La enfermedad por modelantes: una nueva amenaza a la salud pública

México figura entre los siete países donde más cirugías estéticas se realizan. En este contexto, charlatanes prometen tratamientos económicos –sin bisturí y sin anestesia– que provocan terribles daños. Miles han sido víctimas y lidian con el dolor, la culpa y la tragedia de haber puesto su cuerpo en peligro por vanidad. En muchos de estos casos, el daño es irreversible e incluso letal.

Marisela Castillo pasó meses sin poder sentarse. Se acomoda con cuidado en la orilla del sofá para contarlo, como si fuera lejana aquella época en la que vivía boca abajo por las heridas de su espalda baja. Sentarse, de hecho, sigue siendo un reto. “Enfermedad por modelantes” es la descripción fisiológica que la atormenta; un término que acuñaron los médicos mexicanos que estudian este padecimiento tan extendido como desconocido. La dimensión física es sólo una parte del problema. Dolor, culpa, espejo y muerte son las palabras que vuelven de manera recurrente en su relato y revelan, una por una, las distintas capas de un martirio complejo.

Entre los muros blancos de su casa en la Ciudad de México, esta mujer de 52 años desgrana la cadena de circunstancias que la llevaron a inyectarse sustancias extrañas en el cuerpo hace veintitrés años. “Todo empezó con un cafecito entre amigas. Éramos diez y cada una decía lo que quería cambiar de su cuerpo”, relata con voz suave y la melena suelta cayendo sobre su suéter deportivo. “Yo dije que quería ‘pompis’. Otras decían boobies… Una amiga dijo que conocía a una persona que usaba colágeno y que nos podía ayudar”. La emulación colectiva y la promesa de resultados espectaculares disolvieron las reservas y, unos días después, el grupo de amigas se encaminaba al domicilio de la esteticista. Ésta les mostró un frasco de un producto inyectable traído, supuestamente, de Argentina. Los resultados estaban a la vista: la especialista y su hija ostentaban formas prominentes. “Yo las vi y confié”.

Por cada frasco de 200 mililitros, la mujer cobraba 3 500 pesos. La dinámica del engaño se instaló. “Fueron muchas veces”, recuerda Marisela, hablando de las inyecciones que recibió en los glúteos. “El circulito de clientas fue creciendo. Y la mujer me decía: ‘Te voy a seguir poniendo a ti porque te falta’. No me faltaba, pero me fue rellenando. Acabé pagando más que si me hubiera puesto implantes”. Después de las inyecciones, Marisela empezó a hacer ejercicio. Entonces, sintió cómo la sustancia se recorría hacia abajo. La supuesta esteticista le prohibió correr. “Lo siento, pero te tengo que volver a inyectar”, le lanzó. “Dicen que la belleza duele”, reflexiona Marisela con ironía. “Esa mujer jugó con mi vida y con la de todas nosotras”. El círculo de amigas se deshizo. Una perdió una pierna, otra sufrió una trombosis… Marisela afirma que la mayoría murió por culpa de la misteriosa sustancia.

Antes del ominoso cafecito, Marisela era un nudo de complejos, un terreno fértil para el engaño: creció con la convicción de ser una niña fea. Se echaba el pelo en la cara para esconderse. Después de tener a su hijo, su pareja la engañó. “Me veía en el espejo como la más horrible y me convencía de que no merecía tener a nadie. Pensé que eso podía solucionar mi problema”, dice. De su sonrisa, asimétrica, se desprende una lucha interior por superar la melancolía.

Cinco años después de las inyecciones, Marisela empezó con dolor e inflamación. La piel de sus glúteos se puso roja y luego se endureció. Pronto la sensación se volvió insoportable. “Sientes que los huesos te estallan”, explica, cansada.

La mujer se decidió entonces a consultar a un cirujano plástico: “Lo que te inyectaste te va a matar. Regresa a verme cuando te estés pudriendo”. El regaño le impactó, pero también le abrió los ojos. “Hasta entonces, no sabía qué era la enfermedad por modelantes. Me di cuenta de la gravedad de lo que tenía”.

enfermedad por modelantes

Dra. Adriana Lozano Platonoff atiende a Palmira Bothi García, una mujer trans de 49 años que se inyectó los glúteos a los 17 años y hoy es víctima de la enfermedad por modelantes.

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En México, las inyecciones de sustancias modelantes (biopolímeros, aceite mineral, aceite comestible o silicona) son más comunes de lo que suele pensarse. Algunos de estos materiales sí tienen usos médicos, aparte de los que se emplean para fines industriales: por ejemplo, la silicona para prótesis o los polímeros para dispositivos quirúrgicos. Sin embargo, ninguno puede (debe) ser inyectado en el cuerpo.

Los testimonios de personas afectadas indican que en los años ochenta y noventa se llegaba al extremo de usar aceite 123 (el aceite de cocina barato) o aceite Mennen para bebé en inyecciones corporales. Bastaba con disimularlos en otros frascos y enumerar sus propiedades milagrosas. Los charlatanes las administran a escondidas en clínicas estéticas, domicilios privados o gimnasios. La mayoría de sus víctimas son mujeres, de todos los ámbitos sociales, aunque algunos hombres ceden también a la tentación del tratamiento instantáneo; y entre mujeres trans, estas prácticas clandestinas son sumamente socorridas.

