Los zapatos de Gabriel García Márquez - Gatopardo

Los zapatos del Gabo

En 1994, los actores Vladimir Cruz y Jorge Perugorría salieron por primera vez de Cuba. Llegaron a Cartagena para presentar su polémica ‘Fresa y chocolate’. En medio del furor, conocieron a García Márquez, quien les prometió un regalo: un par de zapatos a cada uno.

 

La vida no es la que uno vivió,
sino la que uno recuerda
y cómo la recuerda para contarla.

G.G.M.

Apareció en el vestíbulo del Hotel Caribe de Cartagena de Indias vestido de implacable lino blanco y con unos espléndidos zapatos de dos tonos estilo cubano. Nada más vernos, sentados solos en un rincón, mirando apocados a la elegante clientela del hotel que no nos hacía el menor caso, nos gritó:

—¡Guajiros, mañana van a ser famosos!

Acaparó en un instante la atención de cuanta alma se movía a su alrededor, clientes o trabajadores del hotel, no sólo porque encontrarse con un Premio Nobel de Literatura no es algo que ocurra todos los días, ni porque éste en particular derrochaba un carisma y una seguridad extraordinarios, sino porque Gabriel García Márquez en Cartagena de Indias era Dios.

Su conexión con aquel entorno caribeño era palpable. Era su ambiente natural, su salsa, y él lo sabía y lo gozaba. Su impecable atuendo, de lino sin almidón, semejaba al de Santiago Nasar el día de su muerte anunciada y recordaba el famoso liqui liqui con que acudió a recoger el premio de la Academia Sueca en 1982. Atravesó con elegancia el vestíbulo, como si de una pasarela de moda o una alfombra roja se tratara, y vino directamente hacia nosotros, acostumbrado al efecto que producía, pero disfrutando en particular el que provocaba en estos dos cubanitos, el actor Jorge Perugorría y yo, ambos hijos de la revolución, que el día anterior habíamos salido de Cuba por primera vez.

Al llegar titubeó un instante, comprendiendo, tal vez ligeramente tarde, que lo que había en nuestras miradas no era arrobamiento ante el lujo y el glamour que nunca habíamos vivido en directo, sino extrañeza por lo distinta que resultaba su imagen a la sencilla y humilde que solía exhibir en sus frecuentes viajes a La Habana. Se repuso de inmediato.

—Yo en Cuba soy un proletario, pero aquí soy un millonario —dijo con sonrisa pícara—. Miren estos zapatos, me los hace a mano y a la medida un maestro zapatero que es un artista.

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