El hereje de Mantilla

Leonardo Padura es uno de los escritores, actualmente, más aclamados en Cuba, a pesar de tener una larga historia de disidencia ante el régimen de los Castro. Es, además, un hombre  que guarda una inmensa fidelidad a las cosas que más aprecia, desde siempre y todavía. 

Por Emiliano Ruiz Parra / Fotografía Álvaro Delgado/Archivo FNPI

"Siempre que voy a escribir, me pregunto antes de empezar: ‘¿Qué quiero decir con esto?'"

"Siempre que voy a escribir, me pregunto antes de empezar: ‘¿Qué quiero decir con esto?'"

“Siempre que voy a escribir, me pregunto antes de empezar: ‘¿Qué quiero decir con esto?'”

De regreso a Mantilla había que pedalear de subida quince kilómetros desde La Habana, con apenas unos frijoles y un plato de arroz en el estómago. Una vez más de vuelta a su barrio, donde Leonardo Padura era conocido como Nardito, un apodo que llevaba desde niño, cuando quería ser pelotero o, de menos, cronista de béisbol. Siempre a Mantilla. A su lado, pedaleando contra la puesta de sol, Lucía López Coll montada en otra bicicleta china. La novia de los tiempos de estudiante: Lucía. Con Lucía durante el decenio gris de la década de los setenta y Lucía en las penurias del Periodo Especial. En Mantilla. Siempre en Mantilla.

En la planta alta de la casa de sus padres, en Mantilla, Leonardo Padura Fuentes construyó la vivienda que ha cohabitado con Lucía, su interlocutora nocturna en las discusiones sobre política cubana, literatura estadounidense o la novelística de Alejo Carpentier. La casa de Mantilla en donde un grupo de amigos —cubanos, mexicanos, rusos y españoles— se reúne para comer unas diez veces al año entre el ron y la música de jazz. Padura es un hombre de fidelidades: a Lucía y a Mantilla, siempre y todavía. Al ex detective Mario Conde, protagonista de sus siete novelas policiacas. Al equipo de béisbol Industriales de La Habana y a los cigarrillos Populares con filtro. A cinco horas matutinas de escritura, la siesta después del almuerzo y tres horas de lectura por las tardes.

Leonardo Padura Fuentes (Mantilla, Cuba, 1955) se ha convertido en el escritor cubano más leído en varias décadas. Acaso sea también el primer líder de opinión independiente que resida en la Cuba de los hermanos Fidel y Raúl Castro. Pertenece a la generación que vio el derrumbe de las expectativas de la revolución: cortó caña en las zafras intensivas, perteneció a talleres literarios afiliados al Partido Comunista, sirvió en Angola como corresponsal durante la guerra de liberación de ese país y sufrió las sanciones políticas y laborales por sus diferencias ideológicas con la dictadura.

El frío estival estremeció a Leonardo Padura esa mañana de octubre de 1989. Escuchó el crujido de las hojas secas derramadas sobre el césped y recorrió las habitaciones cubiertas de polvo de la vieja casona de Coyoacán, un barrio residencial al sur de la Ciudad de México. Con su cámara fotográfica retrató las altas paredes de hormigón, la garita de la puerta, el túmulo en medio del jardín. Le conmovió la lejanía y la soledad en la que había muerto su antiguo habitante, León Trotski, resguardado en el fin del mundo detrás de una fortaleza inútil hasta donde la mano de Stalin había llegado a destrozarle el cráneo. Muchos años después recordaría esa casa como un monumento al miedo, la zozobra y la victoria del odio.

En la Cuba castrista —de donde provenía Padura— León Trotski había sido borrado de la historia. En las bibliotecas de La Habana, Padura sólo había conseguido tres títulos: Trotski el renegado y Trotski el traidor —editados en la Unión Soviética—, además del segundo volumen de las memorias de Trotski, tituladas Mi vida.

