El hombre que fue Cantinflas
Óscar Jaenada, el actor español que interpretó a Mario Moreno, nos muestra una visión tras de cámaras del polémico rodaje.
julio 20, 2014

La elección del español Óscar Jaenada como protagonista de la película Cantinflas provocó innumerables críticas y una gran polémica. Gatopardo estuvo presente durante el rodaje en la Ciudad de México, al que pocos medios tuvieron acceso, y presenció los momentos más intensos detrás de las cámaras.

Fotografía Cristina Candel

El chico de lentes oscuros pedalea con ganas por las vías del centro de la Ciudad de México. Atraviesa el parque de la Alameda sorteando los miles de peatones que encuentra a su paso. Cuando llega al Palacio de Bellas Artes frena la bicicleta para contemplar la mole cristalina de la Torre Latinoamericana. El chico es más bien alto, delgado y algo pálido, viste una sudadera negra sin mangas que remarca dos brazos musculosos, tiene rasgos afilados y un flequillo. Un grupo de chicas lo miran con un gesto coqueto. Él se quita los lentes durante un segundo y sonríe. Ninguno de los caminantes podría imaginar que se trata del encargado de revivir a Mario Moreno en la pantalla grande. Se llama Oscar Jaenada, nació en Barcelona hace 39 años y es el protagonista de la nueva película inspirada en la vida del comediante mexicano. Cuando se anunció que interpretaría a Cantinflas se desató una polémica intensa.

Conocí a Óscar al comienzo del rodaje, en junio de 2013, cuando llegué al set situado en la calle Donceles, a dos cuadras de Bellas Artes. El despliegue de medios era impresionante: carros antiguos, carteles, cámaras, focos, pantallas, decenas de actores vestidos de época y —por todos lados— vigilantes que impedían entrar a los extraños. Todo giraba alrededor del protagonista con el objetivo de mantener en secreto cualquier detalle. Reconocí a Óscar poco antes de entrar en la zona acordonada. Las películas que protagonizó, sobre todo Noviembre (2003) y Camarón (2005), me causaron gran impresión hace unos diez años, cuando parte de la prensa española lo llamó “el nuevo Javier Bardem”.

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“¿Tú quién chingados eres?”, me dijo un moreno corpulento que me agarró del brazo. “Viene conmigo”, le respondió Óscar. El vigilante soltó mi brazo inmediatamente y me pidió disculpas. Después de saludar a una docena de curiosos y hacerse fotos con otros tantos, Óscar me llevó a su camerino, quizás para sincerarse o quizás para aislarse de toda la locura que le rodeaba en esos primeros momentos. Me encontré con un chico nerviosísimo, con la mirada perdida y las rodillas en perpetuo movimiento. Nos sentamos uno frente al otro y comenzamos a charlar. Me dijo estar muy tranquilo y muy seguro de que lo iba a lograr. Pero los gestos, los tics, los titubeos en su voz, usualmente grave e imponente, denotaban lo contrario. No podía disimular la presión.

La película se estrenará el próximo 19 de septiembre en México, en medio del pleito familiar sobre la herencia del artista que, tras 19 años de luchas judiciales, fue otorgada a Eduardo Moreno Laparade, el sobrino del actor. Sin embargo, su hijo, Mario Moreno Ivanova, le vendió los derechos de la biografía a la productora Kenio Films y se vinculó directamente al filme como productor asociado. “El fallo judicial no nos afecta”, aclara el director de la película, Sebastián del Amo.

Mario Moreno fue, sin duda, uno de los grandes mitos del cine de este país. Le apodaron “el Chaplin de México” y fue el símbolo de la identidad moderna mexicana. Mucho más que un cómico, Cantinflas es hoy una figura histórica sacrosanta e intocable, al nivel de Maradona en Argentina o el Che Guevara en Cuba.

Un año después, a finales de mayo del presente año, Jaenada rememora sus primeros días de rodaje. Estamos en La Mordida, un lugar paradigmático para los mexicanos que viven en Madrid. Situado en pleno casco histórico, esta cantina fue el escenario en el que Joaquín Sabina escribió la más mexicana de sus canciones: “El bulevar de los sueños rotos”. En sus muros se puede reconocer a los revolucionarios Zapata y Villa, a los omnipresentes Rivera y Kahlo, al Chavo del Ocho, a Pedro Infante, a Negrete, al Subcomandante Marcos, a Luis Miguel y, claro, a Cantinflas.

