Amandititita, la fama fatal

Se convirtió en celebridad de la noche a la mañana. Se peleó con la disquera. Se deprimió. Después de un periodo de transición, Amandititita vuelve con “Mala fama”, un álbum más maduro con el que no pretende convencer a nadie de nada.

Por Julián Herbert / Fotografía Yvonne Venegas
Amandititita ha vivido la música en formas que muy pocos conocen.

Amandititita ha vivido la música en formas que muy pocos conocen.

Nunca faltará el pragmático para quien la historia de Amandititita comience con la firma del contrato de Sony Music que la convirtió, de golpe y porrazo, en reina de la anarcumbia; una intérprete parada frente a más de trece mil personas. Pero yo quiero iniciar este relato mucho antes: cuando Amanda Escalante era una niña y visitaba, de la mano de su madre, los hoyos fonquis del DF (entre toquines de El Haragán, consumo de tragos y rol de sustancias de la más diversa índole) o los pasillos de la burocracia sindical y empresarial, donde aprendió el oficio de la música desde el lado más oscuro de la calle: peleando los derechos de autor de las canciones de Rodrigo González, Rockdrigo, su padre.

“Nací en Tampico, igual que mi papá. Soy del verano de 1979: ochenterísima. Llegué al DF a los seis años, poco después del terremoto. Uno de mis primeros recuerdos es la playa. Eso estuvo muy bien y me sirvió de consuelo, porque llegamos al DF en un momento duro: mi padre había muerto. La ciudad estaba completamente rota y nosotras, mamá y yo, veníamos de un gran dolor: rotas también, igual que la ciudad. Él nunca vivió conmigo, pero sí fue una figura muy presente en los primeros años de mi vida. Después nos trasladamos acá, y mi madre se volvió una persona complicada, una maestra de inglés que se obsesionó con la muerte del padre de su hija. Todo se redujo al tema de la herencia: luchar por la obra de Rockdrigo para Amanda. Así que fue un desastre. Hasta que tuve edad para cambiar: a los trece años me salí de la casa y me puse a vivir en un cuarto de azotea. No quería existir a expensas del fantasma de Rockdrigo González; me choca la carroña. Odié muchísimas cosas de mi infancia. Por ejemplo, el Tianguis del Chopo (el primerito, el de los ferrocarriles). Yo no crecí oyendo a Cri-Cri: yo escuchaba a los Dug Dugs, a El Personal, a Jaime López… A final de cuentas acabé haciendo canciones que tienen esa influencia, y ahora pienso: qué chingón. Si pudiera cambiar las cosas, no lo haría. Pero fue duro para una niña. Me tocó vivir el rocanrol desde la cuna”.

Existe también esta otra versión: quizá los verdaderos orígenes artísticos de la diva en formato compacto (Amanda afirma que la pregunta más constante de sus entrevistadores es “¿cuánto mides?”) estén en la literatura.

“A los quince años me mudé a la Portales y entré a la Sogem. Tomaba mi pesero en División del Norte y me bajaba en Héroes del 47. Entré ahí porque el examen para Filosofía de la UNAM se me hacía supercomplicado: tuve la mala fortuna de ser niña Montessori, así que nunca me acostumbré a los sistemas escolares. La gente que estudió en Montessori no lleva a sus hijos ahí porque está cabrón: luego nunca te adaptas”.

Dice esto mientras me ofrece otra copa de vino tinto. Estamos sentados en el comedor del periodista y novelista Alejandro Páez Varela, nuestro querido amigo mutuo, quien no sólo prestó su casa para que tuviéramos esta charla: además, cocinó para nosotros.

“La Sogem no me encantó, era muy escolar, tenías que decir ‘presente’. Así que entraba y salía: duré unos seis años ahí. Tuve algunos maestros buenos, especialmente Hugo Argüelles. No me gustaba la escuela pero sí escribía mucho. Al principio lo hacía en una máquina mecánica, luego junté lana y compré una eléctrica; me sentía del jet set. Y entonces empezaron a encargar tareas en computadora —se carcajea—. Todavía tengo cajas llenas de mis escritos. Estaba en la etapa de los adolescentes: leía a Cortázar, Girondo, Hesse, Milan Kundera, Patrick Süskind, y era una verdadera adicta a la Divina Comedia. Quería escribir realismo mágico, y hasta acabé una pésima novela que, por fortuna, nadie conoce”.

