Jaime López: “El rock es mi esperanto”

Ya son más de 30 años desde que comenzó la “guerrilla anti-folclor” del cantautor mexicano, madurada en uno de los sonidos más elocuentes del rock en español y una de sus voces más claras. A pesar de que nunca ha tenido un lugar en el firmamento de las superestrellas en que, ahora, fácilmente se convierten los rockeros en el país, no hay cómo dudar del peso que tiene en la música mexicana. Sus huellas, hondas y bien delineadas, se pueden ver por todas partes, aunque no siempre se reconozcan como suyas.

—La poesía es esa cosa huerfanita de música —dice Jaime en broma. Luego, un poco más serio—: Confío en que la canción pueda ser la semilla de todos los géneros literarios. Pero jamás me atrevería a sentirme ni narrador ni poeta.

Hay una anécdota ochentera que retrata la relación histórica entre el rock y la izquierda mexicana: Jaime López y Cecilia Toussaint presentaban Corazón de silicón en El Cuervo, en Coyoacán, cuando una mano realizó esta pinta en la calle: “López cambia a Pepsi”. Jaime afirma que —según le confió el periodista y poeta Hermann Bellinghausen— el autor del graffiti habría sido Rafael Guillén Vicente, quien años más tarde iba a convertirse en el subcomandante Marcos. Dudo que la historia sea cierta, pero merecería serlo: es una excelente metáfora de un país en donde el arte es una empresa minoritaria y la política un reality show cuya doble moral dispara los ratings.

—La pinta hablaba, sin decirlo, de la muerte de Rodrigo González. Pero yo nunca fui rupestre como él. Mi relación con ese rollo fue tangencial. Al Rockdrigo, eso sí, lo quise mucho: es mi hermano musical. Lo malo es que murió. La muerte tiene todas las desventajas del mundo y una sola ventaja: ya nadie puede pedirte que hagas nada con tu vida. Así que, muerto Abel en el terremoto del ‘85, me convertí en el Caín que se atrevió a aparecer en Siempre en Domingo y a cantar en el OTI. Yo no traicioné nada: jamás he creído en la automarginación.

Bebemos tequila en el bar Gante, “el de la gente elegante” —me dijo con sorna al teléfono cuando acordamos reunirnos—. Percibo algo vagamente pendenciero en su trato y en su voz. No logro descifrar ese dejo del todo. Asumo que se debe a su constitución física (es un cotidiano levantador de pesas) y al tatuaje de un escorpión que porta en el brazo izquierdo como homenaje al signo zodiacal de Luisiana, la mayor de sus dos hijas (la menor —Andalucía— es Acuario como él y también está representada astrológicamente en la piel de su padre), y a su condición (mitad real y mitad histriónica) de norteño-que-habla-golpeao, y al hecho de haber pasado su juventud en el cábula y gandalla y transa mundo de la música popular chilanga de los setenta y los ochenta, y al recelo casi viral que le dejó haber despertado una madrugada con una pistola apuntándole a la sien mientras delincuentes profesionales desvalijaban su departamento, y al rechazo (simultáneo y tantito contradictorio) del capitalismo demencial y la recaudación implacable y la izquierda pundonorosa y la piratería inmisericorde, y al accidente de haber crecido en los cuarteles militares provincianos a donde lo arrastró el oficio del mayor Tlahuizo, su padre… Y, claro, a una concepción dramatúrgica del mundo: no se conforma con ser un autor; acepta ser, además, un personaje.

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