Esta vez Óscar llega en moto, una vespa negra con la que asegura haber vivido mil y un aventuras. “Recuerdo una noche en la que conduje por todo Madrid con Benicio del Toro a mis espaldas”, cuenta. El Jaenada madrileño exhibe una melena crecida y recogida en una coleta. Viste una gabardina gris con piel de zorro a las espaldas y luce un anillo dorado y gigantesco con forma de tigre. “Tráiganos las dos primeras cervezas, por favor”, le pide al mesero.

Fotografía: Cristina Candel

“¿Cuál fue el momento más duro del rodaje?”, le pregunto tras el primer trago. Óscar no tiene que pensar la respuesta ni medio segundo: “Lo más duro fue el comienzo, cuando todo el equipo y los extras estaban constantemente pendientes de mí. Cuando había páginas y páginas en la prensa polemizando sobre mi elección como protagonista, aún cuando no se había rodado una toma”.

La polémica se inició tres años antes de comenzar el rodaje, en 2010, cuando saltaron al ruedo los primeros rumores de que un español sería el elegido para interpretar al Gran Mimo mexicano. El chovinismo más radical inundó las redes sociales.

El proyecto de la película fue abandonado y la idea pasó durante años de una mano a otra hasta que, en 2012, fue a dar con la productora Kenio Films y con el director Sebastián del Amo (El fantástico mundo de Juan Orol). Óscar, que ya había sido seleccionado para el personaje en el proyecto anterior, volvió a intentarlo una vez más. Le envió a Sebastián una foto en la que estaba caracterizado de Cantinflas y, no contento con ello, se pagó un vuelo al DF para hacer un nuevo casting.

“En 2010, cuando me enteré de que un español quería interpretar a Cantinflas tuve muchas dudas”, dijo Del Amo durante el rodaje. “Pero cuando la película cayó en mis manos y conocí a Óscar entendí todo. Teníamos algún actor mexicano muy bueno para este papel, pero Óscar fue el que mejor hizo el casting. Y eso nadie lo puede negar. Por eso decidimos correr el riesgo”.

En las semanas previas al rodaje (en mayo y junio de 2013), el periódico Milenio planteó una pregunta a varios actores: ¿Cree que un actor español sea la mejor opción para interpretar a Cantinflas? Al menos media docena de artistas mexicanos respondieron negativamente, se sumaron a la indignación y dejaron ver su cara más rabiosa y fulminante. “¿Un español? Le va a faltar legitimidad; no la hay cuando un español es quien hace a Cantinflas”, comentó Carlos Espejel, actor que durante muchos años imitó al histrión. “¿Escucharlo con acento español con todo y la zeta?, ¡claro que no!, mejor que no hagan nada”, espetó el actor Eric del Castillo. “¿Un español?, ¿quién es?, debe ser muy famoso. ¿Podrá hablar mexicano, mexicano, mexicano? ¿Por qué se dio esto?”, preguntó la estrella de telenovelas Lucía Méndez. “No veo a un Cantinflas con acento español. Si así se escuchara, no creo que México lo acepte”, dijo María Sorté.

Tanto el director de la película como Óscar se mantuvieron al margen de la polémica y declararon que tales opiniones eran entendibles tratándose de un mito viviente. Óscar trató de aclarar que su intención no era actuar con acento español. Aún hoy muchos críticos siguen insistiendo en la imposibilidad de que un actor extranjero interprete a Cantinflas. “Yo soy consciente de que ha sido un reto dificilísimo, casi suicida. Pero creo que un actor tiene que arriesgar. Sé que me puede llevar a lo más alto o a lo más bajo. Pero tenía que ir por ello y no parar hasta conseguirlo”, cuenta Jaenada en la cantina madrileña.

La película narra la vida de Mario Moreno desde que se sube a los escenarios por primera vez hasta 1957, año en que se convierte en una estrella de fama internacional arrebatando el Globo de Oro a Marlon Brando gracias a su papel en La vuelta al mundo en ochenta días (1956). El otro eje del guión lo compone la historia de su flamante productor, Michael Todd, encarnado por Michael Imperioli, conocido por su papel como Christopher Moltisanti en la célebre serie Los Soprano.