Me viene una imagen fugaz y repelente: Amandititita tomando el té con Laura Esquivel. Mejor ni se lo digo.

“Además de la Portales, en ese tiempo viví en Coyoacán y en la Condesa. Tenía mi cuarto sobre la calle Mazatlán. Me cobraban trescientos pesos de renta y la Sogem costaba mil ochocientos el trimestre. Discos Pentagrama me daba dos mil pesos al mes por las canciones de mi papá, así que eso pagaba mi cuarto y la escuela. Pero tenía que resolver la comida y los libros, nunca me alcanzaba, me la pasaba buscando trabajitos. Eso me ayudó a desarrollar mucho callo. No me importa dormir en cualquier lado, y lo que más valoro es tener dinero para comprarme un libro. Antes leía las novedades en los pasillos de El Péndulo, medio a escondidas.

“Finalmente, dejé la Sogem. Hice un montón de cosas: cursos de teatro, de cine… Hasta que me metí a la Escuela Dinámica de Mario Bellatin. Era una especie de Montessori para escritores, tres clases por semana, de dos horas, con un gran maestro: Daniel Sada, Pitol, Poniatowska… También tomabas clases con doctores, con fotógrafos que te hacían escribir desde afuera de las letras, partiendo de imágenes o del cuerpo humano. Me di cuenta de que yo quería contar historias, pero no era mi momento para hacer literatura. Tenía que encontrar otro medio. Entonces sucedieron un par de cosas que cambiaron radicalmente mi vida: conocí a Guillermo Fadanelli y comencé a hacer anarcumbia”.

Otro arranque probable para la historia de Amanda podría ser esa época en que se reveló por primera vez el personaje que la representa en el mundo de la música. Amandititita empezó a cantar canciones inéditas —que acompañaba de una pista semiprofesional grabada en un casete— en fiestas a las que asistían, entre otros, Guillermo Fadanelli, el artista conceptual Artemio, Alejandro Páez Varela… Me gusta esta memoria porque soy un poco hipster y disfruto el arte trashy. Pero también porque soy directamente cursi: ¿qué mejor lugar que una fiesta con amigos para descubrir que serás una estrella de pop?

“Todo esto es culpa de Guillermo Fadanelli —dice Amanda—. Llegó un día a dar una clase en la Escuela Dinámica de Escritores y me insultó, como acostumbra hacer con todo mundo. Le contesté feo y le dio mucha risa. Luego nos fuimos a tomar unas cervezas al Xel-Ha. Me siguió insultando, le seguí contestando sin miedo, y nos caímos perfecto. Nos hicimos amigos. Mi relación con él se basa en el desinterés: nunca pensé ni quise sacarle ningún provecho. Me enseñó que los escritores también pueden divertirse. Yo estaba muy obsesionada con Alessandro Baricco, y él se burlaba: ‘Ya bájale, qué hueva, qué diría tu padre.’. Me presentó a todo mundo, en especial a los artistas conceptuales. Me dijo: ‘Tú deberías cantar. Así que canta’. Y no es tanto que me haya dicho qué hacer, sino que su manera de vivir, de escribir, su libertad, me contagiaron: un hombre receptivo y pensante con quien, al mismo tiempo, te puedes cagar de risa enfrente de una rocola. No es como los intelectuales, que tienen toda esa montaña de etiquetas. Y nunca ha cambiado conmigo: antes y después del rollo con Sony o Televisa o TV Azteca, él siempre ha sido igual: muy cariñoso, muy duro y divertido. Es un demonio de Tasmania que rompe todas las normas de los artistas o escritores, y también es mi familia”.

Al día siguiente de nuestra comida con Páez, Amandititita y yo nos citamos con Willy en Capote, un bar de la colonia Roma. Luego de lidiar con su peculiar fama (había un joven fotógrafo esperándolo para pedirle un prólogo: “No te conozco, pero me avisaron que vienes a este lugar todos los martes por la noche”), Guillermo se sentó a conversar con nosotros. Dijo de entrada, sin que viniera mucho al caso: “¿Sabes por qué soy amigo de Carlos Martínez Rentería? Porque les sigue diciendo a las mujeres jóvenes ‘muchachas’. Yo escucho eso, y se me rompe el corazón”.

Luego me muestra su iPhone y dice:
“Tengo nueve números de Amanda. Porque, como pierde todos los celulares”.

