería aparecen en el camino dos letreros escritos en coreano, imposibles de leer: el de un restaurante y el de un puesto de ajo negro, los mismos que fotografiaron para el reportaje de la cadena británica, y me emociona la idea de que podría haber más. Llego al centro, similar al de muchas pequeñas ciudades del noreste mexicano. Cuadrículas rígidas con casas de un solo piso, vestidas por poco más que una o dos ventanas y la puerta. Las banquetas son angostas y desatan siempre una lucha por la calle entre las personas y los autos. Quizás lo que más me ha impresionado de estas ciudades norteñas es que prácticamente no hay árboles, a pesar de que el sol golpea recio —las canciones que hablan de los 45 °C y el chingo de cerveza—, y Pesquería no es la excepción.

En el cuadro central del municipio, en estricto sentido, no hay nada. No solo no hay coreanos, sino que en general la vibra corresponde más a la de un pueblo fantasma. La plaza central está rodeada por la iglesia principal, el palacio municipal y algunos negocios modestos, como paleterías y farmacias. Muy pocas personas caminan por las calles, y quiero creer que es porque este día el sol está insoportable y no porque no exista lo que estoy buscando. ¿Dónde está “Pescorea”?, ¿dónde viven estas decenas de miles de coreanos que han venido a transformar esta localidad? El mejor lugar para buscar la migración coreana es el sitio que la trajo aquí: la planta armadora de Kia Motors.

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En 2014, Rodrigo Medina anunció que estaba en negociaciones con Toyota y Kia para que invirtieran en Nuevo León. En su administración, la corrupción y la inseguridad habían dado la nota, y dejar el cargo en tono de desarrollo económico pujante podía ser una vía para que su partido, el PRI, conservara el estado. Al final solo la empresa coreana Kia mantuvo el interés, pero su llegada pronto se manchó. El gobierno le ofreció incentivos a la armadora, como regalarle un terreno de setecientas hectáreas con todo y trabajos de nivelación, condonar impuestos estatales hasta por veinte años e incluso ejercer presión sobre el gobierno municipal para que hiciera lo propio con el predial y las licencias de construcción. El paquete de incentivos sobrepasaba los ocho mil millones de pesos, equivalente a 28% de la inversión total, según El Norte. Esta situación provocó que otras armadoras que tenían planes de invertir pidieran estímulos de la misma magnitud.

A nivel municipal, el cabildo amenazó con iniciar incluso un proceso penal en contra del alcalde priista José Gloria por haber condonado los impuestos a Kia. “No estamos de acuerdo, porque hay muchas carencias en el municipio: no hay patrullas, no tenemos ambulancias, falta alumbrado público”, denunció la regidora Hortensia Dimas Aguilar. En aquel momento, Pesquería ya rondaba los ochenta mil habitantes, y además de las carencias denunciadas, había dificultades para gestionar servicios públicos tan básicos como el de la recolección de basura. Así que en los medios comenzaba a hablarse de Pesquería como un polo de inversión sin precedentes y como periferia olvidada.

Aunque apresuró la obra, la planta pudo abrir sus puertas hasta el 25 de julio de 2015, ya pasadas las elecciones, en las que se votó por cambios en la gubernatura, el congreso local y las alcaldías. En esos comicios resultó ganador Jaime Rodríguez Calderón, el Bronco, quien contendía por la vía independiente e hizo una campaña que fue muy popular a fuerza de prometer el combate a la corrupción emanada de los partidos políticos. El Bronco no se posicionó respecto a los incentivos de Kia durante la campaña, sino hasta que empezó su gobierno. “No tenemos ni pa’ nosotros”, declaró a la prensa, y con ello dio por iniciado un proceso de renegociación. En la hemeroteca de El Norte —que no solo es el diario más importante de Nuevo León, sino el que históricamente ha estado más cerca de los intereses del empresariado— es posible ver cómo durante 2016 ambos grupos buscaban colocar su agenda. La sección de negocios no dejaba de alabar la derrama económica que traería consigo la armadora: un millón y medio de dólares de inversión para Nuevo León. Por su parte, el gobierno estatal abría la investigación a los medios, denunciaba que el acuerdo incluía hasta una fiesta de inauguración y, con ello, mostraba voraces a los coreanos. “Hemos entregado nuestro estado como la Malinche”, alegó el Bronco. Pero el pleito fue pasajero. El 9 de junio de 2016, el gobierno estatal, el municipal y la administración de Kia firmaron un nuevo convenio. Como resultado de la negociación se pagaron solo tres mil millones de pesos en incentivos, es decir, 65% menos de lo pactado con el gobierno de Medina.

