Campeona de autoayuda - Gatopardo

Campeona de autoayuda

¿Es el boxeo, para Kina Malpartida, una venganza contra el pasado?

Tiempo de lectura: 27 minutos

La boxeadora Kina Malpartida tiene un tatuaje en la pierna izquierda, una inscripción en inglés que dice “Live and give best of your ability. Give and forgive“. Vive y perdona. Se lo hizo en Queensland, Australia, poco tiempo después de huir de Lima. Era 1999, ella tenía diecinueve años y la habían tumbado tantas veces, es decir, había recibido tantos nocauts emocionales que se sintió obligada a hacer maletas. No sabía, entonces, que su futuro tendría que ver con la profesionalización del dolor. Algunos de sus amigos de esos años cuentan que Kina Malpartida se fue pensando que Lima ya no era una ciudad para vivir. Lima sólo era malos recuerdos. Así que dejó su pasado —para siempre— con una visión de lo que debía ser su futuro. Vive y perdona. Con esa certeza se fue a correr olas a Australia y, mientras tanto, a estudiar Administración de Restaurantes y Catering. Una década después, en 2009, sería campeona mundial de boxeo peso superpluma y un ídolo súbito en el Perú, un país que nunca había tenido un campeón mundial de boxeo. Ahora, desde hace algún tiempo, Kina Malpartida tiene ganas de contar su vida como si se tratara de un libro de autoayuda, con la hipótesis de que ella ha sido una peleadora capaz de caerse y levantarse, sobre todo fuera del ring. La vida es como el boxeo, y la metáfora es un lugar común tan evidente como un moretón en el ojo.

—Me han pasado cosas feas, es alucinante —dice con la vista al mar de California—. Me ha pasado de todo.

Huntington Beach es una playa de surfers y sol centellante con un muelle largo anclado en tantas columnas que parece un ciempiés gigante de cemento. Kina Malpartida es una adicta al mar. Desde que era niña, en su casa del balneario de Punta Hermosa, al sur de Lima, vivió con los pies pegados a una tabla. Su primer entrenador de surf, Roberto Muelas Meza, un campeón nacional que ahora es capellán de los Christian Surfers, la recuerda como una chica con una agilidad desconcertante para el surf. Tenía apenas trece años y era más avezada que los hombres más avezados de su edad, o incluso mayores. “No tenía temor a enfrentar el peligro del mar —me diría Muelas Meza, quien lleva veinte años formando tablistas en su escuela Olas Perú—. No le tenía miedo a las olas grandes ni a los revolcones, que a veces nosotros decimos que son como las dificultades del día”. Kina Malpartida, según él, pudo ser campeona mundial de surf.

Es una tarde de agosto de 2011, y la campeona mundial de boxeo se ha sentado en la orilla de Huntington Beach, bajo una sombra donde corre una brisa fresca que le permite conversar sin sudar.—La playa es lo más lindo que hay —dice, mirando hacia la orilla con sus redondísimos lentes oscuros marca Electric—. Es lo más lindo de toda la naturaleza, ¿no? El sonido es distinto, el sonido del mar, la arena, la calma, las olas, el sol, nunca voy a poder vivir sin mi playa. Por eso me fui a Australia y estuve cerca de la playa. Por eso vine a Los Ángeles y sigo cerca de la playa.

Lima también tiene playa, pero su mar es de un color más turbio, como el pasado de Malpartida, y desde que levantó el cinturón de la Asociación Mundial de Boxeo, vuelve al menos una vez al año, sólo para volver a irse.

Hace unas horas estuvo entrenando en el Azteca Boxing Club de Los Ángeles, a unos cincuenta minutos de Huntington Beach, pero ahora luce como si estuviese recién salida de la ducha: el cabello mojado y amarrado atrás en una cola, la nariz hinchada, la cicatriz sobre su ceja derecha, el rostro delgado y encendido, rosado, como en un esfuerzo permanente y decidido, porque incluso cuando no está haciendo nada, Kina Malpartida, campeona del mundo, está entrenando. Se mueve intranquila casi todo el tiempo, juega con sus zapatillas en la arena, se frota los nudillos callosos de sus manos largas capaces de partirte la cara, y el sonido del mar —las olas reventando contra la orilla— es el paréntesis que necesita en medio de tanta agitación. El gimnasio es bulla y caos, y la playa es, de alguna forma, el silencio, esos segundos luego de que suena la campana y el boxeador debe ir a su esquina. La playa es esa esquina.

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