Sin que medie transición, empieza a hablar de la época en que la conoció:
“Era magnífica pero demasiado seria, no tenía el sentido del humor maquiavélico y fatal que ahora tiene. Yo poseo la mala costumbre (y me imagino que tú también) de relacionarme con los alumnos. Aunque, pensándolo bien, en realidad nunca he sido maestro de nadie. Pero en fin: el caso es que encontré a Amanda en esos avernos inventados por Bellatin. Al principio me daba un poco de rubor, porque yo nunca había tenido una amiga tan chaparra. Después continuó nuestra amistad. Yo no soy gran conocedor de la obra de su padre, pero no hace falta saber mucho para admirarlo. En ese tiempo, ella estaba rodeada de abogados, peleando los derechos de autor, y yo pensaba: ¿cómo una persona tan menuda puede ser tan belicosa? Desde entonces decidí jamás enfrentarme en un pleito legal con Amandititita”.

“Eso le hubieras avisado a Sony Music”, apunto yo mentalmente. Después le cuento: “Ayer hacíamos la broma de que tú, tan misántropo, fuiste en realidad su agente de relaciones públicas”.

Guillermo le da un minúsculo trago a su cerveza y responde:
“Pues espero que llegue el cheque pronto”.

Luego continúa:
“Amanda estaba en un grupo que se llamaba Mi Grupo Favorito. Yo la fui a escuchar a una lonchería con un patio grande. Cuando las vi, de inmediato, como una intuición de golpe, me di cuenta de que era ella quien tenía un talento excepcional. Y recuerdo que le sugerí que abandonara ese grupo y se dedicara a cantar sola. Yo tenía muchos años de ver bandas y de visitar la escena underground, tanto en México como en España, así que tenía cierta experiencia al respecto. No digo que me haya hecho caso, pero qué bueno que se decantó como solista, ¿no?”.

Amanda interviene:
“Luego fui a la celebración por los quince años de la revista Moho —de la cual Fadanelli es director y fundador— y canté una canción que se llamaba, precisamente, ‘Willy Fadanelli’. La letra hablaba de una aceituna que rodaba desde la mesa de al lado para sentarse contigo y con tus amigos, ¿te acuerdas?”.

Guillermo asiente.
“Y así nació Amandititita”, remata ella.

La historia del primer disco de Amanda es digna de una película de los hermanos Coen. Ella había ido a hacer un trámite a la Sociedad de Autores y Compositores de México y, sobre algún escritorio o colgado de un tablero de avisos, encontró un volante que decía algo así como: “¿Tienes letras y necesitas música? Llámame”, y enseguida un número telefónico. Amanda Escalante estaba, precisamente, en esa situación: había compuesto tres o cuatro canciones, pero no sabía (y sigue sin saber) ejecutar instrumentos musicales.

“Se llamaba Miguel Ángel. No recuerdo su apellido. Vivía lejísimos: me acuerdo que yo me acercaba hasta su casa en metro, y luego él iba a recogerme a la estación y hacíamos todo otro trayecto en micro. Cobraba quinientos pesos por cada pista grabada. Él solito tocaba todos los instrumentos. Tenía todo: el acordeón, las percusiones… Lo hacía muy rápido, muy eficiente. En parte por ser profesional, pero también porque casi siempre necesitaba acabar temprano: tenía que salir a tocar en algún antro”.

Amanda grabó con Miguel Ángel seis de las pistas originales de lo que más tarde sería su primer álbum. Entre ellas se cuentan “La muy muy”, “Metrosexual” y “La Mataviejitas”, canciones que muy pronto serían un fenómeno mediático tremendo.

“Quiero pedirte un favor —dice Amandititita en un tono muy serio—. Quiero pedirte que menciones a Miguel Ángel, que de algún modo fue otro de mis ángeles guardianes. Quiero que le digas en tu texto que lo busqué tiempo después y no he podido encontrarlo, no sé ni dónde vive. Quiero que conste que estas rolas también son, en parte, suyas”.
(Mensaje enviado.)

Armada de sus pistas, Amanda empezó a tocar a mediados de los dos mil en distintos foros, principalmente en el condesero café Pata Negra. Es entonces cuando la figura de Artemio cobra especial significado en su vida.

“No me interesa la música que se hace en México hoy en día —dice Artemio mientras pide un agua mineral en el Capote—. Me repatea Belanova, me caga Juan Cirerol, me aburre Café Tacvba. No leo mucha literatura nacional, pero te puedo decir que el cine, la música y el teatro en México no tienen identidad: todo es globalización y estructura de mercado, lo cual me da muchísima hueva. Lo de Amanda es distinto, es ecléctico, no está tratando de complacer ni de encajar, y por eso me interesé en trabajar con ella desde el principio.