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La planta es mucho más que el origen caótico y opaco con el que se gestó. Es un antes y un después para una comunidad entera.

El Ciesa Asia Pacific Park, nombre que lleva el complejo industrial donde se encuentra Kia, se ubica en el extremo este de Pesquería. Para llegar ahí hay que tomar una carretera en medio de la nada. Algunos plantíos de sorgo —la actividad más importante hasta la llegada de la empresa coreana, además de la de Hyundai y sus respectivos proveedores— aparecen en el camino. El viento sopla fuertísimo y se puede ver que los encinos y huizaches hacen fuerza para permanecer en su lugar. El complejo se creó para que todos los proveedores que necesita la empresa estén en el mismo lugar donde se fabrican los autos. Al frente del parque industrial se encuentra Ternium —la acerera más importante de América Latina—, uno de los proveedores de Kia Motors.

De acuerdo con Víctor Alemán, jefe de prensa de la armadora y mi guía en la visita a la planta, tan solo la empresa coreana genera 2 400 empleos directos; la cifra se triplica al incluir a todas las empresas del Asia Pacific Park.

Entrar a la planta es como pasar por el filtro de seguridad de un aeropuerto: debes hacer un exhaustivo registro de datos y pasar por un arco metálico, e incluso te piden bloquear las cámaras de tu celular con unas calcomanías, por aquello del espionaje industrial. Alemán me lleva al interior de la planta, donde hay una maqueta del complejo, algunas pantallas apagadas y un empleado coreano —el primero en mi visita— vestido formal y hablando por teléfono en tono bajo, lo que contrasta con el griterío típico y “hablar golpeado” de los regiomontanos. Alemán explica que 67% de los empleados que tienen en la planta son de Pesquería, pero que no siempre fue así.

En un inicio llegaron muchos coreanos a ayudar a construir la planta y echarla a andar; después, la mayoría regresó a Corea del Sur, y muchos de los puestos empezaron a ser ocupados por mexicanos que habían sido capacitados. No me aguanto las ganas de preguntarle sobre la polémica en torno a Kia y el gobierno de Medina, pero su respuesta es de esas que se construyen blindadas: “Hubo ahí algunas inquietudes de la nueva administración [la del Bronco] y la filosofía del grupo es siempre cumplir con toda la legislación o requerimientos que exija cualquier país”.

Daniel Lee —su nombre real es Jae Hoon Lee, pero utiliza este para facilitar las cosas con los hispanohablantes— es presidente de la Asociación Coreana de México y cuenta con el puesto honorífico (sin paga) de director de Relaciones Internacionales entre Pesquería y Corea del Sur. Según Lee, en 2015, antes de que iniciara la construcción de la planta, había solo ciento cincuenta familias coreanas en el territorio. Después, ese número incrementó a tres o cuatro millares; de hecho, en 2017 incluso empezó a haber vuelos directos entre Monterrey y Seúl. Actualmente hay una población fluctuante de coreanos, que va de los 2 500 a los 3 500, distribuida en Pesquería, pero también en Apodaca, Monterrey y San Pedro Garza García. En los últimos siete años surgieron restaurantes y casas de huéspedes que tenían como objetivo servir a los coreanos y, por tanto, eran atendidas por sus connacionales. Daniel Lee no niega que era interesante conocer la comida mexicana, pero en el fondo, y en estadías de casi un año, lo que buscaban sus compatriotas era algo mucho más cercano a su normalidad, por lo que optaban por utilizar las casas de huéspedes coreanas más que los hoteles locales.

