Las estafadoras
Tres mujeres llevaron muy lejos sus estafas en ámbitos que parecían imposibles de impresionar
junio 11, 2019

Al ingresar en el buscador de Google el término “JT LeRoy”, los resultados principales que arrojará serán fotografías de dos personas con pelucas de diferentes colores y lentes negros. Mientras que Wikipedia revelará el nombre “Laura Albert” aunque esa no haya sido la palabra clave. A mediados de los noventa, JT LeRoy tenía dos novelas publicadas y traducidas en diferentes idiomas. El éxito del autor se debía al impulso que recibió por parte de otros escritores de California y porque jamás había hecho apariciones públicas.

El enigma del escritor crecía al leer las novelas: la vida trágica de JT LeRoy exponía a todos la crueldad y horror de la que todos somos capaces. El autor decía haber sido víctima de abuso sexual infantil, maltrato, prostitución y reveló que era portador de VIH.

Ni siquiera los agentes de la editorial de JT lo habían visto en persona.

Algunas personas se intrigaron tanto que mantuvieron una relación con él vía telefónica, aún sin conocerlo. Casualmente a inicios de los dos miles, ya con decenas de relaciones forjadas con celebridades a través del teléfono, JT LeRoy comenzó a hacer apariciones públicas.

A nadie le pareció extraña esta repentina audacia y, por el contrario, todos querían ser su amigo. Así, JT LeRoy junto a su amiga Speedy convivieron con la crema y nata de Hollywood, cubriendo sus identidades con pelucas, sombreros y lentes oscuros. El uso de este único disfraz se justificaba porque, según contaba JT LeRoy, era una persona tímida y había padecido tantos abusos en su infancia que prefería presentarse así en público. Y con Speedy. Siempre con Speedy.

JT LeRoy y Speedy

JT LeRoy y Speedy

La popularidad de JT crecía, pues Gus Van Sant y Asia Argento querían hacer su biografía en el cine. Carrie Fisher lo albergaba en su casa, en sus fiestas y le presentaba a los famosos. Bono de U2 le ofreció su ayuda y Winona Ryder decía que era su confidente. Argento llevó a la pantalla grande la adaptación de una de las novelas escrita por JT, El corazón es engañoso por sobre todas las cosas y hasta se decía que ella estaba embarazada del joven autor.

Stephen Beachy, un reportero de New York Magazine, empezó a dudar del personaje. A través de entrevistas con integrantes del círculo que JT mencionaba en entrevistas, siguió pistas que lo llevaron al nombre de Laura Albert, una mujer de San Francisco. Tiempo después descubrió que Laura era Speedy y por eso iba a todos lados con “JT LeRoy”, aunque ella era JT también. Ella escribió los libros de los que todos hablaban y dio entrevistas por teléfono imitando otra voz que no se parecía a la del JT en persona, pues JT en persona era su cuñada, Savanna Knopps.

“Leroy escribió sobre cómo las personas se prostituyen para cumplir las fantasías de otras personas y sobre cómo el mundo de la literatura puede parecer simplemente una forma diferente de prostitución”, escribió Beachy en su reportaje “¿Quién es el verdadero JT LeRoy?”

El 26 de abril de 2019 se estrenó JT LeRoy, un filme dirigido por Justin Kelly con las actuaciones de Laura Dern y Kristen Stewart como Laura Albert y Savannah Knoop, respectivamente. La película se basó en la historia relatada por Savannah quien fingió ser JT en persona por coerción de Laura Albert.

Un truco de magia

Anna Delvey se sentaba cada noche en el prestigiado Le Coucou en Nueva York, un restaurante ganador del premio James Beard por mejor lugar para comer en 2017. Daniel Rose, el chef del lugar, le servía personalmente la cena —fuera del menú— y agregaba abundante vino blanco para la señorita Anna. Daniel y su personal conocían muy bien a la joven de 29 años de edad, una rica heredera alemana.

