Los zapatos del Gabo
Un encuentro con García Márquez en el Festival de Cine de Cartagena.
noviembre 15, 2019

En un momento de confrontación ideológica, como resultado de la crisis postsoviética, en 1994, los actores Vladimir Cruz y Jorge Perugorría salieron por primera vez de Cuba. Llegaron a un festival de cine, en Cartagena, para presentar su polémica Fresa y chocolate. Era la película que un año antes en la isla había provocado al público por temas que parecían incendiarios. En medio del furor, conocieron a García Márquez, quien les prometió un regalo: un par de zapatos a cada uno, hechos a mano por un artista. Éstos tardarían años en llegar y cumplir dicha promesa.


 

La vida no es la que uno vivió,
sino la que uno recuerda
y cómo la recuerda para contarla.

G.G.M.

Apareció en el vestíbulo del Hotel Caribe de Cartagena de Indias vestido de implacable lino blanco y con unos espléndidos zapatos de dos tonos estilo cubano. Nada más vernos, sentados solos en un rincón, mirando apocados a la elegante clientela del hotel que no nos hacía el menor caso, nos gritó:

—¡Guajiros, mañana van a ser famosos!

Acaparó en un instante la atención de cuanta alma se movía a su alrededor, clientes o trabajadores del hotel, no sólo porque encontrarse con un Premio Nobel de Literatura no es algo que ocurra todos los días, ni porque éste en particular derrochaba un carisma y una seguridad extraordinarios, sino porque Gabriel García Márquez en Cartagena de Indias era Dios.

Su conexión con aquel entorno caribeño era palpable. Era su ambiente natural, su salsa, y él lo sabía y lo gozaba. Su impecable atuendo, de lino sin almidón, semejaba al de Santiago Nasar el día de su muerte anunciada y recordaba el famoso liqui liqui con que acudió a recoger el premio de la Academia Sueca en 1982. Atravesó con elegancia el vestíbulo, como si de una pasarela de moda o una alfombra roja se tratara, y vino directamente hacia nosotros, acostumbrado al efecto que producía, pero disfrutando en particular el que provocaba en estos dos cubanitos, el actor Jorge Perugorría y yo, ambos hijos de la revolución, que el día anterior habíamos salido de Cuba por primera vez.

Al llegar titubeó un instante, comprendiendo, tal vez ligeramente tarde, que lo que había en nuestras miradas no era arrobamiento ante el lujo y el glamour que nunca habíamos vivido en directo, sino extrañeza por lo distinta que resultaba su imagen a la sencilla y humilde que solía exhibir en sus frecuentes viajes a La Habana. Se repuso de inmediato.

—Yo en Cuba soy un proletario, pero aquí soy un millonario —dijo con sonrisa pícara—. Miren estos zapatos, me los hace a mano y a la medida un maestro zapatero que es un artista.

Giró un poco, levantándose ligeramente el pantalón, para que disfrutáramos de la vista de los zapatos que, hasta para una mirada inexperta como la nuestra, eran de una calidad superior.

—Les voy a encargar un par a cada uno para que se los lleven —añadió con complicidad—. Ése será mi regalo por el estreno.

***

Era jueves 3 de marzo de 1994 y el día anterior habíamos salido de Cuba por primera vez. Es algo que se dice fácil y rápido, pero que se hace con grandes dificultades, sobre todo si es la primera vez y a principios de los años noventa. En esos momentos, salir de la isla era, más que un acto físico, un acto simbólico. Era constatar que el resto del mundo existía. Más que salir era entrar a un territorio desconocido, que funcionaba con otras reglas y donde reinaba el capitalismo, ese monstruo mitológico que sólo conocíamos de oídas.

La imagen del monstruo nos había sido inoculada a partir de la frase de José Martí, “viví en el monstruo y le conozco las entrañas”, con la que se refería a su etapa en Nueva York y al imperialismo norteamericano, pero había sido manipulada para que nosotros la extendiéramos al capitalismo en general y a todos esos desgraciados países que lo padecían. En ese momento, posterior a la caída del muro de Berlín, el monstruo acababa de engullir al sistema socialista mundial después de derribar la última barrera, dejando al proyecto político cubano sin referencias y sin sostén económico.