Si el aceite entra por una arteria o se va directo a un pulmón, la persona puede morir en el momento de la inyección. Cuando eso no ocurre, los primeros indicios del mal pueden tardar años en manifestarse. La piel se inflama severamente, enrojece, luego se ennegrece. A veces, se necrosa. O aparecen úlceras que tardan meses, años en cicatrizar. Los pacientes se vuelven vulnerables ante cualquier infección. Algunas personas desarrollan una enfermedad autoinmune, como lupus, artritis reumatoide o fibromialgia. Todas las defensas del cuerpo se movilizan para luchar contra el intruso. Los órganos, sobre todo el hígado y los pulmones, pueden llegar a fallar. En algunos casos, los cirujanos pueden extraer al enemigo modelante (o parte de él), pero cuando la piel está muy dañada, el paciente ni siquiera es candidato a cirugía.–

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Marisela se sometió a ocho intervenciones quirúrgicas, la última en octubre de 2019. Se le extrajo parte del producto, pero el resto está infiltrado en sus tejidos. “Me han cortado, me han amputado.… Cuando sales de la primera cirugía y ves los dos huecos, no es nada agradable, pero, poco a poco, te vas acostumbrando a ver tu cuerpo mutilado”. Trabajó de decoradora de interiores y como asistente personal en la empresa de su pareja. Se jubiló antes de tiempo, incapacitada para seguir laborando. En los últimos años, se le diagnosticó fibromialgia. Su cuerpo lucha sin cesar contra sí mismo. El dolor intenso es su compañero de todos los días. “A veces es tan fuerte que no puedo dormir”.

Marisela mandó a analizar en un laboratorio la sustancia que le inyectaron. Se trataba de silicona mezclada con aceite de cocina. “Mi error fue no checar. Hoy mi vida pende de un hilo”. Ella lucha contra las infecciones que la acechan. A lo largo de los años y con la ayuda de varios médicos, esta mujer que viste siempre colores vivos para tratar de sortear la depresión, empezó a aceptarse y a reapropiarse de su cuerpo. “Me echo porras yo misma: me digo que me veo bien bonita… pero hay días que digo ‘no, olvídalo… ni te veas, ni te vistas’”.

Poco a poco, conoció a muchas mujeres y algunos hombres que sufren de la misma enfermedad. Quiere alzar la voz y ayudar a otros a salir del silencio. Después de muchos años, ha alcanzado la confianza necesaria para decir: “No tengo nada de qué avergonzarme”. Ella relaciona la enfermedad por modelantes con la presión que la sociedad ejerce sobre las mujeres. “Nos dicen: adelgaza, ponte implantes… nos bombardean mucho”.

cirugía plástica

El Dr. Humberto Anduaga, cirujano plástico y reconstructivo, drena el líquido acumulado del glúteo de una paciente en el Hospital de Especialidades del Centro Médico Nacional La Raza en la Ciudad de México, en julio de 2019.

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La rockera Alejandra Guzmán es la referencia, el nombre que está en boca de todas las mujeres afectadas: les consuela pensar que si esto le pasó a una famosa con dinero, bien puede pasarle a cualquier otra persona. En 2009, la cantante estuvo a punto de perder la vida después de someterse a un procedimiento estético para aumentar el tamaño de sus glúteos. Le inyectaron biopolímeros, la última tendencia en tratamientos de “belleza” clandestinos en América Latina. A los pocos meses, tuvo que ser operada de emergencia: la sustancia inyectada le había provocado una reacción inflamatoria brutal. Desde entonces la cantante se ha sometido a una veintena de cirugías para extraer el producto. “Ya he perdido la cuenta”, declaró en una entrevista con la cadena estadounidense Telemundo en enero pasado después de ser hospitalizada, una vez más, de emergencia. “Es increíble cómo le siguen haciendo esta locura a la gente”, dice Guzmán aludiendo a las inyecciones. Sobre la última operación, para retirar polímero de su cadera, detalló: “Sacamos una bola de 15 centímetros y todavía quedan algunos residuos. Lo tienen que sacar del cuerpo porque el cuerpo lo está rechazando. Hay fiebre, hay mucho malestar, mucho dolor”. En 2013, cuando celebraba sus 25 años de carrera, la cantante bromeó: “Estuve tan cerca de la muerte que creo que ya somos amigas”. La enfermedad por modelantes tenía su primer caso sonado. Pero no por volverse mediático, el mal dejó de ser tabú.

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“Hay mucha negación por parte de los pacientes”, explica el Dr. Gabriel Medrano, del servicio de reumatología del Hospital General de México, uno de los grandes especialistas de este padecimiento a nivel mundial. En años recientes, esa institución de salud pública auspició un equipo multidisciplinario de especialistas que se dieron a la tarea de estudiar lo que bautizarían como enfermedad por modelantes. En su consulta, el reumatólogo recibe un promedio de diez a quince nuevos pacientes al mes con síntomas de infiltración. Con tratamiento a base de cortisona, les ayuda a controlar la inflamación. “Los casos no disminuyen. Hace años, los médicos no sabían qué decirles, cómo tratarlos. Entonces empezaron a canalizarlos a todos hacia el Hospital General. Por eso, aquí tenemos experiencia”, apunta.