Trotski había dirigido la revolución rusa de 1917 al lado de Vladimir Lenin; fue el jefe del Ejército Rojo y se le consideraba el sucesor natural de Lenin en el liderazgo soviético. A la muerte de Lenin, sin embargo, Iósif Stalin le ganó la disputa en el liderazgo del Partido Comunista de la Unión Soviética. Stalin desterró a Trotski y exterminó a sus seguidores. Ser acusado de trotskista —aunque se tratara de una acusación falsa— equivalía a una condena de muerte en la URSS de Stalin.

“Trotski era tan malo, tan malo y había hecho tanto daño a la revolución mundial que yo me dije: ‘Quiero saberlo todo sobre este hombre’”, me dijo Padura en una conversación en enero de 2013 en Cartagena, Colombia. “Me provocaba una cierta simpatía porque había perdido la contienda contra Stalin. Cuando fui por primera vez a México, mis objetivos fundamentales eran ver las pirámides de Teotihuacan, a donde no llegué, y visitar la casa de Trotski, a la que sí llegué.”

Transcurría 1989, Leonardo Padura tenía 34 años y no era, siquiera, “un escritor cubano sato y sin pedigrí” porque aún estaba por verse si, en verdad, habría de convertirse en escritor. Su viaje a la Ciudad de México se lo debía al novelista Paco Ignacio Taibo II, quien lo convocó a un encuentro de autores de género negro: una invitación generosa porque Padura no había escrito ni una sola historia de detectives, más que ensayos sobre el género policial.

En la Ciudad de México, Padura se montó en un Volkswagen de su amigo cubano-mexicano Ramón Arencibia, un auto remendado en tres colores distintos y al que le faltaba una salpicadera. Arencibia lo llevó al Museo Casa de León Trotski, que entonces estaba semiabandonado y sucio.

Veinte días después de la visita de Padura a la casa de Trotski, el 9 de noviembre de 1989, ciudadanos alemanes derrumbaron a martillazos el Muro de Berlín, que arrastró en su caída a la URSS, disuelta definitivamente en diciembre de 1991. La mayor utopía del siglo XX estaba muerta y enterrada. Casi todos los regímenes prosoviéticos se colapsaron; Cuba fue una excepción. Fidel Castro se mantuvo al frente de un régimen de inspiración estalinista. Trotski —el mayor crítico del estalinismo desde la izquierda— permaneció bajo el anatema de la traición hasta que Leonardo Padura sacudió la vida literaria de la isla con El hombre que amaba a los perros (Tusquets, 2009).

La cola era tan larga que recordaba a las filas que hacen los cubanos en los helados Coppelia. Pero no se disputaban el derecho a comprar un helado sino una novela. Esa mañana del 15 de febrero de 2011, a las puertas de la sala Nicolás Guillén de la Feria del Libro de La Habana, cientos de personas buscaban adquirir uno de los 400 ejemplares de un libro que contaba tres historias entrelazadas: el exilio del revolucionario ruso León Trotski; la (probable) vida de su asesino, el agente estalinista Ramón Mercader, y las memorias de Iván, un frustrado escritor que padeció censura y miseria en los años de mayor escasez y autoritarismo del castrismo.

Con El hombre que amaba a los perros, Leonardo Padura Fuentes se volvió el autor cubano más reconocido desde José Lezama Lima, Alejo Carpentier y Nicolás Guillén. Por esa novela recibió los premios Roger Caillois 2011 y la Orden de las Artes y las Letras de Francia en 2013. Aun cuando la novela sobre Trotski contiene una encarnizada crítica al régimen de Fidel Castro (además de Trotski y Mercader, el tercer protagonista es Iván, un escritor fracasado, alcohólico y enfermo de depresión política, que ha padecido destierros y persecuciones), el gobierno cubano lo reconoció con el Premio Nacional de Literatura en 2012, que sólo se otorga a residentes en la isla.

“A través del asesinato de Trotski y la preparación de ese crimen, además del destino anterior y posterior de los personajes que se vieron envueltos en él, se podía hacer una radiografía de la utopía socialista”, me dijo Padura mientras fumaba un Popular que había sacado de su cangurera, en donde cargaba unos lentes de sol y sus dos pasaportes, el cubano y el español, éste último otorgado por España en 2011 como reconocimiento a su obra.

