La lucha de los médicos residentes en el hospital de Nutrición - Gatopardo

Los pequeños triunfos. La lucha diaria de los médicos residentes en el hospital de Nutrición

Al interior del Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán, los residentes de medicina interna se enfrentan diario a un enemigo desconocido. En cada guardia, les toca entrar a urgencias para combatirlo. Esta es la cuarta entrega de una serie sobre lo que ocurre al interior de un hospital en la pandemia.

Para Maty, hasta que nos volvamos a ver.

 

A mediados de marzo de 2020, el mundo cambió. Quienes pudieron, se encerraron en casa. Los horarios perdieron formalidad, se distorsionaron, de modo que la percepción del tiempo mutó. El insomnio y la ansiedad aumentaron, la incertidumbre se apoderó de los planes a futuro, y la pandemia del coronavirus trastocó todos los aspectos de la vida humana. Los médicos residentes de México no estuvieron exentos del cambio. Por el contrario: son la excepción porque ellos viven la cuarentena al revés. Su ritmo de trabajo aumentó. En vez de recluirse con los suyos, les tocó alejarse de quienes más quieren. Hoy mientras el mundo intenta distanciarse del SARS-CoV2, ellos enfrentan todos los días un alto riesgo de contagio. Al interior del hospital de Nutrición, son los residentes de medicina interna los que libran diariamente la batalla contra un virus que es tanto enemigo como enigma.

***

Es de madrugada cuando Amaya Llorente, de 27 años, residente de medicina interna de tercer año, del hospital de Nutrición, entra al área crítica donde están los pacientes intubados. Trae puesto todo su equipo de protección. Uno de sus pacientes está muy grave, lleva días intubado, y no está respondiendo al tratamiento. Los médicos solo pueden hacer una cosa más: pronarlo. Es decir, voltearlo boca abajo para ver si eso lo ayuda a respirar mejor. Solo que, si el tubo llega a salirse, peligra la vida del paciente y aumenta el riesgo de contagio para los médicos.

Llorente, como la residente a cargo del paciente, toma la cabeza. Está sedado. La doctora ve su rostro apacible con ojos cerrados. Con una mano sostiene el cráneo y con la otra las mangueras con las que está conectado al ventilador. El cuerpo lo cargan un camillero y una enfermera. Cuando Llorente cuente hasta tres, tendrán que voltearlo al mismo tiempo que ella gire la cabeza. “Uno”, dice a su equipo. “Dos”, preparados. “Tres”. Empiezan a girar el cuerpo… Y en ese momento el tubo se sale. La pronación falla. Llorente se voltea a ver los guantes y la bata: está cubierta de saliva, sangre y moco. Está cubierta de un virus sin cura.

Ahí es cuando despierta con taquicardia. Y es igual cada vez que tiene ese sueño.

Otra de sus pesadillas recurrentes es que ajusta, una y otra vez, los parámetros de los ventiladores donde están conectados los pacientes y ninguno mejora. O que, cuando se está quitando el equipo de protección personal, después de pasar siete horas en terapia intensiva, la careta se le resbala y le pica un ojo infectándola.

A finales de abril, cuando México estaba por concluir su mes inicial de cuarentena, hablé por primera vez con la doctora. Platicamos por Zoom, mientras caía la tarde del viernes 24 de abril. Ni ella ni yo lo sabíamos entonces, pero al día siguiente viviría la peor guardia de su vida.

Pero para llegar ahí es necesario volver al principio.

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