Vencer el silencio, el secretismo y la vergüenza de los pacientes es una de las tareas de los médicos. “Algunos niegan haberse inyectado. Pero luego vemos en los estudios radiológicos que sí, y lo acaban admitiendo”, dice Medrano. Prácticamente, los médicos tienen que sonsacarles la confesión.

El reumatólogo deplora que ningún paciente sabe exactamente qué le han inyectado. Los especialistas del Hospital General distinguen dos épocas. Los años ochenta y noventa eran de los aceites minerales, industriales o vegetales y, a partir del 2000, se empezó a inyectar principalmente biopolímeros. Los estragos de estos últimos apenas empiezan a observarse. Los síntomas, explica, dependen de las características genéticas y de la inmunidad del paciente. Algunos experimentan efectos leves y otros tienen secuelas que los empujan al borde del suicidio. Esta disparidad ha llevado a los médicos a pensar que algunas personas, a pesar de tener sustancias agresivas dentro, podrían nunca presentar manifestación alguna; a contemplar la posibilidad de que sustancia y cuerpo pueden llegar a convivir en equilibrio. Pero la realidad es muy difícil de saber, pues las manifestaciones pueden ser demasiado tardías.

Enérgico, detallista, preciso en sus observaciones, Medrano se debe conformar con un panorama lleno de incógnitas y misterios. “Estos pacientes están en un limbo: no hay conocimiento, no hay una cura, y por la pena, no todos acuden al médico”. La enfermedad tiene un importante subregistro. Los relatos de las pacientes, mientras tanto, dejan entrever una realidad agobiante, estructuras piramidales de amigas que llevan a amigas que llevan a otras amigas, y así sucesivamente.

En cuanto a los biopolímeros, la nueva moda, no tienen nada de “bio”, un prefijo utilizado como argucia mercadotécnica. Están compuestos de polimetilmetacrilato: “básicamente plástico”.

enfermedad por modelantes en México

Lili en consulta con el Dr. Humberto Anduaga. Se inyectó hace 25 años y ha tenido que someterse a alrededor de 30 cirugías para remover los inyectables.

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A falta de estadísticas precisas a nivel nacional, la base de datos elaborada por el Dr. Raymundo Priego, exjefe del servicio de cirugía plástica y reconstructiva del Hospital General de México, ayuda a darse una idea: de 2009 a 2019 han llegado a la institución 4 785 pacientes con secuelas de inyecciones de modelantes. “Después de muchos años de ver pacientes sin entender por qué cada uno era tan diferente, por qué los síntomas y los tiempos en que se presentaban variaban tanto, nos dimos a la tarea de identificar esas sustancias”. A partir del 2009, el Hospital General recurrió al Instituto de Química de la UNAM para que éste realizara estudios de espectrometría por resonancia magnética nuclear. Los resultados evidencian el amplio abanico de las sustancias inyectadas, muchas veces mezclas tan artesanales como letales de diversos productos.

“Fue como un trabajo de detective”, recuerda Priego. Esos estudios combinados con múltiples parámetros, el análisis de los síntomas y los perfiles de los pacientes llevaron a los especialistas a una perspectiva relativamente completa de la enfermedad. El detallado cuadro, fruto de años de investigación, solamente se elaboró en México, a pesar de que los modelantes hacen estragos en toda América Latina. Para Priego, las consecuencias y los tiempos de reacción de cada sustancia ya son prácticamente previsibles.

Con el aceite mineral, se observa una migración rápida y los efectos surgen antes de cinco años. Con los aceites vegetales, hay cambios cutáneos tempranos y úlceras. El silicón tiene una migración lenta y provoca síntomas al cabo de quince años. En cuanto a los biopolímeros, la nueva moda, no tienen nada de “bio”, es un prefijo utilizado como argucia mercadotécnica. Están compuestos de polimetilmetacrilato, “básicamente plástico”, zanja Priego. Se inyecta líquido y luego se polimeriza, es decir, se aglutina y solidifica en el tejido. Al polimerizar, libera un calor por encima de los 80 grados. Es una quemadura terrible. Como las inyecciones se aplican a ciegas, pueden llegar a una vena o una arteria. “Si la sustancia polimeriza el pulmón, provoca una trombosis y la persona se muere. Eso también es enfermedad por modelantes. Pero esos casos no nos llegan y no quedan registrados. Nos llegan solamente las pacientes que sobrevivieron”, agrega.

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Sobrevivir es un concepto relativo. Una entrevista con la Dra. Olga Vera, internista y reumatóloga del Centro Médico Nacional La Raza, evidencia los vuelcos dramáticos que amenazan a estos pacientes. La especialista estudió las similitudes que hay entre el proceso de la enfermedad por modelantes y el del Síndrome Autoinmune Inducido por Adyuvantes (ASIA, en inglés). Este último engloba la reacción inmunitaria e inflamatoria por sustancias extrañas introducidas en el organismo, como los implantes de silicón o los componentes de algunas vacunas. Los trabajos de Vera contribuyeron a dar a conocer a la comunidad médica internacional la problemática de las inyecciones de modelantes.