En realidad, era la primera salida para mí, porque mi compañero de viaje, Jorge Perugorría (Pichi para los amigos), había ido el mes anterior al Festival de Cine de Berlín, pero sólo por dos días y con tanto frío que apenas había podido salir del hotel.

La misma imagen del monstruo había sido invocada por un sujeto el día anterior a mi salida de Cuba. Me habían llamado a una pequeña oficina del Instituto de Cine donde este hombre, que se presentó como asesor aunque obviamente pertenecía a la Seguridad del Estado, me aconsejó con lo que en ese momento supuse sincera preocupación y buena fe:

—Tienen que tener mucho cuidado. Van al “monstruo” sudamericano, donde hay mucha violencia, armas y drogas. Tienen que andar con pies de plomo, pero sobre todo tengan cuidado con las drogas…

Hizo una pausa dramática, como para darnos tiempo a imaginar el narcotráfico, los carteles y la cocaína, pero luego agregó con sorprendente ingenuidad:

—Porque alguien puede ponerles algo en el vaso sin que se den cuenta y pueden terminar haciendo cualquier locura o incluso hablando mal de la Revolución.    

Era un momento de confrontación ideológica muy intensa, por lo que el gobierno cubano, con el pretexto de hacerlo por nuestra seguridad, trataba de controlar el comportamiento de quienes salíamos al exterior, sobre todo de aquellos con potencial acceso a medios de comunicación, así que con estas instrucciones —y aprensiones— salimos de Cuba, andando con pies de plomo y como quien sale de las murallas de un castillo a enfrentarse con la bestia que asola la comarca.

Al llegar a Cartagena, después de pasar nuestra primera noche en Bogotá, lo primero que nos sorprendió fue su parecido con La Habana, lo que resultaba un poco frustrante, porque después de lo que considerábamos un largo viaje parecíamos no habernos movido del lugar. La enorme similitud de la arquitectura y el ambiente nos produjo un cierto déjà vu, casi una alucinación, porque nos parecía ver al mismo tiempo el pasado y el futuro de nuestra ciudad. Las grandes fortificaciones españolas, mucho mejor conservadas que las nuestras, nos permitían entrever cómo había sido La Habana en su esplendor, mientras que la cuidadosa restauración de la zona antigua, con sus calles limpias y sus balcones con flores, era lo que soñábamos para nuestra Habana Vieja.

Asimilando estas sensaciones andábamos cuando nos pareció oír de repente una voz que nos llamaba por nuestros nombres. Era una voz dulce y con acento cubano, que parecía la voz de La Habana. Al darnos la vuelta nos encontramos con una mujer que nos sonreía y alargaba la mano muy afablemente.

—Hola, mi nombre es Alquimia y vengo de parte de Gabriel García Márquez.

Esperó un momento, como dándonos tiempo a procesarlo, y añadió:

—Quiere verlos inmediatamente.

***

Dos meses antes, en diciembre de 1993, se había estrenado en el Festival de Cine de La Habana nuestra primera película, Fresa y chocolate, que tuvo un éxito enorme e inmediato al insertarse en el debate ideológico que se estaba produciendo en nuestro país, como resultado de la brutal crisis postsoviética. 

La película tocaba temas incendiarios, como la intolerancia y la posibilidad de disentir de un proyecto político unívoco, por lo que la primera señal de éxito fue el escándalo. Incluso se especulaba con la posible reacción de Fidel Castro, a quien la película aludía directamente.

En medio de la polémica arrasamos con los premios del Festival de La Habana, y en febrero de 1994 ganamos el Oso de Plata en el Festival de Cine de Berlín, iniciando una trayectoria internacional que se vislumbraba fulgurante y que culminaría un año después con la nominación al Oscar como Mejor Película Extranjera.

El Festival de Cartagena fue el siguiente paso después de Berlín y con estos antecedentes la expectación era tremenda. Aunque nosotros dos no éramos muy conscientes —en realidad, no éramos muy conscientes de nada, porque el éxito inusitado había dado lugar a tal cantidad de acontecimientos que no nos daba tiempo a asimilarlos—, aceptábamos con naturalidad cosas que hasta hacía muy poco habían sido inimaginables, como viajar al extranjero, porque no teníamos idea de cómo comportarnos en un mundo que hasta ese momento no sabíamos ni que existía. Con esa falsa naturalidad recién adquirida asumimos el encuentro con Alquimia, en verdad extraordinario, diciéndonos que era normal tener noticias de García Márquez estando donde estábamos, y que en cualquier caso esto sólo era una confirmación de que Cartagena también se parecía a La Habana en su capacidad para la ocurrencia de cosas inauditas.

