Hija del algodón: Cristina Rivera Garza

Hija del algodón: Cristina Rivera Garza

Aunque lleva 30 años fuera de México, Cristina Rivera Garza nunca lo ha abandonado. Siempre vuelve a él en la obra literaria que ha construido. Su historia familiar es una de migración y fronteras, que se remonta a la antigua región algodonera en el norte de México y que ahora ella explora en su más reciente novela, Autobiografía del algodón. En octubre pasado, recibió la MacArthur Fellowship 2020, una suerte de bautizo en el mundo literario anglosajón.

Tiempo de lectura: 23 minutos

 

 

La oscuridad arropa aún las paredes y puertas cegadoramente blancas de la casa en La Jolla, en el sur de California. Es 6 de enero de 2021 y faltan unas horas para el asalto al Capitolio. Cristina Rivera Garza sigue atentamente la transmisión en vivo del momento en que Raphael Warnock gana en Georgia. Acaba de convertirse en el primer senador negro de ese estado ubicado en la otra esquina de Estados Unidos. Ha vencido con un margen mínimo: 50.9% de los votos frente al 49.1% de su contrincante, la republicana Kelly Loeffler. Es casi un milagro.

La escritora mexicana, que hace 30 años migró a este país, escucha la voz de Warnock en televisión nacional: suena a la de un pastor que predica a su rebaño. El hombre narra que, en los años cincuenta, las manos de Verlene Warnock, su madre, pasaron los veranos recolectando algodón de otros (“picking someone else’s cotton”) y ahora, en las urnas, a los 82 años, las mismas manos lo han escogido (“picked”) a él, el menor de 12 hijos, para ocupar un espacio en el Capitolio, en Washington, D.C.

—Anoche me llamó mucho la atención cómo estamos en 2021. Un político negro por primera vez va al Senado desde el estado de Georgia y lo primero que dice se relaciona al algodón —dice Rivera Garza al mediodía.

Tal vez solo si uno ha leído el último libro de Rivera Garza, Autobiografía del algodón (Literatura Random House, 2020), en el que recupera la historia de migración de su familia alrededor de la antigua región algodonera en la frontera norte de México —una zona que vivió una efímera abundancia entre los años treinta y cuarenta—, podrá entender que la escritora acababa de experimentar una pequeña epifanía por tres motivos.

El primero: el lenguaje. La vida le ha regalado una oración donde pick, en inglés, se usa a la vez para piscar algodón y para escoger a un candidato negro, y esto le emociona. Quizá es porque suele observar el trasfondo poético, secreto, en que los vocablos se trasminan hacia la experiencia personal.

—Las palabras son siempre precisas, solamente hay que encontrarlas.

En su libro, por ejemplo, Rivera Garza se detiene en la prosa para subrayar que “desconsoladamente es un adverbio muy largo”, que “transitar es un verbo que requiere a otros”, que “inexpugnable es una palabra disfrazada de muro”, que “zambullirse es un verbo con mucho ruido”. Reflexionar sobre la sonoridad o iconicidad de las palabras es un rasgo de su escritura.

El segundo motivo: la historia. Para ella, socióloga por la UNAM y doctora en Historia por la Universidad de Houston, el sentido de los acontecimientos emerge al conectar el pasado y el presente de los territorios, sobre todo, observando ciertos detalles. Georgia tiene como capital a Atlanta, donde se proyectó por primera vez Lo que el viento se llevó en 1939. En la película ambientada en la Guerra Civil, la servidumbre negra piscadora de algodón, esclava o no, permanece siempre fiel a la familia blanca en la idílica plantación de Tara. La candidez del esclavo neutraliza su posible subversión. Cada 15 de diciembre, Atlanta, la capital de Georgia, conmemora con un día festivo la fecha del estreno de Lo que el viento se llevó, largometraje que HBO Max retiró recientemente de su programación por considerarlo racista.

—Lo que quiero contarte es que me pareció muy interesante oír eso anoche, porque el algodón continúa siendo este sustrato tan fuerte, tan dramático, en Estados Unidos, totalmente ligado a la esclavitud. Y en cambio, en México, en la zona norte del país, está ligado a formas de producción que sí permitieron cierta autonomía, aunque después destruyeron la ecología del lugar.

En un paralelismo con Autobiografía del algodón, en el que ella misma reflexiona sobre el presente desde el pasado, la autora mira una fotografía donde su padre, Antonio Rivera, muy joven, está listo para ir a caballo a los campos de algodón de Tamaulipas. La atmósfera bucólica de la imagen sacada del álbum familiar contrasta, a ojos de la autora, con la violencia que los fotoperiodistas han registrado en los últimos años en esas mismas tierras fronterizas.