Padura afirma que Trotski fue el último gran teórico del marxismo. Su muerte significó el asesinato de la inteligencia y el fin de la posibilidad de alcanzar la utopía en el siglo XX. “Trotski deja una obra que me resulta indispensable para entender lo que ocurrió con el ideario socialista en la Unión Soviética. Nadie como él tuvo la percepción de hasta qué punto la política estalinista había sido culpable prácticamente directa del ascenso del fascismo”. Mientras Stalin defendía la tesis del “socialismo en un solo país”, Trotski sostenía que la revolución socialista debía ser mundial o estaba condenada al fracaso.

El hombre que amaba a los perros se popularizó en México. Me han hablado de ella con entusiasmo lo mismo dirigentes nacionales del Partido Acción Nacional (PAN, derecha) y del Partido de la Revolución Democrática (PRD, centroizquierda) como jerarcas de la Iglesia católica. Supe que se convirtió en el regalo preferido para escritores y periodistas de Carlos Slim Domit, primogénito y heredero del empresario mexicano Carlos Slim Helú, uno de los hombres más ricos del mundo.

En 1976, Padura trabajaba como mecanógrafo en la oficina de la Escuela de Letras de la Universidad de La Habana. Al término de una jornada de trabajo, le pidió a uno de sus compañeros que leyera su primer cuento, que contaba la historia de un hombre quien, al despertar de un sueño, encontraba que todo a su alrededor había cambiado: los colores, las formas y las funciones de las cosas. Y se asombraba mucho.
“Fue tan amable y elegante que mintió descaradamente al decirme que mi relato le gustaba, pero debía tener cuidado con el uso excesivo de los signos de admiración”, recordó Padura años después. Ese primer lector se llamaba Abilio Estévez.

La década de 1970, conocida como “el decenio gris” —por la marcada intolerancia oficial contra disidentes, homosexuales y creyentes— había sido traumática para la vida literaria cubana tras el “Caso Padilla”, el encarcelamiento y destierro del poeta Heberto Padilla, tras la escritura de un libro considerado contrarrevolucionario.

Para contrarrestar el desánimo por el Caso Padilla, la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) había encargado al joven y prometedor poeta Alex Fleites que reuniera a los escritores de su generación en la Brigada Hermanos Saíz. Padura no publicaba aún, pero asistía como observador a las reuniones de la Brigada y al taller Roque Dalton.

En pago a sus estudios universitarios, los cubanos debían cumplir con dos años de trabajo en el puesto que les asignara el gobierno cubano. Hombre de suerte, Padura llegó así a la revista cultural más importante, El caimán barbudo, y se convirtió en el crítico literario de la revista. Al lado del poeta y narrador Arturo Arango preparó una antología de cuento de sus contemporáneos. Padura le pidió a Chinolope —el autor de célebres fotografías de Julio Cortázar y José Lezama Lima— que retratara a cada uno de los antologados. La antología nunca se publicó y sus originales se perdieron, pero expresó una primera tentativa de construir una identidad generacional.

Los años dorados de Padura en El caimán barbudo, sin embargo, tendrían un fin abrupto. El director de la revista nunca era un escritor, sino un comisario político designado desde la burocracia estatal. Padura entrevistó a la bailarina cubana Caridad Martínez y publicó su nota sin la debida autocensura. Martínez mencionaba a su maestro de ballet, Joaquín Vanegas, quien poco antes había tenido algún problema con la burocracia cubana. A Padura se le sancionó con su salida de El Caimán Barbudo y se le impuso una “reeducación” por su conducta ideológicamente desviada. Su castigo era dejar la sofisticada revista literaria y someterse a los rigores del diarismo en el periódico vespertino Juventud Rebelde, órgano oficial de la Juventud Comunista.

Pero, como dice Padura, el castigo resultó un premio: “A todo mundo se le había olvidado que a mí me habían mandado a reeducarme. Posiblemente había un policía que tuviera determinados informes en la mano, pero a lo mejor se le traspapelaron, o hacía demasiado calor, la guagua no pasó, se fue la luz, o sus cigarros no estaban buenos y no transmitió el mensaje”. El hecho es que a Padura lo integraron al equipo de reporteros especiales que disponían de viáticos y boletos de avión para viajar a provincias, reportear historias y contarlas como les diera la gana en dos planas enteras de la edición dominical.