¿Cómo llegó Daniel Lee a ser un hombre tan informado sobre los asuntos coreanos en Nuevo León? La respuesta tiene que ver con su biografía. Él pasó su infancia en Buenos Aires; de hecho, ahí lo bautizaron como Daniel, y ya como adulto trabajó en el gobierno coreano y en empresas de ese país en el área de Vinculación con Latinoamérica, por su dominio del idioma y por conocer la región. Ahora vive de ofrecer información a inversionistas interesados en hacer negocios en México. Durante la entrevista cuenta que, en Corea del Sur, los niños y adolescentes desde muy pequeños se mueven solos por la ciudad, van a la escuela y de regreso a su casa a pie o en transporte público, pero que en Monterrey no es posible hacerlo porque se requiere forzosamente de un auto. Incluso esto fue un problema para muchas madres coreanas, porque no sabían manejar o, si sabían, no podían conseguir fácilmente una licencia local por no entender el idioma. Hay algo de ironía en que los coreanos que vienen a fabricar autos a Monterrey terminen padeciendo los inconvenientes de una ciudad diseñada para estos vehículos.

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Ilustración de Manuel Vargas.

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Aunque las portadas y reportajes que hablan de Pesquería giran en torno a los coreanos, no está en ellos el pulso que marca el presente y el futuro de este municipio. Hay una multitud ignorada, decenas de miles de personas que viven todos los días los estragos de esta explosión demográfica sin planeación urbana, y el primer testimonio de esto se dio cuando recién llegaba la planta surcoreana.

Para entenderlo hay que mirar el periodo 2012–2015, cuando José Gloria gobernaba por el PAN, y fue él quien aceptó entrarle a la dinámica de incentivos. Entonces la lista nominal del municipio era de 13 549 electores. Con el cambio de gobierno, en 2015, el priista Miguel Ángel Lozano trató de revertir esos compromisos y hacer que la empresa pagara predial. Su desesperación llegó al grado de amenazar con bloquear el paso de camiones. Esta reacción se entiende desde la demografía, porque el padrón se había duplicado. El compromiso financiero anterior era insostenible. Después de dos periodos de Lozano, su hijo, el panista Iván Patricio, ganó la elección. La lista nominal de 2021 ascendía a 70 795 electores.

El resultado de ese ultracrecimiento se ve en un municipio que parece un archipiélago de colonias flotantes, separadas por campos de tierra y arbustos o por vacíos que son ocupados por bodegas industriales. La parte central de Pesquería, donde están el Centro Histórico y la comunidad más antigua, apenas llega a los 16 000 habitantes. El resto son colonias enormes, configuradas a partir de esa repetición de casas pequeñas de interés social que con el tiempo han roto su monotonía gracias a la creatividad de sus dueños y que, a diferencia de la Pesquería antigua, dibujan caminos curvos, algunos hasta con camellones, en un paisaje idéntico al de cualquier colonia periférica. En Colinas del Aeropuerto, al extremo occidental, viven casi 38 000 personas. Al sur, en Lomas de San Martín y Valle de Santa María, tienen su residencia 31 000 y 39 000, respectivamente. El resto que conforma el total del municipio vive en pueblos pequeñitos que existen desde hace décadas dentro de la demarcación de Pesquería, como es el caso de Dulces Nombres o Francisco Villa.

Daniel Celaya es un joven que vive en Colinas del Aeropuerto y se mudó aquí por motivos laborales. Lo conozco porque trabaja como encargado de la relación entre la comunidad de Pesquería y la Escuela Técnica Roberto Rocca, que financia Ternium. Me hace gracia que lo primero que menciona es la presencia de tiendas de conveniencia, como Oxxo, y luego piensa en escuelas y farmacias. “Hay estudiantes que no tienen drenaje en sus casas, sobre todo en la parte de los ejidos, y ellos sí hacen ese movimiento de viajar acá a la ciudad. Pero los que vivimos en las partes de los fraccionamientos nuevos no tenemos realmente nada que hacer en Pesquería. Por ejemplo, estoy aquí, pero mi vida, mi trabajo, los bienes o lo que necesito lo encuentro fuera del municipio”, dice.

También señala que esa distribución en polos, el de la Pesquería central y el de la Pesquería de los nuevos fraccionamientos, hace que la integración no sea tan sencilla. “Hay sentimiento, como de la Pesquería de antes”, y cuenta que tiene amigos que han vivido por generaciones en el municipio y se quejan de que antes, en el centro, podían salirse por las tardes con una mecedora a tomar el fresco. “Si bien este crecimiento y la inmigración de los que venimos de otro lado han traído buenos elementos, como ciudadanos —reflexiona—, también han traído malos elementos. Y esos malos elementos la verdad es que les hacen como tener cierto recelo”. Hay una culpa que se filtra en sus palabras y tiene que ver con la carga que implica ser distinto en Nuevo León. De acuerdo con la última encuesta Cómo Vamos, Nuevo León, del Observatorio Ciudadano, 85% de las personas piensa que en esta entidad se discrimina al menos por un motivo. La gente piensa que la segunda causa más usual para sufrir discriminación es la de ser migrante.