Acerca de Tamaulipas, Rivera Garza escribe que el Estado mexicano —y no el narcotráfico— ha desatado una lucha sanguinaria contra la ciudadanía con el pretexto de la ilegalidad de ciertas plantas y productos en el marco de “la mal llamada ‘guerra contra el narco’”. Enfatiza varias veces la coletilla “mal llamada”. “¿Cuál es la otra cara de la crueldad?”, se pregunta la autora antes de ir a las páginas de los diccionarios para encontrar los siguientes antónimos: “delicadeza, suavidad, paciencia, humanidad, bondad, compasión, piedad”. Estos sustantivos exponen entre líneas también la dimensión política del “necropoder” —el poder sobre la muerte— ejercido desde el Estado sobre el territorio de Tamaulipas. Rivera Garza escribe entonces una de las sentencias más agudas de su libro, que es a la vez ensayo y novela: “Sobre los mismos caminos donde hoy se ensañan la violencia y el exterminio, por ahí pasó, centelleante y atroz, el algodón”.

El tercer motivo para esta revelación es quizá el más poderoso: la resistencia. Warnock —y ella— provienen de familias que nunca tuvieron ningún poder político, económico ni intelectual. En el caso de Rivera Garza: bisabuelos en pobreza extrema, abuelos humildes que se hicieron de unas tierras, padres que ascendieron de clase y cambiaron el campo por la universidad.

El reverendo Warnock y ella son hijos del algodón.

Cristina Rivera Garza La hija del algodón

Fotografía de Pía Riverola

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La frontera entre sueño y vivencia siempre es frágil. Cuando cierra los ojos, lo que ve es borroso. Azul de cielo. Blanco sobre la tierra. Tallos muy altos. Zarzas. Unas manos que la rescatan. Le pregunto sobre sus primeros recuerdos. Sus padres le contaron alguna vez que muy de niña se perdió en un campo de algodón en Tamaulipas. De la ciudad donde nació, Matamoros, sus padres se la llevaron muy pronto, cuando tenía año y medio o dos. Se mudaron porque su padre había recibido una beca para estudiar Ingeniería en Agronomía en el Instituto Tecnológico de Monterrey. Sería el primer universitario de su familia.

—Es un recuerdo muy inicial el algodón, de un lugar donde yo viví muy poco tiempo, al que regresamos muy seguido después, durante las vacaciones, todos los diciembres y en algunas vacaciones de verano. Lo conozco más como ese lugar de veraneo y de reunión familiar que como un lugar donde yo haya crecido.

La memoria, me dice, puede ser también la mejor de las ficciones. Sin esfuerzo, le llega más claro el olor a químicos del laboratorio del campus del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey donde jugaba con su padre y su hermana menor cuando era niña. Recuerda también que viajaban mucho en un viejo Volkswagen de 1973 que no tenía radio. Pasaban mucho tiempo en silencio, viendo el paisaje.

—Mi familia nunca fue muy platicadora.

Entre los libros leídos en el auto y esas horas de imaginar y contemplar, de pasar el tiempo, dice que le vino la inquietud de escribir. O la imaginación de que podría ser eso en el futuro: escritora.

—Ahora, Cristina Rivera Garza es oficialmente un genio.

Esto me lo dice Oswaldo Zavala, profesor titular de literatura latinoamericana y cultura de la City University of New York (CUNY), cuando le pregunto qué significa que ella acabe de recibir la MacArthur Fellowship. La beca, dotada con 625 mil dólares a lo largo de cinco años —y sin pedir nada a cambio—, es para autores que han demostrado un “extraordinario talento” en el pensamiento, las letras, la creación. Es una especie de bautizo en el mundo intelectual y creativo anglosajón. Una entrada por la puerta grande.

Zavala, nacido en la ciudad fronteriza de Juárez, formado en Estados Unidos y Francia, autor de Los cárteles no existen (Malpaso, 2018) y uno de los intelectuales mexicanos jóvenes más respetados en la academia de ese país, ha incluido bibliografía de Cristina Rivera Garza en el curso doctoral de Teoría Crítica de la Cultura que impartió en otoño de 2020. En su programa, el pensamiento de la autora convive con lecturas de Foucault, Rancière, Barthes, Nelly Richard y Mabel Moraña. La beca MacArthur de Rivera Garza, que se dio a conocer el 6 de octubre de 2020, se celebró y se comentó en su seminario.

En la pantalla, veo un escritorio, una pared beige, una ventana alta y un profesor de cabello liso y acento norteño.

Cristina Rivera Garza California

Fotografía de Pía Riverola

—Su obra ha pensado formas de resistencia crítica ante discursos hegemónicos de poder y estructuras de conocimiento dominantes. El trabajo de Rivera Garza, extendido en los distintos géneros que la movilizan, es original, fascinante, pero, todavía más importante, útil.

—Si es útil, entonces ¿quién le debería temer a Cristina Rivera Garza?

—Su poesía, narrativa y ensayística han articulado un asedio punzante al nacionalismo mexicano, a debates sobre el género, la tradición literaria, la violencia de Estado, la modernidad mexicana y, a un nivel todavía más profundo, han articulado la búsqueda compleja de una subjetividad que promueva la desapropiación y la empatía como respuestas comunitarias.

Miro ahora, en el Canal 22, el video que acompaña el anuncio de la Beca MacArthur. Rivera Garza aparece sentada junto a una mesa de madera, en su casa. Al fondo, muebles de cocina blancos, desenfocados. Habla en inglés:

—La escritura llegó como resultado de tener que explicarme a mí misma el enigma que el mundo era para mí.