“Recuerdo que una vez estábamos en una fiesta y vi a Amanda de lejos, así de chaparrita, y yo tengo una obsesión con los enanos y la gente bajita, así que dije: ¡quiero conocerla! Me la presentó Miguel Calderón. Estábamos en el bar Lulú. Agarramos una fiesta de dos días, nos hicimos muy cuates y empezamos a pasarla juntos”.

Artemio convirtió la grabación del primer disco de Amandititita en una suerte de proyecto personal. Con la colaboración de Teresa Margolles, quien aportó sus millas para el boleto de Amanda, se organizó una minigira de la cantante por bares madrileños. Más tarde, Artemio consiguió que el artista español Santiago Sierra aportara una cantidad en metálico para iniciar la producción. Lino Nava y Sacha Triujeque fueron contratados como productores del álbum, que sería grabado en Monterrey.

“Hubo un momento, antes del disco, en el que Amanda se fue a Tampico. Mucho tiempo: tal vez un año. Consiguió novio, pareció reconciliarse con la idea de una vida normal. Yo le rogué que volviera más de lo que le he rogado a cualquiera de mis novias. Le decía: ‘Tenemos que hacer el disco’. Así que regresó. Con Santiago Sierra hicimos un contrato (ahí lo tengo) que simplemente decía: “Nace una estrella”. Al final yo le pagué a Santiago y me volví una especie de ‘dueño’ del producto. Luego en una fiesta me encontré a Julieta Venegas, le hablé del disco, y Lino y yo se lo pasamos. Y Julieta se lo pasó a Sony Music, lo cual, como vimos después, resultó un arma de doble filo. Estuvo bien, porque sin eso no estaríamos aquí platicando. Yo no tengo ningún crédito en el disco: tengo apenas un agradecimiento. Debería figurar como productor ejecutivo, pero ese título lo tiene Lino Nava. Los de Sony me sacaron completamente de la movida. Lo cual me vale madre: yo lo hice por amor a Amanda y por amor al proyecto”.

Le comento que me parece curioso el modo en que muchos artistas conceptuales se identifican con Amandititita.

“Yo creo que si nos vamos a esas épocas, el arte contemporáneo no se había vuelto mainstream. Ésa era la parte interesante. Estaba Moho, La Panadería, una combinación de distintas disciplinas todavía en los límites del underground. No había esta obsesión de saltar a la fama, era un momento muy curioso que generaba que todo estuviera interconectado. Era importante hacer cosas, no explotarlas. Es lo que carga, creo yo, el proyecto de Amanda: una cierta nostalgia de esa época más liberal”.

¿Por qué este personaje? ¿Por qué la cumbia?

“Yo tenía toda esa educación infantil en el rupestre: me sabía de memoria el Arpía y quería ser Cecilia Toussaint. Luego mi madre y yo nos mudamos a un edificio en Bucareli, donde teníamos de vecino al Pato, de la Maldita Vecindad. Yo tenía diez años, y gracias a él conocí un rock distinto: Mano Negra, Caifanes… Dije: órale, esto está más padre, ¿no? Más divertido. De algún modo, Pato fue para mí, en el sonido, lo mismo que Willy en el pensamiento. Todavía hoy, cuando llego a compartir el escenario con el Pato, por ejemplo en el Vive Latino, digo: ¡guau! Yo aún estaba saliendo de mi cascarón roquero. Era devota de Santa Sabina (por eso la videocolumna que hago para Sin Embargo se llama Azul Casi Morado). Luego, algunos años más tarde, se dio el auge chilango de la cumbia. Era la época de Los Ángeles Azules. Y me enamoré de los sonidos. Pensé: qué padre sería que esta música que tanto me gusta tuviera unas letras como aquellas con las que yo crecí. Es que en realidad la cumbia es una plataforma de protesta. Yo creo que si yo hubiera hecho rock, habría sido más congruente para alguna gente, pero me habría perdido de muchas cosas. Para empezar, me habría perdido el contacto con otro tipo de público. Ayer toqué en San Fernando, California, y fue todo ese público migrante, las señoras, los niños… Hice mi performance, salí vestida de la Mataviejitas, y la gente estaba feliz y al mismo tiempo sacada de onda. Llegarle a un público familiar, a la gente que va en el microbús: para mí ésa es la onda, no llegarle a los intelectuales ni a los roqueros. A veces, algunos críticos creen que hago letras sencillas porque soy tonta. Pero mi interés es que la gente se divierta y baile. No soy Joaquín Sabina ni Silvio Rodríguez (que, por otra parte me gustan: con eso crecí). Yo quiero que la gente se divierta y se cague de la risa, no ser pretenciosa en ningún sentido, y menos con las letras. Me gusta pensar que mi música puede escucharse en una boda. Para mí, ésa es la verdadera subversión. La cumbia es un gusto culpable: a mí me han dicho muchas veces naca por ser chaparra y hacer cumbia, pero al final de la noche lo que todo mundo quiere es bailar”.