La doctora pasa súbitamente de las observaciones científicas a la experiencia más cruda y tangible de la enfermedad al enterarse durante esta entrevista del fallecimiento de una de sus pacientes. “Una infección”, se escucha al otro lado de la línea telefónica, es la voz del esposo. “Las infecciones son un azote”. La doctora cuelga, afectada. Se pregunta cómo podría haber salvado a su paciente. “María Elena dejó cuatro hijos”, suspira.

“Al 80% de los casos que llegan a pedir ayuda ya no se les puede ofrecer nada”, dice Priego. “Tarde o temprano se van a morir de eso o por complicaciones. Hay que ser transparentes con ellos. Muchos son sólo candidatos a control del dolor”, resume con impotencia. La verdad dicha por los médicos impacta fuertemente a los pacientes.

Humberto Anduaga, cirujano plástico del Centro Médico Nacional La Raza, recuerda el caso de una mujer que se aventó por la escalera del hospital cuando se enteró de su diagnóstico y de que le iban a quitar un seno para salvarle la vida. “Afortunadamente, no le pasó nada”, aclara Anduaga. A pesar de este episodio, él sigue siendo un adepto de la estrategia de choque: sacudir con la verdad. Ve a los pacientes con modelantes desde hace más de veinte años y está convencido de que se podrían salvar muchos más si se atendieran antes de que los síntomas se salgan de control. “Primero, todas piensan que no les va a pasar nada. Tienen un periodo ‘de ventana’ donde no tienen manifestación, pero ya tienen el mal adentro. Ése es el tiempo de incubación. Pero cuando empiezan las manifestaciones de cualquier tipo, de la piel, del riñón o dolor de articulaciones, de ahí para adelante es todo un viacrucis hasta la muerte”, dice.

Con humor y con crudeza, este médico lucha contra la enfermedad cuya principal secuela es la negación. “Al inicio, ningún paciente entiende que lo que se inyectó es la causa de todo lo que le pasa, de todos sus males. Por eso soy tan duro en un principio, para que tomen conciencia”.

Hace poco, Anduaga se enfrentó a un caso excepcional. Más de cuarenta años después de haberse inyectado un supuesto aceite vitaminado en los pómulos y otras zonas del rostro, una mujer de 83 años, María Teresa Terrones y Alejos, amaneció con la cara por completo hinchada. Los modelantes son imprevisibles.

Otro aspecto terrible es que el dolor y la mutilación ocurren exactamente donde las personas buscaban una mejoría: “Van a inyectarse para verse bien, y luego llegan conmigo y les digo que lo voy a quitar todo, y que ni siquiera se van a ver planas, sino sumidas”, agrega el cirujano. Al ser el acto más contraproducente de sus vidas, muchas no saben cómo lidiar con la culpa y la vergüenza.

enfermedad por modelantes

Marisela Castillo en el reflejo de un espejo,
mientras se maquilla en el baño de su hogar
en la Ciudad de México (2019).

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“A las personas con modelantes, algunos nos tratan como personas inexistentes, personas que no valen la pena, porque nosotras nos causamos la enfermedad”, dice Zucey Gil, quien se aisló socialmente para escapar de los juicios. Esta mujer de 50 años se estremece con una brisa ligera. No soporta un soplo de aire en sus piernas: arde en su piel, como fuego. “Así es esto, es una bomba”, dice refiriéndose a los ocho años de tregua que le dieron las úlceras de sus piernas. Hace un año, volvieron a abrirse y no cicatrizan. Zucey tiene que hacerse limpiezas vigorosas y con mucho dolor para alejar la sombra de una infección o de la gangrena. Abre grande los ojos y habla de manera atropellada: “Te acostumbras al dolor, lo vives”.

Sin perder la gracia que acompaña cada uno de sus gestos, Zucey habla de lo que llama su “traginovela”. Con sus dos hijos, uno de ellos un niño con autismo, vive en una pequeña casa en el fondo de una vecindad de una colonia de clase media de la Ciudad de México. En los muros de la sala y la cocina cuelgan varios retratos de estilo ochentero de una Zucey joven y feliz, el pelo rizado abundante y la sonrisa despreocupada. No le cuenta a nadie de sus problemas, porque “la gente es muy morbosa”. Oculta siempre sus heridas bajo unos pantalones holgados. Sale poco de su casa y procura llevar una vida estable y tranquila para no alterar el equilibrio precario de sus defensas, amenazadas por el mundo exterior.