No lo dice, porque el video es muy corto, pero ¿se refiere, en parte, al espíritu que insufló el relato sobre la escritora Amparo Dávila (la real y la ficticia) en La cresta de Ilión (Tusquets, 2002, reeditado en 2020), una novela entre lo fantástico, el suspense y el ensayo, narrada desde un hospital?; ¿habla de Lo anterior (Tusquets, 2004, reimpresa en 2012), una novela sin historia y sin final sobre lo inenarrable del amor?; ¿o estará refiriéndose a su obra ensayística, reunida en Los muertos indóciles. Necroescrituras y desapropiación (Debolsillo, 2019), donde reflexiona sobre los usos del archivo, la muerte del autor y las “prácticas de comunalidad” para combatir la violencia?

Otra mesa de madera en un jardín al aire libre. Ondean flores moradas en segundo plano. En la lejanía, un mar blanquecino, casi imperceptible. Ahora la escucho decir, de nuevo en inglés, que ha escrito la mayor parte de su obra creativa en español desde los Estados Unidos y que explora la fricción entre ambos idiomas para encontrar las palabras exactas.

—Cuando escribo, me interesa la relación entre territorio y cuerpo.

Una imagen de olas que chocan contra las rocas. Un paneo de la escritora tecleando en una computadora, frente a un ventanal. Otra vez, la cocina de muebles blancos y el gesto transparente, sobrio, de Rivera Garza. Fin del video. Pero antes de todo eso, lo primero que dice, lo primero que se oye, tan rápidamente que casi no da tiempo de pensarlo, es esto:

—Si hubiera estado cómoda con el mundo en que vivía, nunca habría escrito una palabra.

Cristina Rivera Garza autora

Fotografía de Pía Riverola

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En Nadie me verá llorar (Tusquets, 1999), esta hija del algodón por primera vez se encontró con el archivo como un espacio de búsqueda y creación. Rivera Garza estaba terminando su doctorado hacia 1993. Tenía una beca de un año para hacer investigación y no sabía a ciencia cierta qué hacer, solo que debía estudiar algo acerca de la Revolución mexicana, a inicios del siglo xx. No le interesaban la guerra ni los documentos de las élites mexicanas de ese tiempo. Quería reescribir esa vida posrevolucionaria desde abajo. Lo primero que hizo fue lo que todo investigador hace cuando empieza: ir al Archivo General de la Nación, en la antigua prisión de Lecumberri, en la Ciudad de México. Allí, revisó por un tiempo documentos de las cárceles, pero no encontró nada que le interesara. Ni siquiera el edificio, que le parecía inhóspito. La arquitectura, dice, es una invención del Estado de la que hay que desconfiar.

—Me sentía en un panóptico, diseñado para la vigilancia.

Un día entró a la oficina de un funcionario y le dijo que no le gustaba estar en ese lugar. Y le respondieron algo así:

—Acaban de abrir el archivo del manicomio de La Castañeda en la Secretaría de Salubridad y Asistencia. Son 75 mil expedientes y se ve que a usted le va a interesar mucho. ¿Por qué no le echa un vistazo?

Al día siguiente se apersonó en el edificio colonial casi frente al Teatro de la Ciudad. Todos los trabajadores desayunaban juntos, alrededor de la mesa. El ambiente le agradó. Solicitó al archivista los expedientes de La Castañeda de 1910, 1920 y 1930, para empezar. El funcionario separó los documentos que contenían más cantidad de escritura directa de los internos.

—Éstos le pueden interesar más —le dijo.

El primer expediente que abrió fue el de Modesta mBurgos, que contenía cartas de su puño y letra y múltiples diagnósticos. La fotografía de la mujer le pareció extraña, hermosa, fascinante. De ése y otros 300 expedientes acabarían saliendo su tesis de doctorado y Nadie me verá llorar, la novela cuya protagonista acabó llamándose Matilde Burgos.

—Si me hubieran traído otro expediente no sé qué habría escrito. Lo que sí sé es que con esa novela aprendí a investigar, a preguntarme cosas múltiples sobre la utilización del lenguaje de los otros, la pertinencia de usar o no información personal, el derecho que yo tenía o no de usar un “yo” para tratar de describir la experiencia de una mujer que, en términos de clase y de tiempo, me era completamente ajena.

Es decir, todas las preguntas que se han convertido en insoslayables dentro del terreno de la escritura creativa, pero que no lo eran entonces, que no formaban parte de la conversación entre escritores, aunque sí entre los historiadores. Todo eso, de múltiples maneras, se lo debe, dice, a aquella prosa sinuosa de Modesta Burgos, una mujer que acababa de aprender a escribir y que lo hacía para ella misma.

Que el escritor mexicano Carlos Fuentes, una especie de patriarca literario, dijera cualquier cosa sobre un autor, colocaba al elegido en el mapa —o lo borraba para siempre— de la llamada República de las Letras, de la que se autonombraron miembros varios autores de la atmósfera literaria mexicana y sus vacas sagradas. De Nadie me verá llorar, Fuentes hizo un comentario muy afortunado: la describió como “una de las obras de ficción más notables de la literatura no solo mexicana, sino en castellano, de la vuelta de siglo”.

