Sofia Coppola: retrato de íntima destreza
La exploración sutil de personajes incompletos donde la forma pesa mucho más que el fondo.
abril 14, 2019

En 2004 un productor de música electrónica conocido como Fatima Yamaha lanzó una canción que prácticamente nadie escuchó. “What’s a Girl to do?” es una canción pieza que —en su tiempo— fue trágicamente ignorada. El reconocimiento llegó casi 10 años después.

Parte del acierto de Yamaha estuvo en el sampleo, más o menos a la mitad de la pieza, del diálogo una película que dice así: “I just don’t know what I’m supposed to be, you know? I’m stuck. Does it get easier?” [“No sé qué se supone que debo de ser, ¿sabes? Estoy atascada. ¿Se pone más fácil?”].

La frase viene de la película Perdidos en Tokio (Lost in Translation, 2003), una historia que al igual que la canción de Fatima Yamaha, es un poderoso vórtice emocional de evolución lenta pero contundente. Dirigida por Sofia Coppola, Perdidos en Tokio habla de dos almas perdidas que, a su manera, encuentran la forma de complementarse.

Aunque es una cinta pequeña en términos de inversión (su presupuesto no rebasa los 5 millones de dólares), a través de ella Coppola ayudó a popularizar un estilo muy particular de cine independiente norteamericano, uno donde la trama se diluye para dar pie a sensaciones, colores y emociones. De una manera escueta, Perdidos en Tokio es una especie de largometraje sinestésico, donde el camino de los protagonistas no es tan importante como lo que viven, la música que escuchan, los colores que ven, las personas con quienes hablan y lo que transpiran.

En realidad Sofia Coppola no inventó nada nuevo, más bien —de manera particularmente inteligente— tomó un poco de varios géneros y estilos para reformular al cine independiente norteamericano. El resultado tuvo un impacto que aún pueden verse en varios cineastas contemporáneos.

Desde su primera película, Vírgenes Suicidas, fue evidente que Coppola estaba interesada en una vena cinematográfica muy diferente a la de su familia. Una que antes de seguir el patrón del cine épico y ambicioso, prefería una exploración sutil e íntima, donde la rigidez no existe y lo natural es fluir.

Virgenes Suicidas

Still de Vírgenes Suicidas. Dir: Sofia Coppola.

Nació entre reflectores, flashazos y el glamour hollywoodense. Hija del legendario director norteamericano Francis Ford Coppola, prima de Nicolas Cage y Jason Schwartzman, y sobrina de Talia Shire, Sofia Coppola tuvo un inicio de carrera turbulento. Comenzó como actriz y fue duramente criticada por ello, principalmente por acusaciones de nepotismo. Al mismo tiempo, su trabajo frente a la cámara nunca fue particularmente satisfactorio. Ella no se tomó personal estas críticas, pues ser actriz jamás fue su intención.

Tras su fracaso como intérprete, decidió estudiar moda y fotografía y colocarse detrás de la cámara. Su primer trabajo fue el cortometraje Lick the Star. Desde el primer cuadro es evidente que Coppola mantiene un rigor formal: una niña dentro de un coche ve hacia afuera mientras el automóvil se mueve por los suburbios de alguna ciudad. Esta imagen —la de un personaje mirando por la ventana— se repetiría en cada largometraje de su filmografía hasta hoy.

Perdidos en Tokio

Still de Perdidos en Tokio

Maria Antonieta

Still de Maria Antonieta

En la filmografía de Sofia Coppola, la historia está siempre subordinada al tema y a la forma en que cada personaje se expone a éste. 

Sus protagonistas suelen ser mujeres en un momento de crecimiento o transición, en el que experimentan entornos nuevos. Es por eso que muchos de sus personajes femeninos usualmente se encuentran solas o alienadas. Coppola no está tan interesada en resolver estos problemas sino en cómo se ven y sienten.

En Lick the Star, la directora analiza los grupos y dinámicas femeninas desde lo surreal, romántico y melancólico, hasta lo gracioso. Ya sea en su ópera prima, Vírgenes Suicidas o en su más reciente película The Beguiled (distribuida en latinoamérica como El Seductor), Coppola retrata las múltiples tensiones e interacciones que se generan entre mujeres, mientras los hombres son figuras periféricas que observan pero no son admitidos en este mundo tan especialmente construido.

Aunque la temática se preste a dinámicas sociales o de grupos, en su filmografía están representadas desde la intimidad.

Este elemento tan cercano y personal es —quizá más que cualquier otro rasgo— es lo que hace a Sofia Coppola una directora extraordinaria, que no brilla por por la originalidad de sus temáticas, ya masticadas por muchísimos otros autores (y que no son necesariamente una regla en su filmografía), sino por su personalidad para proyectarlas. Coppola es una realizadora formalmente distinguida, y son las características formales de sus películas las que nos comunican qué sucede con los sujetos.

Las motivaciones de sus personajes, desde Vírgenes Suicidas hasta El Seductor, no se traducen en diálogos, Coppola prefiere comunicar a través de encuadres específicos o diseño sonoro. El peso dramático de sus largometrajes está está en lo periférico y su destreza audiovisual no se encuentra fácilmente. 

Still de Somewhere (Sofia Coppola)

Still de Somewhere

Somewhere, Vírgenes Suicidas o Perdidos en Tokio son tratados sobre la alienación y la soledad. Para expresarlo, Coppola suele filmar a sus personajes al borde del cuadro, en ocasiones cortando algún miembro de su cuerpo, mostrándolos literalmente incompletos. En contraste con el poco espacio que ellos ocupan en la imagen, los espacios que los rodean son inmensos, convirtiéndolos en figuras minúsculas en un mundo vacío e indiferente.

Por todo esto, una de las críticas que se hacen del cine de Sofia Coppola, es que sus películas son sólo un derroche de estilo. Y no son juicios sin fundamento, pues los trabajos de la directora son visualmente satisfactorios, musicalmente alucinantes y están llenos de momentos inolvidables. Se podría decir que son como videoclips de MTV en sus buenos tiempos, pero con un profundo eco emocional.

Maria Antonieta, por ejemplo, es descaradamente exquisita. El lujoso diseño de producción para reconstruir la Francia del siglo XVIII, está plagado de anacronismos en la ropa, la música y hasta en los manierismos. Es una cinta exuberante que no deja atrás los temas favoritos de Coppola: una preadolescente es arrojada al mundo adulto, y debe aprender a lidiar con este universo o perderse en una búsqueda absoluta de belleza y exceso.  

En 2017, Sofia Coppola ganó el premio de Mejor Director en la 70ª edición del festival de cine de Cannes, la segunda vez en la historia del certamen que una directora es acreedora del galardón (la primera fue Yuliya Solntseva en 1961). Independientemente de la insuficiente y lamentable representación femenina en el festival, este galardón es una prueba más de que su éxito está más ligado a sus búsquedas personales que a su contexto familiar.

Coppola es una paradoja andando, su inmenso talento contrasta con lo puntual de sus exploraciones, y su estilo tan riguroso y preciso es el opuesto perfecto de la fluidez y libertad que retrata. El resultado es un cine emocional y expansivo.


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