De una revista literaria con un tiro de 10 mil ejemplares mensuales transitó a un vespertino que imprimía 300 mil ejemplares diarios. Durante seis años, Padura se dedicó a la crónica de largo aliento. Contó la historia de la Virgen de la Caridad del Cobre, el barrio chino de La Habana, la emigración franco–haitiana a la Sierra Maestra y otros reportajes que se recopilaron en El viaje más largo. Escribió también su primera novela, Fiebre de caballos. Desde la graduación de la universidad, en 1980, se hizo novio de Lucía. “Pero ya en los años 1989 y 1990 me siento harto de ese periodismo.”

Su última parada periodística fue La Gaceta de Cuba, la revista literaria de la Unión de Escritores y Artistas (UNEAC), entonces dirigida por Norberto Codina. Padura era jefe de redacción y encargado de entrevistar a los escritores que visitaban la isla, como el alemán Günter Grass o el norteamericano Norman Mailer. Pero en esos años se cayó el Muro de Berlín y la Unión Soviética se desmoronó como la ceniza de un cigarro. Dejó de llegar el oro de Moscú que le daba respiración artificial a los cubanos. La isla cayó en una catástrofe económica que el régimen de Fidel Castro llamó “Periodo Especial”.

Se acabó la carne de cerdo, el papel de baño, el aceite comestible, la tinta para imprimir La Gaceta de Cuba, la gasolina para las guaguas, los textiles para los pantalones. Los apagones podían durar hasta doce horas en algunos barrios: había que correr a pedir prestado un espacio en el refrigerador de algún amigo para evitar la descomposición de los preciosos alimentos. Con el Periodo Especial se derrumbaron las ilusiones de la generación de Padura.

Los profesionistas se mudaron en taxistas o jineteras. Muchos obreros alimentaron el mercado negro con la rapiña que obtenían en las fábricas del Estado y algunos miles de cubanos se embarcaron en precarias balsas en busca de las costas de Florida. “Lo que me salvó de la desesperación y la locura en esos años terribles fue la posibilidad de encerrarme a escribir”, recordó Padura. Entre 1990 y 1995 escribió tres novelas, el guión de una película, un ensayo de 600 páginas sobre Carpentier —inspirado en la tesis de licenciatura de Lucía—, organizó dos libros de periodismo y coordinó una antología de cuentistas cubanos: “Eso me salvó”.

La Gaceta de Cuba dejó de imprimirse durante dos años, en los que sus editores sobrevivieron con trabajitos en el gobierno. Había hambre, pero el castrismo protegió a los escritores: los miembros de la UNEAC tenían garantizado el almuerzo. Del arroz y los frijoles que se servían en el comedor de la Unión sobrevivían viejas luminarias de las letras como Antón Arrufat y José Rodríguez Feo. La mayoría de las veces, Padura le cedía su boleto a su amigo Arturo Arango y engullía un pan con tortilla que traía de su casa.

Padura trabajaba en La Habana durante el día y por las tardes montaba su bicicleta china de regreso a Mantilla. En ocasiones, la pareja hacia un alto en la casa del agregado cultural de la embajada mexicana, Miguel Díaz Reynoso, en donde descansaban un rato, picaban algo de comer y reemprendían la marcha. De vez en cuando, conducían el viejo Plymouth del padre de Padura.

Esos años vieron nacer a Mario Conde, el detective cubano de sus novelas policiacas. Con Máscaras, la tercera novela de Conde, ganó el premio Café Gijón y llamó la atención de la editorial Tusquets. Sus novelas de detectives se leyeron en Europa y América Latina, y Padura empezó a vivir de sus regalías. Para mediados de los noventa ya estaba en condiciones de comprarse un coche de segunda mano. Pidió el permiso al Estado, y para cuando le fue concedido ya le alcanzaba para un coche nuevo. A partir de 1996 un Subaru azul reemplazó la bicicleta china. Y ese mismo Subaru sigue rodando hasta Mantilla.

