Consejos para terminar con alguien y hacerle justicia a lo que fue.

Consejos para romper con Salomé

Porque las despedidas a los amores revólver, vínculos transhumantes, se honran y se agradecen con un exvoto y con los poros dispuestos.

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Si la casa de sus certezas está tomada, para romper con Salomé no vaya a un parque con bancas verdes de metal mientras suena el organillo, no la cite en una cafetería cutre de la Narvarte, no pida un café americano de refill con un tristísimo tiramisú mientras suena una canción pop-lolipop. Si las urgencias de terminar se le desbordan y lo encuentran en una boda, guarde el secreto hasta el lunes y baile con los pies quemándosele La cita de Gali Galeano, diga: vivan los novios con champaña.  No vaya a la pizzería de moda. No pida un Albariño. Hay una excepción en cuanto a restaurantes burgueses si en el cajón de sus remordimientos halla habitantes con raíces. Tenga modales: no juegue al fantasma, no desaparezca sin más. No envíe un mensaje con un aviso inoportuno de ocasión. No rompa en viernes ni en lunes ni en martes trece. No se embargue. Embriáguese. No maneje cerebralísimo por la carretera de la mediocridad para una visita de doctor estéril a la casa de ella si de romper fuera el caso. No rompa en caso de emergencia. Yo le recomiendo hacer un hito, un palenque de dos. Primero, porque si nació latinoamericano sus venas abiertas destilan aguardiente. No desaproveche su linaje inflamado de agave y caña, de ceniza, de diablo, de bendita cruz de olvido en la punta de la lengua. Capitalice la parroquia ahogada en las profundidades de sus vísceras para prender mil veladoras por un amor que ya no pero que en su tiempo fue un leñito encendido en medio de la tundra. Segundo, porque las despedidas a los amores revólver, vínculos transhumantes, se honran y se agradecen con un exvoto y con los poros dispuestos. Vaya al único templo mexicano. Que la cita sea en una cantina. Ahí lo aguardan los espirituosos y los espíritus de Juan (Gabriel), José (José), Héctor (Lavóe), Celia (Cruz), Marco Antonio (Solís), Alberto (Vázquez) y Chavela (La única). Redobles, por favor. Aplausos para el desamor. Aplausos para las simples cosas.

Respire, haga una pausa.

Su cuerpo debe estar tomado: usted sabe que hoy es el asesinato de la indómita bestia que crearon juntos Salomé y usted. Hoy muere el animal que nació cuando ustedes dos se inventaron entre piernas enredadas y cotidianidades. Recuerde ese poema de Robin Myers sobre Carl Sagan. Siéntese en la barra.

Afine la punta del play que ha de aniquilarle, ya no respire, quite la pausa.

Ofrezca colocar el bolso de ella en el ganchito debajo. El cantinero no es Humphrey Bogart pero está vestido con un saco blanco y un corbatín negro: ¿Qué les traemos, dama-caballero? Sortilegios.  En las primeras rondas hable sobre el tráfico, sobre el clima no, sobre la junta mal lograda, sobre los impuestos, sobre el épico momento donde Miguel Bosé travestido baila una canción de Luz Casal. Piense en este año de amor. Sea un funambulista en la circunferencia del espantoso vaso high-ball.  Sienta el vértigo del clavadista en la quebrada.  En la segunda ronda dude si el segundo nombre de Salomé es Martirio o Dolores. No mire con detenimiento su boca sedienta, sedosa. Piense en todos los nombres que habitan en ella, en todos los hombres. Sienta la furia y transfórmelo en candela. Aviéntese al fondo de un vaso enrocado. Rómpase las olas. Diga: atiéndeme, quiero decirte algo que quizás no esperas. Tome un sorbo. Ya comenzó el vals, el bolero, la rumba.

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