De la caída al colapso. Crónica de los primeros días de la rebelión en Libia

De la caída al colapso

Cuando el cronista estadounidense Jon Lee Anderson llegó a Libia, a fines de febrero de 2011, reinaba un clima de eufórica locura. Durante los siguientes cuatro años se convirtió en un testigo de primera mano de los dramáticos cambios que sufría el país.

Cuando el cronista estadounidense Jon Lee Anderson llegó a Libia, a fines de febrero de 2011, reinaba un clima de eufórica locura. Durante los siguientes cuatro años se convirtió en un testigo de primera mano de los dramáticos cambios que sufrió el país después de la caída y muerte de Muamar el Gadafi. Éste es un extracto con las primeras entradas de su diario en donde narra su paso por algunas de las principales ciudades del país, como Bengasi, Tripoli y Ras Lanuf, y de la desolación que encontró en su camino. El texto completo será publicado en un libro de la editorial Sexto Piso, a fines de este año.

Domingo 27 de febrero de 2011

La ciudad libia de Bengasi se encuentra a dieciséis horas de marcha si uno conduce peligrosamente desde la capital egipcia de El Cairo. Ambas están conectadas por una franja de carretera y, también, por sus respectivas y recientes “liberaciones”, obra de manifestantes antigubernamentales.1 Al viajar de una a otra, ayer, el lado egipcio de la frontera funcionaba normalmente. Es decir, había guardias fronterizos y funcionarios de inmigración que sellaron mi pasaporte y nos dijeron adiós en unas salas caóticas, repletas de cientos de refugiados que huían de Libia, en su mayoría trabajadores bangladesíes y vietnamitas. Allí acababa lo “normal”.

Cruzar Libia implicaba hacerlo a pie a través de unos ochocientos metros de tierra de nadie hasta un puesto fronterizo; una vez pasado éste, nos hallábamos abandonados a nuestra suerte en la “nueva Libia”.

Nos dio la bienvenida una banda de jóvenes entusiastas que hacían las veces de guardias y que nos ofrecieron tazas de té dulce y caliente. Nos mostraron la bandera que habían colgado en lo alto: la vieja bandera real de Libia, roja, verde y negra, y no la utilizada en la era de Muamar el Gadafi, que es una simple tela verde. Querían que les tomaran una fotografía frente a ella, como si al hacerlo validáramos de algún modo el cambio ocurrido en su país, que todavía parecía algo precario. A su alrededor, los edificios estaban abandonados y cubiertos de grafitis; más allá se extendía el desierto.

La teórica libertad de Libia parecía un espejismo. Pero, tras conducir seis horas más por tierras prácticamente  despobladas —un paisaje que alternaba entre el desierto y el ondulado verdear de unas granjas—, llegamos a la vieja ciudad fenicia de Bengasi, con sus decaídos edificios de la era colonial, de estilo italianizante. Allí, en un deteriorado palacio de justicia frente al paseo marítimo, había tenido lugar la semana anterior la revolución que, después de varios días de confrontación violenta, puso al “pueblo” al mando de la Libia oriental.

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