A fines de los noventa, Padura se embarcó en su mayor empresa literaria hasta entonces: la historia ficcionalizada del poeta José María Heredia. Con La novela de mi vida, Padura adquirió las herramientas narrativas y de investigación que le permitirían escribir, una década después, las historias entrelazadas de un revolucionario asesinado en México, un agente de la NKVD de nombre Ramón Mercader y un frustrado escritor cubano llamado Iván que una tarde se encontró en la playa de Santa María del Mar a un hombre que llevaba a pasear a dos galgos rusos.

Leonardo Padura revisó el legajo de fotocopias que le había llegado desde la Ciudad de México. Se detuvo en unas hojas escritas a máquina en caracteres cirílicos, oscurecidas por unas gruesas salpicaduras en color negro. Cuando se comunicó con Miguel Díaz Reynoso —quien le había enviado los papeles— le preguntó por esas sombras presionadas y oscuras.

—Es la sangre de Trotski —le respondió su amigo desde la capital de México.

En 1939 el agente estalinista Ramón Mercader había llegado a México con la falsa identidad del ciudadano belga Jacques Mornard. Durante meses Mornard estudió los hábitos de la familia Trotski; convenció a los guardias, a los amigos íntimos y a los extraños de que era un hombre rico sin inquietudes políticas cuya presencia en la casona de Coyoacán obedecía a la casualidad: estaba enamorado de Sylvia Ageloff, una norteamericana fea y flaca que era una de las colaboradoras más cercanas y leales al revolucionario ruso.

El 20 de agosto de 1940, Mornard entró a la casa de Trotski por segunda ocasión. Sorbió el té que le sirvió Natalia y estuvo a solas en el estudio del renegado. Su pretexto: quería incursionar en la escritura de artículos de opinión y quién mejor que Trotski para hacerle correcciones a un borrador. Molesto, el ex líder del Ejército Rojo tachonaba el original: era una colección de incoherencias y banalidades. Mercader, mientras tanto, sacaba el piolet de su gabardina. El ruso alcanzó a ver de reojo la mano del verdugo una fracción de segundo antes de que machacara su cráneo y “dio un grito como de loco. El sonido de su grito es una cosa que recordaré toda la vida”, dijo Mercader en su declaración ministerial.

Los documentos manchados que habían llamado la atención de Padura eran los papeles en los que trabajaba Trotski cuando Ramón Mercader le encajó el hacha de nieve en la cabeza. El escritor cubano tenía en sus manos el expediente judicial del caso Trotski, un documento inédito que Díaz Reynoso había rastreado en los archivos de la UNAM.

Mercader pasó 20 años en el penal de Lecumberri de la Ciudad de México. Tras su liberación, se radicó en la Unión Soviética con su esposa, la mexicana Roquelia Mendoza. El entonces líder de la URSS, Nikita Jrushchov, lo condecoró como general honorario de la KGB y héroe de la Unión Soviética. Pero el frío de Moscú y la nostalgia del mundo latino compelieron a Mercader a pedir su traslado a Cuba, que entonces era un satélite de la URSS en el mar Caribe.

Mercader llegó a Cuba escondido y con un pasaporte falso. En La Habana tuvo contacto con mucha gente, pero nadie supo que se trataba del asesino de Trotski. Cuando le confirmaron a Padura que Mercader se había refugiado en Cuba por fin imaginó la novela. La historia de un judío ucraniano, líder de la revolución rusa y jefe del Ejército Rojo, era también una historia cubana. Padura pudo haberse encontrado con Mercader en la interminable cola de los helados Coppelia o en la playa de Santa María del Mar, en donde Jaime López —nombre que usaba Mercader en La Habana— paseaba a sus dos galgos rusos, los únicos de la raza borzoi que habían pisado la isla.

Desde La Habana, emprender la investigación que requería la novela era casi imposible. Trotski había sido borrado de las bibliotecas de Cuba, y su nombre se asociaba apenas al de un colaborador de los gobiernos fascistas de Alemania y Japón o un espía a sueldo de los servicios británicos de inteligencia. Padura se benefició de su red de amigos: los mexicanos Miguel Díaz Reynoso, que había sido agregado cultural en la embajada mexicana, y Gerardo Arreola, corresponsal de La Jornada. Y los amigos de los amigos: rusos, franceses, españoles, catalanes, daneses, sudamericanos y cubanos.