Alquimia nos contó que el Gabo —siempre lo llamaba así, como ya lo llamaríamos nosotros también— acababa de ver la película y que estaba eufórico, no sólo porque le había encantado, sino porque había comprendido, a diferencia de otros, todo el bien que le podía hacer a
Cuba. Esto último lo subrayaba con orgullo, porque además de cubana era la directora general de la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano, por lo que, según supimos luego, mucha gente hablaba de ella como la mano derecha del Gabo.

Los nombres hay que merecerlos y Alquimia, que a partir de ese momento se convirtió en una amiga y una presencia constante en nuestras vidas —siempre para cosas buenas y muchas veces extraordinarias—, justificaba el suyo. Organizó en un instante el encuentro con el Gabo para esa tarde en el hotel. Y ése fue el momento en que nos prometió los zapatos. Después, nos invitó a dar un paseo por la ciudad a la mañana siguiente.

Cuando Pichi y yo nos quedamos solos nos dimos cuenta de que nos hacía una ilusión casi infantil que nos hubiera prometido un regalo, porque venía de él y porque sería una prueba de que lo habíamos conocido y éramos sus amigos.

***

“El corazón humano tiene más cuartos que un hotel de putas”, había escrito nuestro anfitrión, a lo que se podría agregar que el cerebro no se queda atrás, porque la expectativa que creamos sobre el paseo del día siguiente nos jugó malas pasadas. El Gabo se presentó puntualmente a las diez de la mañana en nuestro hotel, y la primera parada del recorrido fue frente a un edificio antiguo.

—¿Ven esa casa? —preguntó.

Nosotros la miramos, pensando que seguramente era el taller del zapatero
que iba a tomarnos las medidas.

—Es la casa de Fermina Daza —dijo
el Gabo.

Poco después, al llegar a una plaza, volvió a preguntar:

—¿Ven ese portal?

Y por un momento creímos que era el portal de los zapateros, pero no, se trataba del portal de los escribanos.

Pronto comprendimos que nos estaba haciendo una visita guiada por los escenarios de su novela El amor en los tiempos del cólera, y aunque estábamos emocionados y agradecidos, no podíamos concentrarnos del todo ni evitar, por mucho que nos esforzáramos, sufrir una absurda y pequeña decepción con cada lugar que nos mostraba.

La ciudad se estaba llenando de invitados al festival y de vez en cuando alguien se acercaba a saludar, por lo que empezamos a proyectar el equívoco también a las personas. El primero en aparecer fue un señor de pelo y bigotes blancos, y pensamos enseguida que era el maestro artesano, pero no, se trataba de Víctor Nieto, el director del festival. Lo mismo nos pasó con Enrique Grau, pintor colombiano y miembro del jurado, y hasta con el escritor mexicano Carlos Fuentes.

El Gabo nos había descrito al zapatero como un artista y ahora confundíamos a los artistas con el zapatero.

Para entonces, mirábamos involuntariamente los zapatos de todo el que aparecía, y nos dimos cuenta de que los cineastas latinoamericanos iban muy bien
calzados, al punto que llegamos a preguntarnos si no serían todos millonarios. 

Después de tan extraordinaria —y agotadora— mañana, el Gabo nos propuso reponer fuerzas en el restaurante de un amigo italiano. Allí aprovechó para contarnos la insólita historia de la comunidad italiana de Cartagena, casi toda proveniente del rodaje que se había hecho, en 1968, de la película Queimada, dirigida por Gillo Pontecorvo y protagonizada por Marlon Brando. Las peleas entre el director y el protagonista fueron antológicas, y produjeron un enorme retraso en el plan de rodaje que obligó al equipo a permanecer en Cartagena durante casi un año. Italianos y jóvenes en su mayoría, casi todos terminaron formando familias y quedándose a vivir definitivamente.

