De las plazas a los palacios. Crónica del auge de los indignados.

Podemos: De las plazas a los palacios

Podemos, un partido político creado casi en secreto en enero de 2014, se convirtió en la cuarta fuerza española más votada en las elecciones europeas de mayo y ya es, según las últimas encuestas realizadas, la primera en intención de voto.

No es cierto que una imagen valga más que mil palabras, pero hay fotos elocuentes que condensan todos los significados de un momento y se convierten en históricas nada más al publicarse. Sucede así con la imagen que difundió la agencia de noticias española EFE la noche del 25 de mayo de 2 014. Fue portada de varios periódicos y se ha reproducido en miles de rincones de internet. En ella, un grupo de gente celebra desde un atril un triunfo electoral. No han ganado las elecciones. Ni siquiera han quedado segundos, pero se sienten vencedores y, lo más importante, casi toda España los siente así. Celebran una sorpresa, lo que muchos analistas y políticos han calificado ya de un terremoto en la política española. Desde aquella noche del 25 de mayo, los protagonistas de esta foto han ocupado el centro del debate público, cada vez con más intensidad.

Leídos en frío, los datos son irrelevantes. La fotografía ilustra el momento en que los líderes del partido Podemos celebran con sus simpatizantes el resultado de las elecciones al Parlamento Europeo, que les han dado cinco eurodiputados. Ese parlamento, pese a su rubro imponente, es una institución ineficaz y con muy pocas funciones en el entramado de la Unión Europea. No es un parlamento en el sentido clásico, porque apenas tiene capacidad legislativa. Las leyes europeas se deciden en otro órgano, la Comisión, con poderes también ejecutivos. El Europarlamento, elegido en unos comicios en los 27 países miembros de la Unión, se considera un cementerio de elefantes donde van a morir los políticos derrotados. Cinco escaños en una asamblea sin poderes no son motivo de celebración para ningún partido. En circunstancias normales, esa foto no habría salido en la portada de ningún diario. A lo sumo, habría ocupado un espacio muy segundón en las páginas interiores, escondida en lo más hondo de la crónica política. ¿Por qué merece, entonces, esa atención desmedida? ¿Por qué los retratados posan tan felices? ¿Por qué parecen mucho más victoriosos que los verdaderos vencedores?

El contexto lo explica en parte. Bajo el nombre de Podemos, más un lema o un grito de aliento deportivo que una descripción ideológica, se creó específicamente para concurrir a esas elecciones. Surgido en apariencia de la nada (no es escisión de ningún partido ni procede de ninguna organización anterior, más bien es casi un experimento de laboratorio diseñado en los despachos de una universidad), se presentó en sociedad el 17 de enero de 2 014 durante un acto en un pequeño teatro de Madrid propiedad de Alberto San Juan, un actor de cine muy popular y muy comprometido con causas de izquierdas. Aunque la ceremonia atrajo cierta atención de los medios y propició un gran entusiasmo en los colectivos sociales, un par de días antes de la elección la mayoría de los españoles (los ajenos a internet y las redes sociales, donde se centró la campaña electoral), la gran masa atenta sólo a los noticieros televisivos, ni siquiera se había enterado de su existencia. Las encuestas de intención de voto más generosas les concedían, con suerte, un diputado, y casi todos los analistas políticos los despachaban como una anécdota pasajera sin influencia en el juego de poderes. El pasmo fue casi unánime cuando el recuento les dio 1.2 millones de sufragios y los situó como la cuarta fuerza política del país, a un escaño de Izquierda Plural, la coalición de partidos heredera de la tradición comunista. Internet demostró ser una fuerza movilizadora mucho más potente de lo que los estrategas de los grandes partidos habían supuesto.

Aunque el Partido Popular (PP, en el Gobierno) y el Partido Socialista (PSOE) seguían siendo los más votados, ambos perdían centenares de miles de sufragios con respecto a los comicios europeos anteriores y, por primera vez en la historia de la democracia española, la suma de las papeletas de ambas formaciones no llegaba a 50% del voto emitido. Un desastre inexcusable que provocó la dimisión inmediata del líder socialista, Alfredo Pérez Rubalcaba, que ha sido sustituido recientemente por un joven y guapo Pedro Sánchez, en un proceso de elecciones primarias inédito en el partido y que probablemente no se habría celebrado de no mediar la amenaza de Podemos.

Los protagonistas de esa foto que distribuyó la agencia EFE tenían, por tanto, mucho que celebrar. En cuatro meses habían pasado de la irrelevancia absoluta a liderar un movimiento que intimidaba a las cúpulas de los grandes partidos y expresaba la rabia y el desconcierto de una parte empobrecida y maltratada del país. La interpretación era clara: los llamados indignados, que tomaron las plazas de las grandes ciudades del país en marzo de 2011 en respuesta a las durísimas medidas antisociales aprobadas por el gobierno durante la crisis económica, estaban empezando a tomar también las instituciones. Subían desde la plaza a los palacios. Otros retorcían un poco más ese análisis: un grupo de intelectuales de tradición marxista había explotado el malestar y la frustración de una parte considerable de la sociedad española recurriendo a estrategias populistas parecidas a las de varios gobiernos latinoamericanos. Quienes hacen este análisis hablan de Hugo Chávez y repiten la palabra populismo.

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