Todo se fue por un hoyo. Las lelcciones de la fuga del chapo.

Todo se fue por un hoyo

La fuga de Joaquín Guzmán Loera, el narcotraficante más poderoso del mundo, ha generado todo tipo de reacciones. Las primeras fueron indignación y sorpresa. Luego vino una larga lista de hipótesis sobre su escape y teorías conspirativas.

La noche del 11 de julio de 2015, Monte Alejandro Rubido, el Comisionado Nacional de Seguridad, estaba en el aeropuerto de la Ciudad de México, listo para abordar el avión que lo llevaría a París, cuando recibió el mensaje que cambiaría para siempre el sexenio de Enrique Peña Nieto: Joaquín Guzmán Loera, el Chapo, el más famoso, eficaz y poderoso de los narcotraficantes del mundo había escapado de su celda en el penal federal número 1, nombrado como El Altiplano, en el Estado de México.

No sabemos si Guzmán planeó escaparse precisamente ese día o simplemente lo hizo cuando sus trabajadores terminaron de construir el túnel que desde el piso de la regadera de su celda lo llevó a la libertad; pero dice tanto que se haya fugado, como que lo hiciera una noche en que el Presidente de la República, el Secretario de Gobernación, el Secretario de la Defensa, el Secretario de la Marina y el Comisionado Rubido —sí, casi todo el gabinete de seguridad nacional— estaban volando o ya disfrutaban de la Ciudad Luz para participar en los festejos del 14 de julio en París, que conmemora, valga la paradoja, la caída de otra prisión que se pensaba una fortaleza: La Bastilla.

Dieciséis meses después de que el mismo gobierno presumiera ante el mundo la captura de “el criminal más inteligente que el Estado mexicano jamás haya enfrentado” —como le llamó algún día José Luis Santiago Vasconcelos, uno de los grandes conocedores del tema de seguridad, fallecido en un accidente en 2008—, veía su prestigio irse por el mismo túnel por el que escapó el Chapo.

Guzmán exhibió no sólo las debilidades estructurales del aparato de inteligencia y el sistema penitenciario del país; sino que puso al descubierto la mayor debilidad del gobierno de Enrique Peña Nieto: su incapacidad para reaccionar frente a lo inesperado.

Expertos en la planeación y la negociación política a puerta cerrada —las reformas aprobadas así lo prueban—, sufren cuando las cosas se salen del plan.

Me explico: durante la transición, con absoluto sigilo, negociaron un acuerdo con las otras fuerzas políticas que les permitió desahogar uno de los paquetes legislativos más ambiciosos de las últimas décadas. Planearon con precisión de relojero el orden y el tiempo de cada una de las reformas. Por meses, armaron el caso para quitarse de encima a Elba Esther Gordillo, la poderosa líder del sindicato de los maestros, estorbo para la primera de las reformas. Así lograron también la de telecomunicaciones, en contra de las poderosas empresas del ramo, y la fiscal en contra de buena parte del empresariado para después terminar con el monopolio de la propiedad estatal del petróleo. Establecieron una rígida y disciplinada política de comunicación alrededor de los temas de delincuencia y seguridad, y disminuyeron la intensidad en la confrontación contra grupos delincuenciales. Ambas cosas colaboraron a la percepción de que en ese rubro las cosas iban mejor.

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