En cierto momento, Gabo le preguntó al dueño del restaurante por la vida de un amigo que tenían en común, y cuando supo que había tenido que regresar a Italia, acosado por las deudas y el juego, se interesó tanto en los detalles que por unos minutos nos pareció estar viéndolo en plena jornada de trabajo. Mientras los dos lamentaban la partida del amigo, Pichi y yo pusimos la sonrisa comprensiva de quien tiene un pariente mala cabeza a quien hay que querer como es. Pero el tema había estimulado nuestra imaginación y ya casi podíamos visualizar las aventuras del personaje, cuya mezcla italo-colombiana suponíamos, sumando prejuicios, muy explosiva.

Luego, para no ser menos, le contamos las peripecias de nuestra primera noche en Bogotá, recorriendo los bares de la Zona Rosa. En realidad no había pasado nada extraordinario, pero teniendo en cuenta el miedo que nos habían metido en el cuerpo y el hecho de que en esa época Bogotá era conocida por ser de las más violentas y peligrosas del mundo, lo considerábamos toda una aventura y estábamos orgullosos del valor mostrado sólo con el hecho de salir a la calle.

Le dijimos que nos habían llamado la atención los controles de seguridad en las puertas de los bares, equipadas con arcos y detectores de metales, y el Gabo nos dijo que la razón era obvia y que, según las estadísticas de la época, había 30% de posibilidades de salir ileso un viernes por la noche de la Zona Rosa de Bogotá, cosa que habíamos conseguido nosotros con la temeridad de la ignorancia. Brindamos con un buen ron por haber sobrevivido, y después del segundo trago decidimos aprovechar el ambiente relajado para entrar en materia y hacerle una pregunta difícil.

—Oye, Gabo, tú que eres tan amigo de Fidel, ¿sabes si él ha visto nuestra película?

No era simple curiosidad. Sabíamos que de lo que Fidel dijera de la película dependería el futuro inmediato del cine cubano. Él también lo sabía, así que sonrió —esta vez con sonrisa astuta— y respondió:

—Sinceramente no lo sé.

Entonces hizo una pausa, tan llena de contenido que hubiera sido la envidia de cualquier actor dramático, y agregó:

—Lo único que les puedo decir es que es un hombre muy curioso.

***

El Hotel Caribe, donde nos alojábamos, se parece mucho al Hotel Nacional de Cuba, sede principal del Festival de La Habana, y nosotros, de una manera casi automática, nos comportábamos como lo habíamos hecho siempre en nuestro festival. Este “nuestro” es sólo una manera de decir, y desde luego una exageración, porque mientras fuimos estudiantes o jóvenes actores desconocidos jamás pudimos disponer de una acreditación para participar en sus actividades (y eso continuó así hasta que se estrenó nuestra película), por lo que estábamos acostumbrados a colarnos y andar medio disimulados por las esquinas para evitar la seguridad del hotel, con la única intención de ver películas y conocer a las ilustres figuras del cine latinoamericano que nos visitaban, a las que en la mayoría de los casos teníamos que contentarnos con ver de lejos.

Por eso al llegar a Cartagena tuvimos algunas dificultades para identificar a los cineastas del continente, y debido a ese comportamiento semiclandestino fue que García Márquez nos encontró apartados en un rincón del vestíbulo, listos para “colarnos” en una función, sin percatarnos de que esta vez no sólo disponíamos de acreditaciones, sino que éramos invitados de honor y casi las estrellas del festival.

En realidad, de esto último nos dimos cuenta esa noche, cuando durante la gala inaugural fue proyectada Fresa y chocolate. Pocas horas antes se había anunciado, por razones que nunca supimos, que estaría fuera de concurso, pero no nos importó mucho porque, a diferencia de los demás que tendrían que esperar hasta el final, tuvimos un premio esa misma noche con la reacción del público. La película fue ovacionada durante varios minutos y salimos de la sala aclamados y recibiendo muestras de apoyo y cariño que duraron toda la semana.

Esto convirtió la fiesta de apertura, organizada en el espléndido Bastión de San Felipe sobre las murallas de la ciudad, en nuestra fiesta. No faltaron ron ni música cubana y bailamos y bebimos olvidándonos por unas horas de las drogas en los vasos. 

Todos los directores de cine a quienes en el Festival de La Habana habíamos tenido que mirar de lejos, ahora nos eran presentados, se deshacían en elogios sobre nuestro trabajo y nos trataban como colegas.

