Tengo que morir todas las noches. El mundo underground de los ochenta.

Tengo que morir todas las noches

El Nueve fue por mucho tiempo el bar gay más popular de la Ciudad de México. Sus quince años de vida, entre 1974 y 1989, coinciden con el último suspiro del llamado milagro mexicano y el inicio de una época de transformaciones convulsas en México.

Tiempo de lectura: 17 minutos

A mediados de los años setenta, la Ciudad de México tenía una esfera de diversión y entretenimiento bien iluminada. Era un mundo refinado y rico en un país que tuvo treinta años de crecimiento sin interrupciones, sin inflación y sin saltos en el tipo de cambio. En ese universo habitaba una clase alta compuesta por los nietos de algunas familias del antiguo régimen que conservaron parte de lo que tenían a pesar de las turbulencias de la Revolución mexicana, y también estaban los nuevos ricos nacidos de esa Revolución: empresarios que en complicidad con los políticos crearon fabulosas riquezas. Buena parte de esa clase alta vivía en un país menos rural, en una ciudad más cosmopolita. El área de la ciudad que satisfacía los gustos más refinados estaba cercada por dos de las avenidas más importantes: Insurgentes y Reforma. Fue una urbanización del siglo XIX cuyas calles llevaban nombres de ciudades europeas y donde se asentaron mansiones de estilo ecléctico que a mediados del siglo XX comenzaron a transformarse en oficinas, cafeterías, boutiques, galerías y restaurantes. Nadie sabe bien cómo adquirió el nombre de Zona Rosa. Algunos afirman que el autor del nombre es Agustín Barrios Gómez, cronista y responsable de la columna de sociales “Ensalada Popoff”; otros, que lo acuñó el pintor José Luis Cuevas, gran animador de la vida cultural de la zona, pero el caso es que ese nombre logró notoriedad turística después de los Juegos Olímpicos de 1968 y el Mundial de Futbol de 1970.

El miércoles 8 de mayo de 1974, un nuevo restaurante italiano abrió para contribuir al tono refinado del rumbo. Se llamaba Le Neuf y estaba en la calle de Londres número 156. La crónica de las páginas de sociales, escrita para el Novedades por Nicolás Sánchez-Osorio, se titulaba “Ni parece restaurante el de Giuliano Guirini”. Cerca de mil personas asistieron a la inauguración de ese sitio, junto al mercado de artesanías de la Zona Rosa, en el primer piso de un edificio que pertenecía a Ricardo Diener, un prestigioso joyero que instaló su tienda en la planta baja del mismo predio. El lugar estaba decorado por el arquitecto Jorge Loyzaga, inspirado en las casas venecianas, pero en realidad muchas de las ideas eran de Giuliano Guirini, el creador del restaurante. Asistió a la inauguración lo más refinado de la colonia italiana, como la señora Gisella de Marras, esposa del embajador, la baronesa Franca Rosset de Sandre o la condesa Elita Boari Dandini, descendiente de Adamo Boari, arquitecto del Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México. Estuvieron las hijas de la Revolución mexicana, como Alicia Almada, nieta del ex presidente Plutarco Elías Calles, y asistió también la vieja aristocracia local: llegaron el playboy Enrique Corcuera y su hermosa esposa, la ex Señorita Argentina, Viviana Corcuera, así como Juan Sánchez Navarro, líder empresarial.

Le Neuf fue adoptado instantáneamente por la gente bien de la ciudad y se convirtió en un escaparate para el lucimiento de Giuliano, el guapo anfitrión de modales deslumbrantes. Sánchez-Osorio siguió haciendo la crónica de cómo Le Neuf fue el lugar donde tout México daba cenas íntimas en su salón rojo. Una de las más reseñadas fue la que ofreció el Instituto Mexicano de la Moda para el diseñador francés Pierre Cardin, que estuvo sentado junto a la condesa Boari Dandini. Según la crónica, Cardin, nacido en Italia de padres franceses, reconoció que el salón era “completamente veneciano”. Comieron: pâte á la marquise, risotto á la champagne, pollo a la crema con champiñones frescos, berenjenas venecianas al horno, lomo de puerco con salsa de espinacas y strudel de manzana.

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