Durante dos años, Padura estudió la Guerra Civil Española, los archivos de Moscú, la política mexicana de la década de 1930 y la vida de León Trotski. Viajó a España, Francia y Rusia —gracias a su carnet de la UNEAC, tenía el privilegio de salir de la isla, a diferencia de la mayoría de los cubanos—, aunque no regresó nunca más a la Ciudad de México porque la altura le hacía daño.

Tres décadas después de su muerte, el nombre de Ramón Mercader todavía despertaba temor: los familiares del asesino se negaron a hablar con el novelista cubano. Hubo quien de plano le mintió, como el músico Harold Gramatges, quien negó conocer la historia de Caridad del Río —madre de Mercader y también agente de Stalin— a pesar de que ella había estado bajo sus órdenes como empleada de la embajada cubana en Francia durante la década de los sesenta.

Padura agotó las fuentes vivas en La Habana que habían conocido a Mercader. Entrevistó a Mirtha Ibarra, la viuda del cineasta Tomás Gutiérrez Alea, Titón, que le pidió prestados a Jaime López sus dos galgos rusos para los primeros quince minutos de la película Los sobrevivientes. Titón usó el bastón que dejó el viejo Mercader a su muerte en 1978 de un cáncer. Y habló con el médico y el radiólogo que le trataron esa enfermedad terminal que —sugiere Padura en la novela— bien pudo haber sido inoculada por los servicios secretos soviéticos.

En la Ciudad de México, Miguel Díaz Reynoso recorría las librerías de la calle de Donceles, en el Centro Histórico, en busca de los libros que le explicaran el cardenismo y las veleidades del Partido Comunista Mexicano (PCM), en donde ejercían una influencia determinante agentes estalinistas como Vittorio Vidali y Victorio Codovilla. Arreola le consiguió un ejemplar de Así mataron a Trotski, en donde el coronel Leandro Sánchez Salazar, jefe de la policía secreta mexicana, contaba la investigación del magnicidio (ahora el libro se puede descargar de internet, pero entonces era una rareza).

Ambos caminaron las calles del Distrito Federal para prestarle sus ojos a Padura. No les parecía, por ejemplo, que Ramón Mercader se hubiera reunido con su madre Caridad la víspera del asesinato en la cantina El Tío Pepe, ubicada en el callejón de Dolores del Centro Histórico. Las mujeres no eran todavía aceptadas en las cantinas, así que Arreola y Díaz Reynoso recorrieron el centro de la ciudad hasta que dieron con el vestíbulo del hotel Gillow, sobre la calle de Isabel La Católica, a donde sí hubiera sido admitida una mujer a beber una copa. Preguntaron: el lugar no había sido modificado sustancialmente desde hacía décadas, apuntaron sus características y se las mandaron al escritor.

De Trotski se podía contar lo que había sucedido en su vida, biografiado como pocos personajes del siglo XX. De Mercader, por el contrario, sólo se podía especular lo que pudo haber ocurrido. La historia carece de una explicación para la metamorfosis de Mercader en pocos años: de un combatiente raso en la Sierra de Guadarrama a un sofisticado políglota capaz de asumir diversas personalidades, imitar acentos y asesinar a sangre fría de un golpe certero. Pero no se ha descubierto aún una fuente documental que demuestre su formación militar en la URSS. “Es demasiado perfecto para que fuera un don de transformación: ahí hubo un entrenamiento”, me dijo Padura.

Para subsanar esa laguna, Padura estudió a otros espías del estalinismo y ficcionalizó a Mercader aprendiendo a matar en los cuarteles de la NKVD, tal como fueron entrenados decenas de agentes de los servicios de inteligencia soviéticos. Los dos años de investigación le dejaron a Padura un reto narrativo mayúsculo: cómo contar una historia en donde el lector sabía de antemano el clímax: Mercader entra a la casa de Trotski y lo mata de un hachazo. Y el otro problema: tenía que pensar en dos lectores muy distintos: el internacional, que había tenido acceso a la vida de Trotski, y el público cubano, a quien le había sido negada la posibilidad de saber sobre el líder bolchevique.