Sin embargo a la mañana siguiente, aún con la resaca de la fiesta, comenzamos a vivir el reverso del éxito al enfrentarnos por primera vez a una incisiva prensa internacional a la que no estábamos acostumbrados. El perfil político de la película, que hablaba de la discriminación de los homosexuales en Cuba y de la persecución de que era objeto cualquier tipo de opción personal que no correspondiera al ideal de hombre nuevo diseñado por el gobierno revolucionario, propició que nos bombardearan con preguntas sobre la censura y sobre autores que la habían padecido, como Reinaldo Arenas y Cabrera Infante. También nos hablaban de películas prohibidas que podían haber sido antecedentes de la nuestra, como los documentales PM y Conducta impropia, sin comprender que por el hecho mismo de estar prohibidas, y aunque habíamos oído hablar de ellas en voz baja, eran completamente desconocidas para nuestra generación.

Descubrimos la gran curiosidad, siempre politizada y muchas veces insana, que despertaba Cuba, lo que llevaba a la prensa internacional a exigir a los que veníamos de allí análisis y pronósticos sobre nuestra compleja realidad como si, en lugar de artistas, fuéramos especialistas en temas económicos, sociales y políticos. Era curioso que parte de la prensa, aún convencida de que veníamos de un país totalitario en el que podíamos estar sujetos a represalias, nos exigiera hacer declaraciones
contundentes que, según sus propias convicciones, podían potencialmente costarnos el ostracismo o incluso la cárcel. Nos defendíamos como podíamos diciendo que nuestro trabajo era hacer películas y no discursos, pero la verdad es que la realidad cubana no nos lo ponía nada fácil.

La brutal crisis económica, a la que se mencionaba con el eufemismo de Periodo Especial, producía una tensión social tan fuerte que hubo una enorme crisis migratoria por el puerto de Cojímar, por lo que todas las entrevistas empezaban más o menos igual:

—En estos momentos hay miles de cubanos tratando de salir del país a toda costa, ¿cómo es que ustedes tienen la intención de regresar?

Para nosotros, la respuesta era obvia: nos parecía lo más natural del mundo teniendo en cuenta que allí estaban nuestras casas y familias, pero entendíamos que desde fuera resultara difícil comprenderlo.

Sin embargo, para compensar los malos ratos generados por todo esto teníamos al Gabo, el mejor agente de relaciones públicas posible, que durante toda la semana nos acompañó a todas partes, presentándonos a sus amigos, invitándonos a su casa —situada en un edificio conocido popularmente como La máquina de escribir—, y a tantas comidas que terminamos aprendiendo la Maniobra de Heimlich, que enseñaba siempre a sus compañeros de mesa porque, según decía, tenía el presentimiento de que iba a morir atragantado.

En resumen, fue de una generosidad extraordinaria.

No obstante, de los zapatos que nos había prometido no se volvió a hablar. Se había olvidado por completo, a pesar de no parecer un hombre olvidadizo ni poco atento a los detalles, y mucho menos de los que hacen promesas a la ligera. Un día intentamos refrescarle la memoria, evocando entre bromas nuestro primer encuentro y diciéndole que, como había pronosticado, ahora los guajiros éramos famosos, pero sin resultados.

Aunque nuestro interés no era material, nos habíamos ido haciendo a la idea de que se podía perfectamente seguir andando con pies de plomo, pero con zapatos nuevos, porque unos buenos zapatos —que en Cuba era imposible conseguir— nos hubieran venido de maravillas para nuestra recién estrenada vida de actores internacionales, y ya que no habíamos podido lucirlos en la inauguración, nos consolábamos pensando que tal vez todavía estábamos a tiempo para la clausura.

Los actores de Fresa y chocolate

Los actores de Fresa y chocolate descubrieron que encontrarse con Gabo en Cartagena de Indias era como encontrarse a Dios.