Anna asistía a los eventos más destacados de la moda, del mundo editorial y de la socialité neoyorquina. Se le veía en la vida nocturna con vestidos Miu Miu, Yves Saint Laurent y zapatos Gucci. Tenía miles de seguidores en su cuenta de Instagram que alimentaba constantemente con fotografías de lugares que conocía o con personas que ella consideraba importantes.

Anna Delvey vivía como una heredera millonaria que venía de Alemania y quería emprender un centro de artes en SoHo. Para ello pidió un préstamo en el banco, el cual demandaba liquidez. Al ser rechazada, solicitó un crédito a otra institución financiera.

Además ofreció pagarle vacaciones a Marruecos para su amiga Rachel, que trabaja en Vanity Fair. Rachel y Anna se habían conocido un año antes en un bar de Nueva York. A Rachel le tomó tiempo darse cuenta que su amiga era una estafadora, pero cuando lo hizo la exhibió.

Anna Delvey

Anna Delvey (@theannadelvey)

“Wannabe socialité”, decía el New York Post en 2017, el mismo día que Rachel persiguió a Anna Delvey para que le regresara más de 60 mil dólares que le debía. Las vacaciones que Anna presumió iba a pagar terminaron a cuenta corriente en la tarjeta de crédito de Rachel. Anna dijo que pagaría, pero al regresar a Estados Unidos esta acción se retrasó por más de un mes. Sin embargo, el titular del periódico neoyorquino hablaba de otras órdenes de aprehensión contra Anna por estafar a bancos y a hoteles.

El 10 de mayo de 2019, Anna —cuyo apellido real es Sorokin y es una inmigrante rusa que vivió en Alemania—, fue sentenciada a prisión. Pasará 12 años encerrada por cargos de robo en segundo grado, por robo de servicios y por intento de hurto mayor en primer grado. Anna nunca tuvo el dinero que decía poseer, la mayoría de sus gastos se originan de sus padres alemanes de clase media o amigos a quienes prometía devolvérselo.

“El sueño de Anna sobre Nueva York era uno hermoso. Como una de esas noches que nunca parecen terminar. Y luego las cuentas llegan”, escribió Rachel en Vanity Fair.

Luego de esta sentencia, Rachel publicará un libro sobre su amiga Anna llamado Mi amiga Anna y la guionista y actriz Lena Dunham está interesada en hacer una serie de la vida de Sorokin para HBO. Mientras ocurría el proceso judicial, un usuario en Instagram abrió una cuenta que llevaba registros de cómo iba vestida la ex heredera millonaria a las audiencias en la Corte.

“Por qué los hoteles y los bancos le creyeron?”, pregunta Azy Paybarah de The New York Times. “Porque tenía billetes de 100 dólares y actuaba como rica. La gente que la rodeaba era rica. Para muchos, eso fue suficiente”, responde en el mismo artículo.

Mala sangre

“Imaginamos un mundo en el que nadie tiene que decir ‘si tan sólo hubiera sabido antes’. Un mundo en el que nadie tenga que decir ‘adiós’ pronto”, dijo Elizabeth Holmes, una joven jefa ejecutiva emprendedora a la revista New Yorker en diciembre de 2014.

En ese entonces Theranos, la startup creada por Elizabeth a los 19 años de edad, estaba alcanzando un valor de nueve mil millones de dólares. Holmes ya tenía su foto en las portadas de revistas sobre empresas como Fortune y Forbes. Esas portadas le llamaban “la emprendedora millonaria más joven” o “la siguiente Steve Jobs”. De Elizabeth, que comparte el mismo tono blanco de piel que Laura Albert y Anna Sorokin, resaltaban en los medios sus grandes ojos “muy grandes y azules, que raramente parpadea”, así como la voz muy grave y fuerte. Su voz fue distintiva y quienes la escuchaban se preguntaban si era real.

De acuerdo con una maestra de la Universidad de Stanford, Phyllis Gardner, que conoció a Holmes cuando fue estudiante de esa institución sólo un año, la voz que se conocía de Elizabeth era falsa.

