El "efecto plátano" de Tabasco - Gatopardo

El “efecto plátano” de Tabasco

En Teapa, Tabasco, el mayor productor de plátano en México, se perdieron enormes extensiones de este fruto con las lluvias torrenciales de 2020. Meses después, cerca de 20 mil personas continúan viviendo de él. Un monocultivo que además se ha convertido en paradoja: es el principal sustento económico para los agricultores y, a la vez, uno de los factores que ha vuelto las inundaciones más frecuentes.

Con el machete a la altura del hombro, Armando Luque Pedrero, de 46 años, meció su brazo y, con el swing armónico de un jugador de tenis, cortó el tronco medio muerto de un árbol de plátano. La parte superior de la planta, apretada como un puño, se resbaló hacia el suelo, todavía húmedo por la lluvia del día anterior, inusual para ser febrero. Sus hojas amarillo pálido crujieron. Del tronco brotó agua a borbotones, almacenada ahí desde el pasado noviembre, cuando las lluvias torrenciales cayeron durante siete días con sus noches, anegando esta plantación de 50 hectáreas de plátanos a las afueras del pueblo de Teapa, en el sur de Tabasco. El centro del tronco, la parte fibrosa responsable de conducir los nutrientes, estaba podrido. Ésta era una de las cerca de 29 mil plantas que Luque perdió por culpa de las peores inundaciones que recuerda en Teapa.

Antes de las lluvias torrenciales de octubre y noviembre de 2020, las últimas grandes inundaciones en Tabasco habían ocurrido en 2007. Ese diluvio afectó sobre todo a la capital, Villahermosa, y a los pueblos agrícolas de alrededor. En sólo cinco días, cayó en el estado casi la mitad de agua que su media anual. La presa Las Peñitas, uno de los varios proyectos hidroeléctricos de la región, llegó a expulsar dos mil m3/s de agua, lo suficiente para anegar el Estadio Azteca en 15 segundos. Las consecuencias fueron catastróficas: tres cuartas partes de los tabasqueños resultaron damnificadas, hubo 120 mil casas afectadas, 127 hospitales con daños graves y 3,400 escuelas quedaron inhabitables. Tabasco sufre inundaciones importantes casi cada década, pero Teapa, situada al pie de las montañas que separan Tabasco del vecino Chiapas, se había librado de este ciclo histórico que se torna cada vez más destructivo y frecuente. Aunque los ríos que cruzan el municipio, el más lluvioso del estado y entre los más húmedos del país, también se desbordan, el agua que se acumula en las tierras bajas del delta suele fluir rápidamente sobre un terreno apenas inclinado. Las inundaciones de 2020, sin embargo, fueron diferentes.

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La propagación del mal de Panamá y la sigatoka negra en la década de los 40’s asfixió la industria platanera de Tabasco. En 2019, la infección conocida como Raza Tropical 4 del Mal de Panamá fue detectada en Colombia.

A principios de octubre un frente frío ya había dejado fuertes lluvias y pequeñas inundaciones en la frontera con Chiapas. Tres semanas después, otro frente, más poderoso, acabó por rebasar la capacidad de algunas hidroeléctricas, anegando las tierras entre Teapa y la costa. En esta ocasión, cuando los ríos Teapa y Pichucalo se desbordaron, esa agua no tenía a dónde ir. A las dos de la mañana del 3 de noviembre, los cuatro hombres que vigilaban en las noches la propiedad de Luque —don Rosalino, don Polo y sus respectivos hijos— le avisaron a su jefe que el nivel del río estaba creciendo. Una hora después, los empleados ya habían subido con sus pertenencias al segundo piso de una modesta construcción de concreto. Las siguientes horas pasaron entre el miedo a que los saqueadores aprovecharan el caos de la lluvia, la imposibilidad de frenar el agua y la necesidad de ropa y comida. Al tercer día, cuando la zona se quedó sin señal de celular, los cuidadores abandonaron el platanal para resguardarse en una zona más alta, donde buscaron empleo en la ganadería. Don Polo y su hijo no regresarían a trabajar para Luque. Cuando la lluvia amainó casi un tercio del platanal había quedado inservible.

Las mismas actividades que permiten sobrevivir a personas como don Polo o don Rosalino —la ganadería y las extensiones de monocultivos— son, junto con el desarrollo urbano, las mismas que han provocado durante décadas una gran deforestación en Tabasco lo que, a su vez, es una de las causas de las inundaciones, pues ha arrasado con la barrera natural que las contenía. El año pasado la erosión histórica proveniente de las tierras altas ganaderas ya había bloqueado los desagües naturales de los ríos del estado —los más caudalosos de México—, lo que dejó sin salida a cientos de milímetros del agua de lluvia que caía en esos días. El gobierno del estado, además, decidió manejar las presas para proteger la capital, lo que desembocó en que algunas partes rurales sufrieran todavía más las consecuencias de las lluvias. “Desde luego, se perjudicó a la gente de Nacajuca, zonas chontales, los más pobres”, reconoció entonces el presidente, Andrés Manuel López Obrador, “tuvimos que optar entre inconvenientes”.

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Las inundaciones son uno de los peligros ambientales exacerbados por las economías que se sustentan en los monocultivos. Hoy sólo 3% del hábitat natural del estado continúa intacto.

Las 7,400 hectáreas de plátano en Teapa, una superficie casi del tamaño de las alcaldías de Miguel Hidalgo y Cuauhtémoc —en la Ciudad de México— juntas, no están preparadas para estas condiciones: después de 72 horas sumergidos en agua estancada, los troncos de los bananos comienzan a pudrirse.

Las inundaciones del año pasado afectaron a casi la mitad de las plantaciones de bananos de la región. Aquella semana de finales de octubre y principios de noviembre, las lluvias torrenciales, los frentes fríos y las mareas altas, dice Jorge Mier y Terán, director de Protección Civil, junto con los desarrollos urbanístico y agrícola impulsados hace décadas, se combinaron para dejar al estado más vulnerable ante el desastre. “Esta región se ha enfocado en el plátano y no hemos sido capaces de encontrar otras alternativas económicas”, dice Mier y Terán. “La mayoría de nuestro territorio está sólo ocho metros por encima del nivel del mar.  Nuestros ríos llevan 30% del agua dulce del país. Somos el estado más lluvioso de México. No podemos evitar las inundaciones, lo que tenemos que hacer es prepararnos para ellas”.

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