***

Cada año el festival se esforzaba para que el jurado tuviera el más alto nivel y en esta ocasión había conseguido llenarlo de nombres ilustres. Entre ellos sobresalían el director alemán Werner Herzog, el director cubano Humberto Solás, el actor argentino Arnaldo André, el pintor colombiano Enrique Grau (a quien habíamos confundido con el zapatero), y la escritora mexicana Laura Esquivel, que con la película basada en su novela, Como agua para chocolate, se nos había adelantado un año en usar este producto para conseguir el éxito cinematográfico en Latinoamérica. La broma circuló y todavía hoy aparece de vez en cuando algún despistado que suelta: ¡Tú eres el actor de Como fresa para chocolate!

Sin embargo, tan ilustre jurado estuvo a punto de fastidiar el final de fiesta con una inesperada y polémica decisión. Se les ocurrió nada menos que dejar desiertos la mayoría de los premios importantes, con el argumento de que las películas no estaban a la altura. Entre las películas presentes había varias que venían de participar con éxito en grandes festivales, como Cannes, Venecia o Berlín, por lo que habrían merecido con toda justicia cualquiera de los premios, y eso fue denunciado en una carta leída durante la gala de clausura, en el Auditorio Getsemaní del Centro de Convenciones de la ciudad, firmada por el propio García Márquez y por la mayoría de los cineastas presentes, entre ellos algunos pesos pesados del llamado nuevo cine latinoamericano, como Fernando Birri, a quien recuerdo repartiendo silbatos en la puerta para la pitada antológica que se produjo al ser anunciado el palmarés.

Muchos culpaban al presidente del jurado, Werner Herzog, poseedor en apariencia de un carácter fuerte y una personalidad excéntrica y caprichosa, por lo que se suponía que una decisión tan arriesgada había sido impuesta por él, apabullando a los demás, que habían partido en estampida la noche anterior para no dar la cara. Esta certeza estimuló una especie de unidad latinoamericana frente al malvado alemán, y la catarsis de pitidos surtió el saludable efecto de llevar a la concurrencia de la indignación al jolgorio, por lo que salimos de la sala excitados y dispuestos a no dejarnos estropear la celebración.

En medio de esta atmósfera efervescente nos encontramos con el Gabo, que nos buscaba acompañado de un curioso personaje. Era un hombre canoso, alto y elegante, y al verlo lo comprendimos todo. Éste sí era el maestro zapatero. Seguramente había estado fuera toda la semana, por lo que Gabo no había podido realizar su encargo, y nos lo traía en el último momento para cumplir su palabra in extremis. Partíamos al día siguiente, pero enseguida comenzamos a fantasear con la posibilidad de que alguien, por ejemplo Alquimia, pudiera llevarnos los zapatos a Cuba.

Sin embargo, una vez más, la ilusión duró poco. De inmediato supimos que se trataba del italiano del que habíamos estado hablando el primer día en el restaurante —el que había tenido que regresar a Italia huyendo de las deudas y los casinos—, que nos dijo que estaba de paso hacia Cuba porque acababa de recibir una invitación de nuestro gobierno para montar un restaurante italiano en La Habana. Aquello nos pareció muy extraño, porque nuestro gobierno no era precisamente propenso a estimular la inversión extranjera y no nos imaginábamos a aquel chulo italiano, con su impecable traje color pastel y su sombrero de Panamá, regentando un negocio en nuestra capital donde, por cierto, no había ni una triste timba de póker. ¿O tal vez precisamente por eso sus amigos lo mandaban a La Habana? ¿O tal vez ya nuestra imaginación de jóvenes actores, ávidos de personajes, de cubanos que ni siquiera habían traspasado una frontera terrestre, estaba desbordada ante la aparente ubicuidad de aquel individuo que parecía una invención literaria?

Entonces miramos al Gabo que, todavía con el silbato en la mano, parecía un maestro de ceremonias y sonreía de manera socarrona, como si efectivamente todo el personaje fuera creación suya y su aparición redondeara el retrato de sí mismo que había estado pintando para nosotros.

Sin querer, o queriendo, el Gabo había logrado convertirse en nuestro ídolo: un hombre que podía ser proletario y millonario al mismo tiempo, un escritor que vivía en un edificio llamado La máquina de escribir, un sibarita que presidía suculentas sobremesas en comidas siempre inauguradas con la Maniobra de Heimlich para ahuyentar a la muerte, un hechicero cuya ayudante se llamaba Alquimia y que, para colmo, era capaz de corporizar, con solo tocarse el bigote canoso impecablemente recortado, personajes de ficción en la realidad, y viceversa.