Le pido a Celaya que desarrolle esos “malos elementos”, y platica que hay muchas casas que han sido habitadas por posesionarios —nombre con el que se refiere a la gente que ocupa ilegalmente una casa o terreno que no le pertenece— que a veces se dedican a actividades ilícitas: lo mismo a los asaltos que a los secuestros. “Busquen las noticias de Pesquería, en el ínter de las últimas dos semanas han ocurrido dos asesinatos”, dice. Es verdad, la prensa local reporta el reciente asesinato de dos personas a media calle en hechos distintos, justo en las colonias más pobladas, y la captura de un policía municipal implicado en un triple homicidio. Según datos del Observatorio de Seguridad y Justicia del Consejo Nuevo León, Pesquería tuvo, en 2021, una tasa de 23.28 homicidios dolosos por cada cien mil habitantes. Entre 2012 y 2014, las tasas de homicidio en Pesquería fueron tres veces más altas que las nacionales (de 49.7 frente a 15.53), y de 2018 a la fecha han sido ligeramente más altas (de 24 contra 23). Curiosamente, la inseguridad de Pesquería se “calmó” en el periodo en que se dieron las negociaciones y el arranque de Kia.

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Daniel Celaya me ofrece un recorrido por la Escuela Técnica Roberto Rocca. No se trata de una escuela normal: tiene un guardia de seguridad que controla la entrada a este oasis que parece una pequeña universidad privada en medio de la nada. Su estructura de medio círculo conecta el complejo de cuatro edificios, con pilares, ventanales, paredes y pisos de concreto pulido que hacen uno se sienta en unas oficinas corporativas recién remodeladas. Después de recorrer las instalaciones y los laboratorios de mecatrónica y robótica, sus especialidades técnicas desde 2016, Celaya me lleva con el director de la escuela, Efrén Castillo.

Castillo dice que los problemas que tienen los jóvenes de Pesquería se relacionan con violencia familiar, desintegración y embarazos prematuros. “La tarea que nos ha tocado más fuerte es trabajar con los padres, hacemos una reunión cada mes, mes y medio, para platicar con ellos y apoyarlos”, explica, comprensivo, mientras resalta lo jóvenes que son los padres de familia: rondan los treinta años. La escuela lleva tres generaciones de graduados, 364 estudiantes, y espera que sean más. Aunque es privada, los alumnos pagan 5% de la colegiatura. “Siempre he comentado que esta escuela es más pública que cualquier pública”. Explica que el costo promedio por semestre es de 3 500 pesos, la mitad de lo que cuesta la colegiatura en la preparatoria de la Universidad Autónoma de Nuevo León más cercana, y además los alumnos reciben comida y uniformes en el plantel. Veo que la razón del interés de Ternium, el principal benefactor, va en dos sentidos. Por un lado, logra reconocimiento frente a la comunidad —en el caso de Kia, sus esfuerzos de responsabilidad social se han limitado a una biblioteca móvil y programas de reforestación—, y por otro, permite capacitar a jóvenes que puedan integrarse tanto a su acerera como al resto de las empresas de la zona y de ese modo seguir creciendo la producción local.

No solo los habitantes de Pesquería ven en la Roberto Rocca algo aspiracional y un orgullo familiar, sino que los chavos están tan a gusto ahí que me encuentro a un grupo de prácticas en un Miércoles Santo en el laboratorio de robótica. Veinte chicos, entre los dieciséis y los dieciocho años, sentados frente a mesas en un aula bien iluminada, construyen pequeños robots, discuten sobre el código de programación y ensayan para la competencia estatal a la que pudieron clasificar. Aprovecho un momento de silencio para contarles que estoy escribiendo del municipio. Me dicen que les gusta que haya oportunidades de desarrollo aquí, pero ¿qué significa eso cuando tienes dieciséis?

