Cárcel o una vida en el exilio: El derecho de la disidencia cubana a elegir

Cárcel o una vida en el exilio: El derecho de la disidencia cubana a elegir

Podría decirse que los cubanos han vivido permanentemente en crisis. En los últimos años, además, se han enfrentado a una de las oleadas migratorias más alarmantes de su historia. En un contexto de represión, escasez y violaciones a los derechos humanos y a la libertad de expresión, la falta de una alternativa política al régimen comunista ha hecho que periodistas, artistas y activistas tengan que elegir entre el exilio o la cárcel. En el caso cubano, el exilio es un privilegio, fundamentalmente blanco, instruido, intelectual.

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“Nos vemos en nueve días”. Eso fue lo último que Yanelys Núñez le dijo a su madre, el 3 de marzo de 2019, antes de salir de Cuba rumbo a Praga para tomar un taller de videoperiodismo, sin saber que ésta sería la antesala de su exilio a Madrid. Se despidieron enfadadas. El activismo que Yanelys hacía en Cuba era una fuente de tensión familiar. También de estrés. Un año atrás, en enero de 2018, a sus veintiocho años, Yanelys había sufrido una parálisis facial, la segunda de su vida. La primera ocurrió cuando tenía diecinueve. La última la interpretó como una alerta. “El cuerpo me estaba diciendo que no podía seguir con ese ritmo de vida”, afirma. Pero en los meses que siguieron, las presiones no disminuyeron, sino lo contrario.

El año 2018 fue decisivo en la historia reciente de la isla. En mayo se celebró la Bienal 00: un evento artístico independiente que se concibió como respuesta a la cancelación de la Bienal de La Habana por parte de las instituciones culturales del país, debido a los estragos del huracán Irma. A pesar del acoso constante de la Seguridad del Estado, que persigue cualquier iniciativa de la sociedad civil que escape de su control, contó con la participación de unos 140 artistas cubanos y extranjeros. Dos de sus principales organizadores fueron Yanelys Núñez, historiadora del arte, y su pareja en ese momento, el artista Luis Manuel Otero; ambos, jóvenes negros,1 de orígenes humildes, con una postura crítica frente al elitismo en el arte. Dos meses más tarde, en julio, apareció publicado el decreto-ley 349 en la Gaceta Oficial de la República, un mecanismo de censura y represión del arte independiente que, entre tantas barbaridades, establecía que una persona debía contar con autorización gubernamental para crear, ser considerada artista y difundir su obra. Lo aprobó Miguel Díaz-Canel pocos meses después de asumir la presidencia del país y convertirse en el primer jefe de estado, desde 1959, que no se apellidaba Castro. Por su radical estocada a la libertad artística, el decreto supuso un punto de quiebre en la historia de la disidencia. 

El 21 de julio, justo el día en que comenzaban los debates del anteproyecto de reforma a la Constitución de Cuba en el Parlamento, Yanelys Núñez cubrió su cuerpo de mierda para protestar contra dicha normativa afuera del Capitolio de La Habana, un inmueble emblemático de la Cuba republicana, aunque se construyó durante una dictadura, en 1929. No estaba previsto que ella fuera la protagonista. La idea había sido de Luis Manuel Otero, el artista del performance sería él, pero lo detuvieron violentamente antes de empezar, mientras estaba sentado con dos amigos en las escaleras del edificio. El rol de Yanelys, según el plan, era llevar en su bolso la materia fecal de Luis Manuel, una cámara de fotos y un cartel con la consigna: “No al decreto 349. Arte libre”. Algo así decía. Pero cuando vio que lo estaban arrestando dos policías, decidió tomar su lugar.

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