Esta obra, sin embargo, no es nada complaciente con el discurso oficial; al contrario, critica la forma en que el Estado mexicano se alió con la medicina para producir una idea de modernidad que excluía a personas que tenían formas de vida autónomas que, desde la perspectiva del poder, eran vidas abyectas que había que disciplinar y recluir.

Cristina Rivera Garza escritora

Fotografía de Pía Riverola

—Y te estoy hablando de las mujeres que salían a la calle, de los hombres que tomaban y se caían de borrachos; personas que no correspondían con los perfiles de disciplina y de ser gente productiva. Ellos personifican una subversión que no es la de quienes salen con banderas a la calle, sino que tiene que ver con cómo te las arreglas para sobrevivir con dignidad cuando tu clase, tu género y tu raza te condenan a una vida muy limitada y con poco acceso al poder central.

Nadie me verá llorar obtuvo el Premio Nacional de Novela José Rubén Romero (1997, por el manuscrito inédito), el Internacional Impac-Conarte-ITESM (1999) y el Premio Sor Juana Inés de la Cruz en 2001. Antes de eso, con Apuntes (1994), su primer poemario, recibió el Premio Punto de Partida; y, con el relato La guerra no importa (1987), obtuvo el Premio Nacional de Cuento San Luis Potosí. Después, Rivera Garza ha hilado una madeja de reconocimientos mexicanos e internacionales: el Premio Nacional de Cuento Juan Vicente Melo (2001), el Internacional Anna Seghers (2005) otorgado en Berlín, un nuevo Premio Sor Juana Inés de la Cruz 2009 por La muerte me da (Tusquets, 2007), una novela de suspense. En 2013, el Pen Club de Francia y la Maison de l’Amérique Latine en París le otorgaron el Premio Roger Caillois de literatura latinoamericana, el mismo que ha reconocido a autores como Álvaro Mutis, Adolfo Bioy Casares, Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes y Roberto Bolaño, y a pocas autoras, como Blanca Varela.

La crítica literaria italiana Laura Alicino, académica en la Universidad de Bolonia, Italia, ha escrito que las letras de Rivera Garza se sostienen en una “poética de la resistencia que trabaja en la continua transgresión de las leyes de escritura establecidas” que hace difícil definir su obra. La investigadora estadounidense Emily Hind, desde la Universidad de Florida, ha definido la obra de Rivera Garza como “literatura no-consumible”, es decir, que se resiste a la fácil digestión. Ignacio Sánchez Prado, crítico mexicano y profesor en la Washington University en Saint Louis, ha escrito que “la obra de Cristina Rivera Garza constituye una de las instancias más originales e intensas de la literatura mexicana contemporánea”. En una conferencia en Seúl, el crítico mexicano Christopher Domínguez Michael destacó en 2006 la frescura de su prosa desplegada en un blog virtual: “nuestra autora ha comenzado a escribir su blogsívela rompiendo el canon de la literatura hispánica y reflejando su pensamiento literario con mayor libertad”.

El 28 de octubre de 2021, en una transmisión en vivo por Facebook organizada por la librería El Péndulo —que tuvo más de cuatro mil vistas— para presentar Autobiografía del algodón, el escritor chileno Cristian Alarcón —camisa negra, interior de cuadro renacentista— le dice desde Buenos Aires a Rivera Garza —blusa blanca, fondo de estantes llenos de libros y objetos—: “Lo revolucionario de esta novela es que es un viaje de alguien que decide volver de verdad, pero que sabe que vuelve a una zona muy dolorosa por momentos, muy epifánica en la revelación que produce: soy heredero de los nómadas, no soy heredero de los dueños de los territorios. Ahora, de fondo, está el capitalismo. Y de fondo aparece la expoliación. Y la expoliación y la dominación exigen borrar las identidades”.

—¿Qué fue primero?: ¿la historia o la escritura? —le pregunto a Rivera Garza en nuestra primera entrevista, un viernes de diciembre de 2020.

—Hay una manera en que te aproximas al archivo que tiene poco que ver con cualquier otra forma de investigación. Hay una especie de desorientación e incertidumbre; sabes que hay algo que posiblemente te interese, pero no sabes qué es. Si vas al archivo es porque nunca sabes qué vas a encontrar. Y, si estás de buenas, si tienes suerte, el archivo te conducirá hacia las cosas que quiere mostrar. Es una fuerza muy viva y se parece mucho a escribir. Yo aprendí mucho sobre paciencia y tolerancia a la incertidumbre, que es central en la escritura, de mis andanzas en los archivos. Pues ésa es la respuesta larga a la pregunta.

—¿Y la corta?

—Que siempre ha sido primero la escritura, pero los métodos, las estrategias, las maneras de abordar la realidad, la posibilidad de ver otro tipo de argumentaciones, vienen muy seguidas de la historia y la sociología, y las teorías literarias, culturales. Leo con mucho cuidado lo que se llama fríamente teoría, pero la leo como poesía. No porque la lea irresponsablemente, sino porque la leo buscando conexiones a las que no llego de manera natural; conexiones que me ayudan a entrar en los mundos textuales que estoy construyendo de maneras más complejas.