“He notado que la mayoría de mis compañeros no estudiaron o ya entraron a trabajar y ya hicieron, por así decirlo, su propia familia”, dice Karen. El resto tiene claro que quiere una familia, pero no todavía.

“[En] estos momentos no sería lo más indicado para mí”, dice Jacqueline. “Mi mayor propósito es terminar la carrera, seguir estudiando, trabajar y poder conseguir las cosas que quiero tanto para mis necesidades como para las de mis padres”.

“A mí me gustaría vivir aquí, pero más por la industria. Siento que sería una gran oportunidad para crecer dentro de una empresa y, sí, también se le ha agarrado cierto cariño al municipio”, añade Raúl. 

Tadeo dice que quiere estudiar en la universidad, pero llegar en transporte público le tomará dos horas y media si lo hace desde Pesquería, por lo que reflexiona que tendrá que irse por un tiempo. Y Alejandra, otra de las jóvenes, cuenta que sí quiere tener una casa aquí porque siente que el ambiente es muy natural y no podría sentirse a gusto en una casa pequeña sin patio.

En esos anhelos están todas las Pesquerías: la que quiere ser polo industrial, la que es un escenario laboral de paso y la que extraña ser un pueblo de campesinos y mecedoras.

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Trato de comer en el Cho Won Corean Restaurant porque la comida, dicen, es inigualable, y pues porque ya estoy aquí. Entro al bodegón a eso de las tres de la tarde y lo noto vacío. Una mujer asiática se acerca veloz hacia mí y, a puras señas, me da a entender que la comida restante es para los empleados. Entiendo, pero confieso que me invade una sensación de extranjería porque nunca había visto que el dueño de un negocio se negara a hacer una venta. No hay más remedio que regresar a Monterrey.

¿Sirve el municipio de más rápido crecimiento en el país para entender el futuro? Pienso que mucho del capital dicta la forma de la ciudad. Miles de personas que migran desde Veracruz, Guerrero o Oaxaca para conseguir un mejor empleo y aguantan el trato de una comunidad que no está convencida de mezclarse. Barrios enteros que se pueblan con viralidad y en cuyas casas brotan cuartos y paredes a merced de la imaginación de sus habitantes. Niños y niñas, como los de la escuela Roberto Rocca, que sueñan con otros futuros, que incluyen ser ingeniera o técnico en robótica en una empresa. Un suburbio que exige recursos y servicios y que, al mismo tiempo, debe lidiar con una de las peores calidades del aire del país y con una temporada de sequía que cada año es más grave y larga. Difícilmente una ciudad que crece solo para proveer empleos puede hacer frente a un futuro asolado por el cambio climático.

Llegando a la enorme ciudad de Monterrey se vuelven a divisar los cerros en el horizonte y una enorme columna de humo negro plaga un cielo ya de por sí ocre. Busco en la radio una explicación: se incendia una fábrica de tarimas. El colapso se hizo un relato habitual.

Este texto fue publicado en Gatopardo 221. La vida en las ciudades.


Luis Mendoza Ovando. Guadalajara, 1994. Suele mentir y afirmar que es de Monterrey. En esa ciudad del noreste mexicano estudió Ingeniería Química en el ITESM porque, aún hoy, tiene un amor por los números que no puede ocultar, aunque su verdadera vocación sea escribir. Corrigió su rumbo en la Ciudad de México, donde entró a la maestría en Periodismo sobre Políticas Públicas en el CIDE. Actualmente escribe con un pie en Monterrey, en El Norte y la revista Contextual, y otro en la capital del país, en las revistas Gatopardo y Este País.

Manuel Vargas. Creció en un pueblo muy pequeño de Venezuela donde los relatos fantásticos relacionados con el mundo natural construían la cultura popular. Por ese motivo, en su obra, la selva, los animales y el misterio son temas recurrentes. Licenciado en Artes con especialidad en Diseño, su trayectoria se enfocó en la dirección creativa y la ilustración. Como ilustrador se ha centrado en el trabajo editorial, haciendo ilustraciones para revistas, libros y portadas de libros, además de piezas para marcas y eventos culturales. Su trabajo ha sido exhibido en Venezuela, México, Argentina, Estados Unidos, Ecuador, Polonia e Irlanda.

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