¿Cómo trabajas tus perfomances?

“Cuando me siento a escribir una canción, lo primero que hago es imaginarme al personaje: cómo se viste, dónde vive; es como si estuviera haciendo un cuento. Pienso: en esta canción (por ejemplo: “Metro Insurgentes”) me gustaría poner hielo seco dentro de una olla de tamales. Y, cuando no encuentro al personaje, casi siempre es porque la canción no va a funcionar. Por eso no escribo muchas canciones de amor: porque las canciones de amor carecen de personaje. Además se me complican a la hora de un concierto: ¿cómo las ‘performanceo’? Al principio, con las canciones del primer disco, batallé porque no tenía este método narrativo. Sentía que faltaba algo. Luego, con ‘La Mataviejitas’, todo cambió: desde el principio empecé a salir con un cuchillo y una bata de enfermera llena de sangre. Así empezó el método. Desde entonces, cada canción es una especie de obrita de teatro. Estoy muy enamorada de las historias y los personajes”.

¿Cómo compones?

“No toco instrumentos musicales. Escribo las letras y, a la vez, las voy cantando: no toco música pero tengo buen oído, así que hago las melodías con la voz. Cuando ya tengo la canción entera, se la doy a un productor o a un músico. Pero también pasa que pido pistas (como sucede en Mala fama, mi tercer disco, donde participa el grupo de cumbia villera Fantasma), y a partir de ahí tengo que hacer la letra. Es cuando me cuesta más trabajo, porque a veces con la pista ya hecha no le llego al tono. Es un poquito controlador que yo haga las melodías, porque sé cómo rapeo, y creo que así canto más (en este nuevo disco, por cierto, canto más que nunca). Pero en realidad, si te fijas, lo que yo hago son cumbias con estructura de rap: no voy con las notas de la cumbia sino con las estructuras ‘hiphoperas’. El rap viene de todo este rollo urbano. La cumbia lo vuelve chistoso, le incorpora el humor. Lo que los está enganchando es el sentido del humor. Mis influencias raperas son muy clásicas: Public Enemy, Notorious, Tupac; pero también me gustan algunos artistas de lengua española, por ejemplo la Mala Rodríguez.

“A veces me preguntan que por qué no hago rock, que por qué no hago hip hop. Les contesto que a mí la gente que me cae bien es la que escucha cumbia —risas—. La verdad es que alguna vez me gustaría hacer un proyecto de narrar una realidad muy cruda, como el realismo sucio, pero en rap. Pero siento que Amandititita no es un personaje que vaya con eso. Me gustaría hacerlo buscando otro personaje. Algún día”.

¿Por qué en la mayoría de tus letras hay una especie de fijación con la apariencia?

“Yo tengo la fortuna de ser muy chaparrita. Fortuna, porque siendo así es fácil detectar a la gente que sólo te habla de cómo te ves. Nunca he necesitado ser más alta para tener novio ni para conseguir trabajo. A lo mejor si fuera más alta se me acabaría la suerte: igual y lo que sucede es que me consideran una persona inofensiva y por eso me dejan entrar a su casa. A partir de cómo me ve cierta gente, he aprendido lo importante que es para ellos la apariencia. Para mí no lo es: si lo creyera importante no estaría en un escenario quitándome la ropa. Yo no tengo ese prejuicio, pero mucha gente sí. Y eso es particularmente cierto en el caso del mexicano, porque cuando he viajado fuera de México he sufrido menos discriminación. Incluso en Estados Unidos. Fui a tocar a Estocolmo, y nadie en las entrevistas me preguntaba por ese tipo de cosas. Por eso me he clavado hablando de los metrosexuales, de la Güera Televisa, porque conozco a estos personajes y sé que son igual de infelices que cualquiera de nosotros. Quiero decirle a la gente: no es verdad que la felicidad tenga un estereotipo físico. A mucha gente le causa angustia que yo esté en Televisa. Dicen: ‘¡Pero cómo, si está tan chaparra!2019. En realidad la mayoría de los mexicanos son como yo: bajitos, que suben de peso y bajan de peso… No son como Belinda. Oigan: yo me parezco a ustedes. Por eso me importa hablar de la apariencia”.