***

Ha pasado un cuarto de siglo y el Gabo ya no está con nosotros, pero pasado aquel Festival en Cartagena volvimos a encontrarnos con él alguna vez, Pichi más que yo, porque poco después participó en el rodaje de la película Edipo alcalde, con guion del Gabo, y porque ha estado más veces que yo en Colombia y más tiempo en Cuba, donde el Gabo hacía visitas frecuentes. Sin embargo, nunca más hablamos con él del asunto de los zapatos, aunque por supuesto sí se lo contamos a nuestra familia y a nuestros amigos cercanos.

Un día, supongo que por la indiscreción de algún amigo, la cosa saltó a la prensa, a la que le encantó la historia de que García Márquez nos había prometido unos zapatos y que nunca había cumplido su promesa, así que no nos quedó más remedio que confirmarlo y cuando por cualquier razón nos hablaban de él, nos adelantábamos diciendo: Sí, es verdad, nos debe unos zapatos.

Y así fue como descubrimos, poco a poco, que lo que el Gabo nos había regalado era, más que un objeto, la anécdota: la posibilidad de compartirla y de estar unidos a él de por vida. Nos había regalado un cuento para ser contado.

Me convencí de que esta teoría era cierta cuando mi amigo Senel Paz, el guionista de Fresa y chocolate, me contó que en cierta ocasión se había sentido muy orgulloso porque García Márquez había dicho de él que era quien mejor escribía diálogos en castellano. Pero, me dijo, el orgullo no le había durado mucho, puesto que poco tiempo después le había escuchado decir lo mismo sobre la guionista mexicana Paz Alicia Garciadiego.

Así que con esta serena certeza —el Gabo nos había hecho un regalo, sólo que no era el que esperábamos— dejamos nuestra pequeña anécdota reposar dulcemente en el fondo de la memoria de nuestro círculo de amigos y no se habló más del asunto… Hasta que hace muy poco volvió a emerger con fuerza.

El 12 de octubre de 2018 hubo una fiesta espectacular en la residencia del embajador de España en La Habana, para celebrar la controvertida fecha de la llegada de Colón a América, que unos llaman descubrimiento, otros encuentro de dos culturas, y que España considera el día de la Hispanidad y de su fiesta nacional.

La residencia era una casa preciosa, con unos jardines infinitos, ubicada en el barrio de Siboney. Desde el principio se notó que la noche prometía, porque apenas comenzó el acto protocolar, en el momento en que debían sonar lo himnos nacionales de los dos países, no hubo manera de conseguir que entrara la música y la presentadora, una actriz cubana con muchas tablas pero con evidente desconocimiento del himno español, propuso que los presentes cantaran ambos himnos.

Los cubanos cantamos el nuestro, cuya letra por cierto es una exhortación a la lucha contra España, pero cuando llegó el momento del español se produjo un silencio de muerte porque el himno de España no tiene letra. La situación fue salvada por un grupo de gaiteros cubanos, muy jóvenes y casi todos negros, que hicieron una curiosa versión a gaitas del himno español. Pero se notaba que la noche estaba cargadita.

A pesar de ser una fiesta multitudinaria, donde era muy difícil encontrar a alguien, cuando terminaron los discursos me encontré de pronto con Pichi que me apartó a un rincón, enseñándome su antebrazo, y me dijo:

—Mira, estoy erizado.

—¿Por qué? ¿Por las gaitas?

—No. ¿Sabes lo que ha pasado?

—¿Qué ha pasado?

—Acabo de encontrarme con Alquimia.

Con semejante comienzo de fiesta no me extrañaba que hubiera polvo de hadas en el ambiente. Pichi por fin lo soltó:

—Me ha dicho que tiene para nosotros los zapatos de García Márquez.

Lo miré estupefacto. ¿Cómo era posible que esto ocurriera después de 25 años? No pude contener las preguntas:

—¿Pero qué zapatos son? ¿El Gabo nos los dejó? ¿Dónde están? ¿Cómo es la historia?

Él no tenía las respuestas, porque el encuentro con Alquimia se había producido fugazmente en medio de la multitud y no había vuelto a verla. Ya se sabe que las criaturas mágicas aparecen y desaparecen cuando quieren, pero por suerte ésta tenía teléfono.

