Uso correcto de mascarillas en México – Gatopardo

Llegó el momento de ponerle mascarilla a Susana Distancia

Hoy quien no usa mascarilla está jugando con su vida y la de los demás. El uso correcto de mascarillas tiene que ser una de las mayores prioridades del gobierno mexicano en esta crucial etapa. Se puede empezar por ponerle una mascarilla a Susana Distancia y al presidente.

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La mayor sinrazón de México ha sido la renuencia a anunciar que las mascarillas son la principal medida no farmacéutica para la contención de la pandemia. Hoy en día quien no usa una forma de cobertura facial o mascarilla está jugando con su propia vida y la de los demás. En un principio, entre los meses de marzo y abril de 2020, había un argumento detrás del escepticismo sobre el uso de mascarillas entre especialistas de salud pública. Ahora sabemos que los razonamientos de entonces no eran correctos, y que el gobierno tiene que corregir su política sanitaria y declarar obligatorio el uso de cubrebocas en todo lugar público, tanto abierto como cerrado. El Presidente debe dar un mensaje inequívoco a la nación y reconocer que se equivocó.

El uso de mascarillas o cubrebocas al inicio de la pandemia podía ser un tema legítimo de discusión. El temor desde el punto de vista de la estrategia gubernamental era que un consejo a la población sobre el uso de mascarillas hubiera tenido dos consecuencias graves que habrían dificultado la contención de la enfermedad. Por una parte, que una demanda generalizada por mascarillas hubiera generado desabasto para los hospitales y clínicas, que era donde más se necesitaban. Por otra parte, se temía que el uso de mascarillas pudieran minar los esfuerzos de distanciamiento social, creando la confianza falsa de que con el cubrebocas bastaba para evitar la transmisión. Estas dos consideraciones no tienen nada que ver con lo que muchos comentaristas sugieren venía de una terquedad machista del presidente de presentarse en público sin protección o de un arrogante sentido de invulnerabilidad. Quizá esos elementos también existieran, pero el tema fundamental era cómo responder a una enfermedad desconocida.

El primer temor de desabasto no estaba mal fundado, pues el propio mercado mundial no lograba abastecer de mascarillas —sobre todo las de estándar N95— con la rapidez necesaria. Cuando la oferta no logra mantenerse a la par de la demanda, naturalmente aumentan los precios. Y si se trata de un mercado regulado, en el que se busca preservar las mascarillas para el personal médico, surgen mercados negros, especuladores y todo tipo de prácticas perversas. Lo que el gobierno federal no contempló es que desde el principio existían sustitutos a las máscaras N95. Ninguno de éstos eran perfectos, pero aún con un nivel de protección mediocre, si se multiplica por las interacciones sociales, los tapabocas aún improvisados logran una efectividad mayor a la que los estudios técnicos sugerían.

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