La segunda (y quizá triste) parte de la película de los hermanos Coen que ha sido la carrera de Amandititita comienza con el lanzamiento de su primer disco, La reina de la anarcumbia, bajo los auspicios de Sony Music. Todo fue muy rápido: entre el momento en que ingresó al estudio regiomontano y la firma con la transnacional pasaron apenas tres meses.

“Perdí el sentido de la realidad. Nunca sucede eso: eso de que estás cantando una rola en el metro y de pronto estás parada frente a quince mil personas. Ni yo ni Artemio teníamos idea de dónde nos estábamos metiendo al firmar con Sony. Fue un desastre total. De pronto ya estaba vendiendo ringtones y tocando en festivales de pop y convirténdome en una persona que nunca he sido. Yo soy una descarada, una persona a la que le gusta la fiesta, una persona a la que le gusta decir lo que piensa, que vengo de una escuela anarquista, así que no podía ajustarme a eso de ‘péinate, en la tele la gente se comporta, no hables de esto o de esto otro’. Cuando descubrí que existía la payola dije: órale, vamos a hablar de eso, y todo mundo: ‘No, cállate, esos temas no se tocan’.

“Por otro lado, yo entré a Sony justo en el momento en que la industria del disco se vino abajo. Me tocó, por así decirlo, la última puntita de la bonanza. Cuando firmé, en diciembre, Sony Music era una empresa inmensa. Pero cuando volví, en enero, ya habían despedido a trescientas personas. La piratería estaba llegando a su máximo”.

Amandititita fue, junto a Vicente Fernández, una de las artistas más pirateadas de 2008. Vendió quince mil discos originales (lo cual para la empresa era muy poco), pero muchísimas más copias piratas.

“La brillante idea de las disqueras fue que, a partir de entonces, empezaron a pedirte lana de tus conciertos. El nuevo contrato es que se quedan con 45 o 50% de tus conciertos, y de lo que queda uno tiene que pagarles a los músicos, la producción, etcétera. El resultado fue que, cuando era mi época más boyante, yo hacía conciertos por setenta mil pesos y acababa quedándome con cinco mil. Y tenía que trabajar muchísimo: hacía, además de los conciertos pagados, siete u ocho festivales de radio por semana. Me saturé, me cansé, sentía que ésa no era yo, y encima no ganaba dinero: yo nunca me compré ni siquiera un coche. Salir en la tele es una cosa que yo me hubiera podido ahorrar, lo mismo que hubiera podido ahorrarme a esa entidad autoritaria, esa especie de Darth Vader que te dice dónde tocar, cómo actuar, que te manda de promoción pero luego no te contesta ni el teléfono”.

Otra cosa que comenzó a pesarle terriblemente a Amanda fueron los comentarios que se hacían sobre ella en los programas de chismes de la televisión.

“Decían cosas horribles. Que si mi ropa era fea, mis comentarios groseros, mis zapatos sucios… Yo empecé una guerra conta ellos, les aventaba el micrófono y en la disquera se enojaban: ‘No te pelees con Pepillo Origel’, decían. ¡Imagínate! Al mismo tiempo, sucedió esta cosa extraña: empecé a gustarle mucho a los niños, así que me programaban en un montón de eventos infantiles. Pero yo nunca me vendí así, yo nunca quise ser una especie de Tatiana. Bajaba del escenario la botarga de Barney, subía yo disfrazada de la Mataviejitas, y los de la disquera se infartaban: ‘Ya no te vistas así, hazlo por los niños’. Yo les contestaba: esto es lo que yo hago; que se vayan los niños a su casa”.

