Messi: el genio outsider. ¿Por qué llora en silencio el fascinante futbolista?

Messi: el genio outsider

En 2015 Lionel Messi ganó la Liga de España, la Copa del Rey y la Liga de Campeones de Europa con su equipo, el Barcelona. Pero sus comportamientos misteriosos desconciertan a sus fanáticos. ¿Qué tiene Messi en la cabeza, en qué piensa cuando corre con la pelota?

Tiempo de lectura: 11 minutos

En estos tiempos en que Lionel Messi ganó en un chasquido de dedos la Liga de España, la Copa del Rey y la Liga de Campeones de Europa con el Barcelona, ponerlo bajo sospecha sería tan delirante como sostener que al fútbol se juega con una pelota cuadrada. Conviene recordar, sin embargo, que un rumor de disconformidad lo rodeaba hacía un año, en el Mundial de Brasil —, cuando quedaron dos imágenes suyas, una eléctrica y otra unplugged.

El reclamo —no unánime, pero sí notorio— era que el goleador serial de la primera fase del torneo, el que despabilaba al planeta en cada uno de sus arranques de felino, había derivado en un futbolista herbívoro en la segunda parte del Mundial. Era un murmullo apuntalado con estadísticas bajo el brazo: cuatro goles convertidos en la primera ronda y ninguno entre los octavos de final y el partido definitorio ante Alemania. Como si hubiese aplicado el modo off, Messi pareció aislarse en sí mismo y desentenderse del mundo exterior en algún momento de los partidos de Argentina.

En su país la inquietud alcanzó tintes histéricos: “Corré, movete, equivocate, pero hacé algo”, se desesperaban algunos hinchas frente al televisor. No era tanto un fastidio futbolístico sino anímico, mental. ¿Por qué Messi parecía poseído por la abulia cuando se estaba jugando dos cartas inéditas, la de ser campeón del mundo y la de alcanzar a Diego Maradona en la recargada mitología argentina? ¿Por qué Messi parecía caminar en la cancha?

La lista podía continuar, incluso en ligero tono de reproche, pero siempre se trató una disyuntiva falsa. Messi ya vivía en su planeta cuando se convirtió en lo que es, el más fascinante futbolista del siglo XXI, y cuando, en 2015, el año en que volvió a su mejor versión, ganó la Triple Corona. Qué tiene Messi en la cabeza, en qué piensa cuando corre con la pelota dentro del pie o se dispersa a la espera de entrar en contacto, son enigmas de los que debería ocuparse la ciencia: el misterio que, en el fútbol, equivale a la pregunta acerca de cómo fueron construidos Machu Picchu o las pirámides de Egipto. Que los biomecánicos estudien su zancada corta —pasos de 30 centímetros, la mitad que la de un jugador que mide 1,90— nunca develará su rasgo camaleónico: la errónea percepción de que a veces no está. Aunque es cierto que en el Mundial — y en los meses previos acentuó su imagen de aparente desidia (en la medida en que era corroído por una cadena de dilemas físicos, tácticos y espirituales), nunca hubo un Messi devorador y otro desconectado: siempre fue un devorador desconectado. A veces moviendo sus piernas supersónicas como si levitaran diez centímetros por encima del césped y otras dejándose hundir como si la cancha fuera de arenas movedizas.

En palabras del poeta alemán Rainer Maria Rilke, si los demonios abandonaran a Messi, sus ángeles también se marcharían. Acusarlo de ser un despistado sería dispararle al sostén de su grandeza: la descomunal biografía del argentino no habría sido posible sin su poder de abstracción, un ensimismamiento que lo acompañó en toda su carrera. La psicología de Messi, insondable en sus obras y sus silencios, siempre fue inaccesible. Hasta el técnico de Argentina en el Mundial — desistió de interpretarlo. Cuando Alejandro Sabella le pidió consejos a Pep Guardiola —el entrenador del Barcelona que entre 2008 a 2012 orientó la versión galáctica de Messi— acerca de cómo convivir con el ídolo reservado, el catalán le recomendó hablarle lo estrictamente necesario y rodearlo de compañeros que lo respetaran. En otras palabras, lo que en Argentina significa “que no le rompan las pelotas”. Dejarlo ser.

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