Andrés Barba: repensar la infancia
A finales del 2017, el español fue galardonado con el Premio Herralde de Novela por una obra que aborda la aparición de unos niños anarquistas.
marzo 16, 2018

La infancia es magia, un mito, un misterio indescifrable. Es la falta de comprensión absoluta y absurda como si tras la pubertad fuésemos reseteados y se borrara de la memoria qué es ser niños. Para el escritor Andrés Barba, ese espacio que perteneció a la niñez está expuesto a la terrible perversión del mundo adulto, a la vorágine del Occidente que procura crecer a los niños lo más pronto posible, volverlos parte de la economía, consumistas activos, como si ser niño fuera una falta de domesticación.

Esta premisa llevó a Barba a la creación de su más reciente libro, República luminosa (Anagrama, 2017), ganador del Premio Herralde de Novela, del que ya había sido finalista en 2001 con La hermana de Katia, cuando tenía tan sólo 26 años. Ahora, dieciséis años y diez novelas después, se une a personajes como Juan Villoro, Marta Sanz, Martín Caparrós, Roberto Bolaño, entre otros, que también han sido premiados por el sello de Jorge Herralde.

De esas diez novelas publicadas ha obtenido un buen repertorio de premios, como el Premio el Torrente Ballester por Versiones de Teresa (Anagrama, 2006), el Premio de Novela Breve Juan March Cencillo por Muerte de un caballo (Pre-Textos, 2011) y el Nord-Sud por Ha dejado de llover (Anagrama, 2012). Además, ha publicado ensayos y poemas, como Libro de las caídas, una colección de poemas en prosa que hizo en colaboración con el pintor Pablo Angulo, y ha hecho muchas traducciones, como la de los relatos completos de Conrad para la editorial Sexto Piso.

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Luego de diez novelas, Andrés Barba confronta los discursos culturales de nuestra época en “República luminosa”.

República luminosa comienza veinte años después de que sucede la historia. Cuando el personaje principal se decide a narrar un evento que modificó la vida de todos los habitantes de San Cristóbal, un pueblo encajonado entre el río Eré y la selva tropical. Un día que parece como cualquier otro, en la humedad del ecosistema comienzan a aparecer niños en las calles; son niños que se parecían a los que se veían siempre en las callecitas del pueblo, pero que tenían algo diferente: “Eran y no eran como los de siempre. (…) El blanco de sus ojos brillaba con una intensidad fría, y la suciedad de la cara generaba tal contraste con ese brillo que por un momento me dejó sin palabras”, escribe.

Treinta y dos niños violentos de procedencia desconocida trastocan por completo la vida de San Cristóbal y tan sólo a partir de la recolección de memorias, pruebas y rumores de las personas que vivieron esta traumática experiencia será posible entender qué fue lo que sucedió en esa pequeña población tropical que no se pudo frenar sino con muerte.

En esta novela de menos de 200 páginas, Barba toca temas de gran profundidad. Es una fábula metafísica sobre cómo las sociedades llegan a acuerdos sobre la realidad; debate las verdades que nos hemos inventado, cuestiona qué es la niñez, o más bien cómo hemos llegado a comprenderla a través de la historia; sobre la falta de entendimiento del mundo y cómo nos la hemos agenciado para intentar entender, o pretender que lo hacemos. Una novela era el mejor lugar para hacerlo, pues a Barba le resulta “inevitable pensar la literatura como un lugar donde se prueba la resistencia o la verdad de ciertas ideas que hemos ido arrastrando culturalmente a lo largo del tiempo, es el lugar donde se prueba la realidad”. Y en esta novela no sólo se prueba la resistencia de pensar la infancia como algo violento en vez de angelical, sino cómo las sociedades generan discursos culturales. “Sobre todo cuando ocurre un episodio traumático en una sociedad, hay que hacer una verdad colectiva, una verdad consensuada, tenemos que decidir qué ha pasado aquí”, explica el escritor en entrevista con Gatopardo.

“¿Quién decide qué ha pasado entre nosotros? En este caso, el narrador es un cronista que 20 años después del episodio relata, tratando de integrar muchos discursos, lo que ha ocurrido, de tal forma que cada lector individualmente pueda, por un lado, examinar la verdad colectiva que ha surgido de esos episodios traumáticos en San Cristóbal, pero por otro lado puede asistir a cómo se ha generado esa verdad, puede analizar cada uno de los discursos por separado: lo que decía el periodista, lo que decía la niña, lo que decían los personajes que están alrededor del narrador; entonces puede construir también una verdad, puede juzgar la verdad que propone el narrador desde una perspectiva crítica”, dice Barba.

Para crear esta “utopía anarquista protagonizada por niños”, como le llama el autor, se inspiró principalmente en dos cosas: primero, en una afición que tiene desde hace tiempo sobre la percepción francesa de la niñez y de la lectura de autores como Jean Genet, Jean Cocteau y Marcel Schwob. Segundo, se encontró con una trilogía de Maurice Maeterlinck sobre la vida de las abejas, las termitas y las hormigas. “Parecerían en principio libros estrictamente para biólogos, pero en realidad se convierten como en un trasunto fascinante de la propia condición humana. Si tenía que pensar cómo se podía establecer una nueva república anárquica humana, me parecía muy fascinante interpretarla en términos de insectos”, cuenta el español.

La violencia y la psique social no suelen ser temas abordados por Barba. Su tendencia literaria se había inclinado más hacia el romanticismo, como si la lectura de los franceses se hubiera vuelto en su contra y en vez de seguirlos e inspirarse en ellos, los retara, los contradijera. Pero para él retarse es una parte esencial de la buena escritura: “Uno no quiere convertirse en un escritor profesional, que es probablemente lo peor que le puede ocurrir. Es tratar de ponerte en lugares de riesgo, distintos. Escribir un libro es ponerse en un lugar que no se controla y que le es ajeno”.

República luminosa es la confrontación de la humanidad contra ella misma, del escritor contra la profesionalidad, de la niñez contra la violencia y del lector contra la verdad, y que sólo se nota cuando llega el punto final, se cierra el libro y surgen las dudas sobre nosotros mismos.

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