Éste era el tenor de la relación de Amanda Escalante con la transnacional cuando decidió hacer un segundo disco. Para ello viajó a Los Angeles y entró al estudio bajo la producción de Ulises Lozano (actualmente su esposo) y la colaboración del grupo Kinky. La descarada estaba listo para salir (era ya el año 2009), pero el ejecutivo de Sony encargado del contrato (cuyo nombre omito a petición de mi entrevistada) decidió que la producción no era lo que la empresa estaba esperando. El disco entró en stand by, y Amanda —en uno de esos arranques de belicosidad que la caracterizan— decidió “saltarse” al ejecutivo en cuestión y llevar su material a quien en ese entonces dirigía la empresa. El disco se aprobó, pero entonces sucedió algo que Amanda no había calculado: las posiciones laborales en Sony Music cambiaron, y el ejecutivo con quien había trabajado originalmente se convirtió en director nacional de la empresa. La descarada pasó, de inmediato, de la manufactura a la congeladora: nunca tuvo promoción.

“Yo estaba en un pedo enorme, porque tenía un contrato irrompible y, al mismo tiempo, el jefe ahí era alguien que no me quería porque me le brinqué. Así que dije: dénme la carta de retiro. Déjenme ir. Dijeron: “No, firmaste un contrato, nos debes un chingo de dinero”. Yo no sabía qué hacer. Afortunadamente, se me metió el diablo: abrí mi computadora, hice un video contando toda esta historia, y lo subí a YouTube. Estaba fúrica: sentía que todos los que habían colaborado con el proyecto Amandititita (Lino, Willy, Artemio) seguían haciendo sus cosas y yo era la única que estaba enredadísima en una transnacional. Así que hice el video para descargarme y pedir públicamente mi carta de retiro, y ya. No me esperaba que al día siguiente iba a estar en Primero Noticias”.

Al final, este video casero —y algunos más que Amanda subió por esa misma época— tuvo el efecto deseado: Sony Music le entregó su carta de retiro conservando los derechos por las dos producciones que había realizado para ellos. Pero el precio fue alto: Amanda Escalante pasó a ser una suerte de forajida del pop nacional. No sólo siguió sufriendo ataques de cierta prensa, sino que además empezó a resultarle muy difícil que alguien la contratara en México. Ya por entonces se había instalado en Los Ángeles, California, donde vive hasta la fecha.

Mala fama es el título del tercer álbum de Amandititita. Será lanzado en junio, en México por la disquera Terrícolas Imbéciles (en la que participan Juan de Dios Balbi y algunos miembros de Café Tacvba) y en Estados Unidos por Kin Kon Records —propiedad del grupo Kinky—. La obra reúne diez canciones y marca una notoria evolución en los tópicos e intereses de la cantautora. No solamente la música se ha hecho más compleja y diversa (el track “Estrella de pop” es un perfecto ejemplo de ello), sino que las letras han cambiado: hay menos retratos y más crónicas. Canciones como “Metro Insurgentes” y “Teatro Blanquita” muestran una mayor soltura en el arte de narrar, mientras que el inicio de “La mariguanera” tiene esa clase de dicción joyceana y alucinante que Jaime López convirtió en marca de la casa. Hay menos humor: algunas de las canciones son bastante duras, e incluso uno de los temas, “Me hiciste mal”, se asemeja con fortuna a esa clase de cumbia elemental y triste que uno puede escuchar en el camión. Se trata, a mi juicio, de un disco de transición: una obra menos interesada por la redondez que por la búsqueda.

“Yo venía de hacer un disco que no se había convertido en nada. Me quedé con el mismo productor, que era Ulises, y con la misma yo, tratando de hacer una tercera obra. Para La descarada había compuesto más de cuarenta canciones, así que estaba agotadísima. Y no viví el proceso que viene después: la promoción, el disfrute de dar a conocer tu trabajo. Nada de eso: levántate y ponte a hacer otro disco. Así: de inmediato. En parte por eso decidí incluir en este álbum un cover, el primero que grabo, que es de El Personal: ‘No me hallo’. Porque quería decirle a la gente de dónde vengo, cuáles son mis orígenes, pero también cómo me siento.

“Además del trabajo con los músicos de Kinky, en este disco hay colaboraciones con el grupo Fantasma, de Argentina. Los contacté vía Myspace; nunca nos hemos reunido. Les dije que me gustaba su música y me mandaron un par de pistas (‘Eres un mamón’ y ‘Poliamor’). Es lo chingón del internet. Me encanta la cumbia villera, y me encantaría tocar alguna vez en Argentina, nunca lo he hecho.

