Texas, el gran laboratorio hispano en la elección presidencial - Gatopardo

Texas, el gran laboratorio hispano en la elección presidencial

Hablar de hispanos en Texas es hablar de la compleja diversidad que da forma a Estados Unidos. Los hay conservadores religiosos, socialistas liberales, migrantes recién llegados, los que se sienten invisibles, y también los que ya no se reconocen en el espejo de quienes cruzan la frontera.

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Si Texas fuera un país, su economía sería la onceava más grande del mundo, más grande que México y Colombia juntos. Sólo en este estado, hay 387 aeropuertos públicos y su tamaño es mayor que el de 162 países. Texas es el estado ganadero y el estado petrolero, pero también es el hogar de la NASA y uno de los que más está creciendo en tecnología e innovación. En su territorio, se mezcla una industria local acelerada con la llegada anual de cientos de empresas californianas que abandonan su estado por los elevados impuestos y los altos costos de operación. En esta elección presidencial, con 38 votos en el Colegio Electoral, Texas es el principal estado en disputa después de haber votado disciplinadamente por el partido republicano desde 1980.

Ahí, en una de las zonas más competidas en los alrededores de Dallas, en un vecindario pobre y tranquilo, vive Silvia. Su remolque el quinto del lado izquierdo sobre la calle de Chisholm. A la entrada del complejo hay un gran letrero de madera y letras blancas con la leyenda “Hogares Móviles Trailwood” y, detrás de él, las más de 200 casas rodantes que conforman esta pequeña comunidad de hispanos.

Silvia abre la puerta y me ofrece entrar para resguardarme de la lluvia. Su tráiler es un retrato de la vida que lleva: limitada y caótica. En el recibidor, que es también la sala de estar, se amontonan cajas de cartón y paquetes de agua embotellada. Sentada en un desgastado sillón negro, aquella mujer cálida y cansada, de pelo negro y ojos pequeños cuenta que llegó de Ciudad Juárez teniendo apenas nueve años. Lo que recuerda de aquella etapa es la soledad. “En ese entonces casi no había hispanos aquí. Apenas escuchabas a alguien hablando español en el bus y luego-luego querías hacerte su amigo”. Era 1974 y el país ardía en torno a las políticas de integración racial. “Éramos muy pocos con piel morena, yo sufrí mucho racismo”, dice mientras se acaricia suavemente el brazo, como abrazando su piel acanelada. Su infancia no duró mucho. Desde muy joven empezó a trabajar limpiando casas y a eso se ha dedicado toda su vida.

Su primer esposo era un hombre abusivo y celoso, luego cuenta del segundo, un michoacano con quien finalmente se siente en paz. “Yo conocí la música mexicana en Estados Unidos”, confiesa. “Allá en Juárez sólo escuchábamos rocanrol”. Fue también a través de la música que se conectó con su primer grupo de amigos. “Un día escuché que la estación de radio estaba organizando una reunión para fans de Los Bukis y dije ‘de aquí soy’”, relata entre risas.

Hoy, casi 40 años después de haber obtenido su ciudadanía, Silvia sigue viviendo al día y no vislumbra un mejor futuro para su hija, quien trabaja en una estética. Silvia permanece ajena al país que la ha adoptado, no habla bien inglés y no participa en la política estadounidense. “La verdad, mija, yo no voto”, y agrega: “Soy de esas personas que piensa que nuestra voz no cuenta. Lo que pasa es que yo vine en un tiempo de discriminación muy arraigada… entonces a lo mejor ya es mental”.

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