Según Holmes, su startup ubicada en Silicon Valley podría salvar a la humanidad con los económicos dispositivos que inventaron para extraer sangre de las personas sin tener que acudir a un laboratorio ni inyectarles agujas.

La idea sonaba maravillosa en efecto: sin tener síntomas podías detectar algún mal en tu cuerpo, sólo presionabas el dispositivo en algún dedo de la mano, en dos segundos extraía dos gotas de sangre y la cápsula milimétrica era enviada a los laboratorios de Theranos. Momentos después, tenías los resultados de todo lo que tu sangre podía revelar. Un descubrimiento tan maravilloso que resultó falso.

Elizabeth Holmes

Elizabeth Holmes

Aunque convenció a una serie de inversores importantes en la economía estadounidense, dio conferencias y pláticas sobre cómo su empresa iba a revolucionar la industria de la salud, poco se sabía sobre los procesos del dispositivo. Nadie sabía con exactitud —ni ella— cómo se extraía la sangre, cómo se hacían los estudios y si los resultados eran confiables.

Holmes ocupaba la misma estrategia publicitaria de Apple con Steve Jobs, a quien ella admira y homenajea cada día con su blusa negra cuello de tortuga. “Revelar todo hasta que el iPhone salga”, recordó un analista a The New Yorker para el perfil de 2014 de Holmes.

Su perfil y una vaga descripción sobre cómo funcionaban las pruebas de sangre despertaron el interés de John Carreyrou, reportero de The Wall Street Journal, que se enfocó en Holmes y su empresa. Como lo imaginó, al hablar con ex-empleados de Theranos, Carreyrou develó en 2015 la estafa millonaria en la que habían caído inversores, investigadores, el público, pacientes, periodistas y medios.

No solo puso en peligro la vida de varias personas que acudieron a hacerse los estudios, Elizabeth también los estafó sobre los resultados de estos análisis porque no estaban bien hechos o ni siquiera contaban con la tecnología adecuada.

Elizabeth Holmes enfrenta cargos federales y una sentencia de hasta 20 años. Su juicio aún está a la espera, pero ya está en pláticas para participar en un documental y escribir su libro.

Sin embargo, Holmes deberá de superar el libro que escribió Carreyrou sobre su hallazgo (Bad Blood), la serie que HBO hizo sobre ella (The Inventor) o la película que está en planeación y que podría protagonizar Jennifer Lawrence.

***

Las noticias sobre las próximas producciones en la cultura popular inspiradas en las estafas que hicieron estas mujeres, despertaron críticas sobre qué lado de la historia se cuenta. Algunas reseñas cinematográficas desdeñaron que la película de JT LeRoy se contara desde la perspectiva de Savannah Knoop, quien personificó al joven a quien todos le habían confiado su ternura.

O al tomar en cuenta el perfil de Instagram que resalta los conjuntos de ropa que usó Anna Sorokin para acudir a sus juicios, son una prueba de lo fácil que es atraer a seguidores empedernidos. Siempre y cuando estas personas luzcan como los modelos exitosos que queremos ver.

Está la historia de Elizabeth Holmes que tira el esquema de superación personal basado en el motto o mito que dice “finge hasta lograrlo”. Puedes fingirlo hasta cierto punto, como también lo dijo Phyllis Gardner, pero no cuando se trata de un asunto cuya base está en las pruebas y errores, como la medicina.

Ya sea como una influencer pudiente y con estilo o como la “próxima emprendedora”, al final se tratan de figuras que los medios y las redes sociales hacen creer a todos que son a quienes se debe aspirar a ser. Y que si se finge lo suficiente, quizá alguien lo crea. Quizá solo esa persona lo crea.

Al descubrir que estas mujeres eran unas estafadoras, muchos dijeron aliviados que en conclusión ellas no se salieron con la suya. Aunque los filmes, la fama, los libros, las entrevistas, los documentales, los podcasts y los casos están en la historia y quizá para ellas, eso sea salirse con la suya.


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