Cristina Rivera Garza gatopardo

Fotografía de Pía Riverola

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Bastarían 30 brazadas para llegar al “otro lado” si Matamoros no fuera uno de los pasos más vigilados de la frontera. Su acta de nacimiento dice que nació en esa ciudad de Tamaulipas separada de Brownsville, Estados Unidos, por el río Bravo. El documento no miente, pero no da los detalles. Allí llevaron a su madre, Ilda Garza Bermea, para que diera a luz a su primera hija, Cristina, el 1 de octubre de 1964.

Cada vez que le preguntan a Cristina Rivera Garza “¿dónde naciste?” y responde “Matamoros”, la ciudad que consigna su documento de identificación, ella siente que no se reconoce, que no es más que un atajo para no dar explicaciones sobre ese conjunto de casas surgido entre los algodonales, fundado un 10 de diciembre de 1937 en la esquina oriente más septentrional de México.

—¿Por qué en Autobiografía del algodón escribes, refiriéndote a ti misma: “Es extraño nacer en un lugar que no aparece en los mapas”?

—Nací en una clínica en Matamoros, pero mi familia vivía en Anáhuac, Tamaulipas. Es un pueblito chiquito, como a 45 minutos. Realmente la familia no es de Matamoros, sino que vinieron a asentarse en los ranchos alrededor de Matamoros y en cuyo centro creció después un pueblo al que todo el mundo conoce como “el poblado”, aunque su nombre oficial es el poblado Anáhuac.

Consulto el mapa y el buscador no me guía a donde quiero. Solo una búsqueda manual me lleva satelitalmente a poblado Anáhuac. La vista es una retícula de 16 cuadras por seis. Alrededor, una cuadrícula de campos de cultivo. Verde y tierra. Antes fue un desierto, pero un ingeniero testarudo, Eduardo Chávez, como parte del proyecto de modernización del campo que impulsó el presidente Lázaro Cárdenas (1934–1940), imaginó lo inimaginable: desviar aguas del río Bravo a través de un sistema por fuerza de gravedad (en el que nadie creía) para crear un vergel de siembra de algodón. El curso de esas aguas supuso un conflicto diplomático entre México y Estados Unidos, porque la mayor parte del río Bravo —excepto esa pequeña franja de la frontera de Tamaulipas, a causa de un vacío legal— no podía explotarse del lado mexicano, porque así lo establecía un tratado que databa de 1906. Cuando se desvió el agua en los años treinta fue la primera vez que ambos países se sentaron a discutir el uso equitativo del recurso.

También fue una de las primeras —y últimas— veces en que muchos desposeídos se hicieron con una propiedad y una promesa de futuro.

Cristina Rivera Garza escritora mexicana

Fotografía de Pía Riverola

Autobiografía del algodón empieza precisamente allí cerca, al norte de Nuevo León, cuando el personaje de José Revueltas llega a una comunidad organizada en torno a la cosecha de algodón. Allí, en Estación Camarón, se organiza una huelga popular obrera, con los trabajadores del campo, para reclamar a los dueños de las tierras y las empresas mejores condiciones laborales y mejores salarios. No consiguieron lo que querían pero, como se necesitaban jornaleros para poblar la nueva zona de riego en Tamaulipas, ellos fueron quienes integraron la mítica caravana de 800 familias que salió de Anáhuac, cerca de Estación Camarón, para fundar Poblado Anáhuac.

José María Rivera Doñez y Petra Peña, los abuelos de Rivera Garza, arribaron en esa caravana a Poblado Anáhuac con su hijo Antonio, de dos años —el padre de Cristina— para asentarse en la brecha 127, kilómetros 67–800 que les había tocado en sorteo. Por primera vez, después de haber vivido pobreza, las peores calamidades y enterrado a varios hijos, el matrimonio celebró la Noche de Epifanía de 1938 pensando cómo sería la casa que construirían en sus propias tierras. Acababan de recibir en propiedad 20 hectáreas.

—A mí me interesaba mucho, en este libro, explorar una migración que está en la misma raíz de lo que soy, en lo que me mantiene escribiendo. Un proceso migratorio del que yo pensé que sabía, hasta que me puse a investigar y me di cuenta de que sabía en realidad muy poco. Y yo escribo justo de lo que no sé.

