La sobrevida de la exfamilia: relato inédito de Ariana Harwicz - Gatopardo

La sobrevida de la exfamilia

Después de Matate, amor (Paradiso Ediciones, 2012; Dharma Books, 2019), su novela sobre la maternidad, la vida doméstica y el matrimonio —vistos desde la crudeza, la animalidad y el delirio—, la autora Ariana Harwicz escribe acerca de la sobrevida de lo que llama “exfamilia”, cuando se ve forzada a convivir a pesar de la separación. Éste es un relato inédito posterior a su célebre novela.

Pero qué depresión, me despierto la lengua melatonina, la lengua pulverizada de matas y hortalizas para custodiar la depresión como una barricada. Los corazones latiendo en desnivel, cada vez menos, hasta que se desconectan. Y este frío inmutable, imbatible. Me despierto a las cuatro, el telón pesado cayendo por toda la casa. Los telones caen, caen, paso a través de ellos. Los autos como enjutas blancas, como aviones accidentados de la segunda guerra, como tumbas dispersadas en un cementerio de Estambul. Sobre el bosque y en el parking alguien dibujó una tela de araña en la nieve, otros bailarán sobre el hielo de los canales y los puentes. Todo se disuelve una mañana, los copos, el aire helado, también los canales y los puentes. Todo se disuelve, ese chillido de amor de rodillas. Pero qué depresión, qué depresión. De qué hablan los otros con sus flores, sus pórticos. Los miro entrar y salir. Los miro ir y venir. Tienen muchos perritos con correa y basura a la entrada de sus chalets. Van acumulando y después les dan trabajo a los hijos que quedan en pie, enterrar a mamá y enterrar a papi. En la lista ponen: vaciar las bolsas de basura y placares. Y encontrar que papi era adicto al sexo con hombres o encontrar que mami era adicta al opio. ¿Qué hacer con las fotos?, ¿venderlas a una brocante?, ¿quemarlas en el vivero? Disimular la fogata. Desde chica la ventana del segundo piso en el balneario de Miramar, desde chica cerrar y abrir la ventana, qué pasa si me estampido, esa pregunta. No esperar a cumplir 12, un estruendo antes, no esperar a cumplir 18, no esperar el diagnóstico de los progenitores diminutos. El bluff de la juventud. Brillo y estafa. Ah, la estafa, sabés de qué te hablo, ¿no? Esos trenes y rutas que creíamos perdurables, tan largas las vías de noche, esos vagones, sentada mientras fumaba con el conductor, da gracia. No, no es que dé gracia, pero qué gracioso igual.

Esperá. Empiezo de nuevo. ¿A quién le hablo ahora? Al marido. Recordamos así, en zigzag, resbalando. Recordamos bajando una cordillera a pie. Y eso que en el camino había cruces en los árboles. De la enfermedad mental de Schumann y esa eteromanía por ver muertos, ni te hablo porque no vas a entender. Nada ha sido resuelto. Kempff improvisa Schubert: Sonata in C minor, D. 958. Camino por la casa, hay silencios, hay un campo blanco afuera, eso ya lo dije, perdón.

Camino bajo una nube, me muevo y ella se mueve. ¿La ves? Empieza de nuevo la cabalgata, siento las herraduras. Podría no bajar nunca del caballo, paso a paso, los largos y cortados ár­boles, el río, los toros y las moscas. Esas tardes besándonos en los mosquiteros. Podría no bajar nunca o no salir nunca de la caravana. Afuera ni sol ni luna ni nada que ver. El infierno demanda presencia, quedarse alerta, cara a cara. Veo cables conectados. Veo pasillos. Veo una silla roja reclinada en un hospital. Abajo un vecino con tics. Me veo encerrada en un baño. Corea del Norte en una pareja embarazada que fuma y será colgada al alba. Cada sombra tres gotas de aceite de mandarino y melatonina sublingual.

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