Un Mundial político: Cartas desde Rusia

Un mundial político: Cartas desde Rusia

La Copa Mundial de Fútbol es el evento deportivo más grande del planeta. Sin embargo, este deporte no despierta el menor fanatismo en Rusia, sede del evento, donde la mayoría de los habitantes no conocen a Messi o a Neymar.

Para llegar hasta la nave espacial hay que subir unas escaleritas. Son pocos peldaños en forma de caracol que terminan en un montículo pequeño en el centro de la ciudad de Samara, algo más de mil kilómetros al este de Moscú. Allá arriba hay un Soyuz auténtico, que con sus 68 metros y sus más de veinte turbinas gobierna la ciudad. Está pintado de naranja y blanco, y tiene escrito su nombre en cirílico: Cоюз.

En ruso, “Soyuz” significa “unión”, y era una de las palabras que conformaban la sigla de la vieja Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. El cohete triplica en altura al centro de exposiciones Samara Cosmos, que está exactamente detrás y que fue inaugurado en 2001 en honor al aniversario por los 40 años del vuelo con el que el soviético Yuri Gagarin conquistó el espacio por primera vez en la historia de la humanidad.

Tanto la nave de Gagarin como el Soyuz fueron construidos ahí, en Samara, Rusia.

La entrevista con el cosmonauta Oleg Kononenko fue en sala principal de la planta baja del museo. Oleg caminaba entre pedazos de naves viejas y narraba anécdotas de sus tres viajes al espacio con calma, casi sin épica: “Al final de la expedición lo que realmente extraño es el agua. Allá arriba tenemos toallitas húmedas, nada más. Por eso, cuando vuelvo a la tierra, lo que más quiero es quedarme un rato en la ducha”. Oleg tiene 53 años y habla perfecto inglés, pero por su contrato con Roscosmos —la nasa rusa— sólo puede dialogar con periodistas en ruso. Inquieto, antes de que la entrevista arrancase, quiso saber de dónde venía yo.

—Uhhhh, ¡Argentina! Eso es muy lejos, debes haber tenido muchas horas de vuelo.

Lejos. El hombre que conquistó el espacio tres veces y que vivió en la galaxia más de un año y medio decía que Buenos Aires quedaba lejos.

Es que el “más allá”, en rigor, es acá nomás. Desde la tierra hasta la Estación Espacial Internacional hay sólo cuatrocientos kilómetros, una distancia que en auto se podría hacer en tres horas y media. Allá, en la base espacial que de punta a punta mide algo más de 100 metros cuadrados, conviven por períodos de seis meses entre dos y siete astronautas —que son los estadounidenses—, cosmonautas —que son los rusos— y taikonautas —que son los chinos—. También hay de otras nacionalidades, pero son los menos.

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