Cuando tenía veinte años, trabajaba de esteticista y masajista en una clínica de belleza por Taxqueña, en el sur de la ciudad. Con gestos amplios y teatrales, explica que ahí le aplicaron varias inyecciones en los glúteos y en las pantorrillas. “Un día llegó ese producto nuevo empaquetado y la dueña, que era dermatóloga, nos lo puso. También se inyectó a sí misma. Sin saber lo que era. ¡Era bueno, bonito y barato! Te sentías muy bien…”. Zucey se ríe, burlándose de sí misma, una joven candorosa que no se hacía preguntas. “Las clientas llegaban y querían lo mismo. Supuestamente el producto venía de un laboratorio alemán. Era parecido a un aceite para bebé”. La dueña y su hija amasaron una pequeña fortuna gracias a las inyecciones. “Fue un boom”. Formas esculturales sin bisturí, sin anestesia: los resultados se materializaban en un abrir y cerrar de ojos.

Zucey no recuerda los precios de esas inyecciones pero sí la época en que los clientes, mujeres y hombres, empezaron a quejarse del dolor y de las inflamaciones. Hubo las primeras muertes misteriosas. En la clínica, nadie decía nada. A raíz de las denuncias de varios clientes, se abrió una investigación policial. La dueña ya había fallecido por consecuencia de sus propios “tratamientos”. Pero su hija, Raquel Ballina, se dio a la fuga.

Tiempo después, reapareció en Guadalajara, en el occidente del país. Prodigó sus enseñanzas a Miriam Yukie Gaona, quien alcanzaría la fama bajo el siniestro apodo de “la Matabellas”. El macabro dúo inyectó a diestra y siniestra, hasta que la alumna superó a la maestra como leyenda criminal. Hubo 170 denuncias contra la Matabellas. Detenida en 2002, la mujer de abultados labios de silicona pasó doce años en la cárcel. Su mentora, Ballina, fue procesada en 2003 por la muerte de una paciente pero, de nuevo, la pista de la inyectadora compulsiva se difuminó. En la historia de los fraudes estéticos, el caso de la Matabellas y su maestra es de los pocos que tuvieron alcances judiciales, con una inesperada condena. En cambio, no son pocas las pacientes que pasan por otro tipo de banquillo.

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“¿Por qué? ¿Por qué lo hizo?”: Zucey imita el tono superior, inquisidor de los médicos. “Grrrr…”, ruge la mujer, con los ojos exorbitados.

“Yo les digo: mejor dígame que no me quiere recibir, que no me quiere atender, pero no me diga eso. ¿No cree que ya he sufrido eso toda la vida? Si diario me reprochara, me arrepintiera, llorara, me maldijera, ¿se me quitaría eso? Pues no.” Marisela, la mujer que creció sintiéndose una niña fea, hace eco a esta queja generalizada: “Todo el mundo me pregunta por qué lo hice. Créame que del porqué ya estoy harta… No se vale que te juzguen sin saber cómo fuiste engañada”.

Buena parte de los médicos no empiezan por tratar los síntomas, sino por atizar la culpa. Muchos incluso se rehúsan a atender a las pacientes con modelantes porque consideran que se trata de una enfermedad “autoinfligida”. Los alcohólicos con cirrosis, los fumadores con cáncer, los enfermos del corazón que se taparon las arterias con comida chatarra o los conductores ebrios que terminan en el hospital después de matar a otros… En el amplio universo de las lesiones y los traumas autoinfligidos, ningún paciente es tan maltratado y con tanto desprecio por parte del cuerpo médico, las instituciones y la sociedad en general como la mujer que se inyectó modelantes. La vanidad que se les atribuye es la clave de esa condena moral.

“Son pacientes difíciles, que nunca estarán satisfechas porque quieren una cura y no la hay”, declara un cirujano plástico que prefirió dejar de atender a los afectados por esa enfermedad.

En sus peregrinaciones médicas, de hospital en hospital, la mayoría de los pacientes se encuentra también con médicos empáticos que se apasionan por sus casos. Para ellos, la pregunta odiosa de “¿por qué?” también es importante. “Esas inyecciones no son tan baratas y el costo no es decisivo”, reflexiona Priego. El punto es que no hay quirófano, anestesia, ni recuperación. Priego se pone en los zapatos de una persona que está a punto de inyectarse: “Me acuesto cinco minutos, me lo ponen, y me levanto para ir a trabajar. Además, me lo recomendó una amiga que se ve bien. Es la magia de la solución inmediata”.

Para Anduaga, el modus operandi de los charlatanes es fundamental: “Siempre llevan a una modelo, están en el gym, por ejemplo, y quien inyecta siempre está platicando con una chica que está súper bien del busto, de cadera, y con la cinturitita. Y dice: ‘Mira, a ella la inyecté hace tiempo’. La chica les enseña, presume, dice que la toquen y demás… Y mucha gente cree y cae”.

silicón cosmético

Marisela Castillo, de 53 años, muestra el silicón y el aceite de cocina que le inyectaron con propósitos cosméticos. Lo guarda como prueba de lo que tenía dentro.

