Los ángeles de Lupe Pintor: Entrevista con un pícaro del ring

Alberto Salcedo Ramos ha destacado como una de las plumas más prolíficas de la crónica latinoamericana, conoce el idioma y lo ha desplegado con recursos narrativos. En esta ocasión entrevista al boxeador mexicano Lupe Pintor, conocido por generaciones como el “Indio de Cuajimalpa”.

Quien quiera saber cuánto pesa un muerto que venga y le pregunte a Lupe Pintor. Lo sugiere él mismo mientras se sienta a horcajadas en un banco de madera. Pintor se alisa el bigote frondoso con los dedos. Luce tranquilo, recio. Nunca ha cargado ataúdes en los cortejos fúnebres —aclara— pero ha lidiado durante años con una tragedia ocasionada por sus puños.

¿Que cuánto pesa un muerto?

Mucho, responde. Sobre todo si hay sentimientos de culpa. En 1980, cuando realizó aquella pelea que terminó en desgracia, se sentía muy mal consigo mismo. Le pesaba el finado, le pesaba la familia que se quedaba enlutada. Cargó esa cruz durante muchos años. Después aprendió a verse con indulgencia, y entonces ya no se sintió aplastado. En todo caso, el muerto todavía le duele.

A estas alturas se sabe condenado a convivir por el resto de su vida con el morbo de la gente. Aunque hoy es capaz de sobrellevarlo, aún se desconcierta ante algunas preguntas recurrentes.

—En especial hay una que me da mucho coraje.

—¿Cuál?

—Bueno, no es una pregunta, exactamente. Es cuando me dicen: “El boxeador ese al que usted mató”.

—El fantasma de esa pelea contra Johnny Owen…

—Yo sé que siempre me van a preguntar por eso.
Entonces frunce el ceño, aprieta las mandíbulas.
Pintor vive en Cuajimalpa, una de las dieciséis delegaciones que conforman la Ciudad de México. En este sector popular nació y se crio. Y aquí morirá, según ha dicho en varias entrevistas.

—Hay muchas maneras de preguntar sin ofender —dice ahora—. Es absurdo que me pregunten cómo maté a Owen. En el ring no hay asesinatos.

—¿En serio alguien usó la palabra asesinato?

—No. Pero si me dicen que yo maté es como si me dijeran asesino. Un boxeador no mata a otro: ahí lo que hay es un accidente.

—Me imagino la cantidad de veces que le habrán planteado el tema de ese modo.

—Muchas. Pregúntele a Vir.

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