Larga distancia: Las historias detrás de los locutorios de Barcelona

Larga distancia

En los locutorios de Barcelona las personas se teletransportan al país que dejaron atrás

Nadie entra en la cabina telefónica número cinco.
Es exactamente igual que las otras nueve: cinco palmos de profundidad, una silla de oficina, una tabla que aguanta un teléfono, blanco o negro (éste blanco), el papel pegado a la madera del fondo en el que se lee que hay que pulsar la tecla almohadilla (numeral) cuando el otro conteste, y que también aparece en inglés: “When listen from other side please push hash key#“, y el ventilador polvoriento, inmóvil, porque en Barcelona el termómetro marca diez grados.

“Éste es el más barato de la zona”, dice una mujer teñida de rubio con una maleta roja, enorme, acompañada de otras dos mujeres, mientras abre la puerta del locutorio. El escaparate que da a la calle está forrado por carteles de exposiciones que se pueden visitar en Barcelona —”Picasso, vida en azul”, ocupa bastante espacio— y por cuartillas que representan banderas de países con el precio de la conexión por minuto. “Bolivia, 0.10 céntimos”, se lee sobre los colores de la bandera boliviana, una franja roja, otra amarilla y una verde, desteñidas por el sol.

“Nos vemos al rato”, se despide otra de las mujeres, morena, de unos cincuenta años, y se mete en la cabina tres. La más joven, de unos treinta, abre la puerta de la cuatro. La rubia que acarrea la maleta revisa el local, como buscando posibles ladrones, pero finalmente la deja frente a la puerta de la cabina seis —es de vidrio, así que la podrá vigilar desde dentro— y cierra.

Desde fuera se las ve cabizbajas. Dos de ellas, la de la maleta y la que está en la cabina cuatro, se miran las uñas, ambas con perfecta manicura francesa. La de la cabina tres juega con un celular mientras habla. Es en el gesto recogido de las tres mujeres cuando se entiende por qué la cabina cinco de este locutorio del centro de Barcelona, en la Ronda de Sant Pau y que se llama Sant Pau, queda siempre vacía. En todas las puertas de las demás cabinas hay calcomanías pegadas con publicidad de compañías de móvil: “Recarga aquí todos los móviles”; “Compra aquí tarjetas para llamar al extranjero”. Los adhesivos, que quedan a la altura de la cabeza, resguardan la intimidad del que se teletransporta: cuerpo en Barcelona y voz en Pakistán (0.10 céntimos el minuto), en Argentina (0.12), en Blangladesh (0.5), en México (0.15). La puerta de la cabina cinco está limpia: marco de madera, puño dorado y un cristal diáfano. Sin adhesivos, el que está dentro está desprotegido: cualquiera puede espiar las lágrimas, las esperas, los gestos, el aburrimiento, la crispación. Y nadie quiere testigos cuando está allí dentro.

locutorios en Barcelona

Abdul Razzaq, el dueño de este locutorio que ofrece también servicio de internet, mantiene los cristales impolutos, todo metódicamente ordenado, identificadas las cabinas con un número en el dintel de cada puerta y enumeradas las once pantallas de ordenador. Las tres mujeres que están en las cabinas se conocieron en Barcelona, las tres son bolivianas, pero, aunque han escuchado de los hijos, de los maridos, de los problemas de cada una “en casa” —que, siempre, significa “en Bolivia”— no conocen a esos esposos, hijos y madres de las otras más que por fotos y anécdotas sueltas. La llamada de las mujeres se alarga más de una hora. “Cuando la gente llama a casa —dice Alí, el chico que trabaja para Abdul— habla mucho, hasta dos horas”.

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