Amandititita, la fama fatal

Nunca faltará el pragmático para quien la historia de Amandititita comience con la firma del contrato de Sony Music que la convirtió, de golpe y porrazo, en reina de la anarcumbia; una intérprete parada frente a más de trece mil personas. Pero yo quiero iniciar este relato mucho antes: cuando Amanda Escalante era una niña […]

Amandititita ha vivido la música en formas que muy pocos conocen.

Amandititita ha vivido la música en formas que muy pocos conocen.

Nunca faltará el pragmático para quien la historia de Amandititita comience con la firma del contrato de Sony Music que la convirtió, de golpe y porrazo, en reina de la anarcumbia; una intérprete parada frente a más de trece mil personas. Pero yo quiero iniciar este relato mucho antes: cuando Amanda Escalante era una niña y visitaba, de la mano de su madre, los hoyos fonquis del DF (entre toquines de El Haragán, consumo de tragos y rol de sustancias de la más diversa índole) o los pasillos de la burocracia sindical y empresarial, donde aprendió el oficio de la música desde el lado más oscuro de la calle: peleando los derechos de autor de las canciones de Rodrigo González, Rockdrigo, su padre.

“Nací en Tampico, igual que mi papá. Soy del verano de 1979: ochenterísima. Llegué al DF a los seis años, poco después del terremoto. Uno de mis primeros recuerdos es la playa. Eso estuvo muy bien y me sirvió de consuelo, porque llegamos al DF en un momento duro: mi padre había muerto. La ciudad estaba completamente rota y nosotras, mamá y yo, veníamos de un gran dolor: rotas también, igual que la ciudad. Él nunca vivió conmigo, pero sí fue una figura muy presente en los primeros años de mi vida. Después nos trasladamos acá, y mi madre se volvió una persona complicada, una maestra de inglés que se obsesionó con la muerte del padre de su hija. Todo se redujo al tema de la herencia: luchar por la obra de Rockdrigo para Amanda. Así que fue un desastre. Hasta que tuve edad para cambiar: a los trece años me salí de la casa y me puse a vivir en un cuarto de azotea. No quería existir a expensas del fantasma de Rockdrigo González; me choca la carroña. Odié muchísimas cosas de mi infancia. Por ejemplo, el Tianguis del Chopo (el primerito, el de los ferrocarriles). Yo no crecí oyendo a Cri-Cri: yo escuchaba a los Dug Dugs, a El Personal, a Jaime López… A final de cuentas acabé haciendo canciones que tienen esa influencia, y ahora pienso: qué chingón. Si pudiera cambiar las cosas, no lo haría. Pero fue duro para una niña. Me tocó vivir el rocanrol desde la cuna”.

Existe también esta otra versión: quizá los verdaderos orígenes artísticos de la diva en formato compacto (Amanda afirma que la pregunta más constante de sus entrevistadores es “¿cuánto mides?”) estén en la literatura.

“A los quince años me mudé a la Portales y entré a la Sogem. Tomaba mi pesero en División del Norte y me bajaba en Héroes del 47. Entré ahí porque el examen para Filosofía de la UNAM se me hacía supercomplicado: tuve la mala fortuna de ser niña Montessori, así que nunca me acostumbré a los sistemas escolares. La gente que estudió en Montessori no lleva a sus hijos ahí porque está cabrón: luego nunca te adaptas”.

Dice esto mientras me ofrece otra copa de vino tinto. Estamos sentados en el comedor del periodista y novelista Alejandro Páez Varela, nuestro querido amigo mutuo, quien no sólo prestó su casa para que tuviéramos esta charla: además, cocinó para nosotros.

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