“Hay algo en este disco que me parece muy distinto a los otros dos. El primero era puro humor y también pura naturalidad: ni siquiera sabía qué iba a pasar con él, no esperaba nada. En el segundo disco, yo estaba muy enojada, quería que me consideraran una persona pensante, estaba furiosa de que me juzgaran como una figura de Televisa viniendo de donde vengo, me daba mucho coraje que me dijeran que era una persona de la industria. Hay quien dice que el segundo disco es el más difícil de un artista, y creo que es cierto: hay mucha presión, sobre todo presión interna. Así que en este tercer disco dije: ay, qué cansado personaje, armándola de pedo por cualquier cosa, queriendo convencer a todos de que es inteligente. A ver: ¿qué quiero yo? ¿Qué es lo que realmente me gusta? La cumbia, la crónica urbana, a veces de risa, a veces no, los personajes populares, las posibilidades de encontrarme con otros músicos, con otra música. Ese disco es Mala fama. Ya no hay tantos chistes, es más versátil. Ya hasta canto una canción de amor”.

Mientras pasaba el trago amargo de su ruptura con Sony Music, y en tanto surgían las bases de este nuevo disco, Amanda encontró una manera de paliar su depresión: se volcó al periodismo.

“No tenía manager, no tenía conciertos, estaba ahí con mi computadora. Dije: voy a componer otro disco, pero no se me ocurría nada. Así estuve un año: fatal y tristísima. Todo el tiempo enfocada en lo que dijeran los demás de mí; así no puedes componer. Entonces viene Alejandro Páez Varela y me dice: ‘Qué cabrones estuvieron los video que hiciste para YouTube; ¿por qué no te haces una videocolumna para Sin Embargo, un nuevo proyecto periodístico en el que estoy trabajando?’. Y así empecé Azul Casi Morado.

Estamos en la terraza del departamento de Alejandro, en la Condesa. A lo lejos puede verse la Estela de Luz (mejor conocida como “La Suavicrema”). Ya se hizo de noche.

“A Amanda la he conocido en distintos momentos —dice Páez—. Es una mujer que ha evolucionado de manera sorpresiva. Es una persona que se construyó a sí misma: una autodidacta real. Mis encuentros con ella han sido de lo más diversos. Me ha tocado verla tirada debajo de la mesa de un bar (algo que cuento en una nota que le dediqué hace años en Día Siete, y que fue su primera portada en un medio nacional), y también me ha tocado estar cenando con ella mientras nos toma fotos un reportero de una revista de chismes. Me sorprendió ese lado de Amanda: de repente ya era una celebridad.

“Había una gran dosis de honestidad en ese primer texto que le dediqué: yo la conocí en una epoca muy complicada, en situaciones extremas que a ella la hicieron forjar su arte, algo que ni siquiera notábamos sus amigos de entonces. Yo conocí el primer disco de Amanda como un montón de hojas de papel que ella traía en el bolsillo, y de repente los sacaba y te los leía, como poemas o como rolas rapeadas, sin música ni nada. Algunos sólo ven a la persona irreverente que conocemos, que es capaz de hablar de la farándula con distancia crítica, pero Amanda también ha sido una aventurera de sí misma. Cuando habla del metro Insurgentes o el Teatro Blanquita, no lo hace sólo como artista: hay también un compromiso vivencial, porque ella ha pasado por etapas muy duras en que no ha tenido dinero ni para pagarse una cheve. Todo eso se refleja en su música: el desencanto, la rebeldía, pero también el gusto por la vida”.

Llevamos dos días hablando como locos, sin parar. Hablamos de nuestras madres, de nuestras pasiones, de nuestros amigos. Hemos estado en casas, en bares, en taxis, escuchando canciones, bebiendo un trago, riendo salvajemente. Ahora son casi las tres de la mañana y pronto nos despediremos. Me doy cuenta de que voy a extrañarla: lo mejor de un encuentro como éste son las cosas que no puedes narrar en una semblanza; no por secretas, sino por inasibles.

Entonces Amanda saca su iPhone del bolsillo y, sin decir agua va, me propone: “Ahora yo voy a entrevistarte para mi videocolumna: “¿Cuáles son los cinco libros que nos recomendarías?”. Al principio me sorprendo, pero luego encuentro la lógica perfecta de su decisión de entrevistar a su entrevistador, y le sigo el juego. Después de todo, Amanda Escalante, Amandititita, posee muchas de las virtudes formales de un espejo. Recuerdo una de las mejores frases que me dijo: “Oigan: yo me parezco a ustedes”. Y sí. Ésa es la frase con la que me quedo. \\

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