Dilma y el arte de sobrevivir. El difícil camino de la presidenta de Brasil.

Dilma y el arte de sobrevivir

Ante la crisis de su segundo gobierno, Dilma Rousseff atraviesa una tormenta política y podría ser destituida. Ha ganado la fama de dama de hierro y hay quienes creen que se sobrepondrá a la crisis, las críticas y hasta a un posible juicio.

Es 13 de diciembre de 2015. Y en el paseo adyacente a la playa de Copacabana miles de personas caminan juntas derritiéndose bajo el sol vertical de diciembre. Predominan los matrimonios de mediana edad, blancos de clases acomodadas, pero también hay mulatos jóvenes de la periferia. Todos acompañan con furia reivindicativa los gritos que salen de los altavoces del camión que encabeza la comitiva, escoltada por vendedores ambulantes que venden camisetas y pegatinas con una frase simple: “Fóra Dilma”. Es la cuarta oleada de manifestaciones contra Rousseff de 2015, con decenas de miles de personas en la calle pidiendo su salida. Ese año, el primero de su segundo mandato, la crisis económica golpeó de lleno al país. Petrobras, empresa de Brasil de capital mayoritariamente público, entró en barrena tras descubrirse una gigantesca red de corrupción que desencadenó una sucesión de operativos policiales contra sus directivos y cargos po-
líticos vinculados al gobierno. Todo ello llevó la popularidad de Rousseff a niveles por debajo del diez por ciento. Y paralelamente, en octubre, el Tribunal de Cuentas desautorizó el balance contable del gobierno por irregularidades fiscales. Este último fue el motivo —teórico— para la apertura de un juicio político que puede terminar anticipadamente con su mandato. Cuando el presidente del Congreso anunció el 2 de diciembre de 2015 que aceptaba el pedido de impugnación de su mandato, Dilma se vio obligada a defenderse en una alocución pública: “Mi pasado y mi presente atestiguan mi incuestionable compromiso con las leyes y la cosa pública”, dijo.

La historia de Dilma Rousseff es la de una superviviente, una porfiada que alcanzó el puesto más importante de la república tras haber atravesado todas las etapas posibles para una política de su tiempo: militante universitaria, guerrillera clandestina, detenida, juzgada y presa durante la dictadura, cofundadora de partidos en la democracia, secretaria estatal, ministra federal y, finalmente, presidenta. En ese currículum sucinto se obvian los obstáculos vencidos que le han dado fama de dama de hierro, de gerente austera más que de dirigente política. Y con el detalle de que es mujer: podría pasar a la historia como presidenta destituida pero también es, al fin y al cabo, la primera presidenta de la historia de Brasil.

Pero el ejercicio de su gobierno, especialmente tras su reelección en 2 014, después del primer periodo que comenzó en 2010, ha puesto en juego su figura hasta el punto de dejarla a merced del impeachment. Las protestas y los índices negativos de su gestión harían pensar que Rousseff es un árbol a punto de caer. Aducen sus detractores que el principio de su mandato fue una mera prolongación de su mentor, Lula da Silva, que su imagen de dirigente tenaz se ha ido perdiendo en laberintos desconectados de la realidad, y que su honestidad a prueba de escándalos ha quedado en entredicho no por lo que haya podido hacer, sino por lo que podía saber y ocultó. Para quienes la defienden, Dilma sobrevivirá a los ataques, que adjudican al odio de los que no asumen su reelección, y aseguran que hay golpistas en las protestas. En la de Copacabana se veía, al final de la marcha, un camión flanqueado por dos hombres vestidos de soldados con una pancarta: “Intervención militar ya. sos Fuerzas Armadas”.

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El 14 de diciembre de 1947 nació en el hospital de São Lucas, en la ciudad de Belo Horizonte (Minas Gerais), Dilma Vana Rousseff. El segundo nombre se lo pusieron en honor a la hermana pequeña de su padre, Pedro Rousseff. Nacido en Bulgaria en 1900 como Pétar Roussev, huyó a Francia en 1929 por motivos desconocidos y se cambió el apellido sacándole la v y añadiéndole dos efes: Rousseff. Cuando después de la Segunda Guerra Mundial, tras un paso por Argentina, recaló en Brasil, le empezaron a llamar Pedro. Aquel hombre pálido y gigantón, que había dejado esposa e hijo en Bulgaria, se enamoró de una hija de ganaderos y se casó con ella. Se llamaba Dilma Jane, tenía 20 años y a sus padres no les hizo ni pizca de gracia que se fuera con aquel hombretón de 46. Para entonces, Pedro ya había trazado los contactos que labraron su fortuna como promotor inmobiliario en Belo Horizonte. Enseguida llegó la prole: el primer hijo, Igor; la segunda, Dilma, once meses después del primogénito; y la tercera, Zana, cuatro años más tarde. En las pocas fotos de familia que Pedro envió a Bulgaria posan los cinco sonrientes, la hija del medio con un gran lazo sujetando los tirabuzones negros, los mofletes generosos y los ojos muy fijos. Como sus hermanos y sus padres, viste ropas elegantes para la época y el país.

Empezaron viviendo en un departamento amplio, luego se mudaron a una casa en la calle Major Lopes, en el pudiente barrio de São Pedro. Tres empleadas la cuidaban. Además de las obligaciones escolares, el padre les impuso a los niños clases de piano y de francés. Como recordó la propia Dilma en varias ocasiones, su padre era socialista y ateo, pero cuando ella le dijo que quería hacer la primera comunión la matricularon en un colegio de monjas francesas, llamado Nuestra Señora de Sion. En el tiempo libre la familia Rousseff frecuentaba el Minas Tenis Club, donde Dilma jugaba al voley con los hijos de la gente bien, y en las vacaciones iban a la playa en el estado de Espírito Santo. Según su madre, la niña quería ser bailarina. Ella misma lo corroboraría, en una entrevista en 2008. “¿Y la política tiene algo de danza?”, le preguntaron. “Creo que tiene más de gimnasia, realmente.”

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