Hasta la séptima versión de la novela, Trotski hablaba en primera persona y contaba su historia a partir de 1929. De esa manera, el novelista cubano estaba completando Mi vida, las memorias del líder ruso, que se interrumpen en 1929 con el destierro de la tierra de los sóviets. Pero Padura reparó en que nunca podría pensar como pensaba Trotski, un judío ucraniano que adquirió la lengua y la cultura rusa, cambió las costumbres mosaicas por el método marxista y se convirtió en jefe de una revolución obrerista a principios del siglo XX.

Padura recordó cuando novelaba la vida del poeta cubano José María Heredia. En uno de sus largos y dolorosos destierros, Heredia le escribe a su madre: “Extraño tu sopa de quimbombó”. En ese momento Padura se conectó con Heredia para escribir en primera persona la parte autobiográfica de La novela de mi vida: “Me gusta mucho esa sopa, y cuando me di cuenta de que Trotski jamás la habría probado, decidí que tenía que escribir su historia en tercera persona”. El personaje que cubanizó la historia de Trotski se llama Iván. Pero Iván iba a madurar hasta las últimas versiones. En los primeros manuscritos eran dos personajes: un veterinario y un escritor fracasado, que terminaron fundidos en uno solo.

Leonardo Padura lleva a cabo una acérrima crítica al régimen cubano a través de la historia de Iván, el apaleado escritor que se gana la confianza de Ramón Mercader. La de Iván es una generación atenazada por la censura y el hambre; perseguidos sus hombres críticos con la excusa de su homosexualidad o su fe religiosa; tornada su esperanza en la revolución por el pánico frente a la dictadura.

Padura me dio su versión de Cuba: consideró que la reforma de 2002 que consagró el socialismo como un sistema “eterno” era “un disparate en términos marxistas”. Enfatizó entonces su política como intelectual: decir lo mismo en La Habana, Nueva York o cualquier parte del mundo, la misma crítica al régimen dentro y fuera del país. Pero reflejaba entusiasmo con las reformas de Raúl Castro: los cubanos, decía, dependían cada vez menos del Estado para sobrevivir, lo que les daba un margen mayor de autonomía.

“Si escribo es no sólo por algo, sino, también, sobre todo, para algo, y siempre que voy a escribir una novela, un cuento, una crónica, me pregunto antes de empezar: ‘¿Qué quiero decir con esto?”, le dijo Padura a Gerardo Arreola. Si La novela de mi vida era una reflexión sobre la amistad y la traición a la amistad, El hombre que amaba a los perros es un análisis de la utopía del siglo XX y su degeneración estalinista. Cuando conversamos en Cartagena, estaba terminando Herejes, una novela con Rembrandt y Mario Conde como protagonistas con la libertad como tema de fondo.

Amistad, utopía y libertad. Tres fidelidades abstractas que acompañan a otras tres fidelidades concretas: Mantilla, Lucía y la escritura diaria. Y una palabra preferida: trabajar. Como le dijo su amigo Abilio Estévez cuando se enteró que le daban el Premio Nacional: “Nadie como tú para poner en evidencia que golpear cada día el yunque saca chispas en el metal más duro”.

A propósito de La novela de mi vida, Estévez escribió en 2002: “Padura ha ido construyendo su obra en el retiro de su natal Mantilla, todo lo ajeno que ha podido al mundanal ruido (…) El lema de su escudo de armas pudiera ser el mismo de Stephen Dedalus: ‘Silencio, destierro y astucia’”. Tal como Padura lo ha recordado una y otra vez en la dedicatoria de sus obras: “Y treinta años después, todavía, a Lucía”. Y como lo resume al final de sus libros: “En Mantilla. Siempre en Mantilla”. \\

Este texto se produjo durante la Beca Gabriel García Márquez de Periodismo Cultural, organizada por la Fundación Gabriel García Márquez para un Nuevo Periodismo Iberoamericano y el Ministerio de Cultura de Colombia.

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