Crónica de los desplazados por la violencia en Sinaloa - Gatopardo

El hogar de los huidos

Decenas de familias provenientes de poblados serranos de Sinaloa, zona estigmatizada por la siembra de mariguana y amapola, han llegado a la colonia 7 de Abril, un asentamiento irregular en Villa Unión, de poco más de trece mil habitantes que han huido por la violencia del narcotráfico.

A mediados de junio de 2017, unos 80 habitantes de Chirimoyos, una pequeña localidad enclavada en la sierra de Sinaloa, escoltaron el féretro de su vecino Andrés hasta el cementerio del pueblo. No era un funeral más, sino un acto de indignación y valentía para sepultar dignamente al hombre que había sido asesinado a balazos en su casa dos días antes, frente a su esposa y sus dos hijos. Los asesinos, hombres desconocidos con armas largas, hacía tiempo que llegaban al poblado para matar y quemar viviendas. La noche que mataron a Andrés habían huido por un camino serrano, pero el día del sepelio los sicarios regresaron con recipientes de gasolina para quemar el cadáver.

Los vecinos se escondieron con el ataúd en una casa. El hermano de la víctima pidió apoyo a los militares para poder concluir con el sepelio. Los soldados llegaron dos horas después. Así fue como la comunidad consiguió enterrar a Andrés.

Pero antes de abandonar Chirimoyos, una localidad de 360 habitantes que pertenece al municipio de Concordia, los delincuentes invadieron varias casas lanzando una advertencia a los lugareños: tenían tres días para abandonar la zona, si no obedecían, los matarían igual que a Andrés. Roque Vargas, vecino y amigo del difunto, obligó a su familia a que saliera del pueblo con los militares. “Ese día muchas personas aprovecharon la presencia del Ejército para salir. Yo me quedé dos días más porque me negaba a abandonar nuestras tierras, pero los hombres volvieron y reiteraron la amenaza”, cuenta. Ante el ultimátum, huyó para reencontrarse con su esposa y sus hijos.

A partir de 2007, los desplazados comenzaron a llegar de poblados de Sinaloa, como Concordia, Rosario, San Ignacio y Escuinapa. También llegaron de los estados vecinos de Durango y Nayarit. Todos huyendo de la violencia.

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La familia de Roque —un hombre de 61 años que arrastra la nostalgia cuando habla de su pueblo— consiguió que le prestaran una casa en Villa Unión, una localidad de poco más de 13 000 habitantes, que se ubica a media hora del puerto de Mazatlán. La vivienda estaba en la colonia 7 de Abril, un asentamiento irregular en la periferia del pueblo. Don Roque se instaló con su esposa, sus tres pequeños hijos, sus tres hijas casadas, sus yernos y sus nietos en un cuarto de 18 metros cuadrados. Habían huido de Chirimoyos sólo con unas cuantas prendas de ropa, por lo que el propio Roque construyó las bases de las camas, un mueble para colocar los trastos y un armario para la ropa.

“Las primeras semanas no dormía, hasta que entendí que me tenía que adaptar porque no había de otra”, dice en la casa de madera y lámina en la que vive ahora y por la que paga 1 000 pesos mensuales. Aunque todavía está recubierta con plástico para evitar las filtraciones de agua en la época de lluvia, poco a poco ha tomado la calidez de un hogar.

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