Los animadores del cine africano

Los animadores del cine

Decenas de videojockeys llevan cada noche la magia del cine a los barrios humildes de Uganda y otros países del este de África.

Como la mayoría de los habitantes no domina el idioma en que están filmadas las películas, se ha popularizado un sistema de doblaje en directo a los idiomas locales. Los cines informales están llenos. Casi sin medios técnicos, los vj echan mano del ingenio y la pasión para traducir en directo o grabar interpretaciones a las que añaden mucho humor. Son un respiro en la realidad agobiante de las clases humildes del continente africano.

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Una sesión de VJ Jingo en Bwerenga, a las afueras de Kampala. La localidad es cercana al lago Victoria.

En el barrio de Bwerenga a las afueras de Kampala, la capital de Uganda, el glamour de Hollywood huele a buñuelos fritos, pollo asado y cerveza derramada. En un lugar así, donde la basura se acumula en los rincones, las casas tienen puertas oxidadas y el dinero es un verbo gastado, los héroes del celuloide no tienen ni siquiera el papel protagonista. Son casi las diez de la noche y, aunque el show debería haber empezado una hora antes, ninguna de las más de cuarenta personas que se han dado cita en el Ssempiga’s bar dan señales de estar impacientes. Todas tienen la mirada fija en las imágenes de videoclips africanos que un proyector escupe sin descanso sobre una sábana blanca colgada en la pared. La música truena, rebota en el cobertizo de chapa y difumina los gritos de júbilo de un grupo de jóvenes borrachos que juegan al billar al fondo. Nadie baila. A Charles Kalori, vecino del barrio que se ha dejado los ahorros del mes en los 3 000 shillings de la entrada —80 centavos de dólar—, lo comen los nervios. “No me puedo creer que él esté aquí. Sólo voy al cine a ver sus películas, las mejora todas. Es el más divertido, el mejor”. De pronto, el videoclip de la pantalla se interrumpe y se emiten anuncios cutres de una marca de generadores eléctricos, una farmacia de barrio y una agencia intermediaria de empleo temporal en Qatar. Charles se incorpora y entre la penumbra y el humo se vislumbra en su rostro una sonrisa blanca de satisfacción. El espectáculo va a empezar. Por un lateral, vestido con una camiseta de fútbol roja y un micrófono en la mano, emerge de detrás de unos amplificadores y una mesa de sonido la estrella que todos estaban esperando: VJ Jingo.
    

¡Tugenda mumasooo! [¡Vamos a ello!] —grita. 

El público le devuelve una ovación y él continúa. 

¡vj Jingo is in the house! [¡vj Jingo ya está aquí!]. 

Entre aplausos, mientras la pantalla se funde a negro unos instantes, VJ Jingo anuncia el menú de la noche. 

—Esta noche, damas y caballeros, prepárense para disfrutar de la película de Hollywood La torre oscura, con las estrellas Idris Elba y Matthew McConaughey. 

En la puerta del bar, un puñado de jóvenes se apresura a pagar la entrada y un niño tira una piedra a un perro flaco entrometido, que gime exageradamente y se escabulle entre las sombras. Desde la entrada, entre las chabolas de chapa y tejados de zinc, se ve en el horizonte la ciudad de Kampala. Las miles de luces de la capital de Uganda centellean a lo lejos, ajenas a la forma en que la magia del cine se cuela, una noche más, en el hogar de los humildes.

El hechizo sería imposible sin los videojockeys. Como apenas hay producción local de películas en Uganda, y muchos habitantes de los barrios pobres no saben inglés o francés, los idiomas más frecuentes de las cintas extranjeras que llegan a las pantallas, ha surgido en el país una solución imaginativa: un sistema de doblaje artesanal de películas al luganda, suajili o el idioma mayoritario de cada gueto. Los videojockeys o VJ (se pronuncia “viyei”, a imitación de la abreviatura DJ para discjockey) traducen de carrerilla todos los personajes de una misma película, siempre pirateada, y le añaden pimienta. Durante los diálogos, los VJ bajan el volumen del filme, cambian el tono de voz según el actor, aportan contexto sobre lo que ocurre en la pantalla y explican bromas. El espectáculo triunfa en los barrios modestos de Uganda y se ha exportado a otros países de la región porque es divertido y porque también sortea las dificultades de subtitular los filmes como alternativa, un sistema costoso y una solución relativa en un país donde el 21.6% de la población no sabe leer ni escribir, según datos de 2016 del Banco Mundial. Y tampoco sería una solución para el espectador instruido. Habitualmente las películas se exhiben en cines-chabola muy precarios y abarrotados, con pantallas pequeñas y con mala definición, donde es prácticamente imposible seguir los subtítulos.

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