Periodismo en la cueva del lobo

¿Cómo hacen estos reporteros de Sinaloa para escribir sobre tráfico de drogas, señalar la corrupción de las autoridades y seguir sonriendo?

PRÓLOGO. El conductor —el lector, el cronista— puede dejar atrás el aeropuerto de Bachigualato, pasar al lado de un voceador de periódicos que insiste en que Culiacán está muy caliente y, recién ahí, cruzar por el puente donde hace un par de meses colgaron a un tipo que no respetó una máxima: la traición y el contrabando son cosas incompartidas. Acelerar, entonces. Estará anocheciendo y, en la radio, un hombre que parece traer grava atorada a mitad de la garganta hablará de los ejecutados del día y que mañana serán olvidados cuando muera el siguiente. Si el conductor no mira fijamente al frente, como debe, verá, a la izquierda, todas esas concesionarias de autos donde los capos, sicarios, buchones, achichincles y haraganes sin causa compran las Hummers, las Cheyennes o las Lobo doble cabina en riguroso efectivo. A la derecha, estará Los Álamos, un fraccionamiento que los ricos amurallaron desde su construcción para salvarse de las balas; no han entendido que en esta ciudad el peligro más cabrón es estar vivo.

Después, la carretera hará que el auto baje un puente como si quisiera meterse al Cinépolis, ahí donde en 2004 rafaguearon al Rodolfillo Carrillo Fuentes, el hermano de Amado, el Tony Soprano de Navolato. Y más adelante estará la Moreh, una de las funerarias donde se velan narcos pesados; Arturo Beltrán Leyva, por ejemplo. El conductor seguirá hasta toparse con un tal Emiliano Zapata, ese general que si no se ha movido de aquí es porque lo hicieron de piedra; si no, ya hubiera agarrado monte, rumbo a Badiraguato, para ir a enfrentar a los narcos. Es probable que, en el semáforo del boulevard Madero, el conductor escuche las historias que su acompañante se ha atrevido a contarle; algunas serán malas, otras buenas y otro tanto parecerán verdaderamente estrambóticas, pero así se han forjado las leyendas de Ismael El Mayo Zambada, de Joaquín El Chapo Guzmán y de los pistoleros que los siguen como la cola de un cometa.

Otra vez acelerar.

Es extraño que en una ciudad tan violenta como esta, donde la muerte es incansable, sobreviva un discreto monumento al triunfo del periodismo: el semanario Ríodoce. Y esa es la historia que he venido a contarles.

Periodismo en la cueva del lobo, int3

HIPÓTESIS. Si por la noche te sacan a patadas del sueño para decirte que han arrojado una granada a tu oficina, las posibilidades de que te quieras cambiar de trabajo son altísimas. Pero desde hace tiempo conozco a Ismael Bojórquez, Alejandro Sicairos y a Javier Valdez y, aunque no son unos temerarios, sé que tampoco son cobardes.

El lunes seis de septiembre de 2009 pensaron las cosas y fueron a levantar la denuncia correspondiente. ¿A quién o quiénes se les ocurrió ir en la madrugada a la Francisco Villa Poniente, buscar el 767 y dejar ese manojo de plomo que finalmente no explotó? Pasó el tiempo. Pusieron doble cerrojo a la oficina, aunque a Javier le dé risa que las secretarias dejan entrar a cualquiera. Transcurrió más tiempo. Nadie en la policía sabía nada, o sabían todo. Para entonces, la triada reporteril ya había descartado que fuera el narco. “No tenemos certeza, pero sí grandes sospechas de que o fue el gobierno del estado o el gobierno federal”, me dirá Ismael con un cigarro colgándole en los labios. Antes, Javier me había enseñado el lugar donde fue encontrada la granada. Dijo ese nato culichi garabatero: “Aquí estaban los de la imprenta, se fueron al lado de una iglesia a ver si Dios los protege, pero Dios aquí ya renunció, bato”.

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