“Lo más duro fue cuando empezó la polémica y no se había rodado ni una sola toma.” Fotografía Cristina Candel

“El cine que hacen en México no tiene nada que envidiar al que se hace en Estados Unidos”, cuenta Imperioli en un descanso del rodaje. El actor italoamericano es menudo y narigón, pero su mirada posee una fiereza imponente, la dureza de un gánster italiano, una especie de Joe Pesci, pequeño pero matón. Imperioli está triste, hace poco le ha llegado la noticia de que su amigo íntimo James Gandolfini, el gran Tony Soprano, ha muerto de un infarto en Roma.

El guión de Cantinflas (a cargo de Edui Tijerina) es un canto al cine de época y a la odisea que supone sacar adelante una gran producción de unos tres millones de dólares casi imposible de sacar adelante, con un protagonista inesperado ante el cual muchos arquearon la ceja; con cientos de problemas y desavenencias entre la producción, más interesada en hacer una historia generosa y bienintencionada sobre Mario Moreno, y la dirección, empeñada en contar los desvelos, los excesos y la cara oculta de un personaje casi intocable.

“México es hoy el mercado cinematográfico más importante del mundo en castellano y uno de los primeros en orden mundial”, cuenta el director Sebastián del Amo. “El otro gran momento de nuestro cine es la época de oro, desde los treinta hasta los cincuenta. Fue un gran apogeo que tuvo mucho que ver con el impulso cultural que dio el exilio español en este país. De hecho, es curioso, la primera película de Cantinflas, rodada en 1937, fue realizada por españoles para el público español republicano. Los actores ceceaban y Cantinflas interpretaba a un madrileño de Majadahonda”, comenta riéndose a carcajadas. Hijo de españoles exiliados “y sobrino nieto de Antonio del Amo, el productor que descubrió a Joselito”, Sebastián reivindica el intercambio cultural de ambos países. “El gran fallo que ha tenido el cine español, aparte de depender de las subvenciones, es mirar demasiado a Hollywood y muy poco a Latinoamérica”.

Al igual que La vuelta al mundo en ochenta días, Cantinflas es una película atiborrada de escenarios y cameos en la que aparecen muchísimas caras conocidas del cine mexicano. Luis Gerardo Méndez (Nosotros los nobles) interpreta a Estanislao Shilinsky, el cómico ruso que descubrió a Mario Moreno; el músico español Javier Gurruchaga es un empresario judío “y un poquito cabrón” que fue determinante en la carrera del cómico mexicano; Ilse Salas se mete en la piel de Valentina Ivanova, su traumatizada mujer, y Joaquín Cosío (El infierno) encarna brevísimamente a El Indio Fernández, otro mito del cine de oro.

“He conocido a muchísimos grandes actores mexicanos. Ha sido de los rodajes más bonitos y entrañables de mi vida”, recuerda Óscar un año después, mientras bebe su segunda cerveza. “Y la clave ha sido el respeto de todos por su trabajo. Surgió la magia. La poción funcionó. El resultado será el que sea. Pero la experiencia no nos la quita nadie”.

Recuerda los comienzos del rodaje, en mayo de 2013. Óscar apareció en una carpa, delante de un público de unas cincuenta personas entre técnicos y extras. Era la primera escena en la que tenía que cantinflear. Después de actuar su primera escena, el resto del elenco aplaudió durante cinco minutos y dejó sin habla al protagonista. “Fue un aplauso increíble. Irrepetible —recuerda el director Sebastián del Amo—. Hasta le hicieron llorar.”

Fotografía Cristina Candel

“Ni yo lo puedo recordar —reconoce Óscar—. Imagínate lo que significó ese aplauso para un actor que da la vida por esto.” Y rápidamente, casi huyendo de sentimentalismos, pasa a otro tema: “Chaplin dijo que Cantinflas era el mejor cómico del mundo. Y también dijo que si se dieran un beso en la boca sus bigotes nunca se tocarían, porque tenían el bigote inverso”, explica emulando con los dedos las formas de los distintos bigotes.

“¿Empleaste algún método actoral para emular el acento y el tono de Cantinflas?”, le pregunto. “Trabajo, trabajo y más trabajo. Yo soy un actor intuitivo, no creo en las escuelas ni en los métodos. Mi método es dejarme la vida en esto. Ensayé 14 horas diarias durante tres meses. Citaba en mi hotel al resto del elenco para preparar las tomas a conciencia. Veía varías de sus películas al día. Contraté a un coach de acento mexicano y al mejor imitador de Cantinflas, Celedonio Núñez”, cuenta.

