Soñadores en resistencia: La lucha de los Dreamers

Soñadores en resistencia

Los hijos de inmigrantes que llegaron a Estados Unidos siendo niños se enfrentan a la imposibilidad de regularizar su situación migratoria o de realizar estudios superiores. Se llaman Dreamers, son activistas y no tienen miedo de ser arrestados.

Treinta agentes de la policía antimotines de Phoenix se formaron a lo ancho de una de las principales avenidas de la ciudad, frente a una preparatoria. Eran las seis de la tarde del 20 de marzo y el sol se empezaba a ocultar. Después de diez minutos de permanecer parados, esperando instrucciones, dieron un primer paso hacia los manifestantes al otro lado de la calle. El sonido de sus botas en el suelo hizo que todo lo demás quedara en silencio. No era un sonido constante ni rítmico. Era un único “¡pras!” provocado por los pasos, uno a la vez, de los uniformados que avanzaban firmes, con la vista al frente. Llevaban chaleco antibalas, macana, esposas. ¡Pras! Dos minutos sin moverse, silencio; otro paso. ¡Pras! Cascos, protectores para el rostro, guantes, ¡Pras! Cartuchos, arma de fuego, ¡pras!

Unos metros adelante, bloqueando la avenida Thomas, en el barrio latino de West Phoenix, seis jóvenes indocumentados sentados sobre una manta colocada en el piso aseguraban no tener miedo. Así lo decían las camisetas que portaban, letras rojas en fondo negro con la leyenda “We will no longer remain on the shadows“. Así lo decían también a gritos con el puño en alto, mientras retaban a la policía local y al sheriff del condado de Maricopa, Joe Arpaio. Usando por turnos un megáfono, afirmaban estar dispuestos a ir a la cárcel, a enfrentarse con las autoridades de inmigración, a correr el riesgo de ser deportados. Jackie, de dieciocho años, rostro moreno y pelo negro, con las piernas largas y delgadas cruzadas sobre el piso y los brazos al aire en señal de protesta, mantenía la espalda rígida y los ojos enormes, muy abiertos ante el avance de las botas. Rocío se encontraba junto a ella. De diecisiete años de edad y lentes enormes bajo un pelo casi blanco resultado de la decoloración, soltaba de pronto una risa, esa risita nerviosa que le agarra a uno cuando ya está metido en esto y ni modo. Un poco más adelante estaba Daniela, de veinte años, quien con sus jeans pegaditos y sus tenis blancos con la palabra “dream” escrita en ellos, se mantuvo fuerte y sonriendo la mayor parte del día, hasta que los agentes empezaron a avanzar. Entonces volteaba a ver a la gente que los observaba desde la acera, como si viendo hacia otro lado la barrera antimotines pudiera detenerse. Al igual que Daniela, Viridiana tiene veinte años, es la más aguerrida y también la que menos sonríe. Poco antes de que los agentes empezaran a avanzar, las lágrimas le ganaron cuando su madre se acercó a abrazarla; pero, unos minutos más tarde, recobrando el rostro de gesto duro ante el sonido de las botas, sostenía una mirada retadora.

Los chicos se habían preparado durante varios días para este momento. Para llegar a este punto, los seis tuvieron que aprender el significado de la desobediencia civil: que los agentes de policía les iban a pedir que desalojaran el área porque están bloqueando el tránsito. Que ellos no obedecerían, que seguirían coreando consignas apoyados por las cerca de cien personas que los  acompañarían. Que la policía seguramente iba a pedir refuerzos. Que los refuerzos vendrían en doce camionetas, que se pararían frente a ellos. Que les harían una última llamada para retirarse, que ellos volverían a negarse. Que treinta policías formarían un muro a lo largo de la avenida bloqueada y avanzarían intimidantes hacia ellos: un paso, ¡pras!, unos minutos de espera; otro paso, ¡pras!, con sus botas ruidosas. Que iba a llegar el inevitable momento en que las botas quedarían frente a su rostro. Que los seis seguirían ahí sentados, con el puño en alto, gritando: “Undocumented and unafraid!“.

dreamers dream act

Mo, principal dirigente de la organización DreamActivist.

* * *

La primera vez que hablé con Mohammad Abdollahi, el principal dirigente de la organización DreamActivist, él se encontraba en Alabama dirigiendo a un puñado de estudiantes indocumentados procedentes de varios estados. Mo, como le llaman sus amigos, es un joven esbelto que de lejos podría parecer un poco mayor de sus veintiséis años de edad, pero basta verlo conversando con otros chicos para saber que es uno más de ellos. Sobre la frente le cae el pelo negro, negrísimo, al igual que las gruesas cejas. Tiene la mirada expresiva y unos ojos que en general tienden a verse tristones. Siempre trae en el rostro el asomo de una barba cerrada, tupida, cubriendo las marcas de acné que delatan su juventud y enmarcando la boca que, cuando sonríe, hace que la tristeza se vaya de los ojos. Aunque es muy alto y utiliza constantemente manos y brazos para expresarse, Mo es puro rostro.

Para establecer contacto con Mo por primera vez tuve que pasar por varios filtros. Cuando pude hablar con él, resultó ser accesible y por momentos hasta cálido. Tras un par de conversaciones telefónicas y bajo promesa de discreción, acordamos un encuentro en Montgomery, la capital de Alabama. Eran los primeros días de noviembre de 2011 y DreamActivist planeaba una protesta y un acto de desobediencia civil para mediados de mes, similar al que cuatro meses más tarde se celebraría en Phoenix. Sólo que en esta ocasión eran once jóvenes indocumentados y dos padres de familia también sin papeles, que participarían en el evento, uno de los casi quince que DreamActivist ha organizado en los últimos dos años.

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