Al indagar en lo más cercano, reescribió el relato de la modernidad mexicana, porque el algodón en la zona norte de México fue casi borrado de la historia oficial y también de las historias familiares. Quizá la razón de esa borradura es que, a diferencia de la connotación opresora y esclavista que tiene este monocultivo en Estados Unidos, el algodón en México está vinculado a lo contrario: a la Reforma agraria que cumplía la promesa de tierra y libertad planteada por Emiliano Zapata y plasmada en la Constitución de 1917. La promesa de que los más pobres pudieran ser autosuficientes, un discurso utópico para cualquier enfoque neoliberal y que los jornaleros lograron a base de protestas colectivas, como la huelga de Estación Camarón en la primavera de 1934. Durante el gobierno de Cárdenas se repartieron 18 millones de hectáreas que permitieron cierta autosuficiencia y ascenso de clase de poblaciones en extrema pobreza, muchas de origen indígena, que provenían de migraciones internas y que lograron así hacerse con unas tierras. El cultivo del algodón, que apoyó el Estado, trajo trabajo y algo de prosperidad, pero la bonanza duró pocos años. Llegaron la sequía, el deterioro del suelo, el excesivo uso de fertilizantes, las plagas, el fin del apoyo del Estado al campo y el abandono de la agricultura como prioridad del gobierno, lo que contribuyó al ocaso de una era, a finales de los cincuenta e inicios de los sesenta. El algodón dejó de sembrarse para dar paso, y solo en ciertos casos, al sorgo.

Autobiografía del algodón es, a veces, la transcripción directa puesta entre escenas. A veces, es tejer fragmentos de otros libros, documentos cuyo autor es la burocracia mexicana; hilvanes de lenguaje encontrado, zurcidos de palabras y voces.

—Sí, escribo con otros. Ése siempre ha sido el caso. La pluralidad es la raíz misma de la posibilidad de la escritura como una práctica social. Sí, estoy de acuerdo con enseñar las costuras, abrir el texto para que se note esa pluralidad. Y la pregunta a la que respondo es cómo le hago para que en este texto quede huella, haya una traza de que aquí hubo otra persona, otro lenguaje, otra experiencia concatenándose con la mía en tanto autora.

Cristina Rivera Garza Pia Riverola

Fotografía de Pía Riverola

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El 9 de septiembre de 2020, Rivera Garza impartió una clase a un grupo de 16 periodistas iberoamericanos en el marco de una beca organizada por Revista Anfibia, de Argentina, de la que formo parte. Cada semana, un pensador comparte la esencia de su trabajo: la semana pasada, conversamos sobre totalitarismos con el filósofo croata Srećko Horvat. Las próximas semanas pasarán por aquí el argentino Silvio Waisbord, para hablar de desinformación, y la colombiana Mara Viveros, para profundizar sobre raza y género. La periodista María Mansilla modera:

—Antes de darle la palabra a Cristina, les quería contar que cuando elegíamos el título para este diálogo surgió el siguiente: “Fabricar el presente con el lenguaje de la materia” y enseguida mandó otro mail pidiendo que, por favor, lo hiciéramos en plural. O sea que este diálogo se llama: “Fabricar el presente con el lenguaje de las materias”. Y ese gran detalle me parece el símbolo de su manera de pensar en plural, de pensar la otredad, la riqueza material, lo colectivo, y de su amor por la interdisciplina.

Cada uno desde nuestro cuadrito, en una latitud distinta, miramos a la escritora en un exterior de su casa ubicada en La Jolla. Rivera Garza dice que ha preparado una presentación en Power Point pero que prescindirá de ella. Quiere evitar todo lo que suponga un alejamiento más en medio de la pandemia.

—Prefiero verlos. El objetivo precisamente de esta charla es el diálogo, entonces no voy a poner esa cosa.

La clase es reveladora. Nos pone a pensar en cómo narrar al otro, algo fundamental para un periodista. Entre muchas ideas en torno a la desapropiación que despliega en su libro de ensayos Escribir no es soledad (UNAM, 2014), baja del pedestal la inspiración del autor como algo mágico e inexplicable. El autor, la autora, dice, escriben siempre en comunidad.

—La imaginación no está separada de las comunidades a las que pertenecemos. La imaginación también es encarnada. La imaginación también está manchada, sucia, tocada por todos los elementos de nuestra experiencia.

Cristina Rivera Garza La Jolla California

Fotografía de Pía Riverola

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Profundizar en el archivo no consiste en encontrar la verdad, sino en encontrar formas de reescribir. De imaginar lo que no está dicho. Para Rivera Garza, reescribir es resucitar. Desandar huellas borradas. Revivir fantasmas. Y, a veces, encontrarse a una misma.

La escritora recuerda que, en uno de esos viajes en familia, su padre insistía en buscar un lugar llamado Mingolea, donde supuestamente había nacido el abuelo de Rivera Garza, José María. Pero Mingolea no estaba en ningún mapa del estado de San Luis Potosí. Con la curiosidad y el azar como métodos, preguntaron, sin suerte, por aquel nómada que salió de Mingolea en fechas todavía por determinar, antes de la Revolución mexicana. La que más se entusiasmó con la búsqueda fue su hermana menor, Liliana, que se tomó el ejercicio como un juego de detectives. Al fin y al cabo, eran todavía unas niñas. Pero no encontraron nada. O, al menos, no supieron hallarlo.

