Carta desde el centro del conflicto independentista en Cataluña

El nudo ciego catalán

En las últimas semanas, el conflicto independentista en Cataluña estremece la estabilidad europea. Así se han vivido estos días en España.

ACTUALIZACIÓN, 2 de noviembre
Al día siguiente del cierre de este reportaje, el 11 de octubre, Mariano Rajoy le dio cinco días al gobierno catalán para esclarecer si en realidad declararon su independencia. El 21 de octubre se anunció que la soberanía catalana quedaría suspendida desde el sábado 28, y sería regido directamente por el gobierno nacional. El 26 de octubre, Carles Puigdemont –cabeza del gobierno separatista– se opuso a declarar la independencia por sí mismo, relegando esa acción a los miembros del parlamento, quienes declararon la independencia de forma unilateral al día siguiente con 70 votos a favor y 10 en contra. Mientras tanto, el senado español votó por darle nuevos poderes a Madrid para regir sobre Cataluña. Desde el 31 de octubre, Puigdemont se ha refugiado en Bélgica, desde donde se ha declaró “presidente legítimo” de Cataluña. El 2 de noviembre, la jueza Carmen Lamela ordenó la búsqueda y captura internacional de Puigdemont.

 

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Llueve y llueve. Y son las gotas contra el suelo las únicas notas que se oyen bajo el nubarrón de plomo que se cierne sobre Barcelona. En el silencio sordo que sigue a la tensión, sin embargo, arrancan unas palmas, a las que se suman otras, que forman un aplauso convertido en ovación. Las trescientas personas que hacen fila en el patio del instituto Menéndez Pelayo homenajean así, espontáneamente, al hombre que avanza a duras penas, encorvado y frágil, colgado de dos jóvenes. Uno de los chicos llora, se lleva la mano a los ojos, enjuga lágrimas mientras el anciano, sin fuerza en las piernas, arrastra sus 85 años hacia las urnas. Va a cumplir el sueño de votar —sí o no, pero votar— en el referéndum por la independencia de Cataluña.

Es 1 de octubre de 2017 y muy cerca de allí, una hora antes, la policía española había aparcado a golpe de sirena frente a otro centro electoral. De doce furgonetas policiales saltaron como toros desbocados decenas de agentes antidisturbios con uniforme de combate: casco, escudo y porra reglamentaria. Se toparon con un tapón humano frente a la puerta del colegio. La masa gritaba, manos en alto, “Votarem” (votaremos, en catalán). Los policías se abrieron paso a empellones, llegaron a la sala donde había tres urnas y se llevaron una, semivacía. Con el mismo ímpetu se fueron, ante los gritos de los votantes y aquellos que se arrojaban frente a los furgones para evitar que se fueran a hacer lo mismo a otra parte. Tras el griterío y la tensión vinieron los llantos, como los de la niña que se sorbía los mocos al ver a su padre con la camiseta rasgada y el pecho enrojecido. “Por qué hacen eso, por qué, si sólo querías votar”, le decía sollozando.

El referéndum del 1 de octubre de 2017 pasará a la historia como el final de un callejón sin salida. Todos —gobiernos catalán y español— parecían saberlo, pero nadie pareció dispuesto a evitarlo, quizás porque todos suponían que no iba a llegar. Hasta que llegó. La justicia española declaró ilegal la consulta que el parlamento catalán aprobó por ley en mayoría simple menos de un mes antes. En esa norma se explicitaba que al Sí le bastaba obtener un solo voto más que el No para que se proclamase la independencia. La ley no establecía un mínimo de participación. La pregunta que se hacía a la población en las papeletas era: “¿Quiere que Cataluña sea independiente en forma de república?”. Y había que marcar la opción “Sí” o “No”.

Como en un diálogo de sordos, el Estado y Cataluña se enzarzaron en una pelea institucional hasta que llegó el día marcado. Los catalanes votaron, pero lo hicieron con un procedimiento de discutibles garantías —censo virtual, recuento sui generis— y entre los tumultos y los golpes de la policía que intervino en alrededor de cien de un total de 2 300 centros electorales. Los suficientes para ser portada de periódicos de medio mundo.

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