Los zapatos de Gabriel García Márquez

Gabriel García Márquez les contó a los actores de Fresa y chocolate que sus zapatos se los hacía un artista, a mano y a su medida. Les prometió un par a cada uno.

***

A principios de los años noventa una escritora cubana, ahora muy conocida, pero que en esos momentos era casi una niña, me leyó un poema que acababa de terminar y que hablaba de la partida de casi todos sus amigos al extranjero. En él había un verso que no he podido olvidar: uso el número de Madonna, que se refería, por supuesto, al número de calzado de la reina del pop y que era una exhortación a sus amigos para que le mandaran zapatos a la isla, donde son tan difíciles de conseguir. Era un verso amargo, acorde con los tiempos, aunque creo que lo que me intrigó, y lo que lo hizo permanecer en mi memoria, fue preguntarme cómo diablos la chica había podido averiguar el número de Madonna, si aún no existía Google y en Cuba no había revistas del corazón. 

Hoy puedo decir que tanto Pichi como yo usamos, curiosamente, el número de García Márquez. Tal vez la frase encierre el mismo frívolo orgullo, pero puedo asegurarlo: tengo sus zapatos y me los he probado.

La llamada a Alquimia fue mucho más difícil de lo que parecía. Sólo pudimos entender que le había tocado administrar una parte de la herencia que el Gabo había dejado en Cuba, de la que formaban parte los zapatos, pero la emoción se le agolpaba en la garganta y no la dejaba hablar, así que quedamos en vernos días después. No puedo ahondar en los detalles de la conversación que sostuvimos una tarde de octubre en su casa del Vedado, porque Alquimia es una persona extremadamente discreta y no lo aprobaría. Sólo puedo contar que nos dijo que estaba al tanto de la promesa que nos había hecho el Gabo y que sabía que éste hubiera querido que aquellos zapatos llegaran a nuestras manos.

Lo dijo subrayando ciertas palabras, como quien usa una frase definitiva, largamente meditada, y no quiere volver a ser interrogado al respecto. Así que no preguntamos cómo estaba al tanto ni cómo sabía la voluntad del Gabo. Preferimos mantener el ligero velo de misterio que ella había querido extender sobre los vericuetos emocionales por los que los zapatos llegarían a nuestras manos. Si es que llegaban, porque aunque hablaba de ellos no se decidía a mostrarlos y, cuando finalmente nos los entregó, lo hizo con el mismo amor y el mismo desgarramiento de quien se arranca una parte de su cuerpo para ofrendarla.

Ahora Pichi y yo tenemos nuestros zapatos. Son, en realidad, unos botines y unos zapatos, ambos blancos. Y usados. Después de que Alquimia nos los diera, fuimos a casa de Pichi, los pusimos en una mesa en el jardín, frente al mar, y los miramos durante unos minutos. Luego él dijo:

—Tú sabes que yo soy más de botas.

Y ahí terminó el asunto.

Lo último que me dijo Pichi, cuando nos despedimos hace poco en La Habana, fue:

—Puse los zapatos en el cuarto. Los miro de vez en cuando y es impresionante la energía que desprenden. Es como verlo a él.

Yo miro la suela de los que me tocaron a mí y rozo con la punta de los dedos el mapa de las pisadas. Se ve que son zapatos que caminaron mucho. En todo caso, abrigaron los pasos de un hombre inquieto, elegante y curioso, que vivió mucho y muy intensamente y que recordó su vida, mientras pudo, para contarla.   


Vladimir Cruz nació en Cuba y se formó en el Instituto Superior de Arte de La Habana. Durante más de 30 años ha trabajado como actor de cine, teatro y televisión, principalmente en Cuba y España, aunque ha rodado películas y presentado espectáculos en más de 20 países. Su primera película fue Fresa y chocolate, nominada al Oscar como Mejor Película Extranjera en 1995. Después de eso ha protagonizado unos 25 largometrajes y multitud de cortos y producciones teatrales y de TV. Entre los directores con que ha trabajado están Tomás Gutiérrez Alea, Arturo Ripstein y Steven Soderbergh. En los últimos años, además ha escrito guiones y dirigido proyectos de cine. Comparte su vida profesional y personal desde hace 20 años entre Madrid y La Habana.

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