Muchos años después, la investigación de Autobiografía del algodón le haría descubrir, en otro viaje con su esposo, Saúl, gracias a la investigación de archivo, que su abuelo, en efecto, había nacido en Mingolea en 1879 y que de ese pueblo —que más bien era una hacienda— solo quedan dos árboles. El abuelo está registrado como indígena en su acta y ese origen no vuelve a aparecer en ningún documento posterior. En algún momento, todos los indígenas desplazados que llegaron a la frontera norte en busca de empleo empezaron a ser registrados como jornaleros, labradores, operarios: una ficción del igualamiento escondida en la operación del mestizaje como raza cósmica. Migrar, dice Rivera Garza, también es borrar. Y ser borrado.

La autora constató, gracias al hallazgo de unos telegramas en el archivo de Monterrey, que el escritor y activista político mexicano José Revueltas participó a los 19 años en la huelga de la Estación Camarón, en Nuevo León, pionera en la lucha agraria mundial, y que en abril de ese año la policía de Monterrey lo secuestró, junto con tres comunistas más, para llevarlo a la prisión de las islas Marías. En 1943, Revueltas narró estos acontecimientos en su novela El luto humano, que lo hizo acreedor del Premio Nacional de Literatura. Pero nadie había logrado encontrar ningún documento oficial que corroborara la participación de Revueltas como activista en esta huelga. Se creía que formaba parte de la ficción. En la protesta también tuvieron que haber participado José María, el abuelo de Rivera Garza, y Petra Peña, su abuela. En Autobiografía del algodón, la escritora imagina un ficticio encuentro entre el escritor y sus abuelos.

Rivera Garza, en su libro, busca también Estación Camarón, otra de las localidades que no están en el mapa. Hace varios viajes fallidos hasta que, hacia el final del libro, llega a un pueblo fantasma que reconoce por unas fotografías antiguas. Pero el espectro más doloroso de su investigación, aquél que la dejó paralizada varios meses, se desplegó con la lectura del acta de matrimonio de sus abuelos paternos, donde está asentado que José María Doñez se casó con Petra Peña (su tercera esposa) en esta circunstancia: “el primero acusado del rapto de la segunda”. Para la autora, la palabra “rapto” tiene un peso criminal y siniestro por su relación con la violencia en México y, también, con la muerte de su hermana Liliana, a quien asesinó un exnovio en los años noventa. En el libro, que está dedicado precisamente a Liliana Rivera Garza, la escritora se pregunta si ella misma viene de una estirpe de abusadores. Después del duelo, se reconcilia con su propia historia, porque sabe que los archivos son crueles, incompletos, pero que también dan pistas sobre afectos vividos.

—Para poder ver este mundo del algodón en su complejidad, hay que ver a las plantas, al suelo, el aire; a los hombres y mujeres que trabajaron ahí. Y estas relaciones entre los hombres y las mujeres nunca fueron igualitarias. Y por eso me pareció pertinente mencionar ahí el gravísimo y muy triste caso del feminicidio de mi hermana, porque creo que hay un lazo. Igual que hay un lazo entre el algodón y la violencia que estamos viviendo, me parece que hay un lazo entre la desposesión, la precariedad, el sufrimiento y las condiciones que permitieron que una chica de 20 años fuera asesinada por un exnovio que no quiso dejarla ser libre. Ese vínculo me interesa y eso forma parte, si no central, sí estructural de este mundo del algodón también.

—¿Te consideras feminista?

—Soy feminista desde que tengo uso de razón.

Cristina Rivera Garza frontera

Fotografía de Pía Riverola

Me dice que experimentó lo que llama su “primer impulso feminista” cuando, en la secundaria, escuchó que un profesor descalificaba el discurso de la primera secretaria de turismo, Rosa Luz Alegría, a principios de los ochenta.

—Recuerdo que el profesor dijo que el informe no había tenido chiste, que era débil porque lo había dado una mujer. Volteé a ver a mis compañeras de clase y a todo el mundo le pareció muy normal y yo estaba realmente enfurecida.

Rivera Garza dice públicamente que es feminista desde hace dos décadas. En Estados Unidos, en el mundo académico, es lo más natural. Pero sus colegas escritoras en México le sugerían que mejor no dijera nada porque nadie la iba a tomar en cuenta.

—Me acuerdo muy bien de insistirles en que eso era de lo que teníamos que hablar.

—Pero hoy en día las cosas han cambiado…

—Recientemente acabamos de ver el triunfo de la marea verde en Argentina, que lo celebré profundamente. Me parece que es algo por lo que deberíamos seguir luchando en México y otros países. Pero sí estoy consciente de que un feminismo sin clase ni raza puede caer en jerarquías que a mí no me interesa perpetuar tampoco.

Cristina Rivera Garza Gatopardo

Fotografía de Pía Riverola

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Son unos minutos después de mediodía en el horario atlántico. Cristina Rivera Garza ha estado toda la mañana de Reyes agitada, atenta a los disturbios de enorme gravedad histórica que suceden en Washington. Es el movimiento que organizó Donald Trump para defender sus resultados, tras haber perdido la contienda electoral por un margen mínimo contra el demócrata Joe Biden. El expresidente de Estados Unidos ha incitado a sus seguidores a boicotear el recuento de votos del Senado. El país, que estaba pendiente de Georgia unas horas antes, ahora vira a la capital del imperio.

