Un rescate en Guatemala

El tren ha visto y sigue viendo pasar la vida sobre los rieles, aunque por lo general es símbolo de lamento en pueblos desatendidos. En Guatemala, por ejemplo, hace años del último servicio turístico en tren y más de diez del último viaje comercial.

Al principio fueron los rieles, luego la caldera de vapor, las bielas y, finalmente, fue el tren. El tren sacó a bienes y pasajeros de la fatiga de los caminos, colonizó tierras lejanas y desarrolló la industria hasta el punto en que el progreso de un país podía medirse en kilómetros de vías. Las primeras líneas se tendieron para el transporte privado de materias primas. Luego, algunos gobiernos rescataron otras en apuros, unificaron tramos y se establecieron redes que movían carga, tropas o viajeros. Pero en los años sesenta del siglo XX, el auge automotriz y la búsqueda de la eficiencia decretaron el cierre de muchas vías. El tren de pasajeros casi nunca es hoy rentable, pero sigue haciendo que muchas sociedades fluyan. En algunos países las políticas de vertebración del territorio mantienen subvencionadas viejas líneas, mientras otras se museízan, se vuelven vías verdes o simplemente se abandonan. Pero en otros, las carreteras no son alternativa fiable, y las vías siguen dando a ciertos pueblos su razón de ser y un servicio tan precario como indispensable.

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Roberto Tally, como cualquier otro ser humano, también podía perder una mascota. Si sucediera, los vecinos se enterarían pronto porque el barrio estaría empapelado con carteles con su foto. Roberto no repararía en las horas de búsqueda, ni mucho menos en los gastos de impresión, y todos, al menos todos los que tienen mascota, comprenderían el empeño.

Ahora, aunque Roberto no ha perdido nunca a un animal, quizá sea un poco más fácil entenderlo: la mascota de Roberto pesaba 87 toneladas, era absolutamente incapaz de regresar a casa por sí sola y, además, se la habían robado y llevado lejos. En 1986, un puñado de ferroviarios guatemaltecos llegó hasta los confines del país y convirtió un intento de rescate en asunto nacional. Su mascota era una locomotora.

Conocí a Roberto en el Museo del Ferrocarril de la plaza Barrios, una estación que había pertenecido a la extinta empresa Ferrocarriles de Guatemala —FeGua—, en plena capital chapina, y pensé que el empleado que estaba viendo en el andén de espaldas tenía que ser él. Llevaba un peto vaquero con camisa blanca y manga corta, visera negra de ferroviario y pañuelo rojo al cuello, igual que en la foto de un periódico local que había expuesto allí. Acababa de salir al andén a través de una puerta de vagón reutilizada, probablemente la única parte rescatada de un vehículo viejo, en el pequeño centro de documentación del museo. Era la hora del cierre y el responsable del museo me apremiaba para que saliera. Pero traté aún de acercarme, y me alivié al oír su voz.

—Roberto Tally, para servirle.

Por lo que acababa de leer en el artículo, estaba ante uno de los más experimentados maquinistas que hubo en Guatemala, que había heredado el oficio de su padre y recorrido miles y miles de kilómetros al frente de un puñado de locomotoras de vapor antes de que la empresa echara el cierre. Tras años de operaciones de FeGua, una serie de problemas legales con los inversores estadounidenses se había enquistado y terminó deteniendo los últimos trenes. Primero habían sido los de pasajeros y poco después los de carga.

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