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Los médicos buscan relaciones de causa y efecto, pero no parecen prestar mucha atención al ruido de fondo, al susurro continuo que la sociedad dirige a las mujeres: belleza, cuerpo, curvas, senos, nalgas, firmeza. En América Latina, el reinado de la mujer-objeto parece tener todavía largos días por delante. Aquí, las formas importan. Las curvas voluptuosas son veneradas y todas las ídolos populares las ostentan. Brasil, México y Colombia figuran entre los siete países del mundo donde más cirugías estéticas se realizan, confirma un estudio de la Sociedad Internacional de Cirugía Plástica Estética. La preocupación por el físico actúa como un corsé mental y despojarse de él requiere todo un trabajo. La cosificación sexual es una de las formas de violencia contra las mujeres más banalizadas por la sociedad, en el mundo en general y en América Latina en particular.

Más allá de la presión del entorno, la sutileza del engaño es otro factor acelerador de la catástrofe. Muchas pacientes dicen que inyectarse sustancias modelantes no fue una decisión que recuerden haber tomado plenamente. Saben que eligieron hacerlo, asumen la responsabilidad y les carcome la culpa. Pero un gran número de ellas no identifica el momento preciso en que accedió a que le clavaran jeringas llenas de aceite mineral o de biopolímeros en el cuerpo o en el rostro. En esa cadena de sucesos, jamás percibieron un horizonte fatídico. Se dejaron llevar. Sólo querían probar. Jamás lo hubieran imaginado.

A veces, ni siquiera lo disfrutaron. Es el caso de Marisela: “Cuando me inyecté, no lucí lo que me había inyectado, seguí usando suéter largo. Eso de sentirme fea estaba dentro de mí y se quedó en mí”, cuenta sentada en su casa de la colonia Santa María la Ribera. Para muchas mujeres que sufrieron de falta de autoestima toda su vida, el despertar llegó con el tormento del cuerpo devorado por una sustancia ajena.

Lili mantiene su enfermedad en absoluto secreto, y así prefiere que la nombremos para proteger su identidad. A sus 55 años, acaba de revelarle a su esposo que sus frecuentes problemas de salud se deben a unas inyecciones para aumentar el volumen de su busto y de sus glúteos. Se las realizó a los 25 años, por la insistencia de su madre en que la acompañara a practicarse esos tratamientos. Un charlatán, amigo de la madre de Lili, les inyectó a ambas aceite mineral. Cuando los efectos aparecieron, se le ocurrió una explicación fantasiosa. “Había tenido un secuestro exprés y le dije a mi familia que el malestar era por los golpes del secuestro. Luego, a mi esposo, durante mucho tiempo, le conté que me habían inyectado un material extraño durante el secuestro”. Hace dos años, devorada por la angustia, Lili le confesó todo. Esta mujer locuaz tiene a sus espaldas más de una treintena de cirugías. Se topó con médicos que no entendieron su condición y le infligieron un sinfín de operaciones. Finalmente, se logró extraer de su cuerpo gran parte de la sustancia dañina. “¿La cirugía estética? Yo digo que es lo mejor. Si tienes un dinerito, te va a salir mucho más barato que ponerte estas cochinadas que causan tanto sufrimiento”.

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Por cada víctima escondida, avergonzada, adolorida, quebrada económicamente por los gastos médicos, ¿cuántos doctores Frankenstein se jactan de sus supuestos éxitos y lucran con sus fechorías? Álvaro Pérez Vega, un antiguo responsable de la Comisión Federal para la Protección contra Riesgos Sanitarios (Cofepris), la más alta autoridad en materia de controles sanitarios en México, tiene una aproximación a la respuesta. “Por cada cirujano plástico certificado, hay doce charlatanes activos en México”. Pueden ser profesionales capacitados para prestar servicios estéticos, o incluso profesionales de la salud, enfermeras, o médicos, en algunos casos cirujanos. Pero, a veces, son simples aprendices de brujos sin formación que experimentan a costa de los demás. Habitualmente, son nómadas: en cuanto surge un problema, se cambian de lugar y se les pierde la pista.

De 2013 a 2018, la Cofepris llevó a cabo un operativo permanente de revisión de 4 400 establecimientos que ofrecían servicios estéticos, de un total de 8 000 en el país. Se detectaron 510 centros con anomalías, de los cuales más de 200 recibieron avisos de suspensión. Aparte, cada estado del país realiza sus propios controles. “El problema es que hay muchos establecimientos clandestinos”, explica Pérez Vega en entrevista, a finales de 2018. Por la naturaleza ilegal de las inyecciones de sustancias modelantes en el cuerpo —están autorizadas sólo las inyecciones faciales de toxina botulínica (botox) y de ácido hialurónico—, no se promocionan en las clínicas estéticas establecidas. Pérez Vega recuerda el caso de una bodega de la Ciudad de México donde un estudiante de medicina realizaba liposucciones y barría él mismo la grasa del suelo. Para rastrear a los charlatanes, las autoridades reforzaron el trabajo de inteligencia, con usuarios simulados o monitoreo de publicidad en internet. Pero los charlatanes, siempre alertas, desaparecen en cuanto se enteran de las investigaciones. “Cuando un tratamiento es demasiado barato o el que lo realiza se esconde, los consumidores deben desconfiar”, recomienda Pérez Vega.

