El trabajo y la vida: la útlima frontera del capitalismo – Gatopardo

Qué cansado es trabajar

Las jornadas extendidas de trabajo y la exigencia de dedicarle la mayor atención y esfuerzo causan un agotamiento peculiar: uno que embota la mente; una extenuación que empobrece no solamente la vida, sino la capacidad de descansar. Colonizar el tiempo dedicado a dormir es la frontera final del capitalismo.

1. 

No reprima el bostezo, no hace falta. De hecho, estire las piernas y relaje los hombros. No hay necesidad de guardar la apariencia de vigilia ni de estar alerta: relájese. Convengamos que estamos juntos en esto. Bostece con confianza.

¡Qué difícil se hace poner atención! Leer frases largas. Llenas de subordinadas. Seguir argumentos tortuosos. Despreocúpese: es un mal compartido e irresoluble. Y en tanto compar­tido, solidario. Como un bostezo. Porque dice una de tantas teorías que el bostezo y la em­patía están relacionados. Ver a otro integrante de la especie haciéndolo es suficiente. Para algunas personas, basta con leer sobre bostezos para sentir el impulso de inhalar y contraer el músculo tensor del tímpano. 

Un instinto de manada, un mecanismo para regular la temperatura cerebral, un disparo de neuronas espejo, una señal de que estamos juntos en esto. Juntas y juntos en el cansancio. Porque lo estamos. Cansadas. Por eso, ni se preocupe: este texto no le exigirá más de lo que puede. Este texto también está cansado. Y la desgana es preocupante. Una generación entera, un país, un planeta de personas extenuadas. 

2. 

El cansancio no se debe únicamente a la exigencia de estar vivos. Incluye entre sus causas una más potente que todas las demás: la jornada laboral. Si bien es cierto que el horario no es lo que era, digamos, en el siglo XV, pasamos la vida trabajando. Nos definimos por lo que hacemos y lo que hacemos determina no sólo las posibilidades materiales de las que disponemos, sino también nuestra constitución física y mental. 

3.

Se dirá que antes era peor, que los titanes de la industria no dormían y construyeron imperios. Que antes se trabajaba sin vacaciones. Que esta generación —cualquiera que sea, con que se trate de una posterior a la nuestra— ya no aguanta nada. Que qué habría sido del progreso, no, de la humanidad misma, si los de antes se hubieran quejado como los de ahora. Que qué desastre. Que no se quejen. Que dejen de bostezar. 

4.

Felipe II, rey de España y múltiples territorios desde 1556 hasta 1598, instituyó brevemente una jornada laboral de ocho horas. Lejos de ser un poderoso preocupado por las personas bajo su autoridad, se trató de un “privilegio” para los albañiles y constructores que empleó en el proyecto predilecto de su reinado: El Escorial. Algo sabía Su Católica Majestad de lo que hacen el descanso y la jornada laboral recortada porque impuso, por vía del edicto, un tope al tiempo que estos trabajadores debían cumplir. “Todos los obreros trabajarán ocho horas cada día, cuatro a la mañana y cuatro a la tarde, en las fortificaciones y fábricas que se hicieren, repartidas a los tiempos más convenientes para librarse del rigor del sol, más o menos lo que a los ingenieros pareciere, de forma que, no faltando un punto de lo posible, también se atienda a procurar su salud y conservación”, decía la ley. Y también, en otra parte del texto, dice sobre andar carrereando y presionando a los obreros: “que no los sacasen de su paso e hicieran de modo que lo que ganasen más pareciese donativo que jornal”. 

Terminado El Escorial, terminado el reinado, el trabajo regresó a sus horarios usuales: ex­tenuantes e ilimitados para quienes no tenían la protección de su clase, de su ubicación en el escalafón social. Quédate con el empleo que te cuide como Felipe II a sus constructores de El Escorial. 

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