Durante la tercera semana de rodaje. Jaenada se concentra para entrar en escena. Está a punto de interpretar a Cantinflas en una de las tomas más importantes: el famoso discurso de la película Si yo fuera diputado (1952). Pasea por el escenario del Teatro Coyoacán, cierra los ojos y memoriza cada interjección. Carlos Monsiváis describió a Cantinflas como: “una emancipación de palabras de brillante incoherencia”. La capacidad de Moreno para decir mucho sin decir nada marcó el slang y el habla popular de un país durante décadas. Su estilo chulesco y carismático hizo el resto.

Los días pasan y el nerviosismo imposible de disimular se convierte en una mirada serena de felicidad. Sus compañeros lo miran con admiración y lo elogian sin cesar. El mismo Mario Moreno Ivanova, hijo del gran cómico mexicano, quedó impactado por su trabajo. “Yo era de los que habían dicho que un español no podría hacerlo jamás —me contó en el rodaje—. Pero Óscar me calló la boca. Me llené de lágrimas cuando le vi por primera vez.”

Con más de veinte películas a sus espaldas, a Jaenada le sonrió la fama desde sus comienzos, cuando cambió el teatro callejero por la pantalla grande. Su primer éxito fue la película Noviembre (2003) —que hoy es una cinta de culto en el ambiente de los teatreros y artistas de calle—, y con Camarón (2005) consiguió el Goya a mejor actor encarnando al famoso cantaor gitano. Su elección como protagonista de Camarón también fue polémica en su día: algunos dijeron que un “no gitano” jamás podría encarnar al “Rey de los Gitanos”. Sin embargo, Jaenada salió victorioso de aquel reto y consiguió un resultado deslumbrante. A decir de Carlos Boyero, el crítico de cine más famoso de España: “La simbiosis física, gestual y psicológica entre el actor y el personaje es absoluta”.

“Yo no me parezco en nada a Camarón —me cuenta en Madrid—, pero cuando se estrenó la película todo el mundo me decía que era igual. Estuve tan metido en el personaje que acabé transformándome físicamente. Hablaba como él, fumaba como él, sacaba la lengua como él. ¡Hasta comía como él!” La crítica le señaló como uno de los actores más prometedores del cine español, pero a partir de 2005 su carrera disminuyó la velocidad a causa de proyectos frustrados y películas y series en las que no brilló como anteriormente. Desde el estallido de la crisis tuvo que mudarse a Los Ángeles para buscar trabajo y hoy se ve obligado a trabajar más fuera que dentro de España. Ha conseguido trabajar al lado de algunos de los más grandes, como Johnny Depp, Benicio del Toro y Robert de Niro. Es consciente de que su actuación en la película de Cantinflas lo puede catapultar o llevar a lo más bajo.

Tras el éxito de La vuelta al mundo en ochenta días en 1957, Michael Todd sugirió a Mario Moreno que se mudara a Hollywood para trabajar “a lo grande”. El mexicano, que ya era una estrella consagrada, le agradeció la propuesta pero le dijo que no: decidió quedarse en su país para seguir cantinfleando y, sobre todo, para arreglar su vida familiar. “Ahora, con la crisis, nadie podría negarse a trabajar en Estados Unidos”, me dice Óscar.

La cinta se estrena el 29 de agosto en Estados Unidos y Jaenada prepara una gira por 15 ciudades estadounidenses. La duda asoma en las pupilas dilatadas del protagonista, que va ya por la cuarta cerveza en la cantina madrileña. También se le ensancharon las pupilas en la fiesta de fin de rodaje celebrada en el Presidente Intercontinental, uno de los hoteles más altos (42 plantas) y lujosos de la Ciudad de México, ubicado al lado del bosque de Chapultepec.

Esa noche, el bar del hotel estaba plagado de gente que celebraba y lo felicitaba. Óscar se mostraba cordial y simpático pero también algo esquivo. Evitaba a las admiradoras y se rehusó a continuar la fiesta en un after. Se retiró temprano a su habitación, en el piso 39. Esperaba la llamada de su hijo, a quien apenas ve.

“Lo que más me interesa no es Cantinflas sino Mario Moreno —dice—. Su casa era una ruina, porque tenía miles de problemas con su mujer. En el fondo a Mario le pasaba como a Janis Joplin, que decía que en los conciertos hacía el amor con diez mil personas pero luego dormía sola en su cama.” El mesero nos entrega la cuenta y le pide hacerse una foto con él. Acepta encantado y la sonrisa regresa a su rostro. Se empeña en pagar todas las rondas y salimos de la cantina.

Fotografía: Cristina Candel

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