Le gente tiende a confiar en cualquier persona que ostente una bata blanca y una pizca de autoridad. En épocas recientes, han brotado los diplomados en medicina estética o incluso cirugía estética. Se supone que esos cursos, autorizados por la Secretaría de Educación Pública, tienen fines de investigación, pero no constituyen un título válido para operar. Los únicos habilitados para realizar procedimientos quirúrgicos con fines estéticos son los cirujanos plásticos certificados. Sin embargo, algunos alumnos que no son seleccionados para la especialidad de cirugía plástica se frustran y ven en los tratamientos estéticos una alternativa para concretar sus ambiciones. Un botín.

El caso del Dr. Jeremías Flores Felipe es revelador. Es el fundador y uno de los principales docentes del Colegio de Medicina Estética Humana de Mínima Invasión (Colemi), con sede en la colonia Roma. En sus redes sociales, se presenta como “uno de los mejores cirujanos estéticos del mundo”. Ofrece cirugía gratuita de orejas, talleres de blefaroplastía (reducción de párpados) y numerosos cursos presenciales sobre tratamientos estéticos. Pero Flores Felipe, aunque tiene la cédula profesional de médico, no es cirujano plástico certificado.

¿Quién es esta persona? El médico que inyectó litros de biopolímeros en los glúteos de Alejandra Guzmán en 2009, en una de las clínicas estéticas de la empresaria Valentina de Albornoz. Después de las denuncias de la cantante, Flores fue detenido en Estados Unidos. Ambos fueron condenados por el delito de lesiones. Flores pasó poco menos de un año en la cárcel, antes de que Guzmán le otorgara el perdón a sus verdugos en 2010, y quedó nuevamente libre. Libre para presentarse como un prestigioso cirujano, venerado por sus enseñanzas en materia de tratamientos estéticos.

Las consecuencias retardadas de las inyecciones incrementan las posibilidades de éxito de los charlatanes: durante años, pueden actuar impunemente, presumiendo los resultados asombrosos que brotan de sus jeringas.

“La muerte tiene la cola levantada”, escribía con sarcasmo el diario colombiano El Espectador en 2017, en plena epidemia de biopolímeros. En México, aunque los especialistas del Hospital General han buscado el reconocimiento de la enfermedad por modelantes como un problema de salud pública, no ha habido campañas públicas de prevención.

Todo el mundo me pregunta por qué lo hice. Créanme que del porqué ya estoy harta… No se vale que te juzguen sin saber cómo fuiste engañada.

Kenya Cuevas, activista trans

Kenya Cuevas, activista trans, ex sexoservidora y fundadora de la asociación la Casa de las Muñecas Tiresias, explica que la mayoría de las mujeres trans tienen que recurrir a inyecciones ilegales porque no hay programas públicos para ayudarlas en su transición física.

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En la colonia San Rafael, la fachada rosa y destartalada del Gym Bosco atrae la mirada. El lugar cerró definitivamente sus puertas hace cuatro años cuando el gerente, Arturo Luna, se dio a la fuga. Varias mujeres lo habían denunciado después de padecer los efectos de sus inyecciones de sustancias desconocidas. Este fisioculturista se hacía llamar “doctor”. “Yo era amiga de su sobrina y ella me convenció de que me dejará inyectar”, recuerda una antigua usuaria, quien opta por conservar el anonimato. “Inyectó a todas las clientas del gym”.

El gimnasio pertenece al pasado, pero las inyecciones siguen siendo populares en la zona. Es lo que afirma Jagger, un joven esbelto y atlético, señalando la sala de donde él mismo sale. “Aquí la gente se inyecta de todo en los vestidores. Hormonas, modelantes, de todo”. Consultado al respecto, el gerente del lugar se conforma con declarar que el reglamento prohíbe cualquier tipo de inyección dentro de las instalaciones.

Las clínicas de belleza cercanas a la Glorieta de Insurgentes son conocidas por ofrecer inyecciones faciales con sustancias de dudosa procedencia. Sobre la calle de Oaxaca, uno de estos lugares propone inyecciones de relleno facial a partir de 3 500 pesos, y la jeringa de unos cuantos mililitros. “Es un producto autorizado por Cofepris”, miente tranquilamente la empleada. La sustancia, llamada Probcel, no obtuvo el aval de las autoridades sanitarias. En redes sociales, varios testimonios afirman sufrir daños posteriores a inyecciones de Probcel y se ilustran con fotografías de rostros desfigurados.

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Los biopolímeros son muy socorridos entre la comunidad trans. Para quienes no tienen las posibilidades de costearse unos implantes, las inyecciones aparecen como una alternativa económica, y recurren a ella incluso conociendo los riesgos. Más que vanidad, en su caso se trata de conseguir un cuerpo acorde al género con el cual se identifican. Modificarlo es una cuestión de bienestar. O supervivencia.

