Serotonina: la hormona de la felicidad – Gatopardo

Serotonina para todos

La serotonina es la moneda de cambio de la alegría. Casi podemos comprarla, imaginamos, con un par de zapatos, un lindo recuerdo, una pastilla (legal o ilegal). Nos dicen que es la hormona de la felicidad, de la amistad y de la sensación de bienestar. Pero aquí está la cosa: en la economía de la serotonina, la fábrica de billetes somos nosotros.

Tiempo de lectura: 5 minutos

De niños todos nos hicimos la misma pregunta: ¿por qué no se imprime más dinero y ya? ¿No se acabaría así la pobreza? (No). “Que impriman más dinero” se ha convertido en un meme y un grito de guerra. Y puestos a imprimir, ¿por qué no imprimen, al menos, más serotonina? Es divertida, nos da placer y casi nunca es mortal: es relativamente difícil sufrir un síndrome serotoninérgico y, en general, esto sólo ocurre cuando se mezclan fármacos que nunca se prescriben juntos, drogas ilegales o suplementos como la hierba de San Juan. Entonces, ¿qué daño nos haría tener un poco más? Sólo un poco. De adultos entendemos (o no) que el dinero es sólo un triste intermediario entre cosas con valor y que, para los bienes y servicios, domina la lógica de la escasez. Nunca hay suficiente de todo para todos.

Pero en medicina es distinto. Tal vez porque los ciclos del cuerpo son más transparentes que los financieros, la economía de la salud no tiene una filosofía del déficit, sino del equilibrio. Pensemos, por ejemplo, en la teoría humoral hipocráctica y galénica, que sostenía que el cuerpo estaba formado por cuatro humores —sangre, flema, bilis amarilla y bilis negra— cuyo equilibrio determinaba la salud y la enfermedad. El humoralismo dominó Europa durante doce siglos y el Nuevo Mundo durante al menos cuatro, seguramente, porque proponía intervenciones terapeúticas dramáticas y llamativas. ¿Que el paciente se encontraba en una situación de torpor y “fatiga cerebral” como consecuencia de un estado “pletórico” de sangre? Unas sanguijuelas ayudaban a restablecer el equilibrio de los humores. ¿Sufría de mal de bubas, melancolía o mal de mujeres? También sanguijuelas. Entre el siglo XVIII y el XIX cambió la explicación fisiopatológica, pero no el tratamiento: para cualquier otra enfermedad mental, como terapia de último recurso, venían de nuevo las sanguijuelas o unas incisiones, más baratas, para compensar la congestión e inflamación de los tejidos cerebrales a las que se les atribuían delirios, manías, melancolías, “catalepsia, apoplejía, demencia, hipocondría, sonambulismo, hidrofobia, manía e idiotismo”. 

Que impriman menos sangre.

La teoría humoral fue dando paso a otros paradigmas. Galvani pensaba que una sustancia neuroeléctrica fluía del nervio al músculo para hacerlo moverse. Conforme las máquinas se fueron electrificando en el siglo XIX, nuestras ideas lo hicieron paralelamente: las metáforas sobre el cerebro siempre han estado íntimamente relacionadas con la tecnología de cada época. Durante buena parte de un siglo la electricidad fue reina; se midió, se aplicó y se imaginó como la causa del pensamiento y sus males. El conductismo —y su enfoque medio bestia del comportamiento, con énfasis en los resultados y no en las causas— alzó su fea cabeza. El psicoanálisis hizo lo propio e insistió, por el contrario, en entender el origen profundo del pensamiento.

CONTINUAR LEYENDO
COMPARTE

Recomendaciones Gatopardo

Más historias que podrían interesarte.