Cuando la cámara se enciende para dar inicio a nuestra conversación, la escritora se percata de que su melena suelta color plata luce ligeramente ensortijada. Se levanta con naturalidad y desaparece unos segundos detrás de una puerta corrediza. A su regreso, el cabello está recogido en la nuca.

—Estaba viendo todas las cosas que están pasando ahorita en el Capitolio… abrí la computadora y dije “wow, está fuerte”.

La relación de Cristina Rivera Garza con Estados Unidos ha sido tan natural como cuando usa la interjección en inglés, que viene primero a la mente: wow le llega antes que el mexicanísimo híjole.

Si su familia paterna llegó a la ribera del río fronterizo en un periplo de sur a norte, la familia materna, los Garza, es de esa generación que, como las aves semimigratorias que lleva en su apellido, regresó a México en los años treinta, desde Houston, en un flujo contrario, de norte a sur. Su abuelo, Cristino Garza, había cruzado por primera vez la frontera de México hacia Estados Unidos a los tres años, en 1911, en brazos de su madre, y volvió a su patria, que ya no recordaba, siendo bilingüe y ya casado con Emilia, también mexicana. Se habían conocido en Houston. Cristino plantó árboles que hoy dan sombra en los boulevards de esa ciudad texana.

En México, primero vivieron cerca de Estación Camarón, en los alrededores del sistema de riego número 4, donde se dedicaron al cultivo del algodón que habían practicado en Estados Unidos. Años más tarde, en 1943, recibieron los documentos que los confirmaban como usufructuarios de 10 hectáreas en el ejido Urbano de la Rosa, entre Valle Hermoso y Poblado Anáhuac. Hoy, Cristina es catedrática distinguida en la Universidad de Houston, donde fundó y dirige un doctorado en escritura creativa en español.

—¿Cómo se conocieron tus padres? Ese dato no aparece narrado en Autobiografía del algodón.

—Lo que hace esta historia para mí más enigmática es que los dos núcleos familiares estuvieron en los mismos lugares por bastante tiempo: Estación Camarón, Estación Rodríguez, Anáhuac…, pero parece que ellos no se conocieron hasta Anáhuac, en el Poblado. Exactamente no sé si fue en una asamblea o en qué momento. Sé que mi padre primero conoció a una hermana mayor de mi mamá —a Yolanda— porque ambos iban a Brownsville a estudiar inglés. Después, mi papá conoció a mi mamá.

—¿Estados Unidos siempre estuvo ahí en ese vaivén?

—Teníamos familia en Houston, pero ir a Estados Unidos era a ir a Texas, sobre todo. Había una naturalidad en esta cosa. Hay una porosidad muy obvia para la gente que vive en la frontera.

Rivera Garza viajó a Estados Unidos en verano de 1988 para estudiar la Maestría en Historia. Se quedó en Houston con su tía Yolanda, que se había convertido en una activista chicana. Terminó la maestría y después estudió el Doctorado en Historia en la Universidad de Houston.

—Yo no sabía que me iba a quedar en Estados Unidos. Cuando terminé el doctorado, en 1995, era justo el año después de la movilización zapatista, justo cuando se dio esta tremenda devaluación del peso. Siempre hemos estado en crisis económica, pero fue una crisis muy fuerte… no había trabajos en México y, en México, aparte, los trabajos académicos son ambientes muy cerrados.

—En Estados Unidos, ¿la academia es distinta?

—En Estados Unidos lo que pasa es que el país tiene pocas cosas buenas, juzgando por lo que estamos viendo hoy, pero una de las cosas es que hay muchísimas universidades y el sistema para solicitar trabajo es muy abierto. En ese año en que yo me graduaba del doctorado, que sabía que no iba a tener trabajo en México, me sugirieron en la universidad que hiciera solicitudes para trabajar en Estados Unidos, donde yo no tenía pensado para nada quedarme.
Y dije: bueno, okey, un par de años, mientras las cosas se arreglan en México y puedo regresar. Y el par de años son ahora 30.

Hubo un paréntesis mexicano entre 2003 y 2008. Rivera Garza volvió a México para dar una clase en el Tec de Monterrey, en el campus Toluca, a una hora en coche de la capital. Quería que Matías, su hijo, que había nacido en San Diego y para entonces tenía cuatro años, se familiarizara con el español.

—Yo tenía la intención de que Matías fuera bilingüe, pero para ser bilingüe necesitas invertir mucho tiempo, porque claro, se desarrolla en un medio donde todo está en inglés. Y yo no tenía ese tiempo. Estaba trabajando full time como professor en el Departamento de Historia [en San Diego State University] y por más que quería hablar español en casa, Matías no hablaba español. Me preocupaba mucho, porque yo no puedo tener una relación madre-hijo en mi segunda lengua. En parte acepté el trabajo que me ofrecieron en el Tec de Monterrey para que Matías tuviera el Mexican chip.

Mientras hablamos, televisan el asalto al Capitolio. Humo. Una multitud con banderas. Un “vikingo” de pelo en pecho y con el rostro pintado.

—¿Ves México más lejos o más cerca que entonces?

—Yo nunca he sentido que estoy fuera de México.

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