Kenya Cuevas habla abiertamente de sus biopolímeros. “Yo quería…”, y en vez de terminar su frase, esta mujer trans de 46 años se levanta de la banquita de la cafetería, se voltea y, asomándose hacia atrás por encima de su hombro, con gesto pícaro y sonrisa traviesa, dibuja con las manos la forma de una nalgas voluminosas. Esta activista carismática y reconocida en la comunidad trans aspiraba a tener glúteos femeninos. “Perdía confianza en mí”, admite hoy, con toda la seguridad del mundo, esta extrabajadora sexual. “Los clientes se alejaban… Inyectarme era una necesidad”. En julio de 2018, se puso un litro de biopolímeros en los glúteos. “Conozco los riesgos”, zanja Kenya, hoy empleada del gobierno de la capital. Imparte capacitaciones a los funcionarios públicos sobre los derechos de las minorías. La activista es un ícono en su comunidad: elevó la voz contra los transfeminicidios después del asesinato de su amiga Paola a manos de un cliente en 2016. Como testigo del crimen, Kenya recibió amenazas de muerte. Esta mujer creó una fundación, Casa de las Muñecas Tiresias, para defender a sus pares de la violencia transfóbica.

Kenya interpreta la permanencia de estas prácticas, el hecho de que las mujeres trans sigan inyectándose de manera masiva sustancias peligrosas, como un grito de ayuda enviado a la sociedad. La marginación social y la exclusión laboral de las mujeres trans orilla a muchas de ellas al trabajo sexual. Y esa misma ocupación las lleva a buscar tratamientos accesibles, sin cirugía. Eso explicaría, como dice Kenya, que “todas las chicas trans conocen los riesgos y sin embargo lo hacen”. En su caso, dice asumir su error: “No puedo regresar el tiempo atrás. Afrontaré las consecuencias con responsabilidad”.

Zucey Gil muestra las úlceras en sus piernas. A esta mujer de 50 años, madre de dos hijos, le inyectaron aceites minerales por primera vez a los 22 años.

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“¡Me gusta, me encanta inyectar! Me gusta hacer que las chicas se vean guapas”. Sabrina, también un nombre ficticio para proteger su identidad, se muestra lúcida sobre las posibles consecuencias de sus acciones. Esta mujer trans de 32 años cobra 9 000 pesos por cada inyección de un litro de Bio-Silik, un biopolímero. “Lo que hago no es bueno y lo sé. Todo el mundo sabe a qué se expone”, dice la chica con el pelo corto pintado de rosa en la recámara principal de su departamento en la periferia de la Ciudad de México. Antes de hablar de su labor, lanzó una advertencia: “No quiero que me juzguen”. Sentada con desenvoltura sobre la tela estampada con motivos de leopardo que cubre su cama, Sabrina enseña fotos de sus sesiones de inyección. Las realiza en el otro cuarto, donde se viste, se peina, se maquilla… y ocasionalmente inyecta a otras mujeres trans. Muestra los frascos de Bio-Silik, envueltos en grandes etiquetas rojas con la inscripción “frágil”. Se niega a revelar dónde los adquiere. Los especialistas dicen que son productos que provienen de Sudamérica, que entran ilegalmente a México. “Todas están felices con mi trabajo”, alardea. “Lo hago para ayudar a la gente, no para perderla”.

Ayudar a la gente. Es exactamente lo que Palmira Bothi García quería hacer. Ser peluquera no la llenaba. Enfermarse por el aceite mineral que se inyectó a los 17 años cuando hizo su transición de género la llevó, inesperadamente, a descubrir su verdadera vocación. Esta mujer trans de 50 años maneja su silla de ruedas como una extensión de sí misma. Sube a un taxi y dobla la silla en menos de diez segundos. Lleva poco tiempo con ella, apenas dos años, pero encontró a través de este aparato un modo de vida. Lo que fue primero una mera circunstancia, no poder caminar, la llevó a convertirse en una activista que lucha por los derechos de la personas con discapacidad. Trabaja en el instituto especializado que las atiende en la Ciudad de México. Hace 20 años, ante la gravedad de sus heridas, quisieron amputarle una pierna, pero ella insistió en conservarla. Ahora, tiene las piernas bloqueadas en ángulo recto; el aceite mineral provocó severas afectaciones a sus nervios. “A los 17 años, no sabía lo que era el aceite mineral. Veía a las otras chicas trans, y quería lo mismo. Hoy, todas estamos enfermas”.

Seria y elegante en cualquier circunstancia, Palmira avanza, la espalda muy recta en su silla de ruedas, por los pasillos del Hospital Gea González. Es el día de su cita mensual con la Dra. Adriana Lozano. Esta cirujana especialista en el manejo de heridas le realiza unas complejas curaciones en las piernas. La piel está necrosada y plagada de úlceras profundas, los “hoyotes”, como los llama su doctora. “Cuando se le cierra una herida, se le abre otra, ésa es la historia de Palmira desde que nos conocemos”, cuenta Lozano, una mujer alta y grácil, que habla de sus pacientes con una evidente empatía. Parece entender la presión por la apariencia a la que son sometidas las mujeres, el yugo del cuerpo, y le gustaría que lo hicieran sin riesgo alguno pero sabe, a final del día, que lo van a seguir haciendo.

Inyectarse modelantes es un acontecimiento fugaz de dolorosas consecuencias. “Es frustrante tanto para el paciente como para el médico. Son de estas enfermedades que no terminas de tratar”, dice y sentancia la doctora: “No quiero sonar pesimista, pero sé que Palmira siempre va a regresar”.

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